Cicatrices 30. Brooke #2
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30. Brooke #2

Se arrodilló conmigo, incapaz de contener mi temblor ni mi llanto.

—¡Le he fallado! —Me desgarré la garganta—. ¡Le prometí que iríais a por él! ¡Se lo prometí, Phoebe!

En ese momento no me importaron el protocolo ni los cargos. Las imágenes no paraban de superponerse. Nick sonriendo a pesar de su estado. La navaja. La sangre. Mi mano metiendo el móvil en su bolsillo.

Phoebe no me soltó.

—Respira conmigo —rogó.

Aparté sus manos con brusquedad.

—¡No quiero respirar! ¡Quiero que subáis a por Nick!

Travis activó la ubicación del rastreador en la pantalla de su reloj.

—Crowley —puso la esfera ante mis ojos—, la señal nos ha traído hasta ti, y ahora se sigue moviendo, pero no hacia arriba.

Eso no podía ser. Phoebe observó la esfera.

—Nick no puede tener el móvil, lo que dice Holmgren es cierto. La señal nos ha traído hasta ti —sentenció, cruzando una mirada con él—. Mira la velocidad que marca el rastreador.

Observé la esfera y comprobé que el punto rojo descendía a muchísima velocidad. A una imposible para una persona herida que como mucho podría arrastrarse por la nieve. Phoebe me preguntó lo que yo ya temía:

—¿Puede que registraran a Nick antes de iros? Quizá encontraron el móvil, pensaron que era de él y se lo llevaron para que no pudiera alertar a las autoridades.

—No lo sé. Yo se lo di, pero… —me esforcé por recordar cada detalle—. Me sacaron del monasterio sin él.

—Hay que ir tras la señal —decidió Travis—. El Káiser es el único superviviente y debe llevar el rastreador encima. Es nuestra mejor oportunidad para detenerlo.

Me incorporé a pesar de que me dolía todo el cuerpo.

—No.

—Te recuerdo que estás fuera de cualquier operativo hasta nueva orden.

—Nick está arriba. —Lo desafié.

—Sabes las reglas. No puedes anteponer…

—¡No me hables de reglas! —estallé—. ¡Te lo pregunté en el aeropuerto! ¡Te pregunté si era peligroso el viaje! ¿Y qué dijiste?

—Sé lo que dije y por qué lo dije.

—¡Claro que lo sabes! ¡Porque solo te importa el protocolo y las estúpidas reglas cuando la cosa no va contigo!

Travis tensó la mandíbula.

—Escúchame.

Pero el que me iba a escuchar era él.

—¡No! —Di un paso atrás—. ¿Cuánto tiempo llevas aquí? ¿Desde cuándo sabes que el Káiser vendría?

No respondió. Phoebe lo miró con una decepción contenida que no pasó desapercibida para nadie.

—Holmgren, ¿no se lo dijiste?

El silencio fue respuesta suficiente. Y algo dentro de mí hizo clic.

—Contesta —exigí.

Fue Phoebe la que respondió.

—Llevamos en la zona desde el mismo día que vosotros. Hemos estado en una base de apoyo internacional en el valle.

Eso explicaba su pronta llegada. Las armas. El helicóptero.

Lo miré a él. Solo a él.

—¡¿Y no me lo dijiste?! ¡Al menos explícame por qué!

Travis siguió callado.

—Desplegó al equipo por prevención, tras confirmar que alguien había vendido información —admitió Phoebe—. ¿Recuerdas el taller del que sospechabas?

—Lo recuerdo.

—Tus sospechas eran correctas. Funcionaba como tapadera para el contrabando de armas. Era uno de sus puntos de tránsito. Actuamos durante el entierro.

Empujé a Travis.

—¿Actuaste sin mí? ¡¿Por qué?!

—¡Porque el Káiser te quiere a ti!

La decepción fue demasiado grande.

—Las sesiones… Los permisos… Toda la información sobre mí está en los informes, Holmgren. ¿Por eso me concediste permiso para el entierro y para venir aquí?

No era una pregunta. Era un hecho. Una acusación directa. Me había utilizado.

—Alguien desde dentro extrajo copias de los archivos —intentó mediar Mason—. Todavía estamos investigando.

Me mantuve cara a cara con Travis.

—Tus alegatos en el aeropuerto eran una farsa —lo acusé—. La conversación que hemos tenido esta mañana, también. Lo sabías todo, y a pesar de ello, me dejaste venir aquí.

Ahí estaba la herida de verdad. El daño.

—Si me dejaras hablar…

No le dejé, porque acababa de encajar la última pieza.

—Fuiste al taller que investigó Meyer para presionar al Káiser. Querías obligarlo a moverse, pero… ¿Cómo supiste que alguien le pasó la información desde dentro?

Esta vez respondió con la verdad. Ya no tenía sentido mentir.

—Meyer identificó en el ordenador la copia creada del expediente Varok, completa, también la de tus sesiones con la psicóloga. Además de los permisos.

Me dolía la cabeza, había algo que se me escapaba.

—Eso no asegura nada. Guy Macklean podría haberlos extraído, te dejó clarísimo que todos mis informes pasarían por él.

