29. Nick
Nick
Su boca me supo a sangre. A la mía. Tibia al deslizarse entre nuestros labios y, pese a todo, fue el mejor beso de mi vida.
No porque fuera perfecto ni dulce, sino porque era con Brooke.
Porque incluso con la muerte respirándome en la nuca, encontré alivio en sus labios hasta que llegó el dolor.
Fue como si una puerta se me hubiera abierto en mitad del pecho y el invierno hubiera decidido clavarse hasta dentro.
Sus dedos me acariciaron el rostro mientras mantenía la otra mano firme sobre mi hemorragia.
Brooke apretó más fuerte, negándose a aceptar lo evidente cuando un tirón la sacudió, arrancándome de su boca.
Tenía todavía su aliento en los labios cuando otro par de manos enguantadas la sujetaron con violencia, echando su cabeza hacia atrás.
—¡No! —chilló, con los ojos inundados de lágrimas.
Jamás había visto a Brooke llorar. Ni siquiera cuando éramos niños y se abría las rodillas trepando por donde nadie más se atrevía.
Ella siempre había tenido esa forma suya de sostener el mundo sobre sus hombros, como si el dolor fuera algo que pudiera doblegarse a su voluntad.
Pero ahora, no. Ahora, su rostro estaba deshecho.
Y deseé no haberla visto llorar nunca, porque comprobé que lo hacía como si le arrancaran algo desde dentro; el alma.
Intenté moverme, pero la presión contra las costillas me lo impidió. El frío del metal se había extendido por todo el cuerpo.
—¡Nick! —Mi nombre salió de su boca como un ruego—. ¡Mantente despierto! ¡Por favor, Nick!
Quise bromear para que el recuerdo que le quedara de mí fuera uno bueno, quise decirle que siempre daba órdenes, incluso en los peores momentos, pero lo único que hice fue mirarla una vez más a sus ojos marrón ébano.
No era un color que pudiera explicarse con palabras.
Había en ellos vetas más oscuras que me recordaban a la madera vieja.
Pero eso no era lo más impactante de ellos, sino que no pedían permiso.
Que desafiaban. Que desde que éramos unos renacuajos que jugábamos en el jardín del colegio cubiertos de barro, aquellos ojos sostenían la mirada incluso cuando el resto del mundo la habría bajado.
Una mirada que siempre había sido valiente.
Y ahora, por primera vez, estaba llena de miedo.
Su melena cayó sobre su rostro mientras aquellos hombres la arrastraban hacia la salida.
Quise apartar los mechones como había hecho otras veces, pero ni siquiera fui capaz de mover un dedo.
Así que memoricé. Memoricé la espesa curva de sus pestañas, el brillo de sus pupilas y la forma en que mi nombre salía de su boca.
—Nena —fue lo único que conseguí pedir—, no llores. Nada de esto es culpa tuya.
No sé si me oyó, pero deseé que sí. Las palabras salieron rotas, arrastradas, porque cada una de ellas me atravesaba el torso un poco más.
Quise sonreírle, pero el frío trepaba dentro de mí.
La verdad había llegado impuesta. Y no fue una revelación poética, más bien una certeza que se había abierto paso entre la sangre y la evidencia.
Una constatación. Siempre había estado enamorado de Brooke, desde mucho antes de saber ponerle nombre a mis sentimientos.
Tosí más sangre. Y el miedo en sus ojos me atravesó con más profundidad que la navaja.
Brooke podía pelear, sangrar, romper huesos, incluso matar.
Podía incendiar el mundo entero si hacía falta, y lo haría sin vacilar.
Pero el miedo que mostró no era algo que yo hubiera visto jamás.
A pesar de eso, se enfrentó con uñas y dientes a esos hombres, clavando las botas en la nieve y gritando mi nombre con tanta fuerza que reverberó en las bóvedas de piedra.
—¡NICK! ¡NICK!
Quise decirle de nuevo que la quería, pero solo conseguí mover la cabeza lo suficiente para verla retorcerse mientras dos de los hombres la arrastraban fuera del monasterio.
