Cicatrices 35. Brooke
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35. Brooke

Brooke

El arnés vibró bajo el cuerpo de Norbu mientras avanzaba entre pequeñas casas de piedra. Las campanillas de unos yaks sonaron a unos metros de nosotros y varias figuras salieron de aquellas viviendas al vernos irrumpir en la aldea. Ancianos. Mujeres. Niños.

Las construcciones eran simples, levantadas con bloques irregulares.

De poca altura, compactas. Los aldeanos nos observaban temerosos.

Sus rostros, curtidos por el frío y la altitud, lucían una piel más tostada.

Vestían ropas gruesas de pieles y lana. Las mujeres llevaban pañuelos de colores sobre la cabeza.

Y los niños, envueltos en prendas demasiado grandes para sus cuerpos, se escondieron detrás de los adultos cuando pasamos por delante de ellos.

Los perros tiraron de la correa en dirección a los yaks, que permanecían agrupados junto a un cercado.

Eran enormes. Mucho más grandes de lo que imaginaba.

Sus lomos se alzaban casi a la altura de mi pecho, algunos, me atrevería a decir que podían llegarme por la cabeza.

Su pelaje espeso colgaba en mechones largos, algunos rozando la nieve. Alzaron las cabezas al acercarnos.

Norbu llegó el primero, y tiró hacia uno de los yaks. El más grande. Me acerqué al animal, y entonces, vi las manchas oscuras sobre su pelaje; sangre.

—¿Es de Nick?

Nadie dijo nada.

—Vamos. —Phoebe me animó a seguir.

Bill, Mason y Travis vinieron con nosotras.

Los perros nos llevaron hacia una casa de piedra separada de las demás, de la que salía una franja de humo por una pequeña abertura del tejado.

Olía diferente. Norbu y Kalsang ladraron con una urgencia histérica.

Y en ese momento, cuando nos acercamos, la cortina que hacía de puerta se abrió desde dentro. Vimos a un anciano y… a Dawa.

La sangre me subió a la cabeza en un segundo. Di mi correa a Phoebe, enfundé la pistola y fui directamente a por el guía.

—¡Tú!

Retrocedió al reconocerme y la aldea se llenó de gritos cuando apunté con el arma directamente a la cabeza.

—¡Tú nos tendiste la trampa en el monasterio!

Sus ojos se abrieron con miedo. Y mi dedo ya estaba moviéndose hacia el gatillo cuando…

—Crowley, no. —Travis impidió que disparara.

Me quitó el arma. Y por un segundo lo odié.

—¡Nos vendió! ¡Fue él!

Dawa se arrodilló ante mí. Detrás de él, el anciano nos miró con una angustia evidente. Travis me sostuvo, logrando contenerme.

—Estás en una aldea protegida —murmuró en mi oído—. Tierra sagrada.

—¡No me importa! ¡Ayudó al Káiser!

Intenté arañar, golpear, morder. No quería oírlo, quería justicia.

—Me obligaron —confesó arrepentido, aún de rodillas—. Me amenazaron con arrasar la aldea si no os llevaba al monasterio. No sabía qué querían, ni todo lo que harían.

Los perros tiraron hacia la caseta. Y Dawa señaló hacia el mismo sitio.

—Lo saqué antes de que el fuego lo alcanzara. —Su voz tembló—. Lo traje aquí. Hemos hecho lo que hemos podido.

—¿Nick está aquí?

Asintió. Travis aflojó su agarre, permitiéndome correr hacia el interior de la construcción.

Nick estaba allí, con las vendas que cubrían su piel empapada de sangre. Las piernas me fallaron en ese momento, haciendo que cayera de rodillas a su lado.

—Nick…

Mi voz apenas fue un hilo roto.

—¡Nick…! —repetí más fuerte.

El anciano entró con Travis, cogió un cuenco con hierbas y comenzó a recitar cánticos en una lengua que no entendí.

—El helicóptero estará aquí en tres minutos.

Moví la cabeza en un gesto afirmativo. El anciano intentó acercarse a Nick, pero no quise que lo tocara.

—¡No! —Mi cuerpo hizo de escudo—. ¡Déjalo!

Le acaricié la barbilla con manos temblorosas. Las lágrimas me empaparon las mejillas, mientras el anciano seguía con los cánticos y el cuenco entre las manos. Dawa entró acompañado de Bill y Mason.

