Cicatrices 22. Brooke #2
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22. Brooke #2

Nick volvió con una palidez preocupante.

—Me voy a terapia. —Cogió a Lúpulo y Cebada—. Pero ya.

—No seas dramático, anda, que no es la primera vez que ves un cadáver.

—¡Pero es la primera vez que veo dos seguidos!

Dejé a Vicky con Jess para ir con Nick.

—Bienvenido a la vida real.

Nick se volvió, asomando la cabeza por el marco.

—¡Así no es la vida de la gente normal!

Acariciaba a Lúpulo y Cebada con ansiedad.

—¿No te ibas? —Aguanté la risa, aunque en el fondo entendía su reacción. ¡Pero es que era tan cómico!

—Os juro que necesito vacaciones —continuó—. Y no unas de relax, no. Me iré a un retiro espiritual, me haré monje o pasearé cabras por el Himalaya.

Con cariño, le hice girar sobre sus propios pies y le dirigí fuera de la casa. Cerré la puerta a nuestra espalda y le animé a inspirar hondo.

—¿Mejor?

—¡No! ¡Dos cadáveres, nena! ¡Dos!

Masajeé sus hombros.

—Tranquilízate, venga. Pondremos un bote para que puedas acabar paseando cabras si eso te hace feliz.

—Cabras —repitió. Nick en shock era gracioso—. Sí. Al menos, las cabras no disparan, no secuestran, no matan. —Resopló—. ¿Qué se supone que tengo que responder cuando alguien me pregunte qué tal el día?

—La verdad, bien. Ha ido bien.

—Eres mala persona —dijo en broma. O quizá no.

—Has derribado a un sicario con una tableta. No ha ido tan mal.

Me miró como si no supiera si darme la razón o continuar hiperventilando.

—¿Te das cuenta de que haces bromas con cosas que no tienen gracia?

—Sí —admití—. ¿Me permites un consejo?

—No.

Se lo di igual.

—Piensa en cabras en el Himalaya si eso te relaja.

—Ríete, ríete. Pero si mañana despertara en un monasterio tibetano, qué felicidad.

—No sé si en un monasterio tibetano aceptarían que fueras con dos cerdos.

La postura corporal de Nick se volvió rígida cuando Travis apareció en la furgoneta con Phoebe, Mason y Bill.

—Te dije que no salieras sola.

La voz de Travis fue como un cuchillo cortando el aire. Me giré para mirarlo. Su mandíbula tensa y la postura delataban su descontento. Su mirada pasó de mí a Nick. De Nick a mí.

—¿Por qué no puedes salir sola? —preguntó Nick, mirando el uniforme de Travis sin entender absolutamente nada.

Para Nick, Travis era mi ayudante en el bar. Un camarero. Y ahora estaba frente a nosotros con el uniforme del SEDS. Las armas. Todo.

—No le hagas caso —improvisé—. Ha empezado a trabajar días sueltos como segurata de un supermercado. Esos son sus compañeros.

Travis ignoró la pregunta de Nick y también mi mentira, luego vino directo hacia mí.

—Has incumplido no una —continuó susurrando—, sino varias órdenes directas.

—Hay dos cadáveres dentro. Los hombres están en el maletero. Y yo estoy bien.

Phoebe, Mason y Bill se quedaron atrás, sin intervenir.

—Has incumplido mis órdenes.

Nick miró al cielo y no habló más, como si la cosa no fuera con él. Y hacía bien. Jess salió en ese momento con Vicky.

—¿Estáis bien? —se interesó Travis.

Jess asintió, aunque no se detuvo. Fue directo a su coche.

—Jess —lo llamé—. Espera.

Fui tras él y abrí el maletero. Con una mirada, Mason y Bill entendieron que había que sacar a esos tipos de ahí. Se movieron con eficiencia, sacándolos como si fueran sacos de patatas. Vicky siguió envuelta en los brazos de Jess.

—No volverán a acercarse a ti —prometí.

—Gracias.

Llamé a Nick, pidiéndole que se acercara.

—Ve con ellos —indiqué, rascando las orejas de Lúpulo y Cebada.

No discutió. Se fue con los cerdos al Cadillac, pero antes de cerrar la puerta, asomó la cabeza.

—Oye, Brooke. Lo de las cabras… no era broma del todo. Ojalá algún día.

—Lo sé. Ojalá.

Jess arrancó. El Cadillac desapareció por el camino y el silencio volvió a caer sobre mí como una losa. Con un movimiento de cabeza, Travis indicó a Phoebe, Mason y Bill que se ocuparan de los cadáveres y de la casa.

Cuando estuvimos solos, su expresión se tornó todavía más dura.

—Has cruzado varias líneas rojas, agente. Y no voy a fingir que no ha ocurrido solo porque el resultado haya sido favorable.

—Me necesitaban.

—Yo también te necesito. Y te necesito viva. —Sus ojos me traspasaron—. Así que deja de comportarte como si fueras intocable.

