Cicatrices 33. Brooke
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33. Brooke

Brooke

Aparecí por la rampa metálica ya con el equipo de rastreo de alta montaña puesto.

Travis, Bill y Mason esperaban en el helipuerto de la base.

Me reuní con ellos al mismo tiempo que Phoebe apareció con dos malinois.

Tendió una de las correas hacia mí y el perro se quedó mirándome con las orejas altas y el cuerpo en tensión, mientras me olisqueaba como parte del reconocimiento.

Bajé a su altura y, tal y como nos habían instruido en formaciones, giré ligeramente el cuerpo para no encararlo de frente.

Mano abierta. Palma hacia abajo. El malinois se acercó, olfateó el aire y luego mi guante. Subió el hocico hasta mi muñeca, donde inhaló en profundidad. Su cola hizo un movimiento corto; aceptación.

—Buen chico.

Deslicé los dedos por el lateral de su cuello, justo donde el arnés rozaba su pelaje. Phoebe metió la mano en la mochila que colgaba de su hombro, de donde sacó una bolsa transparente y sellada. Me la tendió. Era mi chaqueta.

—Será mejor que no lo abras hasta que lleguemos. El olor se conservará mejor.

El plástico crujió bajo mis dedos. Dentro, la tela estaba rígida por la sangre, lo que me provocó otra arcada. Tragué saliva y guardé la bolsa en la mochila. El malinois, a mi lado, acercó el hocico.

—¿Cómo se llama? —quise saber.

Phoebe no le tocó. Mantuvo las manos deliberadamente neutras, igual que hice yo con el suyo.

—Norbu. Significa joya.

—Me gusta.

No tuvo que decirme que solo yo interactuaba con él, porque ya lo sabía. Cuando habíamos realizado operaciones con perros guía, el vínculo tenía que ser limpio. De un solo referente.

Miré al perro que llevaba Phoebe.

—Kalsang —dijo—. Buena fortuna.

—Ojalá sea así.

Subimos al helicóptero.

Norbu entró pegado a mi pierna sin necesidad de que tirara de la correa. Al lado, Kalsang y Phoebe. Dentro, el aire olía a combustible y metal. Y Bill se encargó de cerrar la compuerta antes de despegar.

Me senté en el lateral, aseguré el mosquetón y apoyé una mano firme sobre el lomo de Norbu.

El perro se sentó al lado de mi pierna. Cuando ganamos más altura, miré por la escotilla.

La montaña se extendía implacable, hasta que apareció lo que quedaba del monasterio.

Donde antes había muros, banderas y tejados, ahora solo había una estructura derruida sobre sus propios cimientos, con columnas de humo gris que escapaban aún entre las vigas caídas.

El helicóptero descendió en una espiral controlada, sin llegar a posarse del todo.

—¡Todos fuera! —ordenó Travis.

Salté con Norbu. La nieve crujió bajo mis botas.

Phoebe cayó a mi izquierda con Kalsang. Bill y Mason saltaron a la vez, cubriendo nuestra posición desde los laterales.

Y Travis hizo un rápido análisis del terreno.

En cuanto se estabilizaron los pies, me dirigí a la entrada del monasterio con Phoebe.

Delante de nosotros ya solo quedaban ruinas y cenizas.

—Vamos, Norbu.

Toqué instintivamente la pistola que me habían dado con el uniforme de rastreo, asegurada en el cinturón. Entrar al monasterio no era una opción. Tampoco tenía sentido hacerlo. Si a Nick se lo había llevado un oso, o el depredador que fuese, estábamos ante la única salida.

Tensé la correa de Norbu y bajé la mochila de mi hombro.

Saqué la bolsa sellada, la abrí y busqué la zona que más próxima pudiera haber estado a Nick antes de que me arrancasen de sus brazos.

Los malinois cambiaron la posición de las orejas en el mismo instante en el que coloqué la prenda frente a sus hocicos.

Reconocieron mi olor primero. Luego el de Nick.

Incidí en su rastro hasta que Kalsang y Norbu se tensaron bajo el arnés.

Rastro identificado.

—Ya lo tienen —observó Phoebe.

La respiración nasal de los caninos se volvió rítmica durante el rastreo.

Los minutos pasaron dolorosamente lentos hasta que Norbu dio un pequeño giro hacia un lateral, en dirección al mismo camino por el que Dawa nos había guiado esa mañana.

Kalsang se unió a Norbu con la nariz adherida a la nieve.

Bill, Mason y Travis nos siguieron. Avanzamos por el sendero, confiando en el olfato de los perros hasta que Phoebe señaló unas marcas en el suelo. También había pisadas.

—Mira esto.

Eran hundimientos profundos. Demasiado grandes para ser de cabras.

Demasiado limpias para un oso. Phoebe se agachó sin tocar el suelo, recorriendo con los ojos aquellas huellas extrañas.

Norbu tiró con más insistencia, trazando un semicírculo con el hocico.

Lo hizo donde la nieve estaba más pisada.

