30. Brooke
Brooke
Intenté girarme para golpear al que conducía la moto de nieve, pero las muñecas no me respondieron como quería.
La cuerda que me habían puesto por delante del torso era demasiado gruesa como para romperla con los dientes.
El Káiser me retenía por la cintura mientras llevaba la moto ladera abajo a una velocidad suicida.
Intenté clavarle el codo, pero la posición era mala, y el equilibrio, peor.
Si forcejeaba lo único que conseguiría sería una muerte segura tras caer al vacío.
Apreté los dientes. Mis botas resbalaron contra los laterales de la moto cada vez que intentaba apoyarme para cambiar la posición de mi cuerpo.
No era falta de voluntad. Sino falta de ventaja y que las condiciones climáticas no ayudaban.
Aun así, no me quedé quieta. Probé la tensión de la cuerda una y otra vez, buscando la forma de deshacer alguno de los nudos.
No estaban mal hechos, pero tampoco eran infalibles.
Giré las manos concentrada, a pesar de los botes que mi cuerpo daba en la moto debido a la velocidad y a la nieve.
Uno de los nudos cedió ligeramente y volví a tensar la cuerda.
Esta se aflojó lo suficiente como para meter el meñique.
Clavé la uña y tiré hacia fuera apretando los dientes con tanta fuerza que me dolió la mandíbula.
Antes de rendirme conseguí dar un tirón más, con el que la cuerda raspó la piel del dedo al ceder.
Introduje también el anular, forzando el ángulo límite de la muñeca.
El dolor me subió hasta el codo, pero no aflojé.
La cuerda terminó de ceder cuando el rugido de unas aspas rompió el cielo.
Alcé la vista.
Luces blancas.
Un helicóptero.
El agarre del Káiser sobre mi cintura se endureció tanto que me hizo daño.
Pero yo ya no estaba pensando en él ni en la moto, ni siquiera en mi situación.
Pensaba en Nick. En el móvil. Se lo había puesto yo.
Lo había activado para que lo encontraran a él, pero no era posible que estuvieran en el Himalaya en cuestión de minutos.
De Nueva York al Himalaya había entre veinte y treinta horas, o más, incluyendo escalas.
Mi respiración se descompuso bajo la ventisca.
¿Y si Travis llevaba todo este tiempo aquí?
Giré la vista en dirección a la cima, como si eso pudiera darme la respuesta.
Como si el helicóptero fuera a pasar de largo, cambiar de rumbo y dirigirse al monasterio.
Pero no. Quienes estaban en el helicóptero iniciaron el descenso y el Káiser levantó la mano.
Las motos aceleraron, dispersándose como un abanico para dificultar el fuego desde el aire. Comprobé que el helicóptero bajó más.
Varios disparos impactaron delante de las motos.
La nieve explotó en columnas blancas, pero el Káiser no se detuvo.
Volvió a levantar el brazo y aceleraron más incluso, intentando dispersarse entre la vegetación, pero entonces el sonido cambió.
Ya no era una ráfaga corta, sino un golpe seco, más grave, más pesado.
Un proyectil de mayor calibre que salió desde el lateral de la aeronave.
Lo vi como un destello y después vino el impacto.
Una de las motos del flanco izquierdo voló por los aires.
Explotó a pocos metros de nosotros, en una onda que levantó nieve, cuerpos y trozos de metal.
Dos hombres menos.
Total de bajas: seis.
La estela apenas duró unos segundos antes de apagarse bajo la nieve.
Las motos no se detuvieron y el helicóptero siguió descendiendo.
El viento de las aspas cada vez era más violento.
Otra detonación nos sacudió. El impacto levantó una nube espesa de fuego y humo antes de que otra moto se desintegrase y cayera contra la ladera, tragándose a dos hombres más.
Actualización de bajas: ocho. Ya solo quedaban tres. Cuatro contando al Káiser.
El piloto siguió bajando. Maniobró en vertical y se adelantó a nuestra posición, cortando la trayectoria. La aeronave descendió hasta casi tocar tierra, atravesándose en el claro. El Káiser tiró del manillar para huir por una ruta alternativa, sin embargo, el espacio era demasiado estrecho.
Ese segundo de duda antes de que accionara el freno era lo que estaba esperando desde que la cuerda de las muñecas había comenzado a ceder.
Tiré con violencia. La fricción me quemó la piel, pero la cuerda se deslizó dejándome las manos libres.
Me impulsé hacia él y le golpeé la nariz con mi propia frente.
El crujido fue seco bajo el impacto. La sangre brotó de inmediato, manchándole la ropa.
En respuesta, me golpeó la cara con el puño, tratando de agarrarme mientras giraba el manillar con brusquedad.
Con una mano, el Káiser intentó sacar el arma, pero le retorcí la muñeca.
Maldijo con una mueca y volvió a golpearme la cara.
Unas figuras negras saltaron desde el helicóptero a la nieve en ese momento, acompañados de ráfagas de disparos que cruzaron el aire.
Los hombres del Káiser que quedaban respondieron de inmediato, cambiando de dirección como su líder, mientras lanzaban balas contra mi grupo.
