27. Nick
Nick
El culo me dolía como si una cabra me hubiera embestido. Ah, claro. Es que era justo eso lo que había ocurrido. Maldito bicho. Llevaba unos minutos sobre la cama, boca arriba, con los brazos abiertos mirando el techo cuando oí la ducha cerrarse.
—¡¿Tienes algo para los moratones?! —grité.
Brooke abrió la puerta del baño y asomó la cabeza. Tenía el pelo enrollado en una toalla.
—¿Qué has dicho?
—Pomada para el culo, ¿tienes?
—¿Lubricante? —bromeó.
—Muy graciosa. En serio, ¿tienes o no? Me duele.
—No sé. Mira en el neceser.
—¿Y dónde está el neceser?
—En el cajón de la mesilla.
Cerró la puerta y encendió el secador.
Me dolía el cuerpo entero. Y ya no hablemos del tipo de agotamiento que tenía después de todo el día caminando a una altitud totalmente diferente a la de Ashmoor.
Estaba reventado. Pero Brooke, no. A ella no le costaba andar una ingente cantidad de kilómetros por caminos acojonantes como los de esta mañana.
Apoyé los codos en las rodillas antes de sentarme en su lado de la cama y abrir el cajón.
Esperaba encontrar un neceser lleno de potingues, maquillaje y cosas que las chicas de su edad solían llevar.
Pero Brooke no era cualquier chica. Su neceser era un botiquín básico de primeros auxilios en formato viaje: analgésicos, vendas, gasas, antiséptico, incluso unas tijeras pequeñas.
Muy práctico. Volqué todo en el mismo cajón.
Los analgésicos aparecieron primero. Luego las gasas.
Algo rodó al fondo y metí la mano para cogerlo, pero lo que toqué fue un objeto sólido.
Me quedé un momento con las yemas apoyadas sobre aquella base fría, compacta.
Aparté lo del neceser, abrí del todo el cajón y vi una pistola.
¿Me extrañó que Brooke tuviera una? Para nada.
Pero sí el hecho de que aquello estuviera ahí.
No tenía ni idea de si esa cosa estaba o no cargada, ni de si tenía el seguro puesto.
Y seguramente por eso no debería estar tocándola.
La sostuve con torpeza, sin saber muy bien dónde poner los dedos, evitando acercarme al gatillo.
Después de pensarlo un par de veces, fui hasta el baño y llamé a la puerta con los dedos.
—Brooke.
Paró el secador antes de abrir.
—¿Qué?
—¿Puedo saber por qué tienes una pistola en el cajón?
Mostré su arma, y actuó como si acabara de enseñarle un paquete de pañuelos.
—Nick, no la cojas así.
Con solo una toalla alrededor de su cuerpo, se acercó. La apartó de mis manos y la dejó de nuevo en el cajón.
—Tranquilo, no se va a disparar si no la tocas.
—Estamos en el Himalaya. Pensaba que el mayor peligro serían las cabras.
—Solo es una pistola. No pasa nada.
Fui tras ella.
—Por eso mismo. Es una pistola.
Me ignoró, volviendo al baño. No pensaba conformarme con eso, así que abrí la puerta y apagué el secador.
—No te pregunto por qué sabes usar armas porque no me lo vas a decir. Pero sí deberías contarme por qué has traído una pistola al Himalaya.
—Es mía. La llevo siempre por si necesito usarla.
Suspiré, devolviéndole el secador.
—Este viaje es para desconectar. Para relajarme.
—Pues desconecta y relájate.
—Dormir con un arma me pone nervioso.
—Imagina que no la guardo en el cajón.
Volví a la cama. Cuando terminó de secarse el pelo, le di la espalda para que se vistiera.
—¿Quieres aprender a usarla?
Aseguró la pistola en una especie de cinto que rodeaba su cintura.
—No.
Se encogió de hombros, como si la respuesta le diera igual. Ya vestida, se sentó a mi lado y la apoyó sobre la colcha.
—Mira —enseñó igualmente—. Esto es el seguro manual.
—Que no quiero aprender. Solo necesito pomada para el culo.
—Ya. Bueno. Tú mira. —Incidió en esa parte—. Si está así, no dispara. —Pasó el dedo por otro sitio—. Aquí va el cargador extraíble. Si está fuera o vacío, tampoco funciona.
—Maravilloso. Me encanta todo lo que sea no disparar.
Apuntó al suelo.
—Y ahora, hipotéticamente —enfatizó en la última palabra—, si quieres disparar…
—Que no querré nunca…
—Apuntas a una diana imaginaria.
—Imaginaria, que no existe, como mi interés en disparar.
—Nick, atiende. Aquí viene la parte que la gente cree que es fácil, pero no lo es. No se trata solo de imaginar una diana y apuntar al centro. —Señaló la parte superior del arma—. Tienes que alinear esto con esto otro, para no fallar.
—Entendido. ¿Me das ya la pomada?
—No. Apuntas y alineas —continuó—. Y antes de disparar, exhalas despacio para mantener el arma en su sitio.
