31. Brooke
Brooke
Phoebe sacó del compartimento lateral del helicóptero mi uniforme.
—Póntelo.
El cuerpo me tembló al quitarme la ropa y meter los brazos. Phoebe lo vio y se inclinó sobre mí, ayudándome a vestirme. Cuando terminé, el piloto habló por el comunicador del equipo general.
—Treinta segundos para descender.
Vi las llamas. Las vi antes incluso de que acabara el descenso. El monasterio ardía por los cuatro costados.
Saltamos cuando se acercó al borde del camino, ya que en esa zona aterrizar era imposible. El fuego trepaba por la estructura, generando espesas nubes de humo negro. Algo en mi pecho dolió.
No. No. No. El fuego lo arrasaba todo, y Nick estaba ahí.
La compuerta se abrió.
—¡Todos fuera! —ordenó Travis.
La nieve crujió cuando amortigüé el salto bajo mis botas. Y el calor me golpeó entera a pesar del equipo ignífugo.
—¡Crowley! —oí a Travis detrás de mí.
Corrí sin detenerme hacia las llamas, pero me interceptó desde atrás, reteniéndome entre sus brazos. Alzó uno de ellos para señalar la estructura.
—¡¿Has perdido la cabeza?! ¡No puedes entrar!
—¡Tengo que hacerlo!
Intenté zafarme, pero estaba mucho más débil que cualquiera de ellos. Me clavó los dedos en el brazo como si así pudiera anclarme al suelo y me sostuvo la cara por debajo del casco, para que lo mirara.
—¡El fuego ha arrasado con todo, Crowley! Si Nick estaba ahí, no creo que…
—¡No lo digas! —La frase me salió desgarradora—. ¡Vivo o muerto, Nick está ahí!
Travis me zarandeó, ahora aferrado a mis hombros.
—¡Ya no puedes hacer nada por él! ¡Lo que pretendes es un suicidio!
El calor del fuego cada vez era mayor.
—¡Entonces apártate!
Su agarre vaciló un segundo, pero no me soltó. Phoebe apareció a mi lado.
—Déjala —exigió.
—¿También has perdido la cabeza? —Giró el rostro hacia ella.
Phoebe revisó que su casco estuviera bien ajustado.
—Tiene un equipo ignífugo. Yo también. —Se oyó el clic del cierre del casco—. Entramos, cogemos a Nick y salimos.
—No voy a autorizar que dos agentes de mi grupo entren ahí. Es demasiado peligroso.
Phoebe me agarró del brazo, obligando a Travis a soltarme.
—No estamos pidiendo permiso.
Corrí con ella hasta la entrada. Detrás de nosotras, oí maldecir a Travis, también las botas de Bill y Mason.
Travis acabó siguiéndonos, no porque quisiera, sino porque un jefe de grupo no podía, bajo ninguna circunstancia, abandonar su unidad en situación de riesgo.
El calor nos abrasó cuando cruzamos el umbral, y nuestra visión se tornó roja.
El traje, en esas condiciones, nos daría como mucho uno o dos minutos. No más.
—¡Nick! —grité.
Los demás hicieron lo mismo. Avanzamos por el patio, esquivando los cuerpos de los monjes. El aire era irrespirable y las vigas gemían como si fueran a partirse en cualquier momento, mientras el humo bajaba en capas densas que arañaban la garganta a pesar del equipo.
—¡Un minuto! —indicó Phoebe.
Continué hacia el lugar exacto en el que lo había dejado.
Las botas chapotearon y mis ojos permanecieron fijos en ese punto.
Los cuerpos de los monjes, o más bien lo que quedaba de ellos, seguían allí.
Los que estaban más cerca de la estructura ya habían sido alcanzados por las llamas.
Las túnicas ardían pegadas a la carne, encogidas sobre huesos que comenzaban a asomar.
Una de las vigas cedió en ese momento, haciendo que el fuego adquiriera más terreno.
Miré el centro del patio, donde la mancha de sangre formaba un rastro abstracto sobre la nieve. Phoebe y Bill tiraron de mí.
—¡Crowley —dijo Phoebe—, tenemos que salir!
No me moví.
—Nick… Nick estaba ahí.
Avancé, a pesar de que tiraban de mí, hasta el lugar exacto donde recordaba haber dejado su cuerpo. Las rodillas me fallaron. El charco espeso, a pesar de que la nieve se había derretido, mostraba marcas irregulares y emborronadas por el deshielo.
—¡Crowley! —repitió Phoebe.
Tiró de nuevo, esta vez con la ayuda de Bill, Travis y Mason. Avancé a pesar de que tirasen de mí, a pesar de que el calor me quemase cada vez que respiraba los pulmones y la excesiva temperatura ya atravesara la protección del traje. Me tiré sobre el charco, de rodillas.
