Cicatrices 32. Brooke
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32. Brooke

Brooke

Bill y Mason no se habían separado de mí desde que Travis y Phoebe se fueron a la sala de comunicaciones. Bill se tensó a mi derecha, y Mason, sentado a mi izquierda, dejó de moverse cuando un golpe contundente sonó en la puerta.

Dos mujeres vestidas con uniforme de montaña entraron con perros sujetos por correas.

Vestían con cremalleras selladas hasta la garganta, botas rígidas, aún con restos de nieve adheridos a la suela.

Rastreadoras. Tenían los rasgos típicos de la zona: pómulos altos, piel curtida por el frío, ojos oscuros, rasgados.

Llevaban el cabello negro, grueso, recogido en trenzas bajo los gorros, donde aún cristalizaban pequeñas escamas de escarcha.

Dos pastores belgas malinois cruzaron el umbral cuando las rastreadoras aflojaron la correa.

Se acercaron con el hocico bajo y los arneses ajustados al pecho. Y sus patas dejaron huellas húmedas sobre el suelo. Uno de los malinois alzó la cabeza para olisquearme.

—Agente Crowley —dijo una de ellas, con respeto—. Hemos localizado varios cuerpos en el perímetro marcado alrededor del monasterio. Uno de ellos coincide claramente con las descripciones que nos dio Holmgren. Lo sentimos mucho.

La otra mujer permaneció un paso por detrás, observándome con una compasión considerada, casi contenida.

—El equipo forense lo tiene en la sala de autopsias —continuó ante mi silencio—. Necesitamos que lo identifique.

—No.

Bill apoyó la palma en mi hombro.

—Es necesario.

Negué otra vez.

—He dicho que no.

Las rastreadoras intercambiaron una mirada entre ellas.

—Agente Crowley —insistió la misma que había hablado antes—, comprendemos que es un momento muy difícil. Pero la identificación es necesaria para que los familiares puedan enterrar el cuerpo en Nueva York.

Bill no me retiró la mano del hombro. Cuando otra arcada subió por mi garganta, me sujetó el pelo mientras Mason sostenía la papelera.

—¿Pueden esperar fuera? —pidió Bill.

—El equipo forense está listo. Es importante que se confirme la identidad del sujeto cuanto antes.

Sentí la mirada de Mason sobre mí. La de Bill.

Incluso la de los perros, quietos ahora, como si comprendieran un ápice del caos emocional que me devoraba por dentro.

Y la realidad era que lo comprendían. Aquellos animales puede que no entendieran mi dolor como lo hacía yo, pero sí la tormenta lacerante que arrastraba por dentro.

Uno de ellos se acercó para rozarme los nudillos con el hocico, antes de lamerme el dorso. Una de las rastreadoras llamó al perro.

—Dos minutos —pidió Mason.

Cerraron la puerta tras de sí.

—No puedo hacerlo —aseguré—. No me pidáis que vea lo que queda de él.

Bill apartó la mano, moviéndose hasta quedar delante de mí.

—No vas a estar sola. Hazlo por su familia, por sus amigos, incluso por Nick —añadió—. Merece algo más que quedarse aquí.

Clavé la mirada en el suelo, ahogando el llanto.

—No puedo —repetí.

Bill me limpió una lágrima de la mejilla, antes de hablar.

—No tienes que poder con todo, solo con el siguiente paso. —Me limpió el otro lado—. Si no lo haces por ti, hazlo por él.

Mason cogió la papelera y la colocó bajo su brazo.

—Entramos contigo —señaló el cubo—. Esto también.

Se lo agradecí. Seguramente necesitaría tenerlo cerca.

Bajé de la camilla y salí con ellos. El pasillo se me hizo interminable mientras seguíamos a las rastreadoras con los perros.

Mason caminaba medio paso por delante. Bill, a mi lado.

Las mujeres abrieron la puerta con un clic amortiguado.

La temperatura en esa sala era mucho más baja que en otras áreas.

La mesa de acero estaba dispuesta bajo una potente luz blanca.

El equipo había cubierto el cuerpo con cuidado.

El forense retiró el plástico poco a poco y Mason acercó la papelera justo a tiempo.

Vomité otra vez, antes de ser capaz de mirar las partes del cuerpo abiertas, desgarradas como si unos dientes enormes hubieran mordido y tirado con fiereza.

Tragué la arcada y bajé la mirada, comprobando que faltaban partes.

