Cicatrices 28. Brooke
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28. Brooke

Brooke

Me desperté antes que Nick. No porque hubiera dormido bien, sino porque el cuerpo sabía que era eso lo que había que hacer. Nick seguía dormido, de lado, con un brazo colgando por mi extremo de la cama y el otro bajo mi espalda. Las almohadas, otra vez, no habían servido para nada.

—Buenos días —susurré—. ¿Te importaría dejar de aplastarme? Tu brazo es un peso muerto sobre mi estómago.

Se apartó somnoliento mientras se esforzaba por abrir un ojo.

—No siento el cuerpo. Y no te haces una idea de lo que me duele el culo.

Se incorporó, contuvo a medias un gemido y se fue al baño.

Aproveché para vestirme con ropa térmica antes de ponerme lo demás.

Rápidamente, cogí el móvil que me había dado Travis en el aeropuerto y marqué el número que tenía en contactos.

Aunque hubiera una grandísima diferencia horaria, en Nueva York aún no eran las nueve de la noche.

Respondió al segundo tono.

—¿Brooke?

—Solo llamo para saber si hay novedades.

Travis tardó demasiado en contestar.

—Sé que ha salido información confidencial, pero no sé cómo ni con quién.

—¿Nivel de riesgo?

—Actualmente indeterminado.

Miré la puerta del baño. Nick todavía tardaría un par de minutos en salir.

—¿Mis padres están bien?

—Sí. No les llames ni escribas, ni siquiera con este número, por seguridad.

No hice más preguntas.

—Diles que los quiero.

No dijo nada al respecto.

—Cuando vuelvas tendrás seguridad reforzada. Quiero a todo el equipo contigo, tus compañeros están de acuerdo.

—¿Motivo?

—Sospecho que los archivos que han salido del sistema son los del caso Varok. Quizá también tus informes.

El pulso se me disparó.

—¿Los informes completos?

—Puede.

Miré otra vez la puerta. Nick tarareaba algo, desafinando como un gallo.

—En los informes aparece el permiso de descanso. También dónde estoy ahora y cuándo vuelvo —concluí.

—Tomaremos las medidas necesarias para que tu vuelta sea segura.

—¿Y mientras tanto?

—Mientras tanto, disfruta sin bajar la guardia. No puedes hacer nada desde allí.

—¿Desde cuándo lo sabes?

Que no respondiera ya era una respuesta.

—No debería haber venido —sentencié—. Tendrías que habérmelo contado en el aeropuerto, no ahora.

—Brooke —cortó—, ¿confías en mí?

Nick cerró el grifo.

—¿Confías? —repitió.

—Sí.

—Entonces obedece y lleva contigo siempre el teléfono.

Colgué cuando Nick apareció caminando raro.

—Tengo nuevas ampollas en los pies. —Se sentó en el borde de la cama.

—Lloras más que un bebé.

Esperé a que se vistiera y bajamos a desayunar cuando el sol alumbró las cumbres de las montañas.

En el comedor nos juntamos con personas que también venían a la excursión.

Un grupo pequeño de turistas, vestidos con gorros de lana, bufandas gruesas, botas de nieve y gafas de sol.

A algunos no se les veía más que la nariz.

Nick se quedó mirando.

—¿La actividad es grupal?

—Parece.

Siguió con la vista en ellos.

—¿Y de dónde vienen, de los Balcanes?

Reparé en lo que decía. Eran muy grandes.

—Pregúntaselo —bromeé.

—Déjate. Tienen pinta de haber nacido en una montaña. O por lo menos, de haber enterrado a alguien en una.

Lo guie hasta nuestra mesa. El desayuno fue un rico pan de obrador, con mermelada, fruta y un té negro con mantequilla al que le echaban sal del Himalaya.

Dawa nos reunió fuera poco después. Avanzamos con los turistas y con Dawa por el sendero ancho que salía del valle, hasta que llegamos a otros más estrechos.

Esa gente iba abrigada hasta las orejas, además de cargar con mochilas técnicas, preparadas por el hotel, en las que habían metido agua y comida.

—Nena, no puedo andar más.

Me giré hacia Nick. Pese al frío, tenía la frente ligeramente perlada de sudor. Caminaba encorvado, como si no pudiera con el peso de su propio cuerpo.

—Sí puedes. No llevamos ni cuatro horas de ruta.

—No, no. No puedo.

Se quitó la mochila antes de tumbarse en el suelo. El grupo seguía avanzando con Dawa, unos metros por delante.

—Me duele todo. Los pies, las piernas, el culo…

Saqué la cantimplora.

—Bebe.

Agarró el frasco y dio varios tragos. Extendí mi mano para ayudarle a incorporarse y aceptó a regañadientes. Avanzamos ganando altura. Una hora después, las rocas se volvieron más oscuras. Solemnes.

—El monasterio —mostró Dawa.

Observé la construcción tallada entre madera oscurecida y piedra, arrancada del mismísimo acantilado.

Las vigas gruesas, teñidas de rojo y oro sobresalían como costillas bajo la piel de aquella estructura.

Los muros, de cal blanquecina, recogían la mortecina luz del cielo.

Por encima, la roca caía en vertical, marcada por vetas negras de humedad que descendían como lágrimas.

Y las banderas de oración, descoloridas por el tiempo, colgaban de los tejados de madera.