Ahí. Lo había dejado ahí.
La mano me tembló cuando acaricié con los dedos la mancha.
—¡Tenemos que salir ya!
—¡No puedes pedirme que lo abandone!
—¡No puedes abandonar a alguien que ya no está! ¡Fuera! ¡Es una maldita orden!
Me sacaron a rastras. Dos vigas se desplomaron cerca de nosotros, provocando la caída masiva de gran parte de la estructura. Lo poco que quedaba del techo y de las paredes crujió. Me agarraron más fuerte.
—¿Dónde está? —sollocé—. Lo dejé ahí. ¡Ahí!
Siguieron tirando de mí.
—Nick no está. No está. —Phoebe me miró directamente a los ojos, a través del visor—. Tenemos que salir ya. Por favor, muévete.
Mis ojos volvieron una última vez al charco de sangre. La nieve de alrededor estaba removida, pero no solo por pisadas humanas. Había hendiduras difusas más profundas.
—¡Esperad! —rogué, señalando hacia ahí—. ¡Mirad!
Phoebe miró la primera, luego el resto. Aunque la nieve que había comenzado a derretirse había deformado las huellas, el rastro estaba ahí.
—Mierda —oí maldecir a Travis—. Con el olor a sangre…
—Basta —lo cortó Phoebe, para que no siguiera hablando.
Todos me miraron mientras me arrastraban hacia la salida.
—Lo siento muchísimo —susurró mi compañero—, pero tenemos que salir.
La otra parte del techo colapsó. Me sacaron prácticamente a rastras mientras el monasterio terminaba de venirse abajo.
Caímos en la nieve, agotados, cuando llegamos a una zona segura. Phoebe me quitó el casco.
—Estoy segura de que hiciste por él todo lo que estaba en tu mano. No te condenes a vivir con esa culpa, Brooke. Te lo pido como amiga.
Travis también intentó consolarme. ¿Pero qué consuelo había? Las marcas y signos de arrastre seguramente fueran de un depredador. Lo más probable era que un oso se hubiera sentido atraído por el olor.
Las imágenes seguían en mi mente: Nick herido, Nick sonriendo a pesar de su estado, Nick regalándome sus últimas palabras. Daba igual lo que dijeran, siempre viviría con esa culpa sobre los hombros.
Phoebe me acarició con una suavidad que contrastaba con la tormenta que llevaba dentro.
—Sé que has peleado hasta el último segundo. Y si yo lo sé, Nick también.
Lloré, con la culpa enraizada. Me aferré a Phoebe, de rodillas para suplicarle justicia, porque después de esto, para mí, el Káiser no tenía derecho a ningún juicio.
Los desgraciados como él podían presentarse ante el tribunal y salir indemnes a base de sobornos, coacciones o extorsiones.
No sería el primer delincuente —ni el último— que salía por la puerta sin cargos federales.
—Mátalo —rogué entre sollozos desconsolados—. Por favor, si tienes oportunidad, mátalo.
Negó con la cabeza.
—No voy a quitarte ese privilegio. Si el Káiser vuelve a ponerse a tiro, tú misma lo harás.
Apreté los dedos contra su chaqueta, mientras algo oscuro y desconocido se asentó dentro de mí.
El helicóptero se acercó todo lo que pudo para que subiéramos de forma segura sin caer por la pendiente.
Creo que me ayudaron entre todos, porque ni siquiera recuerdo haber sido capaz de mover las piernas.
Después creo que me sentaron en el asiento lateral, y también me pareció que me ajustaron el arnés.
Alguien —probablemente Mason—, me retiró los guantes y el casco.
Juraría que Bill me dio agua, y que fue Phoebe la que sostuvo la botella mientras me enjugaba las lágrimas.
No fui capaz de mirar a nada ni a nadie.
Solo me miraba las manos. Aunque me había quitado los guantes ignífugos, comprobé que todavía tenía sangre de Nick bajo las uñas.
El monasterio quedó atrás, convertido en una masa de fuego y humo. Yo lo había dejado ahí. Y ahí había quedado su último aliento.
Durante el resto del vuelo, lo único que se oyó fueron mis lamentos.
El helicóptero vibró bajo mis botas y ni siquiera lo sentía.
Lo sabía por el leve temblor que la suela ejercía sobre la superficie.
Tampoco sentía las lágrimas que me resbalaban por el rostro, pero sabía, por las gotitas que caían en mi pantalón, que estaba llorando.
—¿Qué pasa? —preguntó Phoebe a Travis.
El jefe de grupo se había quitado el reloj de la muñeca y estuvo a punto de reventarlo contra el suelo. Si no lo hizo fue porque Bill lo impidió. La esfera parpadeaba como si sufriera interferencias, algo muy poco probable en un dispositivo como aquel.