—Meyer se ha quedado fuera con los perros —explicó Mason—. El teléfono de Nick está roto, Dawa nos lo ha entregado.

Ninguno apartó los ojos del cuerpo.

Ni siquiera Bill cuando habló.

—Dice que en la aldea nadie tiene móviles, tampoco red. Por eso lo trajo aquí a lomos de un yak.

Las explicaciones ya no me servían de nada. A Nick tampoco. Seguí deslizando los dedos por su barbilla como si soltarlos significara aceptar que se estaba apagando. El anciano se arrodilló al otro lado, con aquella pasta de hierbas ahora en la mano.

Empujé su muñeca antes de que pudiera tocarlo.

—Son medicinales —intervino Dawa.

Lo miré como si estuviera loco.

—¡¿Para qué quiere hierbas un muerto?! —grité—. No quiero que nadie lo toque. ¡Nadie!

Dawa señaló al anciano.

—Es curandero. Las hierbas ayudan a detener la hemorragia y evitan que la infección entre en la sangre. Nickolas aún está aquí.

El anciano habló otra vez, y Dawa tradujo.

—Dice que su alma está ahora entre dos mundos. Cree que es bueno hacerle otra cura antes de que os lo llevéis.

Las vendas viejas, empapadas en sangre, eran la prueba de que las heridas eran demasiado graves. Llevé la mano a su pulso, comprobando que decía la verdad; Nick no había muerto. Y eso era un milagro.

—Sálvalo —supliqué, sin separarme de él.

Le besé las manos, acaricié su cabello y le hablé como si pudiera oírme mientras dejé que le cambiaran las vendas.

Vi la piel abierta y oscurecida por la sangre seca.

En su pecho, justo encima del esternón, reconocí las desgarradoras incisiones; líneas claras y profundas que formaban una K.

La letra, tallada en su carne, había acumulado sangre seca en los bordes de la herida.

El Káiser lo había marcado como si fuera ganado, pero nada de eso importó cuando el cuerpo de Nick se sacudió en un espasmo violento.

El aire salió de sus pulmones en un jadeo que sonó húmedo, haciendo que la sangre traspasara las vendas nuevas.

Travis se arrodilló para examinar a Nick.

—¡Está entrando en colapso!

El anciano retomó los cánticos, y Dawa le acompañó. Nick tosió un hilo de sangre oscura, que se quedó pegada en la comisura de sus labios. Le sujeté su rostro entre las manos, mientras oía las aspas del helicóptero.

—¡¿Nick?! ¡¿Nick?!

Le di unas palmadas en la cara, buscando una reacción, la que fuera. Pero no pasó nada.

—¡Maldita sea, Nick!

Phoebe entró corriendo con los perros, alarmada por mis gritos.

Norbu entró primero, tirando con fuerza del arnés.

Kalsang detrás de él. En cuanto vieron el cuerpo en el suelo, los animales emitieron gemidos inquietos.

Phoebe tiró de la correa cuando Norbu intentó acercarse más.

Bill, Mason y Travis consiguieron hacer tapón con las vendas.

Y el helicóptero hizo vibrar la tierra y las paredes.

—¡Hay que subirlo! —indicó Travis—. Coged cada uno de un extremo de la camilla. Ahora.

Vi su pecho hundirse con otro jadeo, y durante un segundo horrible pensé que había sido el último.

—¿Nick…?

Lo sacudí con desesperación mientras se lo llevaban.

—¡Nick!

Phoebe aseguró las correas de los perros en su brazo, para ayudar en el traslado.

—¡Con cuidado! —pidió a los compañeros.

Salimos al exterior. El helicóptero ya había descendido sobre un claro de la aldea, obligando a los aldeanos a apartarse.

—¡Más rápido! —exigió Travis.

Entre los cuatro, avanzaron con él hasta la aeronave. No me separé de Nick ni un segundo. Ni siquiera cuando lo subieron.

—Base, aquí Holmgren —dijo a través del comunicador—. Necesitamos inmediatamente un equipo médico, atención en pista. —Puso dos dedos sobre el cuello de Nick—. Superviviente en estado crítico.

Bill y Mason aseguraron los palos de la camilla con unas correas de anclaje cuando el helicóptero se puso en marcha.