Donde debería estar el hombro izquierdo, la forma se interrumpía con un borde irregular, dando lugar a la ausencia de esa extremidad.

El torso estaba prácticamente arrancado.

El animal se había dado un festín no solo con el cuerpo, también con las vísceras.

El resto de carne visible estaba oscurecida por la exposición al frío.

Y la cabeza… Dios. No estaba. Había sido arrancada del resto del cuerpo.

Mason acercó la papelera a tiempo y Bill me sujetó el pelo para que no se manchara.

Tragué otra arcada y me obligué a volver la vista al cadáver.

Recorrí la piel por los bordes deformados, evidenciando la violencia en cada desgarro.

La suavidad de algunas zonas no encajaba con la carnicería que tenía delante.

La mayoría estaba fría. Anómala. Los dedos de la mano me temblaron, pero a pesar de eso, continué acariciando a Nick.

—Lo siento —susurré como si pudiera oírme—. Lo siento muchísimo.

Caí al suelo de rodillas, incapaz de sostener mi propio peso.

Durante los siguientes segundos ni siquiera fui capaz de respirar.

Permanecí así minutos, lamentando su pérdida entre sollozos interminables hasta que pude continuar.

Me puse en pie con movimientos torpes, desganados, y me limpié la cara con el dorso de la mano antes de moverme alrededor de la mesa.

Pasé los dedos por las partes que quedaban del antebrazo y bajé hacia la muñeca, donde vi una pequeña águila tatuada.

Me detuve ahí. Forcé el enfoque a través del escozor de las lágrimas.

A pesar del desgarro, se veía claramente la tinta negra, definida.

Me incliné un poco más y me tomé la libertad de alzar aquella mano.

Observé los dedos, las uñas, el dorso. Eran grandes como las de Nick, pero no tanto.

Los dedos de Nick eran más anchos. Curtidos.

—No es —dije, recomponiéndome.

—¿Estás segura? —preguntó el forense.

Asentí con vehemencia.

—No son sus manos. Ni su cuerpo. —Les mostré el águila—. Nick no tiene tatuajes, ni siquiera pequeños.

Callé, pensando en dónde estaría entonces su cuerpo.

Me giré hacia la rastreadora que había entrado sin el perro.

—No puedo volver sin él. Buscadlo de nuevo.

—Agente Crowley, ya hemos rastreado el perímetro.

—Hacedlo otra vez.

Parecía sorprendida por la fuerza en mi voz.

—El equipo de rastreo ya ha…

—Otra vez. —corté—. Estuve allí. Vi la sangre. Las marcas. Su cuerpo no puede simplemente desaparecer.

Mantuvo su posición.

—El operativo ya ha cubierto los protocolos establecidos.

—Me dan igual los protocolos, a Nick se lo han llevado y yo no me voy de aquí sin él. Ampliad el perímetro y repetid la búsqueda.

—Con todos mis respetos, no…

Ni siquiera dejé que terminara.

—Si no amplían el perímetro y repiten la búsqueda, filtraré de inmediato a los informativos de mi país que un ciudadano estadounidense ha desaparecido bajo su jurisdicción.

Hubo un silencio incómodo.

—¿Repetís la búsqueda? —insistí, sin sentir vergüenza por mis formas.

—Ampliaremos el perímetro y llevaremos a cabo una última búsqueda. Pero escúcheme bien, agente Crowley —finalizó tajante—: este será el último rastreo.

—En ese caso, encuéntrelo.

Se dio la vuelta hacia la salida. Cuando abrió la puerta, los malinois levantaron la cabeza. Ambas mujeres desaparecieron por el pasillo y la sala quedó sumida en el silencio. Nosotros íbamos a irnos también cuando Travis y Phoebe entraron con muy mala cara.

—¿Y ahora qué? —preguntó Bill.

Travis levantó el reloj. Seguía parpadeando.

—No hay forma de acceder a ninguna señal —explicó Phoebe.

Mason se cruzó de brazos, claramente cansado.

—¿Entonces?

—Volvemos a Nueva York —indicó Travis—. Desde aquí no hay nada que hacer.

—Yo no vuelvo sin Nick.

Me aguantó la mirada.

—Crowley —dijo, haciendo uso de su cargo—, volvemos todos a Nueva York.

—Yo, no —repetí.

Hasta el forense nos miró.