—Pon rumbo a la Base Internacional —indicó al piloto por el comunicador.
Levanté la vista hacia él.
—No —negué—. ¡Hay que seguir buscando a Nick!
—Brooke.
Me llamó por mi nombre.
—¡No puedes parar ahora!
Travis me empujó.
—Solicitaré que un equipo de rastreo limpie el perímetro —sentenció, antes de dirigirse a al resto del grupo—. Pero necesitamos acceso inmediato al servidor central, porque el reloj está fallando.
—¡Entonces déjame aquí! —exigí—. ¡Detén este maldito helicóptero y bájame para poder buscar a Nick!
—¡No vas a bajar!
Enloquecí.
—¡No puedes llevarme por la fuerza, como tampoco puedes tomar decisiones por mí!
—¡Puedo y lo haré! —aseguró—. ¡Si te dejara aquí, lo único que conseguirías sería que tuviera que rescatar a dos personas en vez de a una, joder!
Sentí sus palabras como una bofetada.
—¡No entiendes nada!
—¡Lo entiendo perfectamente, pero no voy a perderte por una decisión estúpida!
El resto del vuelo fue una agonía.
La Base Internacional estaba en el valle y era invisible desde el aire hasta que prácticamente estabas encima.
Cuando sobrevolamos la zona, el helicóptero inició el descenso.
Phoebe me llevó directamente a la sala médica, donde me quitaron el traje, las botas y la ropa.
Después de que el médico me examinara y tratara, Phoebe me bañó.
La sangre empezó a colarse por el desagüe.
La vi desaparecer con la sensación de que me estaba quitando la última prueba física de que Nick había estado conmigo.
—¿Necesitas que te deje sola un rato?
Negué. La mente seguía en modo de alerta máxima.
Después de una pérdida violenta, la cabeza se protege como puede, y la mía se había refugiado en lo único tangible que tenía cerca: la presencia humana.
Me aferré a la pastilla de jabón, evitando mirar más la sangre.
Phoebe terminó y me vistió con un uniforme limpio.
Más tarde, me senté en una camilla y me ofreció agua, pero no bebí.
Solo pensaba en que Nick ya no estaba. En sus padres.
En sus hermanos y hermanas. ¿Cómo se comunica algo así?
La voz de Travis llegó desde la puerta.
—Brooke.
Volvía a ser Brooke, no Crowley.
No me levanté de la camilla. Y tampoco consideré que tuviese nada que decirle.
Permaneció en el umbral, sin entrar del todo, como si la línea de la puerta fuera un límite que no quisiera cruzar.
—Brooke —repitió.
Phoebe no se movió de mi lado.
—El equipo de rastreo ya ha peinado casi toda la zona del perímetro del monasterio —informó—. Están haciendo todo lo posible por encontrar los restos.
Los restos.
Se acercó y me envolvió en un abrazo que no intentaba contenerme, tampoco reprimirme ni frenar mis convulsiones.
No me apretó para que dejara de llorar. No me susurró que me calmara.
Simplemente se quedó. Phoebe, desde su asiento, me acarició la mano con cierta fragilidad.
Sosteniéndome también. Y entonces, me doblé hacia delante.
Busqué deprisa una papelera y estiré el brazo para cogerla a tiempo.
Metí la cabeza dentro, mientras mi estómago se contraía al imaginar lo que había quedado de Nick.
Ropa y carne desgarrada. Restos. Otra arcada me recorrió el cuerpo.
Seguí imaginándolo allí solo, vulnerable incluso después de muerto, y el estómago siguió castigándome.
El cuerpo insistió en vaciarme las siguientes horas.
Mason y Bill entraron en la habitación.
—Meyer —dijo Bill Davis—, acaban de aprobar el acceso al centro de comunicaciones. Si vas a intentar recuperar la ubicación, hay que hacerlo ahora.
—Smith, Davis, quedaros con Brooke —ordenó Travis, indicando a Phoebe que saliera con él.
Antes de irse, el jefe de grupo me cogió por la nuca y me besó sin importarle el sabor ácido del vómito, ni que los demás nos vieran. Fue un beso brusco, desesperado. Justo lo que necesitaba.
—Quédate aquí —pidió, más calmado—. Si haces estupideces que ponen tu vida en peligro, no puedo concentrarme.
—Una cosa más —interrumpió Mason Smith, con todo el tacto posible—. El equipo de rastreo acaba de confirmar que traen los restos de Nick.
Mi mundo se hundió en un pozo negro, y ni siquiera fui consciente de que Phoebe se había acercado a mí hasta que sus brazos me envolvieron.