Travis abrió el botiquín, del cual sacó con ayuda de Phoebe los guantes, gasas, suero y otras cosas.

Phoebe me cogió las manos y me obligó a ponerlas sobre la herida más profunda de Nick.

—Presión constante aquí.

Presioné por inercia, con las lágrimas nublándome la visión. Mientras, Travis colocó un monitor en su dedo. La pantalla tardó en reaccionar, pero acabó apareciendo una línea irregular.

—¡Pulso muy débil! ¡Todos aquí, se nos muere!

Bill logró canalizar una vía en el brazo. Con ayuda de Mason, conectó el suero. El líquido transparente empezó a descender lentamente por el tubo mientras el helicóptero atravesaba las cumbres. El monitor emitió un sonido irregular y todos miramos la pantalla.

La expresión de Travis se endureció.

—Está entrando en shock hemorrágico.

Percibí que el pecho de Nick apenas se movía ya bajo mis manos. La sangre seguía filtrándose por las vendas a pesar de la presión. Phoebe revisó el botiquín, en busca de alguna opción.

—¡No llevamos bolsas de sangre! —lamentó—. Pierde demasiada. ¡El suero no es suficiente!

El monitor volvió a pitar. Y la mirada de Phoebe me lo dijo todo. El cerebro comenzó a funcionarme a una rapidez vertiginosa. Miré el brazo de Nick. El tubo de suero. La sangre que empapaba las vendas.

—Soy O negativo —recordé, aunque Phoebe ya lo sabía—. Compatible.

—No, Crowley —descartó Travis—. No tenemos equipo de transfusión direc…

Antes de que acabara la frase, yo ya estaba revisando el contenido del botiquín. Es verdad que no había un equipo de transfusión directo completo, pero había lo suficiente como para improvisar. Así que cogí la jeringa de mayor capacidad y un conector.

—Ahora mismo me dan igual los protocolos y los mandos —advertí a todos—. Voy a hacerlo.

Travis intentó que entrara en razón.

—¡Estás demasiado débil! ¡Con signos de deshidratación!

—¡No me importa!

Di las cosas a Phoebe.

—Hazlo —pedí.

—Davis —llamó Phoebe a Bill, ignorando la mirada de Travis—, presiona la herida.

Me quité la parte superior del uniforme de rastreo y extendí el brazo.

—Podemos probar de brazo a brazo —sugirió Phoebe, aunque no parecía segura.

Colocó el torniquete con manos rápidas y la aguja entró directamente en mi vena.

Phoebe apretó más, con la aguja ya dentro y conectó el tubo transparente.

Mi sangre recorrió el conducto. Antes de que llegara al final, Phoebe unió el otro extremo a Nick, con un pequeño conector del equipo del suero.

Ahora, el tubo unía nuestros brazos y mi sangre empezó a avanzar por él, impulsada por la presión de mis propias venas hasta entrar lentamente en su vía.

Elevé el brazo para que la sangre avanzara más rápido.

—Phoebe —observé—. Se va a coagular. Ponme heparina.

Enseguida cogió una jeringa.

—Anticoagulante. —Pinchó—. Ya está.

Aguanté los minutos como pude, ignorando el primer síntoma de mareo. Hice lo mismo con el segundo. Antes de que llegara el tercero, acaricié la mano de Nick, llevándomela a la mejilla.

—¿Estás bien?—oí que me preguntaba Bill.

Asentí. Últimamente decía muchas mentiras, pero esta merecería la pena por encima de todas.

—Estoy bien.

Aguanté hasta que las voces comenzaron a sonar lejanas.

—¿Crowley? —Era Phoebe.

—¿Cuánto falta? —pregunté, haciendo un gran esfuerzo por seguir consciente.

—Medio minuto —confirmó Mason.

El helicóptero descendió. A través de la escotilla, vi gente con batas blancas corriendo hacia nosotros. Médicos. Camillas. El mareo me golpeó con más fuerza.

—Mírame —pidió Phoebe—. No puedes seguir con la transfusión.

—Sí puedo. Nick me necesita, y yo lo necesito a él.

Me desmayé sin soltar la mano de Nick, en el mismo momento en que el helicóptero tocó suelo y la compuerta se abrió de inmediato. Lo último que percibí fue el aire helado y las voces de los sanitarios antes de que todo se desvaneciera.