—No soy intocable. Pero sí soy capaz de seguir operando.

—Eso es exactamente lo que me aterra. No hay quien te pare, porque no ves el peligro ni teniéndolo delante.

Acortó el poco espacio que quedaba entre nosotros, contundente.

—No vuelvas a hacer esto. No me obligues a imaginar cómo es el mundo sin ti.

—Travis…

No me dio tiempo a terminar. Me agarró la cara con ambas manos, como si necesitara comprobar que estaba ahí, que era real, que no me había pasado nada más de lo que ya había tenido que soportar.

El beso no fue suave ni cuidadoso, fue desesperado.

No sé si la terapia con May estaba funcionando, pero por primera vez no me asusté.

Le devolví el beso con la misma necesidad y permití que sus manos me bajaran por la espalda, aferrándose a la cadera como si fuera lo único firme en ese momento.

Se separó para hablar a través del dispositivo que incorporaba un micro y un casco en la oreja derecha. Lo activó antes de hablar.

—Aquí Holmgren.

La voz fue firme. Autoritaria.

—Encargaos del traslado de los cuerpos y de la escena. Meyer, te quiero coordinando el trabajo de tus compañeros. Voy a ocuparme personalmente de la agente Crowley. Necesita disciplina. Canal cerrado hasta nuevo aviso.

—Recibido —oí.

Travis cortó la comunicación.

La comisura de su boca se curvó y me agarró de la muñeca.

—Ven.

La furgoneta de la base estaba a unos metros.

Sin distintivos, con rotulación falsa. Las puertas traseras estaban cerradas con los detenidos dentro.

Travis rodeó el vehículo y abrió la puerta lateral.

El interior estaba dividido de la siguiente manera: delante, los asientos; detrás, compartimento para carga.

No era una furgoneta normal, aunque desde fuera lo pareciera.

Subí a ese espacio estrecho con él.

—Eres incapaz de obedecer —me regañó.

No contesté porque tenía razón. Volvió a besarme mientras le quitaba la ropa.

—¿Estás segura de que quieres?

Asentí, y yo misma terminé de desnudarme frente a él y le puse el preservativo, pero antes de entrar en mí, se detuvo.

—Si necesitas parar, paramos.

Moví la cabeza en un gesto afirmativo. Travis me besó de nuevo, con urgencia. Pero de cadera para abajo todo era calma, y gestos cuidadosos. Cuando se sentó en el asiento, no había órdenes ni cargos. Solo éramos él y yo.

—Ponte encima —indicó—. Marca los límites y el ritmo.

Me ofreció su erección, ya más que dispuesta, brillante y con la punta empapada a través del plástico.

Sin prisa ni exigencia. Solo con una atención absoluta en mí.

Eso me transmitió una seguridad íntegra.

Subí a horcajadas, deslizándome sobre su erección.

No la metí de golpe, pero tampoco me demoré demasiado.

En el momento en que abrí paso hasta mi centro, sus brazos me rodearon.

Mi humedad permitió que la penetración fuera fácil y placentera.

Boté sobre sus muslos, primero despacio, luego más rápido.

Su brazo rodeándome la cintura me gustó.

Travis me arrancó el top para deleitarse con mis pechos.

Y no sé en qué momento empecé a chillar, pero los gemidos me brotaron de la garganta sin ningún tipo de contención.

No estaba reviviendo el trauma ni dándole cabida.

Y eso me había satisfecho. Mi respiración se acompasó con la suya y la mente, aquí con él, no hizo ruido.

El Káiser no me había robado el deseo ni la capacidad de elegir. Eso seguía siendo mío. Y Travis me había permitido descubrirlo.

—Si sigues gimiendo así, me correré antes de tiempo.

Lo callé con un beso y estiré la mano hacia sus testículos.

Estaban ardiendo e hinchados, preparados para eyacular.

Travis Holmgren se tensó más bajo mis caricias, y jadeó conmigo mientras me contorneaba sobre su erección.

Los muslos se me empaparon con mi propio flujo y acaricié más rápido sus testículos cuando eyaculó.

Se corrió con espasmos, con su boca devorando mis jadeos mientras se me empapaban de una manera salvaje los muslos con mis fluidos.

Sacó su erección y esta cayó satisfecha a un lado de su torso.

Me alegré de que el sexo volviera a ser lo que para mí siempre había sido: mi ancla, presencia, un control compartido. Y de que siguiera funcionando así de bien entre nosotros. Pero era el resto lo que comenzaba a asustarme.

Pasé los dedos por su nuca, acariciándolo mientras él activaba el micro.

—Aquí Holmgren. La agente Crowley ha sido amonestada disciplinariamente y está bajo mi absoluta responsabilidad. —Hizo una pausa para jugar con mis labios—. Tenéis diez minutos para terminar.

Ahí fue cuando me pregunté si eso era suficiente. Disfrutaba con Travis, y me planteé que quizá con eso debería bastar.

—Recibido —respondieron, antes de que Travis cortara la comunicación.