Fue entonces cuando oí disparos. Un monje cayó de rodillas a pocos metros de mí.
Otros se desplomaron tras recibir tiros en la cabeza o en el corazón.
Mi visión tembló bajo las manchas de sangre de los cuerpos que yacían inertes, mientras los tiros se mezclaban con el estallido de los cristales rotos de las lámparas de aceite.
El sonido se deformó en los oídos y la nieve vibró bajo la espalda.
El fuego comenzó a extenderse. Y los hombres se fueron antes de que las llamas treparan por la estructura.
Todos menos uno; el que me había apuñalado.
Sentí su mirada recorrer la herida, la sangre, la rigidez de mis manos sobre el puñal.
Comprobó que mi pecho se movía ya solo lo mínimo.
Y llegué a la conclusión de que mi piel ya debía tener ese tono que anuncia el final, porque me dio un leve golpe en el costado.
No para hacer más daño, sino para verificar que por parte del cuerpo ya no había reacción posible.
Me sujetó la mandíbula con brusquedad y giró mi cara a un lado. Pasaron dos segundos. Tres.
—No le hagas daño a Brooke —supliqué por ella.
No por mí ni por mi vida. Solo por la suya. Porque si algo tenía claro era que podía morir tranquilo si Brooke vivía. Pero no al revés.
Me soltó con desdén.
—Tu vida pende de un hilo y aún te crees con el derecho de exigir.
Mi cabeza cayó de lado sobre la nieve, rebotando con dureza. Noté entonces lo que Brooke me había dado. La idea nació del amor más puro.
—¿Sabes… qué es lo peor de ti? —dije, en un susurro moribundo, consiguiendo que se acercara más a mí.
Mis labios se curvaron, manchados de rojo cuando se inclinó sobre mi rostro.
—Que necesitas espectadores —provoqué—. Sin tu gente mirando no eres nadie.
Su mano sujetó mi mandíbula otra vez, justo lo que quería. Me clavó los dedos en la carne, aproximándose lo suficiente para que su abrigo me rozara el torso, dándome lo que necesitaba.
—Te demostraré que no necesito a nadie, ya que ni muriéndote sabes callarte.
Mientras hablaba, cogí el aparato y lo oculté bajo la palma.
Esperé a que me mirase a los ojos para mover la mano bajo el pliegue de su abrigo.
Me soltó con desprecio, haciendo que la cabeza cayera otra vez con dureza.
Pensé que ya se marcharía, pero sus botas no se movieron.
Sus dedos se cerraron alrededor de la empuñadura de la navaja, aún anclada bajo mis costillas, y sentí el dolor antes incluso de que tirara.
La sangre brotó de inmediato, más caliente y abundante ahora que la herida quedaba expuesta.
Tiró de mi cazadora, levantó la ropa térmica y me descubrió el pecho.
El frío quemó mi torso desnudo al instante.
Apoyó la navaja sobre el pecho, justo encima del esternón.
No tuve fuerza para apartarme, aunque sí para gritar.
La primera incisión fue lenta. Deliberada.
La hoja abrió la piel, trazando una línea vertical mientras la sangre brotaba como tinta acompañando mis gritos. Después en diagonal. Una K.
Guardó la navaja, satisfecho con la marca que ya me deformaba el pecho. Debí parecer ya un cadáver, porque se incorporó sin prisa y me dio la espalda. Pasó sobre los cuerpos de los monjes sin dedicarles una sola mirada, como si para él no tuvieran ninguna relevancia.
Abandonó el monasterio y entonces oí unos motores.
Desde mi sitio, pude ver las motos de nieve ocultas entre los árboles y las lonas blancas que simulaban la nieve.
Empezaron a montar en ellas, viendo cómo subían a Brooke a la parte trasera con ese hombre.
Forcejeó, pero no sirvió de nada. La nieve formó una estela blanca cuando arrancaron con Brooke atada.
El silencio regresó y solo quedamos el fuego, la sangre derramada y yo, sobre la nieve, con la K ardiendo en el pecho.