Cicatrices 24. Brooke
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24. Brooke

Brooke

Travis había conseguido que me concedieran unos días de descanso en la base. Y por eso ahora estaba en una iglesia de piedra ennegrecida, con ventanales estrechos y una cruz inclinada. El campanario marcaba la hora con un sonido hueco.

—Nena, no vuelvo a subir a una moto si eres tú la que conduce —protestó Nick, colocándose los mechones que se le habían quedado de punta por el casco—. Te juro que he visto mi vida pasar delante de mis ojos en la última curva.

Subí la cremallera de mi chaqueta.

—Exagerado. Sigues respirando, ¿no?

—Pero por poco.

Nick tenía unas oscuras ojeras. Había dormido mal, o quizá no había dormido.

Si con la muerte de Varok se había quedado en shock, presenciar dos cadáveres seguidos seguramente le hubiera terminado de traumatizar.

Lo cual significaba que los últimos días no había dormido absolutamente nada.

A eso se le sumaba su situación en casa.

Se quedó callado un momento.

—Nena, lo de la lavadora…

Se pasó una mano por la nuca, incómodo. Y bajó la vista después de meter las manos en los bolsillos del pantalón.

—¿Qué?

—Gracias.

Quise restarle importancia.

—Solo es una lavadora.

Sacó las manos del bolsillo para mostrarme los nudillos. Tenían mejor aspecto y las heridas estaban menos marcadas. La piel, aún áspera, estaba en proceso de curación. Pasé el pulgar con cuidado, siguiendo el rastro rosado.

—Ya no tengo que frotar las manchas en agua helada.

Nick me acarició la palma casi sin darse cuenta y fue extraño, como si ninguno de los dos tuviéramos prisa por separarnos.

—Me alegro. ¿Escuece?

—No mucho.

Su mayor dolor no era físico. Y los dos lo sabíamos. Dejé los dedos ahí, reconociendo su piel. El tacto. Como si tocar esas heridas fuera parte de la cura. No solté su mano hasta varios segundos después.

—Vamos —propuse—. La misa va a empezar.

Avanzamos hasta los bancos de la iglesia.

La luz que entraba por los altos ventanales se filtraba teñida de gris.

El interior olía a cera y a flores. Elegimos un banco lateral, cerca de Vicky y Jess.

Nick se sentó conmigo, manteniendo la espalda erguida.

El sacerdote apareció por una puerta lateral para dar comienzo a la misa antes del funeral.

Uno de los cadáveres hallados en la casa de campo, compartía lazo de sangre directo con Vicky.

Nuestra amiga permaneció sentada. Llevaba gafas de sol grandes, para ocultar sus ojos a miradas ajenas.

—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo —comenzó el sacerdote.

Jess permaneció toda la misa a su lado, con las manos entrelazadas sobre su regazo.

Las palabras hicieron eco bajo la bóveda.

El sacerdote habló de descanso, de consuelo, de una vida que continuaba más allá de la muerte.

Y deseé que esa persona no tuviera cabida en ninguna nueva vida si la hubiera.

Pues ya había hecho demasiado daño a Vicky en esta.

Cuando llegó el momento de que leyera unas palabras, Vicky fue concisa y directa.

La misa continuó solemne, hasta que seis hombres, entre ellos Jess y Nick, avanzaron hacia el altar.

Se colocaron a ambos lados del ataúd y, tras una breve señal, lo alzaron.

No como muestra de respeto a la persona que hubiera dentro, sino porque la prensa estaba ahí para inmortalizar cada movimiento y había que aparentar desconsuelo.

Vicky era muy conocida en Estados Unidos.

Y la persona que yacía en el ataúd, también.

Cargaron el féretro hasta el coche fúnebre que iría hasta el cementerio, a unos ciento cincuenta metros de la iglesia. Nick, Jess, Vicky y yo, caminamos detrás del vehículo sin hablar. No por respeto, sino porque había demasiada gente alrededor.

En el cementerio, el sacerdote recitó las últimas palabras.

Un puñado de tierra cayó sobre la madera cuando el ataúd bajó a la fosa.

Luego otro. Hasta que todo terminó. Las personas hicieron fila para dar el pésame a Vicky.

Travis, y el resto del grupo, nos habíamos encargado de que el escenario que encontrara la policía al llegar pareciera un ajuste de cuentas en el que ni Jess ni Vicky se viesen involucrados.

Nick y yo esperamos a que la gente y la prensa se fueran antes de volver con Vicky y Jess.

—Cariño —dije a Vicky—, recuerda que legalmente ahora todo es tuyo.

Eso había sido mérito de Travis. La herencia. La mansión. El dinero. Todo lo que la persona que yacía en el ataúd le había arrebatado en vida a Vicky, ahora volvía a pertenecerle. Cuando vinieron un par de personas más, Nick y yo nos echamos a un lado.

—¿Cómo te sientes? —quiso saber Nick, cuando volvimos a estar a solas con ellos.

Vicky fue sincera.

—No me afecta de la manera en que pensaba que lo haría. En realidad, no siento nada por la persona que yace aquí enterrada.

—Es normal, cariño.

Cogió mis manos.

—Brooke, no he tenido la oportunidad de agradecerte que ayudaras a Jess.

Jess se unió a la conversación en ese momento.

—¿Qué? ¿Al final te vas a ir al Himalaya? —preguntó a Nick.

Este dio la vuelta a los bolsillos para mostrar que estaban vacíos.

—Ojalá pudiera, cabeza de melón —contestó—, pero estoy sin blanca.

Vicky, Jess y yo éramos muy conscientes de la situación de Nick. Por eso habíamos decidido hacer algo por él. Vicky buscó en su bolso los billetes y se los dio.

