25. Brooke
Brooke
Llegamos con tiempo. En el aeropuerto, todo avanzaba a un ritmo frenético: el ruido de las ruedas de las maletas, avisos por megafonía y conversaciones superpuestas en diferentes idiomas.
Localicé nuestra aerolínea, entregamos el equipaje y lo vimos desaparecer por la cinta transportadora.
Nick bromeó con el detector cuando pasó el control de seguridad.
Yo respiré cuando volví a tener el equipaje conmigo.
Transportar armas de fuego no era sencillo, ni siquiera para una agente del SEDS.
Debían ir en un maletín rígido, con un cierre especial reglamentario.
Desde el secuestro, necesitaba sentirme protegida en todo momento.
Por eso, Travis había movido los hilos necesarios desde la base para que pudiera volar con armas.
No era algo excepcional, tampoco sencillo.
Pero podía hacerse con autorización federal, notificando correctamente a la seguridad aeroportuaria. Y lo había conseguido.
Ya con mi equipaje, Nick y yo continuamos hacia la puerta de embarque, mezclándonos con el resto de pasajeros.
—Brooke.
Me giré al oír mi nombre.
Travis llevaba la chaqueta abierta y el cabello rubio peinado hacia atrás.
Llegó hasta nosotros, le estrechó la mano a Nick por educación y luego me besó como si no estuviera delante.
Me abrazó de una forma extraña, que comprendí en cuanto el roce de algo frío y rectangular se deslizó con precisión dentro del bolsillo interior de mi chaqueta. Un móvil.
—No lo saques aquí —masculló, apenas moviendo los labios—. Mi número nuevo está guardado en contactos.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Por precaución. Comunícate por ahí, y llévalo siempre encima. Tiene localizador.
—¿Localizador?
Asintió.
—Si presionas el botón lateral varios segundos, activarás una alarma que llega directa a mí. Me enviará tu posición exacta desde donde estés.
Miré con disimulo hacia Nick, antes de seguir la conversación.
—¿El viaje es seguro?
— He codificado la información con ayuda de Phoebe. Vuestros billetes no figuran en ninguna base de datos accesible. Nick y tú deberíais estar fuera de cualquier punto de mira.
Avisaron el vuelo por el altavoz.
—Llévalo siempre encima.
No esperó respuesta. Me besó antes de darse la vuelta y desaparecer entre la gente.
Nick y yo subimos al avión.
Jess y Vicky habían cogido billetes en primera clase.
Y enseguida, Nueva York se convirtió en un entramado de luces cada vez más pequeñas, hasta desaparecer sobre las nubes.
Nick se durmió a los diez minutos, con el asiento reclinado por completo.
Con lo grande que era, ocupó el suyo y parte del mío, roncando sin ningún tipo de pudor.
La azafata pasó una vez. Luego otra. A la tercera se detuvo, miró a Nick y luego a mí.
—Señorita, ¿le traigo unos tapones?
—Por favor.
Regresó con un pequeño envoltorio de plástico. Antes de dármelo, volvió a mirar a Nick. No fue una mirada descarada, aunque tampoco inocente.
—Gracias —dije, consiguiendo que su atención volviera a mí.
Fingió una sonrisa sin mucho entusiasmo. Nick siguió roncando, con la boca un poco abierta. Lo miré. Era realmente enorme. A veces, también desgarbado. Vulnerable a pesar de su apariencia, porque la vida le apretaba desde demasiados frentes.
Abrí la bolsita y me coloqué los tapones, girándome hacia la ventanilla.
Apoyé la cabeza contra el respaldo, y Nick se movió, invadiendo el poco espacio que me quedaba.
Suspiré, pero no lo aparté. Volvió a moverse, como si su cuerpo buscara algo a pesar de estar dormido.
Levantó el brazo de forma torpe y, sin tener ni idea de lo que hacía, lo dejó caer sobre mis hombros.
Su antebrazo me aplastó. Su respiración cambió poco a poco a una más apacible, hasta que el ronquido se deshizo en inhalaciones y exhalaciones relajadas, casi infantiles.
¿Debería despertarlo? Seguramente. Pero no lo hice. Giré el cuerpo hacia él, hasta apoyar la cabeza en su pecho. Dormido, murmuró algo ininteligible, apretó más los brazos y su nariz acabó hundida en mi melena. Cerré los ojos, bajé la guardia y me dormí así.
Desperté horas después. La luz de la cabina ahora era diferente, más tenue.
Nick seguía roncando, con la nariz enterrada en mi pelo y el brazo rodeándome los hombros con torpeza.
Me moví para comprobar la hora en la pantalla del asiento.
Llevábamos nueve horas de vuelo, lo cual significaba que el Atlántico ya había quedado atrás, reducido a una masa oscura.
—Nick —susurré, con la cabeza pesada por la altura. Y el cuerpo entumecido.
Se removió en el asiento, sin soltarme. Volví a llamarlo, esta vez más alto.
—¡Nick!
Somnoliento, se pasó las manos por la cara. Y se puso rojísimo cuando cayó en la cuenta de que me tenía entre sus brazos.
—Perdón —se disculpó—. Me he quedado dormido y… Te he usado de almohada.
—Tranquilo.