Reconocí a Travis, Phoebe, Bill y Mason.
Rodaron para cubrirse tras pequeñas elevaciones de la propia montaña, buscando troncos caídos. Phoebe se arrodilló tras una cresta de nieve compacta, apoyó la ametralladora ligera sobre el borde y abrió fuego.
«¡Pam! ¡Pam! ¡Pam! ¡Pam! ¡Pam!».
Disparó directamente a las cintas de tracción de las motos, inutilizando los vehículos.
Uno de los hombres del Káiser intentó girar para cubrirse, pero la ráfaga atravesó su cuerpo, dejándole como un colador.
Bill avanzó con Mason en paralelo, mientras Travis cubría el campo de tiro de Phoebe.
La moto, ahora sin conductor, chocó contra un árbol, lanzando al acompañante a varios metros de distancia antes de que el vehículo cayera ladera abajo.
Phoebe puso la mira en otra. Apuntó y disparó hasta que el metal saltó en pedazos y el vehículo volcó, aplastando al último hombre del Káiser.
—Te has quedado solo, K.
Me golpeó para poder sacar el arma, pero antes de que disparara, le devolví el puñetazo. Volvió a pegarme, esta vez con la culata, pero no me importó. Su bala se había perdido en el aire. Y solo quedábamos él y yo.
Me agarró del abrigo e intentó usarme de escudo mientras giraba hacia una garganta estrecha.
Travis lo tenía a tiro, pero no movió el dedo en el gatillo porque si fallaba, yo estaba en la línea de fuego.
El Káiser aceleró en dirección a esa salida irregular donde el helicóptero no tendría margen para descender sin estrellarse contra los árboles.
Las aspas rugieron detrás de nosotros, pero el piloto ya estaba elevando la altura.
Miré hacia atrás. Phoebe intentó avanzar unos metros cargando la ametralladora, pero a pie era imposible alcanzarnos.
La pendiente era traicionera y la moto ya había ganado distancia.
Bill y Mason se desplegaron por los laterales, buscando un punto seguro para disparar.
—¡No disparéis! —Travis ordenó bajar las armas.
Disparar seguía sin ser seguro, y ya no podían seguirnos.
El Káiser lo sabía. Yo también. Mi única oportunidad era arriesgada, pero, o saltaba antes de que cruzáramos ese límite o volvería a llevarme con él.
Calculé la pendiente, el ángulo y la velocidad.
El Káiser volvió a golpearme con la culata en la cabeza, antes de apretarme más contra su cuerpo y girar el manillar.
No dudé. Su error fue subestimarme, pensar que el golpe me había desorientado, pero para su sorpresa, saqué una pierna de mi único apoyo lateral, le di un codazo en el costado y aproveché que aflojó el agarre para deslizarme hacia un lado.
Su mano se cerró más fuerte sobre mi abrigo cuando entendió lo que intentaba.
Quiso retenerme. Arrastrarme de nuevo contra su cuerpo mientras aumentaba la velocidad.
La tela se tensó al límite y tuve que morder la mano con la que sostenía la pistola para que me soltara y poder tirarme de la moto.
Lo hice en marcha e impacté contra la pendiente.
La nieve, al ser compacta no amortiguó nada, por lo que sentí el impacto primero en el hombro, luego en la cadera, y después en la cabeza.
Rodé varios metros ladera abajo, incapaz de frenar hasta que choqué con un montículo de rocas.
—¡Ahora! —oí a Travis—. ¡Disparad a matar!
Las balas rasgaron el aire. Le disparaban a él, y eso fue lo que me salvó de que detuviera la moto y volviera a por mí. Su única ventaja era la velocidad.
«Pam. Pam. Pam. Pam. Pam». Más disparos. Esperé boca arriba, con el cielo girando sobre mí mientras el sonido de la moto se volvía cada vez más lejano.
Travis fue el primero en llegar hasta mí, deslizándose los últimos metros de rodillas por la pendiente. Phoebe vino detrás, mientras Mason y Bill aseguraron el perímetro.
—Estás herida —afirmó, sujetando mi rostro.
Aunque sabía que lo estaba, negué. El helicóptero rugía sobre nuestras cabezas, buscando una base segura sobre la que detenerse.
Pero yo solo podía mirar hacia la cima. Hacia donde había dejado a Nick.
La realidad me llegaba fragmentada: el móvil, el rastreador activado…
Miré a Travis. A Phoebe. Luego al helicóptero. Y otra vez a la cima. No entendí nada.
—¡¿Por qué estáis aquí?!
Travis, aún sin aliento por la carrera, me respondió sin demorarse.
—Seguimos tu ubicación.
Intentó abrazarme, pero no le dejé.
—¡No! —Lo aparté—. El rastreador se lo puse a Nick. —Señalé hacia la cima—. ¡Se va a morir si es que no lo ha hecho ya! ¡¿Por qué estáis aquí?! ¡¿Por qué?!
La última imagen de Nick me atravesó de una forma demasiado dolorosa. Me llevé las manos a la cabeza y Phoebe tuvo que apartar a Travis de mi lado cuando comencé a temblar. No de frío, de pánico.
—Crowley, vamos a ayudarte.