Cicatrices 26. Brooke #2
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26. Brooke #2

Las limpió con delicadeza, evitando en todo momento mirarme. Luego nos cambiamos y Nick siguió igual de esquivo, evitando cualquier contacto visual, incluso cuando bajamos a desayunar al comedor.

—Prométeme algo —pidió, con su tacita de té entre las manos.

—¿El qué?

—Nunca hablarás de mi arma.

Levanté la mano en un gesto de lealtad exagerado.

—Jamás, soldado.

La normalidad volvió poco a poco. Después del desayuno, salimos al exterior.

Si en Ashmoor nos parecía que hacía frío, aquí, el clima glacial nos limpió los pulmones.

El paisaje, hermosamente solemne, se abrió ante nosotros.

Las montañas ni siquiera parecían reales; paredes de roca oscura y nieve, picos blancos que cortaban las nubes y un azul profundo que coronaba el cielo.

Dawa se reunió con nosotros para guiarnos por los valles, con ríos formados por el deshielo.

Caminamos durante horas por senderos estrechos que se abrían entre las montañas, por caminos tan estrechos que para avanzar teníamos que colocar los pies con sumo cuidado, uno delante de otro.

A nuestra izquierda, la pared rocosa se alzaba en vertical.

A la derecha, el valle se abría bajo nuestros pies, con un descenso considerable de cientos de metros, sin barandillas ni cuerdas de seguridad.

Si alguien resbalaba, la caída sería mortal antes de que cualquier equipo de rescate pudiera desplegarse.

—Dawa —lo llamó Nick—. ¿No hay un camino más normal? Acabo de descubrir que soy sensible a las alturas.

A Nick su tamaño le dificultaba avanzar, pero Dawa no aminoró la marcha.

—Nickolas, el miedo existe en la mente primero. Luego en el cuerpo.

—¿Eso qué quiere decir?

—Pues que la montaña no va a matarte —aclaré—. Tu mente puede que sí.

Nick se quedó pálido.

—Dawa, con todo el respeto, ¿tienes alguna frase budista que evite que me cague en los pantalones?

—El juicio también está en la mente. Igual que el equilibrio.

Nick miró hacia abajo. Error.

—Mi equilibrio ahora mismo está firmando su testamento.

—Cuanto más miras al vacío, el vacío más te devuelve la mirada.

—Pues que deje de mirarme. Que no le he hecho nada.

Tuve que morderme el labio para aguantar la risa.

Seguimos durante una hora más, hasta que Dawa le indicó a Nick que ya podía mirar tranquilo abajo y a los lados. Mi amigo reparó en el sendero, ahora ensanchado.

—Suelo, amigo —confirmó Dawa, dándole unas palmaditas en la espalda.

Nick exhaló con exageración.

—Quiero dejar constancia de que he envejecido diez años en ese tramo.

—Exagerado.

—No exagero, nena.

Seguimos a Dawa hasta una zona abierta protegida del viento por grandes rocas.

—Aquí podemos comer —anunció.

Me senté sobre una de las piedras. En la de al lado, Nick se dejó caer con dramatismo, estirando las piernas y los brazos como si hubiera dado la vuelta al mundo andando.

—Gracias —dijo al cielo—. Gracias por no matarme hoy.

Dawa dejó su mochila, sacó un mantel y lo tendió para colocar los alimentos.

—Mucho peso hace lento al cuerpo —razonó.

El viento silbaba a nuestro alrededor, junto a un tintineo. Tres cabras aparecieron entre las rocas. Dawa no levantó la vista de los alimentos. Nick se quedó muy quieto, con los carrillos llenos y el pan suspendido en la mano, a medio camino.

—No se les mira a los ojos —continuó Dawa, calmado como si las cabras no estuvieran a su lado—. Mirar significa desafiar.

—Vale. —Nick cerró los ojos—. No quiero líos con un animal que puede empujarme por una montaña.

Una de las cabras se le acercó, olisqueando el pan. Dawa siguió hablando.

—No les des comida. Si alimentas a las cabras, te persiguen por avaricia.

La cabra inclinó la cabeza hacia su mano.

—Nick —advertí—, el pan.

Medio abrió un ojo para ver a una de las cabras olisqueando su mano. Si antes estaba rígido, ahora parecía el palo de un cepillo.

—Dawa —suplicó—, no estaría mal una ayudita. Mucho respetar, pero… ¡Hostia puta, la cabra!

El animal mordió el aire. El aire, porque Nick apartó la mano a tiempo, lanzando el pan por los aires. Las tres cabras miraron el trozo antes de abalanzarse, no sobre Nick, sino sobre el alimento. Una empujó a la otra. Y la tercera fue la más violenta de todas. Se giró hacia Nick, bajó la cabeza y…

—No, no, no… —maldijo.

Nick corrió, pero no llegó muy lejos. La cabra le dio un cabezazo en el culo, haciéndolo rodar por una pendiente, hasta detenerse varios metros más abajo, boca arriba, con una pierna torcida y el orgullo completamente inhabilitado.

Las cabras se fueron después de eso. Dawa bajó por la pendiente sin alterarse y yo no tardé ni medio segundo en doblarme por la mitad, con las manos en la tripa, incapaz de mantenerme en pie por culpa de la risa.

La mirada de Nick fue detonadora.

—No puedo… —logré decir, doblándome más—. Lo siento, Nick… De verdad que lo siento…

Me apoyé en la roca para incorporarme, con los ojos llenos de lágrimas. Él seguía en el suelo, con la pierna en una posición rarísima.

—¿Te parece gracioso?

Asentí. No tenía sentido negar lo evidente.

—Me ha empujado una cabra —aceptó la mano de Dawa para levantarse—. Una cabra del Himalaya. Al menos disimula la maldita risa.

Dawa lo ayudó a subir.

—La risa es medicina.

Nick cojeó un poco, pero enseguida se le pasó.

—La mente también aprende cuando el cuerpo cae.

Miró a Dawa con escepticismo.

—Mi mente acaba de aprender que no le gustan las cabras.

—Son buenas maestras. El ego es frágil.

—El mío ha rodado cuesta abajo, delante de todos.

Reanudamos el camino de regreso por un sendero diferente.

Este descendía con más suavidad y era más ancho que el primero.

Cuando llegamos al hotel, el sol ya empezaba a retirarse, tiñendo las montañas de tonos dorados.

Intenté comportarme como una persona adulta.

Respiré hondo para no reírme, incluso me mordí los labios.

—¿Te sigues riendo?

Dawa abrió la puerta para que pasáramos primero.

—Lo siento —contesté, dejando escapar la carcajada—. Es que… tu cara cuando la cabra te ha…

No pude terminar. La risa me sacudió otra vez, mientras subía las escaleras de camino a nuestra habitación. Nick vino detrás, arrastrando los pies.

—No me hace gracia.

Se quitó la ropa cuando entramos, quedándose en calzoncillos antes de sentarse en el borde de la cama.

—No pienso salir nunca más de esta habitación. Nuuunca.

Hice lo mismo. Después de todo el día caminando, la ropa estaba sucia. Me quedé en bragas y con una camiseta de tirantes. Sin que Nick me viera, saqué la pistola que llevaba siempre asegurada en la cintura y la guardé en el fondo del cajón.

—Nick, ¿te duchas tú primero?

—No. —Se dejó caer sobre la cama—. Necesito descansar.

Reprimí la risa, pero solo hasta el baño.