El aire allí olía a resina, a piedra mojada, a incienso y a las lámparas de aceite.

—¿Está abandonado? —quiso saber Nick.

—Aquí residen los monjes budistas —explicó Dawa, respondiendo a la pregunta—. Viven en voto de silencio.

—¿No hablan nada?

—El ruido distrae la mente. El silencio sirve para conocer nuestros pensamientos.

—¿Eso es que no hablan o que sí?

—Rezan.

—¿En silencio?

—No.

Dawa avanzó.

Lo seguimos por el patio interior, donde pudimos ver a los monjes vestidos con túnicas, caminando con la vista fija en el suelo y las manos juntas. Solo se oía el roce de las telas con sus pasos, el ruido de alguna oración en una sala que había más al fondo y nuestras botas sobre la piedra gastada.

—Pueden ver el monasterio —dijo Dawa, antes de desaparecer.

El grupo de turistas se dispersó con lentitud en un orden sospechoso.

Cualquier otra persona lo habría pasado por alto, y seguramente no hubiera reparado en ese detalle, pero yo no.

Mi intuición me hizo desconfiar. Agarré a Nick del brazo y me moví con discreción al lado contrario, comprobando que todo el grupo se movía en nuestra dirección con una postura demasiado erguida.

Conté rápido. Uno. Dos. Tres… Seguí contando.

Nick, ajeno a todo, observaba el altar central.

Una estatua de Buda se alzaba gigantesca, bañada en oro.

Las llamas de cientos de lámparas de aceite rodeaban la figura y el humo del incienso ascendía en oscuras espirales.

—Nick —susurré.

—Qué pasada —me ignoró, absorto en lo que veía.

Al fondo, varios budistas oraban con cánticos, mientras los turistas se aproximaban cada vez más a nosotros. En un punto casi ciego, vi a Dawa retirarse por un pasillo interior.

—Nick.

Apreté más fuerte su brazo.

—¡Au! —se quejó—. ¿Qué?

El más alto de los integrantes apareció desde el lado opuesto.

Se quitó el gorro primero. Luego, con una lentitud intencionada, se apartó las gafas de sol.

No necesité ver nada más. Ni la cicatriz.

Ni el pómulo asimétrico. Ni la nariz mal soldada.

Me bastó con los ojos de diferentes colores y esa pupila más dilatada para reconocerlo.

Reviví el sonido de la cadena, el metal en la garganta, las violaciones, los diferentes tipos de tortura y abusos.

Mi cerebro recreó la cabaña, la oscuridad, el foco, su mano tirando de la cadena…

El Káiser se acercó a nosotros, ahora con la cara descubierta.

—Hey —saludó Nick—, hola de nuevo.

La confusión enmarcó mi rostro.

—Brooke —continuó Nick, con entusiasmo—. Es el hombre del que te hablé ayer.

El Káiser dio un paso más.

—¿Me echabas de menos, pequeña ladrona?

No respondí. Estábamos en completa desventaja y el tiempo era oro.

Su mano avanzó de golpe hacia el cuello.

No se lo permití. Giré el cuerpo un segundo antes de que pudiera alcanzarme, desviando su agarre con el antebrazo y retrocediendo para ganar margen.

No esperé el siguiente movimiento. Moví a Nick detrás de mí para protegerlo y ataqué con un golpe contundente.

Puñetazo directo al pómulo y una patada baja a su rodilla.

No cayó, pero sí se dobló. Y eso bastó para que sus secuaces actuaran.

—¡Oye, nena! ¿Qué cojones…?

Uno de ellos avanzó directo hacia Nick. Giré para cubrirlo, golpeando al hombre con rapidez, pero los demás aprovecharon para cerrar el perímetro.

El monasterio dejó de ser un lugar sagrado para convertirse en una trampa.

Todos se abalanzaron sobre nosotros, y lo único que pude hacer fue lanzar golpes a diestro y siniestro.

Nick también respondió con puñetazos y patadas torpes, aunque alguna fue certera.

Le abrió el labio a uno de los secuaces.

Y a otro le dio un rodillazo en los huevos.

Dos más fueron a por él, mientras el Káiser y el resto intentaban reducirme.

Uno de ellos intentó inmovilizarme el brazo, pero acabé lanzándolo contra la columna de piedra.

Los monjes no gritaron, pero actuaron. Una campana sonó desde el interior, vibrando entre los muros del templo.

El Káiser aprovechó para sujetarme por la espalda.

Esquivé su agarre, golpeé su antebrazo y le hundí el codo en el esternón.

El que estaba a su derecha, sacó una pistola.

Le asesté una patada en la muñeca, consiguiendo que el arma saliera volando mientras Nick recibía un golpe fuerte en el estómago, seguido de un codazo en la espalda.

—¡Nick!

Intenté llegar a él, pero más hombres vinieron a por mí.

Se me echaron encima, y aunque bloqueé a tres de ellos, el cuarto me tiró del pelo, reteniéndome.

Le di una patada hacia atrás, clavándole el talón en el ligamento para obligarle a aflojar el agarre lo justo para que pudiera esquivar al resto y correr hasta Nick.

Saqué la pistola y disparé a matar a quienes lo estaban golpeando, provocando dos bajas inmediatas. Agarré a Nick y tiré de él.

—¡Corre!