28. Brooke #2
No discutió. Atravesamos el altar central esquivando balas y las llamas de las lámparas de aceite que nos lanzaron.
El aceite se extendió y las llamas prendieron al instante, arrasando telas, alfombras y paredes.
La campana sonó con más insistencia. Algunos monjes aparecieron con cubos de tierra y agua para contener el fuego.
Tiré de Nick hacia una puerta lateral. Antes de girar, apunté con mi arma al Káiser. Disparé, pero fallé.
—¡Nena, vamos! —Nick me arrastró hacia dentro—. ¡Por ahí!
Nos adentramos en otro pasillo mal iluminado que terminaba en el claustro interior. El frío entraba a ráfagas por los arcos abiertos, arrastrando copos de nieve y humo.
—¡¿Brooke, qué está pasando?!
—¡Ya te lo dije! ¡Te dije que me había secuestrado un traficante de armas y que soy agente del SEDS! —jadeé mientras corría—. ¿Adivinas quién es el que me secuestró?
Un disparo impactó contra la piedra, pasando muy cerca de Nick.
—¡Hostia puta! ¡¿Lo dijiste en serio?!
Otro tiro pasó todavía más cerca.
—¡Sí!
—¡La próxima vez que me invites de viaje, recuérdame que te pregunte cuántos delincuentes vienen incluidos en la experiencia!
—Ja. ¡No es momento de que te hagas el gracioso!
Me miró como si algo no terminara de encajar.
—¡¿Por qué trabajas sirviendo cafés?!
—¡Es mi tapadera habitual! ¡Y la de mis padres!
—¡¿Tus padres también son agentes?!
Seguimos corriendo hasta cruzar el patio. Los siguientes tiros fueron al aire; una advertencia. Pero parar no era una opción. Estábamos a punto de llegar a la salida.
—¡Casi estamos, Nick!
—¡No me has contestado! —gritó, casi sin aliento.
—¡Son responsables de Operaciones Estratégicas y Análisis Inteligente!
—¡Y yo desayunando con ellos un día de diario! —Un tiro le rozó el brazo, haciéndole chillar aún más—. ¡No quiero morir todavía!
Por suerte, la bala solo había atravesado la tela.
Dos hombres nos sorprendieron por la izquierda.
El primero de ellos se lanzó a por Nick.
Lo embistió, haciendo que se golpeara la cabeza contra las rocas, con un sonido seco que me atravesó el pecho.
Intentó incorporarse, pero el segundo ya lo estaba moliendo a golpes mientras el otro le presionaba la espalda con la rodilla.
Miré la salida. Estaba ahí, a mi alcance.
Correr en la nieve requería de una resistencia física que seguramente ellos no tenían.
Yo, sí. Si me iba, podría salvarme. Si me quedaba…
Era muy probable que no pudiera con todos.
Pero Nick tampoco podría. Hizo lo posible por defenderse, golpeando ya sin fuerza, intentando quitarse el peso de aquellos hombres de encima.
Apunté con la pistola, pero si fallaba, podría dar a Nick.
—¡Vete, Brooke! —gritó, tirado en el suelo—. ¡Corre!
Seguí apuntando. Mis piernas no obedecieron su orden, y no lo harían nunca. La sangre de su cara manchó la nieve.
Eché a correr hacia él, y disparé a uno cuando estuve sobre ellos.
Cayó al suelo, muerto. Tercera baja. Sujeté por la espalda al otro, dándole con la pistola un golpe seco en la sien.
Cayó de lado, aturdido. Pero otro apareció por mi espalda e intentó agarrarme.
El arma cayó a la nieve, pero le clavé la rodilla en la boca del estómago, antes de reventarlo de una patada en la cara.
Me agaché, tirando de Nick. No podíamos perder ni un segundo más.
—¡Levanta!
Pero lo habían machacado a golpes. El Káiser y sus hombres nos rodearon.
—¡Nick, arriba! ¡Vamos!
Le pasé su brazo por mi espalda para servirle de apoyo, pero no pudo sostenerse.
Pesaba más del doble que yo y, aun así, no lo solté.
Palpé en la gruesa capa de nieve hasta encontrar mi pistola.
Disparé contra los que pude antes de que me arrebataran el arma.
Conseguí abatir a otro. Total de bajas: Cuatro.
Uno de ellos levantó su arma y apuntó directamente a mi cabeza, pero bastó una mirada del Káiser para que volviera a bajar el arma.
No entendí por qué hasta que tres hombres me sujetaron por los brazos, arrancándome de Nick con tal violencia que casi me sacan los hombros.
Pataleé como pude mientras me arrastraban por la nieve, alejándome de él mientras mis botas dejaban surcos desesperados en el suelo.
—¡Soltadme, hijos de puta! ¡Soltadme!
Nick intentó arrastrarse hacia mí, pero uno de los hombres le propinó una patada en las costillas que lo devolvió al suelo con un gemido roto.
Y entonces, todo empeoró. Los que quedaban lo rodearon.
Primero fueron patadas en las costillas, el abdomen, la espalda.
Nick se encogió sobre sí mismo intentando protegerse con los brazos.
—¡Parad!—supliqué—. ¡Dejadlo!
Uno le agarró del pelo con saña y lo obligó a alzar la cara mientras otros dos le propinaron puñetazos hasta romperle la nariz y el labio.
—¡Por favor, basta! ¡Él no tiene nada que ver en esto!
Forcejeé como una bestia hasta acabar cara a cara frente al Káiser. Me arrodille ante él, sumisa, con las manos en forma de cruz porque sus hombres me seguían agarrando.
—¡Es a mí a quien quieres! ¡A mí!
Bajó la cabeza con premeditada lentitud, disfrutando de mi desesperación. Segundos después alzó una mano al aire y los golpes a Nick cesaron.
—Soltadla. —Sacó una pistola y me apuntó con ella.
—Haré lo que quieras —prometí—. Lo que quieras, pero no le hagáis más daño.
Me arrastré por la nieve hasta Nick. Estaba tirado boca abajo. Me costó darle la vuelta, pero lo hice. Sujeté con manos temblorosas su cara entre las manos.