—¿Puedes guardar eso ya? Todo lo que me estás diciendo confirma que yo jamás debería disparar a nadie ni a nada.
Brooke aseguró el arma en el cinturón, rebuscó entre sus cosas y me lanzó la pomada.
—Clase terminada. Deberías ducharte antes de darte esto.
Se acomodó en la cama con un cuaderno negro y un boli.
—¿Qué apuntas ahí? —pregunté, de camino al baño.
—Cosas mías.
—Siempre tan reservada. ¿Qué eres, contable de la CIA o algo así?
—Agente del Servicio Especial de Defensa y Seguridad.
Permanecí un momento en el umbral del baño. Dirigí la mirada a ella; seguía escribiendo, tan tranquila. Brooke mentía tan bien que casi me lo creí.
—Ja. —Solté una risa corta.
Esperé, pero no dijo nada.
—Muy bien —añadí—. Esa ha sido buena, deberías dedicarte a la comedia.
Me encerré en el baño, pero volví a salir. ¿Y si no estaba bromeando?
—Brooke.
—¿Qué?
—Si fueras algo así, no me lo dirías, ¿verdad? Porque si lo hicieras me tendrías que borrar la memoria o algo así.
—Claro —respondió, sin dejar de escribir—. Le diré a Dawa que prepare un té tibetano que sepa a calcetín mojado para disimular el sabor del medicamento que borra los recuerdos.
Asomé más la cabeza.
—Vale. Te estás riendo de mí. Es eso o que intentas despistarme.
Levantó la cabeza del cuaderno.
—Nick, ¿te puedes duchar? Me muero de hambre.
—Voy, voy.
Me metí en la ducha mientras llegaba a la conclusión de que se estaba riendo de mí. No era la primera vez que me vacilaba, y tampoco sería la última. Además, si eso fuera verdad, no me lo diría.
Salí del baño con la toalla asegurada en mi cintura, para evitar hacer más veces el ridículo.
Brooke había dejado el cuaderno en la mesilla y se había puesto sus pantalones de cuero, las botas y un jersey.
Me intenté aplicar la pomada en el culo, pero mi brazo, siendo de complexión tan amplia, no llegaba a repartir la pomada sobre todo el moratón.
—Trae, anda.
Me quitó el bote.
—¿Qué haces?
—Echarte la dichosa pomada.
Intenté impedirlo por dignidad, pero hizo una especie de pinza, reteniéndome para aplicar la crema. Luego me vestí con un vaquero normal, una térmica que me había prestado mi padre y un forro polar que tenía más años que yo.
—Fingiré demencia si lo cuentas, nena.
—No hace falta que finjas.
Ignoré la vacilada.
—¿No te quedas fría con eso? —Señalé sus pantalones negros.
—No. He reservado en el restaurante del hotel, no en el monte Everest.
—Me alegro. Porque no siento los pies de tanto andar.
Cogió sus cosas y salí tras ella. Bajar las escaleras me provocó latigazos en el culo, pero apreté los dientes para caminar con dignidad.
Dawa nos esperaba en la recepción. Ese hombre siempre estaba disponible, receptivo y predispuesto.
Y esa noche parecía sacado de una postal de viajes.
Pantalones amplios, cómodos, chaqueta gruesa de lana y botas anchas.
Se inclinó para recibirnos.
—Buenas noches. Pasad conmigo.
Brooke le imitó.
—Buenas noches, Dawa.
—Buenas para vosotros —me quejé—, que no os ha embestido una cabra.
El restaurante del hotel estaba decorado con troncos oscuros. El calor provenía de una estufa baja situada en una esquina. Las mesas eran robustas, sin manteles y con comida en cuencos de barro.
—Podéis sentaros aquí para cenar. La bebida se pide allí.
Señaló la barra. Brooke se quitó la chaqueta antes de sentarse.
—Gracias, Dawa.
El guía hizo un gesto educado con la cabeza a la camarera, para que nos atendiera.
—Si me necesitáis —dijo antes de irse—, estoy cerca.
Se alejó con pasos lentos y la camarera dejó dos vasos frente a nosotros y sacó la libreta para tomar nota. Volvió con dos botellas de agua y un plato llamado «Dal Bhat», que consistía en una especialidad elaborada con legumbres, arroz y curry.
Devoré el cuenco antes de levantarme.
—Voy al baño —informé.
—¿Te haces caca?
—No. Me hago pis.
Brooke aguantó la risa, escondiéndose tras la cuchara.
—Entonces deja de apretar el culo.
—No aprieto por gusto. Me duele.
—¿Pido postre?
—Por favor.
No di dos pasos cuando me volvió a vacilar.
—Si no vuelves en cinco minutos, voy a pensar que sí era caca.
—¡Pis! —protesté—. ¡Es pis!
Fui al baño, y me gustó que su risa se oyera desde el pasillo.
En Ashmoor había tenido días mucho peores.
Más duros. En los que no podía con mi vida, y en los que nadie se reía conmigo después.
Y aunque Brooke me vacilase, estaba más feliz de estar con ella aquí.
