Cicatrices 26. Brooke
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26. Brooke

Brooke

Cuando tocamos tierra firme, estiramos las piernas con torpeza.

—Nena, esto supera al National Geographic .

Subí el cuello de mi chaqueta.

—Intenta no morir el primer día.

En la terminal de llegadas, un hombre levantó un cartón con nuestros nombres escritos a mano.

—Hey —dijo Nick—, somos nosotros.

—Bienvenidos —saludó el que supuse sería el guía, recogiendo nuestro equipaje—, mi nombre es Dawa. El coche está listo.

El trayecto fue tranquilo, a pesar de que la carretera serpenteaba entre montañas inmensas y afiladas, cubiertas de nieve.

El sol se reflejaba en las cumbres de las laderas.

Nick iba pegado a la ventanilla como un niño.

Y el hotel apareció entre árboles de troncos oscuros.

Una construcción de piedra y madera integrada en el paisaje.

—Voy a llorar —anunció, sin dejar de mirar por la ventanilla.

—Pronto empiezas.

—Insensible.

Dawa bajó del coche y cargó nuestro equipaje antes de guiarnos por el porche de madera e invitarnos al interior. El olor a té humeante y leña ardiendo era tremendamente acogedor. Seguimos a Dawa.

—La habitación.

Nick asomó la cabeza como haría una tortuga. Despacio. Desconfiado.

—Eh… —carraspeó—. ¿La mía o la de Brooke?

Dawa abrió la puerta del todo. Nick dio un paso atrás, chocando conmigo. Lo aparté para comprobar que la habitación era demasiado grande para una sola persona.

—Habitación doble —explicó.

Nick señaló la cama.

—Eso no es doble. Eso es una cama matrimonial para gente que se quiere. O que mínimo se tolera muchísimo.

Le di un codazo, por capullo. Y Dawa revisó la reserva.

—Cama grande para dos personas —sentenció.

—No, no, no —negó Nick, señalándome ahora a mí—. Somos amigos, no pareja. Ella tiene una cama. Yo otra cama. Total: dos camas.

Entré en la habitación.

—Vamos. No es para tanto.

—Sí lo es. Duermo como una estrella de mar. Me muevo. Ronco. ¡Se me cae la baba!

—Sobreviviré.

Siguió con su verborrea.

—Y una vez soñé que luchaba contra una abeja que me quería picar y desperté abrazado a la lámpara de la mesita de noche.

Suspiré. Qué paciencia había que tener a veces con él.

—Pondremos almohadas en medio. Relájate.

Dawa dejó las maletas al lado de la cama.

—Si necesitan algo, estaré abajo.

—Necesitamos otra cama.

—No más camas. El hotel es pequeño, está todo completo.

Dawa salió con una tranquilidad absoluta. Nick fue tras él.

—¿Y una esterilla? ¿O una manta gorda? Puedo doblarla varias veces —le oí decir.

Me quité las botas y las dejé en la entrada. Nick volvió un par de minutos después, con cara de derrota y las mejillas sonrojadas por las cervezas.

—El mundo conspira contra mí.

—No vas a morir por dormir conmigo, Nick.

Fue a sentarse en el borde del colchón, pero calculó mal y cayó de culo en el suelo de la habitación. Sonó un «pum» demasiado cómico como para no reírme. Sobre todo, porque rebotó ligeramente antes de amortiguar la caída del todo.

—¿Estás bien?

—Sí —respondió desde el suelo—. El Himalaya era para tener un retiro y paz. Esta cama va a pasarme factura psicológica.

—Es enorme. Cabemos de sobra.

Lo miré desde arriba. Nick seguía en el suelo, apoyado contra el colchón con las piernas ligeramente flexionadas y la espalda encorvada, enfurruñado.

—Eso es lo que piensas, Brooke. Pero mido casi dos metros.

—¿Y?

—Que ocupo espacio aunque no quiera.

Se sentó, esta vez en el borde del colchón.

—Encima es blanda —saltó un par de veces—. Demasiado.

Me quité la chaqueta y la dejé sobre la silla. El cansancio del viaje y las cervezas comenzaron a pasarme factura.

—Vamos a ducharnos —propuse—. ¿Te parece si cenamos en la habitación? Mañana salimos temprano.

Nick se agachó para quitarse los zapatos.

—¿Ducharnos? ¿En plural?

—Cada uno en su turno.

—Ah. Claro. —Se pasó una mano por la nuca—. Ya lo sabía, nena.

Entré la primera.

Cuando salí de la ducha, comprobé que Nick seguía sentado en el mismo sitio. Había colocado todas las almohadas en el centro, de una manera un tanto extraña. Opté por no hacer ningún comentario al respecto.

Se duchó después. Y salió del baño con una toalla mal atada alrededor del torso, sujetándola con una mano mientras en la otra llevaba su ropa doblada de cualquier manera.

Avanzó dando pasos cortos. La toalla cedió unos centímetros y yo alcé la vista justo a tiempo de ver medio culo de Nick, asomando con descaro.

Tiró con torpeza de la toalla, consiguiendo taparse por detrás, pero descubriéndose por delante.

Hice como que me tapaba los ojos, sin taparlos. La visión era demasiado buena como para perdérmela.

—¡Nick!

Colocó de nuevo la toalla, y el culo volvió a ganar terreno. Fue entonces cuando, en su intento desesperado por cubrirse, mis ojos se quedaron ahí unos segundos de más. Parpadeé y reí, notando el calor subiendo a mis mejillas.

—¡Te veo el culo! —Me doblé sobre mí misma por la risa—. ¡Y el pene! ¡Que por cierto, pedazo pe…!

—¡Deja de mirar, marrana!

