34. Nick
Nick
El fuego del monasterio, antes de que Dawa apareciera, había sido sustituido por el olor a hierbas y a manteca.
El techo que ahora se cernía sobre mí era bajo, de vigas oscurecidas por los años.
La luz se filtraba desde un lateral, traspasando telas de colores que colgaban como banderas.
Tardé unos segundos en recordar dónde estaba y cómo había llegado a esta aldea.
Recordé a Dawa, soltando una maldición no sé si en nepalí o en tibetano, de la cual no entendí nada.
Sus manos, callosas, presionaron mi costado al ver la herida abierta cuando me encontró en el monasterio, después de que esos hombres se llevaran a Brooke y me dejaran allí tirado.
Dawa había dicho que el dolor había caído sobre mí como la nieve sobre la montaña.
Y que fue él quien guio a los hombres hasta el monasterio por miedo, después de que lo amenazaron con quemar las aldeas.
Jamás olvidaría el terror en sus ojos cuando me vio la K sangrante en el pecho, el fuego y los cadáveres de los monjes.
Dawa había tirado con fuerza de mí, logrando arrastrarme por el patio apenas unos centímetros.
Luego se alejó hacia la puerta e hizo unos sonidos extraños.
De entre los árboles, un animal que supuse que era un yak —por las descripciones de Brooke— emergió entre el humo.
Era una masa oscura, con el lomo cubierto de escarcha y una campanilla atada a su cuello.
Sus pezuñas se hundían a medida que avanzaban hacia el interior del patio.
Dawa le hablaba en voz baja, en una lengua que yo no comprendía.
Fue irreal ver cómo apoyó su cabeza contra la del animal mientras lo acariciaba como haría yo con Lúpulo y Cebada.
El yak se había arrodillado después de eso con docilidad.
Las manos de Dawa se movieron con agilidad, sacando de su mochila vendas gruesas, telas, sal y hierbas.
Supuse que era lo que llevaba en las excursiones por si alguien se lesionaba.
Cuando las hierbas entraron en contacto con mi carne, sentí que la piel ardía.
Pero no se apartó. Añadió más presión antes de rodear mi torso en vendas.
El guía trató de levantarme, pero mi peso muerto resbalaba entre sus manos. Volvió a intentarlo, cambiando de posición, y lo consiguió cuando las llamas comenzaron a avanzar peligrosamente hacia nosotros. Apoyó la palma sobre mi hombro antes de dar unas palmadas al yak para que avanzara.
—La montaña aún no ha decidido llevarte, Nickolas. —Eso fue lo que dijo.
Ató cuerdas a mi alrededor, para que no me cayera del animal y nos alejamos del monasterio.
Dawa caminó a mi lado. Entonces, recordé que también había oído un sonido distinto.
Al principio pensé que era otro delirio del dolor, pero el ritmo se repitió.
Era mecánico, como aspas. Tumbado sobre el animal, había alzado la vista al cielo.
Las campanillas de los yaks siguieron sonando y luces blancas aparecieron sobre la ladera.
Un helicóptero.
A partir de ahí, los recuerdos me llegaban en fragmentos.
Sé que Dawa gritó, intentando llamar su atención, pero las aspas siguieron golpeando el aire mientras se alejaban a toda velocidad.
El sonido tardó unos segundos en desaparecer entre los picos.
No redujo la altura. No buscó tierra. El helicóptero se alejó, y mi conciencia me abandonó antes de que se convirtiera en un punto lejano en el cielo.
Los recuerdos se deshicieron como humo. Eso era lo último que recordaba, y ahora ni siquiera sabía dónde me había traído Dawa.
Miré, sin moverme, la camilla improvisada en la que yacía tumbado.
Era de madera y cuerdas, con pieles gruesas por debajo de mi espalda para aislar el frío del suelo.
Otro recuerdo vino a mi memoria: Brooke.
Respirar dolió. Y no era un dolor limpio, sino uno profundo.
Cada inspiración llegaba corta, insuficiente, y soltar el aire era aún peor.
Tenía vendados el torso y parte del pecho.
Intenté mover una mano, pero no lo conseguí.
De hecho, los dedos apenas se tensaron sobre la piel.
Delante de mí, un anciano encorvado machacaba algo con movimientos rápidos en un cuenco de madera.
Debí hacer algún ruido, porque se acercó y apoyó los dedos en mi cuello, comprobando mi pulso.
La vista se me estrechó por los bordes, volviéndose negra.
Y a pesar de las pieles, tuve frío. Uno que empezaba en el centro del cuerpo y se extendía despacio hacia las extremidades.
El anciano se inclinó más. Sus ojos buscaron los míos con urgencia, moviéndome la cabeza para obligarme a fijar la mirada mientras decía palabras que no entendía.
Luego, sus dedos me golpearon suavemente las mejillas.
Una vez. Otra. Intenté enfocar su rostro, pero no pude, porque Brooke apareció como si alguien la hubiera dibujado a base de pinceladas sobre el aire.
Sabía que ella no estaba conmigo, pero la mente había conseguido recrearla hasta que mis mejillas fueron golpeadas de nuevo por el anciano, borrando aquella ilusión.
Seguí sin entender ni una palabra de lo que decía, pero comprendí que estaba más cerca de la muerte que de la vida cuando salió corriendo con torpeza, a pesar de su edad, gritando el nombre de Dawa.
Aproveché para buscar consuelo, desesperado por encontrar un último refugio en mi memoria.
Por eso volvió su imagen, aunque supe que no era real.
Lo supe en algún rincón muy profundo de mi ser, pero la mente reconstruyó a Brooke igualmente.
Nítida. Bella. Su cabello oscuro rozando su mejilla.
Y esa mirada intensa que siempre parecía desafiar al maldito mundo.
Un último refugio. Un último lugar donde no me dolería tanto respirar.
El anciano volvió con Dawa.
—¡Nickolas! —exclamó el guía.
Noté otra vez aquellas manos en las mejillas, pero esta vez, no dejé que la imagen de Brooke se resquebrajara.
Me centré en su rostro, ignorando los ladridos de los perros que se oían de fondo, aunque eso no tuviera ningún sentido.
Al fin y al cabo, yo no tenía perros, solo a Lúpulo y Cebada. Y Lúpulo y Cebada eran cerdos.
Cerré los ojos y dejé que la mente regresara donde se sentía a salvo, porque tenerlos abiertos ya me dolía demasiado. Así que me rendí a la ilusión de Brooke. Si aquello era la antesala de la muerte, al menos me iría en paz pensando en ella.