—¡Hostia puta! —exclamó Nick—. ¿No será un billete para…?

Incapaz de creérselo, parpadeó varias veces. Yo, que estaba al tanto de la sorpresa, le di en el hombro con complicidad.

—¿No creerás que vas a ir solo al Himalaya?

—¿Qué?

—Que no vas a irte solo ni con una cabra. —Me reí a carcajadas—. ¡Es una de las regiones más peligrosas del mundo, Nick! Vamos tú y yo, juntos, para que no te mueras por no saber encender una hoguera o devorado por un oso.

Puso los ojos en blanco.

—Claro —protestó—, porque lo primero que haré al llegar será irme a acampar a la montaña.

—Serías capaz. Te encanta hacer el pringado.

Me ignoró para llenar de besos y abrazos a Jess y Vicky antes de entregarme mi billete.

—Solamente espero que, si un oso nos persigue, corras más despacio que yo.

—Ay, cariño —respondí—. Si ves un oso, lo más probable es que te hagas su amigo. Os une la capacidad intelectual.

Nos enzarzamos en una de nuestras tontas discusiones mientras avanzamos hasta la moto, después de despedirnos de Vicky y Jess.

—Mierda. —Nick se detuvo—. No sé si me darán los días en el trabajo. Tampoco sé si con la situación en mi casa…

—Relativiza. Jess y Vicky se han encargado de todo, y mis padres ya han hablado con los tuyos para echarles una mano en tu ausencia.

No era una locura improvisada. Travis había conseguido mi permiso en la base, y lo había logrado con la recomendación explícita de la psicóloga en los últimos informes.

Si Guy Macklean quería jugar, jugaríamos.

Y le demostraría que conmigo, siempre perdería.

May había alegado que el cambio de entorno podía ayudarme.

Y por una vez, nadie cuestionó nada. La psicóloga estaba de acuerdo en que salir, moverme y no convivir en el mismo escenario que continuamente me recordaba el trauma, podía ser bueno para mí.

Mis padres también sabían todo, por culpa de Guy Macklean.

La palabra violación les destrozó tanto como a mí en su día.

Por eso fueron los primeros en apoyar que me fuera unos días.

Si ya detestaba a Guy, ahora lo odiaba porque toda la base, incluidos mis padres, sabían lo que el Káiser me había hecho.

Los padres de Nick tampoco pusieron objeciones.

Al contrario. Su padre habló con el jefe de Nick para que le concediera los días que necesitaba de descanso, moviendo los hilos necesarios para que eso no fuera un problema.

Así que no tendría que preocuparse por nada.

El abuelo de Jess ayudaría a sus padres.

Los míos también echarían una mano. Todo seguiría en pie, aunque nosotros no estuviéramos.

Y Travis… Bueno. Aceptó el viaje al Himalaya con resignación.

Por suerte o por desgracia, Travis era lo suficiente inteligente para saber que hay batallas que es imposible ganar.

Y esta hubiera sido una de ellas. Lo mejor de esto era que Travis aprovecharía nuestra ausencia para poner en marcha las obras de mejora en su casa.

Eso, y que el Káiser no sería un problema durante esos días.

Aunque no hubiera vuelto a por mí, sabía que en algún momento lo haría.

No importaba que me hubieran sacado del caso, aunque Travis creyera que al hacerlo me estaba protegiendo.

Ese psicópata quería sus armas y en algún momento cumpliría su palabra.

No esperé más. Tenía demasiadas ganas de desaparecer. Arranqué la moto y dejamos atrás el cementerio.

Cuando llegamos a Ashmoor, Nick todavía no era consciente de que el viaje comenzaba ya.

—Prepara el equipaje —indiqué—, tenemos que llegar con tiempo al aeropuerto.

Bajó de la moto ya sin el casco, dejándose otra vez los pelos de punta. Cogió su billete y lo miró como si no se lo creyera.

—Brooke —siguió mirándolo—, ¿el vuelo sale en unas horas?

—Sí. Así no te da tiempo a recular.

Se pasó la mano por el pelo antes de correr a su casa, tan feliz que daba saltos como Heidi en las montañas.

—¡No tardo, nena!

—¡En veinte minutos, Nick! ¡Coge ropa de abrigo!

Lo bueno de ser vecinos es estar tan cerca para todo.

Dejé la moto en la entrada y subí directamente a la habitación para cambiarme.

Mi madre fue la primera en aparecer. Me rodeó con los brazos y me ayudó a terminar de preparar el equipaje.

Papá también vino. Me apretó contra su pecho, como si así pudiera protegerme de todo.

Su abrazo fue firme, y quizá algo desesperado.

Los hombros, tensos desde que supo lo que había pasado, se relajaron un instante.

—Disfruta —susurró—. Te lo mereces más que nadie. Nick también.

Mi madre se unió, sosteniéndome unos segundos más de lo habitual.

—Cuidaros.

Metí el cuaderno de May en la mochila, lo llevaría conmigo. Era el único requisito de la psicóloga.

—Ya ha llegado el taxi. —Mamá lo vio desde mi ventana.

Mi padre me arrebató el equipaje y lo bajó él mismo. Mamá me subió la cremallera de la chaqueta de cuero, para que no pasara frío.

—Llevaré ropa térmica debajo —dije para su tranquilidad.

—Desconecta. —Me acarició las mejillas—. Y disfruta, hija.

Salimos de casa. Nick ya me esperaba abajo.

—Cuídala —exigió mi padre, abrazándolo como si también fuera su hijo.

Nick se pasó la mano por el pelo.

—En realidad, es Brooke la que suele cuidar de mí.

Me invitó a subir, mientras papá guardaba el equipaje en el coche. El taxi se puso enseguida en marcha, rumbo al aeropuerto.