28. Brooke #3
—Nick… —susurré—. Estoy aquí, Nick.
Intentó sonreír, pero solo consiguió toser, atragantándose con su propia sangre. Lo habían reventado.
—Ya no me gusta el Himalaya —bromeó, a pesar de la gravedad de su estado.
Le limpié parte de la sangre con mi ropa y apoyé su cabeza contra mi pecho.
—Prométeme que aguantarás hasta que lleguen.
Hablé en susurros para que solo él me oyera. Sus ojos me buscaron con esa calma suya que demostraba cuando las cosas no podían cambiar.
—¿Hasta que… lleguen?
Le cubrí el rostro con mi cuerpo. Aproveché ese ángulo muerto y, con tanto disimulo como pude, metí la mano en el bolsillo de la chaqueta.
Apreté el botón lateral del móvil como había indicado Travis en caso de haber una amenaza real.
Luego deslicé la mano directamente entre nuestros cuerpos, pegada a su costado, como si solo le estuviera sosteniendo.
Escondí el aparato en el bolsillo lateral de su pantalón, empujándolo con los dedos hasta asegurarme de que quedaba oculto bajo la tela del abrigo.
Desde fuera, solo parecía que lo abrazaba.
Nick levantó el brazo, y pasó un mechón de mi pelo por detrás de la oreja. Fue una caricia demasiado bonita que lamenté no haber valorado tiempo atrás.
—Nena. —Siguió acariciándome—. No arrugues así el ceño, me gusta más cuando sonríes.
Me acerqué más a él.
—No hables como si te fueras a morir. Travis vendrá a por ti, te lo prometo.
Intentó sonreír. Y lo consiguió, aunque le dolió la vida hacerlo. No perdió tiempo haciendo preguntas sobre Travis. Era evidente que no se había creído que fuera guardia de seguridad de ningún local.
—¿Sabes lo que más admiro de ti, nena?
Negué. Sus ojos me recorrieron el rostro como si lo único importante fuera memorizarme. Grabarme en su retina a fuego.
—Nick…
—Que no te callas.
Lloré y me reí a la vez, abrazándolo.
—Tremendo cumplido. Gracias.
—Siempre dices lo que piensas —continuó—. Y me gusta tu carácter… incluso cuando te enfadas.
Sus dedos rozaron los míos. Débiles.
—Me gusta… como caminas.
Limpió la lágrima que me resbalaba por la punta de la nariz.
—¿Cómo camino?
Sus ojos se humedecieron también.
—Como si nadie pudiera detenerte. Y me encanta como me miras cuando crees que no me doy cuenta. Lo haces de la misma forma en la que yo te veo a ti.
Apoyé mi frente contra la suya.
—Me van a llevar con ellos, Nick, y no sé si volveré —admití, consciente de que mi vida ya no dependía de mí—. Necesito que sepas que lo siento. Que siento muchísimo haberte metido en esto.
Su expresión cambió cuando lo entendió. Lo más probable es que esa fuera la última vez que me viese con vida. Intentó incorporarse, pero su cuerpo no respondió.
—No —murmuró contra mi boca—. Eso no va a pasar.
—El móvil —susurré, palpando el bolsillo—. Es un rastreador. Te encontrará.
La sombra del Káiser se cernió sobre nosotros y, por un momento, creí que iba a matarme allí mismo, delante de él. Su bota crujió bajo la sangre y no vi la navaja que sacó hasta que fue demasiado tarde. El metal, directo y preciso, atravesó a Nick.
—¡NO! —Me desgarré las cuerdas vocales.
Intenté cubrirlo con mi propio cuerpo, pero la navaja ya estaba anclada bajo sus costillas.
La hoja se hundió hasta la empuñadura en el abdomen con un sonido húmedo.
Nick jadeó. Su cuerpo se arqueó y buscó con la mano instintivamente la herida.
Le sujeté la muñeca antes de que pudiera tocar la empuñadura.
Brotó entre mis dedos su sangre caliente, espesa, imposible de contener.
—¡Nick! —Mi voz ya no era voz, era algo roto—. ¡Nick, mírame!
Sus ojos tardaron en enfocarme.
—Nena… —se lamentó, apenas sin aire.
—Por favor, aguanta. ¡Ayuda! —grité, girándome hacia los hombres, a pesar de saber que ninguno haría nada por él.
El Káiser disfrutó con esto.
—No cierres los ojos, por favor. Lo siento —repetí una y otra vez—. Lo siento, lo siento, lo siento…
Su mano tembló sobre la mía.
—Nena, ¿te acuerdas… de lo que dijimos del epitafio? —murmuró, en un tono apenas audible.
Intentó sonreír, pero el gesto se quedó a medias.
—No hables de epitafios. No vas a morir…
Tosió más sangre y le sujeté la cara entre las manos, desesperada.
—Nick, no, por favor —rogué—. ¡No, Nick!
Sus ojos encontraron los míos una última vez.
—Si muero…
—No lo digas —negué—. No hables del puto epitafio, porque no vas a morirte.
Pero continuó, reuniendo el poco aliento que le quedaba.
—Pon esto… —Su pulgar me rozó el labio—: Te quiero, nena. Perdón por no decírtelo.
El que estaba perdiendo la vida era él. Pero yo era la que no sabía respirar, ni pensar, ni entender lo que acababa de oír.
Como si mi vida se fuera con la de él. Intenté hablar, pero lo único que me salieron fueron más lágrimas.
Y entonces, Nick se inclinó. Lento. Inseguro.
Como si incluso ahora dudara de si lo que hacía era correcto o no.
Sus labios rozaron los míos, apenas en un breve contacto, humedecido por la saliva que se mezclaba con la sangre.
Pero a pesar de todo, cálido. Y sumamente desgarrador.