—Estás implicada emocionalmente, y puedo entenderte…

—Si me entendieras estarías ahí fuera buscándolo, no aquí.

Me tiró del brazo.

—¡Nos vamos todos! ¡No voy a dejarte aquí!

Me quité sus manos de encima de un tirón.

—¡Quieras o no, yo no me voy sin él!

Pasé por delante de todos y atravesé el pasillo, dispuesta a buscarlo yo misma. La mano de Travis se me cerró sobre el brazo y me arrastró a una sala vacía. Abrió la puerta de una patada y me empujó adentro.

—¿Qué haces? —maldije—. ¡No me agarres así!

Se pasó una mano por la cara, perdiendo la paciencia.

—Me preocupas —soltó pegado a mi boca—. Entiendo que lo de Nick es…

—¡No entiendes nada!

—¡Claro que lo entiendo! ¡Siento que tu amigo sea un daño colateral, pero no puedes quedarte aquí!

«Daño colateral». Travis había reducido a Nick a eso.

Apreté los dientes hasta hacerme daño, mientras subía la mirada hasta él. El silencio entre nosotros me pareció peligroso. Éramos como dinamita. Los dos estábamos dispuestos a hacer estallar la mecha, aunque todo acabase volando por los aires.

—Vuelve a llamarlo así y te juro que me olvidaré tu cargo. Y a partir de ahí, esta conversación dejará de ser profesional.

Su mano volvió a cernirse sobre el brazo. Más fuerte esta vez. Intenté soltarme, pero sus dedos apretaron demasiado fuerte alrededor, dejando claro que, si quería, podía inmovilizarme en menos de un segundo. Jugaba con ventaja gracias a mi estado.

—Suéltame. Empiezo a cansarme de que te tomes ciertas libertades.

—Entonces compórtate para que te trate como lo que eres; una agente del SEDS.

—Sabías que vendría a por mí, ¿no es así? Pensaste que nadie saldría herido, que lo tendrías todo bajo control y que así ganarías otra condecoración en tu expediente. ¿Pero al final, qué? Tú sigues sin nada, y por tu culpa, yo he perdido a Nick.

Duró menos de un segundo, pero estuvo ahí: la tensión, ese parpadeo mínimo, la incómoda rigidez cuando alguien toca donde duele.

—Ten mucho cuidado con lo que estás insinuando.

Me mantuve en mi sitio. No pensaba retroceder.

—No estoy insinuando nada. Usaste mi viaje para atraer al Káiser —continué—. Usaste mis permisos para ponerme de cebo. Me usaste a mí, pero el que ha muerto ha sido Nick. ¡Así que no me digas que me calme cuando tú respiras y él no!

Mi tono bajó a uno más frío. Contundente. Un antes y un después.

—Estás aquí, considerando volver a Nueva York mientras su cuerpo está tirado como un despojo a saber en qué parte de la montaña.

Los ojos de Travis se clavaron en los míos, volviendo el aire irrespirable.

—Ya han peinado el perímetro. No hay rastro de…

—¡Que lo vuelvan a peinar! ¡Que dupliquen los perros, los agentes, los rastreadores!

—¡No estás usando el cerebro, maldita sea!

—¡Tampoco lo usaste tú al dejarnos venir aquí! ¡Encuentra a Nick, encuéntralo porque si él no vuelve, yo tampoco!

La amenaza fue cruda. Irrevocable. Soberbio, Travis se acercó más a mis labios.

—¿Has terminado?

Negué, tragándome las ganas de llorar porque no quería hacerlo delante de él.

—Confié en ti. Y no sabes cuánto me arrepiento.

Con ambas manos, me sostuvo el rostro. La distancia entre nosotros era mínima ahora. Boca contra boca. Mirada al frente. Sus labios rozaron los míos al hablar.

—Estás tan cegada por el dolor que no ves que cada decisión que he tomado ha sido porque confiaba en que era lo mejor para ti.

Su pulgar se detuvo sobre mi pómulo con cierta contención.

—Déjame participar en su búsqueda.

—No debería acceder a esto, pero sé que tampoco podré detenerte. Conseguiré uniformes de rastreo para todo el equipo. Quizá también perros.

Asentí una sola vez.

—Gracias.

—Participarás en la búsqueda —continuó—. Pero bajo mis órdenes.

Acepté.

—Necesitaré mi chaqueta. Quizá los perros puedan identificar en ella el olor de Nick.