Mi desconcierto iba en aumento. Pero entonces, Phoebe y yo lo vimos.

Pequeñas gotas oscuras salpicaban la nieve, parcialmente cristalizadas por el frío.

Limpias. Espaciadas. Saqué otra vez la chaqueta y volví a acercarla a los perros.

Los hocicos pasaron de la prenda a las gotas de sangre.

—Meyer —llamé a Phoebe—, ¿es de Nick?

Mi compañera observó el comportamiento de los perros antes de responder.

Norbu había vuelto a tensarse. Su nariz se movía en ráfagas cortas, pasando de la chaqueta a la sangre, y de nuevo a la chaqueta.

Kalsang hizo lo mismo. Travis, Bill y Mason esperaron detrás, sin interponerse en el rastro.

Norbu comenzó a tirar hacia delante. Quería seguir.

Kalsang se alineó con él; nariz baja, cola firme.

—Por sus reacciones, podría ser —respondió Phoebe.

Vi que en esa zona no había signos de arrastre. Tampoco restos. Solo huellas profundas de un animal que no conseguía identificar y al lado, pisadas de una persona. Era imposible que Nick, en su estado, hubiese podido caminar.

—¿Teorías? —pedí.

Bill se acercó a nosotras.

—Parecen de un animal grande, quizá uno de carga. ¿Podría tratarse de yaks?

—Es una posibilidad. —Travis se unió a la hipótesis—. En esta zona siguen usándolos como animales de carga. Incluso dentro de áreas protegidas.

Mason recorrió la ladera que ascendía entre árboles, rocas y nieve.

—¿Qué áreas protegidas?

Travis le dio la respuesta.

—Algunas áreas protegidas albergan aldeas autorizadas bajo regulación. Usan los yaks como transporte de heridos, mercancía, incluso en evacuaciones.

Bill también aportó su grano de arena.

—Si alguien de una aldea cercana lo encontró, quizá pudo sacarlo del monasterio antes de que llegáramos.

Norbu tiró con fuerza, arañando la nieve, lo cual significaba que ya no estaba buscando un rastro, sino siguiéndolo. Kalsang hizo lo mismo, mientras Phoebe estudiaba las gotas parcialmente cristalizadas.

—Son de hace cinco o seis horas como mucho.

Cinco o seis horas, con la cantidad de sangre que había perdido Nick, significaban una muerte segura.

—Vamos —pidió Phoebe—. Hay que seguir a los perros.

Los seguimos por las cumbres heladas hasta que el terreno comenzó a cambiar a uno menos rocoso, con montículos de piedras apiladas en vertical.

Los perros aceleraron la marcha, tirando hacia una pequeña aldea encajada en la ladera con tejados bajos, humo saliendo de chimeneas de piedra y una hilera irregular de rocas que limitaban el terreno.

Los malinois tiraron hacia la entrada, pero antes de continuar, Travis informó de nuestra ubicación al otro equipo de rastreo por el comunicador.

—Habla Holmgren. Ubicación enviada, confirmad jurisdicción del área.

La voz de una de las rastreadoras se oyó por el manos libres.

—Negativo. Es una aldea protegida, no se autoriza la entrada.

Lo miré suplicante. No era posible que hubiésemos hecho todo este recorrido para ahora no poder continuar.

Estaba agotada, golpeada y con signos de deshidratación porque en la base, las últimas horas las había pasado vomitando.

Norbu y Kalsang siguieron. Travis vio a los perros, la línea de rastro, mis manos temblorosas sujetando la correa.

Su mandíbula se tensó antes de volver al comunicador.

—Solicito excepción por emergencia vital de ciudadano estadounidense herido de gravedad.

—Acceso denegado —repitió—. No se puede entrar sin autorización del consejo local.

Norbu y Kalsang volvieron a arañar la nieve. Travis se llevó una mano al entrecejo, sopesando sus siguientes palabras. Cuando por fin habló, lo hizo con todo el peso de la ley.

—Bajo la normativa internacional de búsqueda y rescate en montaña, si existe probabilidad de que el sujeto sobreviva, es prioridad absoluta la preservación de su vida. Lo cual prevalece sobre cualquier restricción.

—Holmgren, no hay probabilidad de que sobreviva un muerto.

—Eso ya no es una certeza —replicó Travis—. ¿Va a impedirnos el acceso habiendo una posible vida en riesgo?

Hubo un silencio demasiado largo, pero cedió.

—Queda prohibido el uso de armas de fuego salvo amenaza directa e inminente contra la vida. Prohibida cualquier actuación coercitiva sobre los aldeanos. Y prohibido dañar estructuras, ganado o símbolos religiosos. ¿Entendido?

—Entendido.

—Entrada autorizada, Holmgren. Cualquier incidente diplomático recaerá sobre su mando.

Travis me miró antes de responder por el comunicador.

—Queda claro.

Lo apagó y se apartó para que Norbu y Kalsang siguieran avanzando.