Cicatrices 22. Brooke
48%

22. Brooke

Brooke

Pasaron los días y el tiempo ya no me pertenecía.

Mi vida se medía en rutinas impuestas: sesiones de psicología con May, entrenamiento supervisado, desplazamientos acompañados y vigilancia permanente.

Nunca estaba sola. Y cuando lo estaba, alguien del equipo me observaba bajo las órdenes directas de Travis.

Las sesiones con May se habían vuelto rutinarias.

Me ayudaban a identificar estímulos y reacciones gracias al ejercicio del cuaderno.

El entrenamiento seguía siendo mi refugio.

Después de mucho trabajo mental, comenzaba a golpear el saco con precisión y técnica, no con rabia.

Phoebe, Bill y Mason se turnaban para escoltarme.

Travis, desde el informe, había intentado acercarse, pero después de mis rechazos constantes, no había vuelto a probar suerte.

Lo veía a veces en los pasillos, en el gimnasio o en los vestuarios.

Pero ya no había por su parte más intentos de acercamiento.

Estaba golpeando el saco cuando mi móvil vibró en el banco. Eran las siete de la mañana, lo que indicaba que debía ser importante. Phoebe, a quien le había tocado custodiarme de nuevo, se acercó al banco para ver quién llamaba.

—Es Jess.

Dejé de golpear y fui a por el teléfono. Descolgué en cuanto lo tuve.

—Jess.

—Necesito ayuda.

No pregunté por qué. Jess era el tipo de persona que no pediría nada a la ligera.

—Donde siempre —respondí—. Dame cuarenta minutos, estoy en mitad de un entrenamiento.

Colgué. Sabía que Jess había tenido problemas. Problemas que había llevado con total discreción en el pueblo. Si recurría a mí era porque algo malo había pasado.

—Meyer, tengo que salir.

—No puedes.

—Te lo estoy diciendo como amiga, no como agente.

Eso la descolocó.

—Tienes movimiento restringido. No puedes hacer desplazamientos no programados ni pasar por puntos ciegos sola.

Tiré las vendas al suelo.

—Cúbreme. No te lo pediría si no fuera importante.

Se pasó la mano por el cabello. Y aunque dudó, acabó cediendo.

—Holmgren me arrancará el pellejo si te pasa algo.

—Él es el primero que se pasa el protocolo por los huevos.

—Dúchate rápido. Voy a notificar un desplazamiento personal sin especificar destino.

De camino al vestuario, me desvié un momento a nuestra sala de investigación.

No había nadie, así que abrí mi bolso, dando la espalda a las cámaras y cogí una de las tabletas.

Luego corrí a la ducha, donde no tardé ni dos minutos.

Me vestí con la ropa de siempre y cuando salí, Phoebe ya estaba en el pasillo.

—¿Dónde vamos? —quiso saber.

—Ashmoor.

No hizo comentarios.

Me llevó directamente a la cafetería.

—Llámame si necesitas algo —pidió desde el coche.

—Vale.

Entré. Jess no tardó en llegar.

Su rostro estaba demacrado: pómulo hinchado, labio partido y hematomas bajo el ojo derecho, frente y barbilla. Deslicé una botella de agua por la barra y varias pastillas.

—Antiinflamatorios no esteroides. Te aliviarán el dolor.

Pero eso no es lo que más me preocupaba.

Dos hombres se habían llevado a Vicky en una furgoneta.

Y eso lo estaba destruyendo por dentro. Jess siempre parecía un témpano de hielo, pero como todos, tenía debilidades.

Probablemente, Vicky fuera la suya. Exhalé con paciencia cuando dio una patada al taburete.

Fue a dar otra, pero no le dejé. Inmovilicé su pierna con una mano, haciéndole girar sobre sí mismo. Jess cayó al suelo, de culo.

Aún no me habían cerrado el acceso a las cámaras de tráfico, así que no dudé.

Saqué la tableta que había robado de la base y las pantallas se desplegaron.

Tráfico en tiempo pasado y en tiempo real.

Encontré un punto rojo que se desplazó por la pantalla, justo lo que buscaba.

No pensé en las consecuencias cuando llamé a Travis.

Me alejé buscando algo de privacidad para hablar con él.

—Necesito que me escuches sin que me interrumpas —pedí.

Al otro lado del teléfono se hizo un silencio sepulcral. Eso ya era una mala señal.

—¿Dónde estás? Tienes orden directa de no…

—Te necesito. Vicky está en peligro. Hay una furgoneta interceptada en las cámaras…

—¿Por qué estás viendo cámaras?

—Cogí la tableta.

—Te he sacado del caso para que no estés en peligro. Y lo primero que haces es robar material de la base y salir sin cobertura. ¿Sabes lo que va a pasar como Macklean o Jefferson se enteren?