Su mirada no vaciló.

—Si Guy hubiera extraído los informes no habría intentado borrar ese movimiento en la base interna del sistema.

Phoebe procedió a explicar lo del taller.

—Fuimos al taller con los agentes Bill Davis y Mason Smith, sin notificar el operativo por los canales habituales para confirmar las sospechas. Antes de actuar, notificamos a la base.

—Un minuto —dijo Travis—. Eso es lo que tardaron los del taller en recibir el soplo.

—¿Pudisteis detener a alguno?

Bill apartó la mirada. Mason metió la mano en el bolsillo. Phoebe respondió, ya que Travis parecía haberse quedado sin lengua.

—No.

—¿Se escaparon todos?

No me lo podía creer.

—No.

Travis confirmó mis sospechas.

—¡Entonces, explícate, porque Nick se está muriendo ahí arriba si es que no está muerto ya!

—Les dejamos ir —confesó.

—¿Por qué?

—El Káiser no estaba con ellos. Solo necesitábamos comprobar que, efectivamente, había un topo en el SEDS.

—Viniste al aeropuerto —repetí—. Me diste el móvil rastreador. El arma.

Me interrumpió.

—Estamos perdiendo demasiado tiempo. Sin el Káiser, todo seguirá igual.

—¡Nada seguirá igual! ¿Es que no entiendes que ahora mismo el único que puede estar a punto de morir por tus decisiones es Nick? —Lo demás había dejado de importar—. Me has usado de cebo para dar caza a un criminal, pero no has pensado ni en Nick ni en mí.

—¡Lo tenemos, Crowley! —estalló Travis, mostrando el punto rojo que todavía se movía en la esfera—. Tenemos al Káiser. Solo tenemos que ir a por él y…

La decepción fue dolorosa. Pesada. Como cuando algo que llevas tiempo sin querer ver se pone, de repente, delante de tus narices. Travis, la misma persona que hacía horas me pedía que confiara, ahora estaba anteponiendo dar caza a un criminal a salvar la vida de Nick.

—¡¿Estás de broma?!—Me entraron ganas de dispararle. Suerte que no tenía arma—. ¿Es que no me escuchas cuando te hablo? ¡Hay que ir a por Nick! No podemos perder más tiempo.

Tragué saliva.

—Casi muere —continué—. Nick casi muere delante de mí, y ni siquiera sé si ahora respira. ¡Y tú sigues mirando ese maldito reloj como si su vida no importara!

—El rastreador va con él —insistió—. Entiendo que Nick es tu amigo, pero esta es la mejor oportunidad que vamos a tener.

Negué. Solo había un helicóptero. Era o el Káiser o Nick. Y yo siempre elegiría a Nick.

—Podemos capturarlo —insistió—. Somos agentes del Estado, y como tales, debemos anteponer el bien común al beneficio propio.

Me moví antes de que nadie pudiera hacer nada. Mi mano fue directa a la funda de Phoebe. Cuando Travis quiso reaccionar, la pistola ya estaba en mi mano, apuntando hacia su cabeza. Quité el seguro.

«Clac».

Bill, Mason y Phoebe cruzaron miradas. El viento del helicóptero me llegaba con fuerza, pero resistí a pesar de mi estado.

—Vamos a subir a por Nick —advertí—. Y vamos a subir ahora.

La mirada de Travis me dio miedo, pero no lo suficiente como para ceder.

—Baja el arma —ordenó.

—No.

—Crowley —lo intentó otra vez—, baja el arma y dame la pistola.

Hubo un silencio tenso, irrespirable, en el que lo único que se oyó fueron las aspas del helicóptero.

—¡Estás poniendo en riesgo el operativo! —gritó.

—A la mierda el operativo. —Rocé el gatillo, dispuesta a apretarlo—. Déjame pasar.

No se apartó.

—¡Piensa como agente, Crowley! ¡Eres del SEDS, demuéstralo!

—Estoy pensando como persona. Deberías probarlo alguna vez.

Phoebe se interpuso entre los dos.

—Crowley tiene razón. Nick es un civil, y si sigue vivo, cada segundo cuenta. El Káiser lleva el rastreador, no lo hemos perdido.

Mason miró de reojo a Travis, antes de posicionarse a mi lado.

—Estoy con ellas.

Bill hizo lo mismo.

—Yo también.

Ahora, Travis estaba completamente solo. Su mirada volvió a mí.

—Acabas de romper la cadena de mando, además de entorpecer el operativo.

Seguí apuntándole.

—Entonces denúnciame cuando volvamos a Nueva York —avancé apoyándome en Phoebe hasta la aeronave—, porque ahora vamos a subir a ese helicóptero para rescatar a Nick.

El helicóptero terminó de descender, provocando que la nieve empezara a levantarse formando remolinos. Cuando todos subimos, Travis se dirigió al piloto por el comunicador.

—Ascenso inmediato al punto inicial del rastreador; el monasterio. —Luego, su voz llegó baja, solo para mí—. Esto va a constar en tu expediente. Es un incidente disciplinario que no puedo pasar por alto.

—Salva a Nick —contesté sin mirarlo—. Luego haz lo que consideres.