Pasó el dorso por su mentón, limpiando la babilla. Ese gesto me hizo mucha gracia.
—No me digas que también te he babeado.
Apurado, levantó la mano para pedir toallitas a la azafata, que se acercó de inmediato. Era la misma que había traído los tapones. Me los quité y guardé en el bolso para futuras ocasiones.
—¿Qué necesita?
Su uniforme azul marino se apretó alrededor de su figura, mostrando unos esbeltos muslos cuando se inclinó excesivamente cerca de Nick. Desde mi sitio vi su escote —discreto, pero imposible de ignorar—. Y si yo podía verlo, Nick tenía que tener un excelente primer plano.
—¿Toallitas, por favor? —preguntó Nick—. Creo que he babeado a mi amiga mientras dormía.
La azafata se irguió al fin. Volvió al carrito y se inclinó para alcanzar el compartimento inferior, de donde sacó un par de toallitas individuales. El gesto volvió a ser innecesariamente cercano cuando tendió el brazo.
—Aquí tiene.
—Gracias.
Apoyé la cabeza contra el respaldo, girándome hacia la ventanilla. La azafata se alejó entre contoneos por el pasillo. Nick, seguramente ajeno a que se le acababa de insinuar, dobló una de las toallitas y, en un gesto hábil, levantó un mechón de mi pelo.
—Creo que aquí también hay babas —observó, antes de limpiarlo—. Ya está.
Colocó las manos sobre sus rodillas, como si temiera volver a invadir mi espacio. Seguí mirando por la ventanilla, hasta que indicaron por los altavoces que, en aproximadamente treinta minutos, se iniciaría el descenso.
Nick me dio unos toques en el hombro.
—Prometo no llenarte de babas en el próximo vuelo.
La escala fue en Doha, capital de Catar.
Bajamos arrastrando las piernas, volvimos a pasar controles, bebimos café en vasos de cartón y cogimos el siguiente avión. Nick no se durmió esta vez. Pulsó el botón del asiento y lo reclinó.
—No rompas nada —advertí, al ver que no dejaba el botoncito en paz.
A los pocos minutos, levantó la mano para llamar la atención de una azafata.
—Disculpa —llamó Nick—, ¿qué incluye exactamente viajar en primera?
Le explicó las opciones que teníamos.
—Perfecto. Entonces quiero eso… Y eso… Y eso otro. —Giró la cabeza hacia mí—. Brooke, ¿para ti?
—Nada.
—Estamos cruzando medio mundo juntos. Come algo. Bebe. ¡Disfruta!
Al final pedí una opción ligera. Cuando llegaron las bandejas, Nick parecía estar en un bufet libre. Probó todo con una felicidad grabada en el rostro. Y no lo juzgué. Pasar hambre tenía que ser horrible.
Sin preguntar, me metió un trozo de carne en la boca.
—Prueba esto, nena. ¿A que está buenísimo?
El trozo era tan grande que me atraganté. Tosí, llevándome una mano al pecho.
—¡Hostia, perdón!
Sin levantarse del asiento, me rodeó por detrás. Dio dos golpes secos entre mis omóplatos. El primero no hizo nada. Con el segundo, consiguió que el trozo de carne abandonara mi tráquea.
—¿Respiras? Dime que respiras.
Levanté el pulgar mientras recuperaba el aliento, llevándome mi botella a los labios para beber agua.
—Pensé que te ahogabas, nena.
—Yo también. La próxima vez, recuerda que mastico trozos normales.
Partió un nuevo trozo, esta vez ridículamente pequeño. Lo sostuvo con el tenedor, a pesar de que me vio poner los ojos en blanco.
—Tamaño homologado para una tía que mata hombres.
Ignoré ese comentario, abrí la boca y degusté el trozo de carne.
—Está bueno —admití.
El resto del vuelo compartimos platos y comentarios absurdos.
Nick me pasaba más cosas para que probara y, a cambio, él me robaba las patatas del plato, recordándome a Emma y Madi en el bar.
Al final me animé con la cerveza, lo mismo que estaba bebiendo él.
No sé cuántas tomamos, pero lo que empezó con sorbos cortos acabó con nosotros cantando en voz baja, a diez mil pies de altura.
Nick exprimió la primera clase: pidió más cerveza, postres, y de nuevo, cerveza. El altavoz anunció el descenso antes de perder altura con suavidad. Y volvimos a poner pies en tierra. El último avión que nos quedaba por coger era pequeño. Con hélices visibles desde las ventanillas.
—¿Este cacharro vuela de verdad? —preguntó, tambaleándose hacia el asiento.
—Eso espero.
Apoyó el cuello en el respaldo cuando subimos, echando la cabeza hacia atrás.
—Brooke.
—¿Qué?
—Si muero aquí, que conste que he comido muy bien.
—Pondré eso en tu lápida.
El avión despegó. Fuera, las montañas eran picos afilados entre valles, que parecían sacados de una revista de viajes.
Las cumbres cortaban el cielo, el sol arrancaba destellos en las laderas y abajo, ríos finísimos serpenteaban, perdiéndose en pendientes abruptas hasta que la roca y la nieve lo ocuparon todo.
El avión ya no volaba sobre el Himalaya; se deslizaba a través de él.