Me gustaba estar con ella aunque me dolieran los pies y el culo.
Cuando regresé, Brooke ya tenía los postres. Parecían buñuelos con miel y yogur.
—Pues sí era pis.
—Qué graciosa.
Retiré la silla para sentarme.
—Necesito otra servilleta, ¿me das la tuya?
—Tómala —ofrecí—. Voy a por más.
Me acerqué a la barra para coger varias.
—El mundo es un pañuelo.
Me quedé con la servilleta en la mano. Conocía esa voz. No porque la hubiera oído muchas veces, sino porque tenía algo particular. Giré hacia el hombre que estaba apoyado en la barra.
—Hey —saludé—. Menuda coincidencia.
El camionero pagó su consumición y guardó la vuelta antes de hablar.
—No existen las coincidencias. ¿Qué tal la estancia?
—Bien. ¿Recuerdas a mi amiga? ¿La que te dije que hacía las mejores hamburguesas?
Señalé a Brooke, estaba sentada de espaldas a la barra. El hombre miró en esa dirección.
—La de las hamburguesas.
—Esa, sí. ¿Estás solo? Si quieres puedes sentarte con nosotros.
—Tengo otros planes. Disfruta el tiempo que te queda con ella.
—¿Que disfrute de…?
Salió del comedor antes de que terminara.
Volví a la mesa con la servilleta, dando vueltas a lo último que había dicho. La gente decía cosas demasiado raras.
Dejé las servilletas en la mesa.
—Aquí tienes.
—Gracias. Nick. —Me miró extrañada—. ¿Todo bien?
—Sí.
Señaló mi silla.
—¿Y por qué no te sientas?
Me di cuenta de que seguía de pie.
—Ah, sí. Perdón. —Tomé asiento y procedí a engullir también el postre. Comer todos los días era un lujo—. Me he encontrado con un conocido. Bueno, no era conocido, pero le vi una vez y fue majo.
—¿Aquí?
—Sí. Estaba en la barra.
Se giró para mirar en esa dirección, pero el hombre ya no estaba.
—Se ha ido ya —expliqué—. Va a ser verdad que el mundo es un pañuelo.
Brooke no le dio la menor importancia. Estaba demasiado concentrada en degustar el postre. Y no la culpo, yo también lo hice.
—Mañana madrugamos. —Se limpió los labios con la servilleta—. Dawa se ha acercado cuando estabas en el baño, para proponer otra actividad.
La forma en que se pasó la servilleta por los labios fue lenta, distraída, apenas un roce. Después, sin darse cuenta, humedeció el labio inferior con la punta de la lengua, como si comprobara que no quedaran restos de azúcar. Me quedé mirándola.
—Nick. ¿Me estás oyendo?
—Sí. —Respondí demasiado rápido—. Más montaña, no. Me niego. Ya me ha atacado una cabra. Lo siguiente será un oso.
Dejó la servilleta en la mesa.
—Porfi, venga… Nos llevará al monasterio y a un mirador. Después bajaremos por un sendero entre praderas.
—No quiero. Me duele el culo y tengo ampollas en los pies.
—Dawa dice que veremos a pastores con yaks.
—¿Con qué?
—Con yaks —repitió—. Son como vacas peludas, gigantes y con cuernos.
—¿Cómo de gigantes?
—Son animales tranquilos. Pero si quieres saber su tamaño, digamos que pesan unos seiscientos kilos.
—No voy.
Aparté lo que quedaba de mi postre. Se me había quitado el apetito.
—¿No te lo comes?
—No.
Brooke se lo terminó encantada.
—Nick, vamos. Son seiscientos kilos de pura paz interior.
La miré de reojo.
—Si mañana un yak me pone la pezuña encima, quedará en tu conciencia.
Se chupó el labio otra vez.
—Yo no tengo conciencia. Venga. —Se levantó—. Mañana madrugamos.
—¿No hay que pagar?
—Venimos con todo incluido.
Fui tras ella con un suspiro de resignación que no me molesté en disimular, notando cómo las agujetas empezaban a amargarme la existencia. Las escaleras hasta la habitación no mejoraron mi dolor.
—Quiero que conste por escrito que me obligas a ir a ver vacas gigantes.
Entramos en la habitación.
—Constará, ¿lo grabo también en tu epitafio?
La miré agotado, dolorido y con la poca dignidad que me quedaba colgando de un hilo. Si es que quedaba algo.
—Sí, grábalo. Algo sencillo.
—Nick, si murieras de repente, ¿qué querrías que constara en tu epitafio?
—¿Por qué haces preguntas tan escabrosas?
Me quedé en calzoncillos y coloqué las almohadas mejor que la noche anterior, luego procedí a tumbarme bocarriba mientras pensaba una respuesta.
—Te guardo el sitio —decidí.
Brooke terminó de ponerse el pijama.
—¿Te guardo el sitio? —repitió sin entender.
—A ti —bromeé—. Para cuando mueras tú también, seguir juntitos.
Me dormí antes de que Brooke respondiera.