Soltó por fin la ropa, llevó ambas manos a la toalla y se tapó sus partes.

—Perdón, perdón… —murmuré, muerta de risa—. Pero… es que es bastante grand…

—¡Calla! —Me dio la espalda—. Esto no ha pasado. Bueno, ha pasado. ¡Pero, por favor, finge que no!

Se me llenaron los ojos de lágrimas de tanto reír. Le vi coger la ropa del suelo después de asegurarse la toalla. Enseguida se vistió con unos calzoncillos y con un pantalón grueso de chándal. Las vistas de cintura para arriba también estaban muy bien.

—Tengo hambre —anuncié, obligándome a apartar la mirada de él.

—Yo también.

Cogimos el teléfono del hotel y pedimos la cena.

A los pocos minutos nos subieron un carrito con bebida, empanadillas rellenas de carne y sopa de fideos.

Engullimos todo, y Nick aprovechó mientras me lavaba los dientes para colocar las almohadas de la cama, otra vez, creando una barrera más elaborada que la anterior. O eso pensaba.

—¿Tenemos que dormir así?

—Sí. Aprecio mi vida. Travis ya me tiene entre ceja y ceja.

No insistí. Me acomodé en mi lado, saqué el cuaderno y escribí un rato. Nick fue al baño a lavarse los dientes. Y al volver, se colocó a un extremo de la cama.

—Buenas noches, nena.

Apagó la luz de su mesilla.

—Buenas noches, Nick. ¿Te importa dormir con mi lámpara encendida?

Hubo un momento de silencio.

—¿Te da miedo la oscuridad?

—Sí —mentí.

—¿Desde cuándo?

Guardé el cuaderno en el cajón.

—Desde que me secuestró un traficante de armas y pasé cuatro días encerrada en una cabaña que yo misma reservé.

Nick parpadeó un par de veces, luego soltó una carcajada gutural.

—Lo has dicho tan seria que casi me lo creo.

—Soy buena, ¿eh?

—Lo eres, nena. Puedes dejar la lámpara encendida, estoy acostumbrado. Madi, Juliet y Claire duermen siempre con una luz quitamiedos en su cuarto.

No pasaron ni cinco minutos cuando Nick comenzó a roncar.

No fuerte, pero sí de manera constante. Luego vinieron las vueltas.

Se giró a un lado y a otro. La barrera de almohadas desapareció cuando Nick volvió a moverse.

Efectivamente, tal y como había advertido, acabó como una estrella de mar.

Invadió mi lado de la cama. Tres almohadas se cayeron.

Otra quedó sobre mi cara. Algo pesado acabó aplastándome el abdomen: una pierna.

Y su cabeza en mi hombro. La confirmación final de que la barrera de almohadas no había servido para nada en una cama de más de tres metros.

Intenté echarle a un lado, pero fue inútil. Nick pesaba como un muerto.

—Oye —susurré.

Nada. Su única respuesta fue otro ronquido y un pequeño movimiento con el que su rodilla terminó contra el muslo.

Completamente dormido, me enrolló. Su brazo se cerró alrededor de mi cintura.

En el proceso, deslizó la mano por debajo de la tela de mi camiseta.

Sus dedos se aferraron a mi costado con suavidad, sin apretar, con Nick roncándome en el cuello.

Hundí los dedos entre los mechones de su pelo unos segundos, sin tener ni idea de por qué.

Como si el gesto le relajara, se apretó ligeramente contra mí.

Y fue ahí cuando decidí que no pasaría nada por dormir de esta manera.

Así que cerré los ojos y me dejé llevar.

Lo que me hizo despertar, ya por la mañana, fue la sensación de estar aplastada bajo su peso y con algo húmedo.

Nick seguía a mi lado, abrazándome como si fuera su almohada.

A cambio, un hilillo de baba era lo que me regalaba.

Seguía roncando, relajado, hasta que moví las piernas y lo noté.

¡Claro que lo noté! Firme. Orgullosa. Su erección rozándome el muslo, con una absoluta falta de pudor.

Le di unos toquecitos en el brazo, con el tono más solemne que fui capaz de reunir a esas horas.

—Nick —fui contundente—. Despierta.

Se removió.

—¿Mmm…?

—Oye —insistí.

Abrió los ojos, somnoliento. Y sorbió el hilillo de baba. Nick era un bebé tamaño XXL.

—¿Qué?

—Buenos días, soldado —bromeé—. Qué pronto desenfunda usted el arma. ¿Podrías no apuntarme? Gracias.

Tardó exactamente tres segundos en procesar el significado de esas palabras. Miró hacia abajo. Después a mí. El color abandonó su rostro y se apartó como si la cama estuviera en llamas, llevándose por delante la sábana. Y tropezando en la huida.

—No es lo que piensas —titubeó, tapándose—. Quiero decir, sí lo es, pero no. ¿Me entiendes? Es fisiológico. Biología. Un reflejo como estornudar. ¡No! —se reprendió—. Como estornudar, no. Peor. Es muchísimo peor porque te estaba…

Me dio un ataque de risa que duró varios minutos. Cuando se me pasó, me incorporé en la cama, apoyándome sobre los codos.

—Nick, relájate.

—Quiero que el Himalaya me trague.

—No es para tanto.

Hundió la cara en las manos.

—Nunca más —declaró—. Nunca más duermo en la misma cama que tú. Esto tampoco ha pasado. Finge que no ha ocurrido.

—Imposible —vacilé—. Tu arma se quedará grabada en mi memoria para siempre.

—Muy graciosa.

Se dirigió al baño, asegurando la sábana alrededor de su cintura.

—Voy a por toallitas —explicó, consciente de las babas que me había echado.