23. Brooke
Brooke
De vuelta a la base, volví a notar el peso de la opresión. No me arrepentía de haber tenido sexo con Travis, pero me seguía molestando el impacto de su informe porque afectaba directamente a mi trabajo.
Entramos por pasillos distintos.
Mis instrucciones eran claras: reunión inmediata con el jefe de grupo.
Lo que no sabía era que también estaría Phoebe allí.
Cuando abrí la puerta de la sala, los encontré a los dos de pie.
Travis con actitud defensiva. Phoebe Meyer, descarada, apoyada en la mesa con una expresión desafiante que no le quitaría nadie.
Ni siquiera él. Cerré la puerta tras de mí.
—Lo siento —me disculpé con ella.
Seguramente estaba así por mi culpa.
Phoebe siguió desafiando a Holmgren.
—Crowley es mi amiga.
—Eso no te exime de haber desobedecido una orden directa —añadió Travis, con ese tono extremadamente duro que usaba cuando quería resaltar su rango.
Phoebe se enfrentó a él.
—¿Olvidas que tú también has desobedecido órdenes directas en otras ocasiones? ¿O el puesto de jefe de grupo te ha provocado pérdidas de memoria?
Travis no entró en si las acusaciones eran ciertas o no. Así que Phoebe continuó.
—El mismo criterio que tú aplicas cuando decides saltarte el protocolo porque «sabes lo que haces» es lo mismo que hoy ha hecho Crowley.
—¡No vuelvas a cuestionar una orden directa! —estalló Travis—. ¡Tenías que custodiar a la agente, no llevarla a Ashmoor!
Escuché sin intervenir. Phoebe era mayor que Travis, aunque el cargo de jefe de equipo fuera un rango superior al suyo. En la unidad todos la respetábamos.
—Estás actuando como un tirano.
—¡Estoy actuando como lo que soy, Meyer! ¡Soy el jefe de esta unidad, maldita sea!
Clavó los ojos en ella, esperando que retrocediera.
No lo hizo.
—Crowley no es una novata ni una civil. Es una agente entrenada que hoy salvó a alguien mientras tú solo gritabas, en la base, como un desquiciado.
Phoebe era la única que se atrevía a hablarle así.
—¡Fuera de mi vista, Meyer! ¡Fuera, ya!
Phoebe arqueó una ceja, pero no discutió. Eso sí, le mantuvo la mirada hasta el último segundo. A mí me lanzó un beso desde su posición.
La puerta se cerró tras ella sin dar golpe, lo que me hizo envidiar su nivel de autocontrol. Aunque envidié más que saliera del perímetro visual de Travis, cosa que yo no podía hacer.
—Lo que has hecho hoy no puede repetirse. Nos pone en riesgo a todos, incluido el operativo.
—He evitado que Vicky apareciera muerta.
—No me importa. Podía haber sido una trampa, así que, por tu bien, no vuelvas a hacerlo.
—Me pides que permanezca de brazos cruzados, ¿en qué parte de la formación enseñaban eso? Porque no lo recuerdo.
—Somos un equipo, Crowley. Y aunque estés fuera del operativo, sigues formando parte de mi grupo en la unidad. También formas parte de mi vida, fuera y dentro de la base. La próxima vez que necesites algo, ven directamente a mí.
Iba a responder cuando la puerta se abrió.
Guy Macklean entró como un vendaval. Travis mantuvo su posición, aunque hubo un leve cambio en su postura.
Ahora más contenida. Macklean, nos gustara o no, tenía un cargo muy superior y le encantaba recordarlo cada vez que tenía ocasión.
Avanzó, mirándonos alternativamente a Travis y a mí.
Cuando habló, se dirigió directamente a Travis.
—Holmgren, ¿cómo una agente que no está operativa puede desplegar un grupo entero?
—Se activaron recursos mínimos ante una amenaza civil real.
Guy tiró sobre el escritorio imágenes impresas.
—¿Recursos mínimos? Tres agentes. Cinco si cuento su presencia y la de Crowley. Un vehículo propiedad de la base. Acceso a las grabaciones de tráfico. —Inclinó la cabeza—. Curioso el concepto de «mínimos».
Avanzó más.
—La agente Crowley está fuera de cualquier operativo hasta nueva orden. Y aun así ha salido de la base, ha robado y estropeado material electrónico, ha tomado decisiones tácticas de manera individual y ha provocado un escenario que ahora tengo que justificar ante el director del SEDS.
—Crowley ha detenido a dos sicarios y salvado a una civil de la muerte.
Guy Macklean sonrió.
Y aquella sonrisa me pareció veneno puro.
—El problema, Holmgren, es que confundes liderazgo con implicación emocional. Y eso es un riesgo.
—Mi implicación garantiza que mis agentes vuelvan con vida. Y hoy lo han hecho después de salvar a una civil.
—¿De verdad? Porque, desde arriba, da la impresión de que Crowley y tú actuáis movidos por impulsos y necesidades personales.
Macklean desvió por primera vez la mirada hacia mí. Y me recorrió sin pudor.
—¿Habéis olvidado que en el interior de las furgonetas de la base hay equipos de grabación?
Las cámaras. Mierda. Ese imbécil no solo nos había visto follar, sino que además tenía imágenes impresas. Cogió una de las fotografías que había tirado sobre el escritorio, en la que se me veía a horcajadas sobre Travis. Era explícita, íntima e innegable.
—Agente Crowley —continuó—, ¿necesitabas demostrar que sigues siendo funcional después de lo ocurrido en tu secuestro?
El cambio en Travis fue notorio. Macklean se regodeó, satisfecho por ir un paso por delante del jefe de grupo.
—Los informes clínicos son confidenciales —intervino Travis.
—Holmgren, parece mentira que no sepas que en esta base nadie puede negar una orden directa de arriba. Pedir confidencialidad a una psicóloga adscrita al SEDS funciona solo hasta que un superior solicita acceso a esa información.
Travis cogió a Macklean del uniforme. La acción fue rápida. Lo levantó unos centímetros del suelo, lo justo para dejarle claro que se había sobrepasado.
—¡Suéltame! —espetó Macklean, seguro de que su cargo le protegía de todo.
Travis no lo hizo.
—Ese informe era confidencial. Tanto el clínico como el psicológico. —Lo zarandeó—. No me importa su cargo cuando ha cruzado una línea que no le corresponde.
—¿Sabes qué pone en ese informe por el que tanto te indignas? Que eres incapaz de separar lo profesional de lo personal. Tu juicio está contaminado.
Travis apretó los puños, levantándolo más del suelo.
—Suéltame —repitió—. O te prometo que no volverás a trabajar para el SEDS.
Acaricié el antebrazo de Travis para que acatara la orden.
Apenas fue un roce, pero bastó para que lo soltara.
Macklean retrocedió un paso y se colocó el uniforme.
Se pasó la mano alrededor del cuello, para alisar la tela que había quedado arrugada.
No mostró miedo, sino una absoluta satisfacción.
Antes de salir, se volvió hacia nosotros.
—Agente Holmgren, además de por la agresión a un superior, voy a abrirte un expediente disciplinario inmediato por ocultación de información crucial relacionada con el caso Varok. A partir de este momento, todos tus informes pasarán por mi despacho.
—Inténtelo.
Macklean desvió la vista hacia mí.
—Y a ti, Crowley, te recomiendo que dejes de jugar a las heroínas y te preocupes por seguir con la atención psicológica que el SEDS te brinda.
La puerta se cerró tras él.
—No tenías que haberme defendido —mascullé.
—Nadie va a utilizar tu salud mental para humillarte, ni siquiera Macklean. Me importa una mierda que sea el jefe de Operaciones.
—Va a saberlo toda la base. Incluidos mis padres.
Se mantuvo firme, aunque sabía que así sería. En el informe, Travis incluyó el examen, pero no habló de la exploración ni de los abusos sufridos. Eso era de carácter confidencial, pero ya no.
—Brooke, lo que te ha ocurrido no te invalida. No te define. Y desde luego, no le da derecho a nadie a tratarte como si fueras menos que el resto.
Travis se giró hacia la mesa. Cogió una de las fotografías que había tiradas. La misma que nos había enseñado Macklean. La miró unos segundos y, en lugar de dejarla donde estaba, la dobló con cuidado y se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta.
Lo miré incrédula.
—¿Qué haces?
—Confisco pruebas.
—Travis…
Me miró con una calma inesperada en medio de tanto caos.
—Tienes un cuerpo muy sexy, agente Crowley.
Al principio me quedé en silencio. Luego solté una risa breve, que me pilló por sorpresa incluso a mí.
—Eres un depravado.
—Soy práctico. —Me besó.
Dejé caer las manos sobre la mesa. La tensión seguía presidiendo la sala, pero ya no me aplastaba el pecho como antes. Caminó hacia la puerta, ya más sereno, y la abrió.
—Vete a casa —ordenó—. O a donde te dé la gana. Pero no te quedes aquí dándole vueltas a lo que ha dicho Macklean. Todos coincidimos en que es un gilipollas.
—¿Quién me escolta?
—Nadie.
Lo miré confundida.
—¿Cómo nadie?
—Nadie. Seguirás fuera de cualquier operativo hasta que cumpla mi palabra de reconstruirte física y mentalmente. Quiero demostrarte que confío en ti, aunque para eso necesito que tú también confíes en mí.
—Gracias.
Me besó otra vez.
—Somos un equipo, aunque a Macklean le joda. Ahora vete.
Me apoyé en el marco antes de salir.
—Holmgren.
Dije su apellido adrede, otorgándole ese reconocimiento de cargo superior porque se lo merecía aunque no hubiese nadie delante.
—¿Sí?
—Uno de los sujetos abatidos de la casa de campo era familia directa de Vicky. ¿Puedes gestionar el tema de la herencia y los trámites antes del entierro? Es la única heredera legal.
—Puedo.
—Oye.
—¿Qué?
—¿Seguro que puedo irme? A lo mejor Macklean nos reúne después de…
—Me paso por los huevos lo que quiera ese gilipollas. ¿Algo más?
—Has sido un poco duro con Meyer.
—Me disculparé con ella.
Me fui.
Pero volví.
—Travis —esta vez no le llamé por su apellido—, ¿me harías un favorcito?
Cruzó los brazos, armándose de paciencia.
—¿Qué clase de favor?
Usé mi mejor sonrisa.
—Le quiero comprar una lavadora a Nick. La suya no funciona y tiene los nudillos destrozados de lavar a mano.
—¿Qué tengo que ver yo en eso?
Me encogí de hombros con toda la inocencia del mundo.
—Que solo tengo moto.
—¿Y?
—Y que, hasta donde sé, mi Indian no viene con portaequipajes para electrodomésticos grandes y pesados.
—Vale.
La respuesta fue tan seca que no entendí si me ayudaba o no.
—¿Vale… qué?