—Me dan igual Macklean y Jefferson.

—¡No tienes autorización para operar!

—Tengo criterio propio y formación suficiente. Lo mismo que tenía antes de que decidieras encerrarme en una burbuja.

Dio un golpe a algo antes de claudicar.

—Mándame tu ubicación en tiempo real y la información que necesitas. Lo primero es una orden, más te vale obedecer.

Colgué e hice exactamente eso.

—La tengo —dije a Jess, mostrando el punto rojo en pantalla.

—¿A Vicky?

—La furgoneta. Van por la autopista norte.

Mi teléfono sonó. Era Travis, para confirmar la información. Nos llevó quince segundos, luego colgué y devolví mi atención a Jess.

—Travis ya está trabajando con los equipos informáticos. —Jess sabía perfectamente que nuestra fachada de camareros era eso, una fachada—. ¿Has venido en coche?

—Sí. Está en el callejón.

Extendí el brazo para que me diera las llaves.

Coloqué el cartel de cerrado en la puerta y corrimos hasta su Cadillac.

Pisé el acelerador haciendo que las ruedas chirriaran.

Luego giré y avancé. Antes de salir de Ashmoor, Nick apareció en medio de la carretera, agitando los brazos.

Frené en seco para no atropellarlo, quedando a escasos centímetros de él.

—¡¿Estáis mal de la cabeza?! —gritó. Sostenía en brazos a Lúpulo y Cebada.

Esperó delante del coche, con la cara desencajada.

—¿A dónde vais? —reparó en el aspecto de Jess—. ¿Qué te ha pasado en la cara?

—Nick —advertí—, no podemos perder el tiempo. Haznos un favor a todos y sigue con tu paseo matutino.

No hizo ni caso. Abrió la puerta trasera y se acomodó en los asientos con Lúpulo y Cebada. Pisé el acelerador. Nick se pegó contra el respaldo por inercia, mientras Lúpulo le pisaba la entrepierna y Cebada chillaba.

—Se han llevado a Vicky —fui concisa.

Por su salud mental, era mejor no darle detalles.

—¿Qué?

Jess señaló el mapa. Seguí acelerando, esquivé coches y vi por el retrovisor que Nick intentaba ponerse el cinturón, pero en ese momento, tomé una curva demasiado cerrada y terminó con la cara pegada al cristal.

—¡Hostia, nena, no seas tan brusca conduciendo!

Le eché una mirada por el retrovisor.

—Si quieres, amor, te bajas en una floristería y compras un ramo.

Masculló algo mientras se abrochaba el cinturón.

—No hace falta ser tan hostil.

Aceleré más.

—Si no te gusta, también puedes saltar por la ventanilla.

Nick abrazó a Lúpulo y Cebada hasta que llegamos a una casa de campo. Interceptamos a tiempo a dos hombres que huían en un Toyota. Ni siquiera había detenido el coche del todo cuando Jess abrió la puerta y se tiró en marcha.

—Que no se escapen —pidió, cerrando la puerta de una patada.

Jess se dirigió a la casa de campo y yo pisé el acelerador. Los hombres no llegaron muy lejos. Giré el volante en diagonal, cruzando el vehículo. Les corté la huida antes de que alcanzaran la carretera secundaria.

Frenaron para no estrellarse contra nosotros.

—¡Hostia, nena! —gritó Nick desde el asiento trasero.

Bajé desenfundando el arma y disparé a las ruedas.

El primero también bajó y disparó hacia mí, vaciando el cargador.

Falló todos los tiros y le golpeé en la garganta con el codo.

Cayó de rodillas. El segundo rodeó el coche y se lanzó hacia mí con una navaja.

El hombre era enorme, pero su tamaño no me intimidó.

Mi entrenamiento era muy superior al suyo.

Le bloqueé la muñeca y estampé su cara contra el capó del coche.

—Quieto —advertí, antes de golpearlo con la rodilla en la boca del estómago.

Cayó hacia atrás en el mismo momento en que oí la puerta de Nick abrirse.

—¡Nena, cuidado!

Demasiado tarde. El otro hombre me apuntó con la pistola, ahora cargada, a la cabeza.

Movió el dedo hacia el gatillo para disparar, pero Nick le lanzó la tableta.

El dispositivo electrónico impactó en la cara del tipo, y el golpe me dio los segundos que necesitaba para saltar por encima del capó y de una patada apartar el arma de él.

La pistola salió despedida varios metros.

No le di tiempo a reaccionar. Le golpeé en el cuello.

Desesperado, intentó agarrarme, pero mis reflejos eran mejores que los suyos, por lo que giré sobre su propio agarre y le pateé los huevos.

—¡Quieto! —repetí.

El compañero, todavía de rodillas, intentó incorporarse.

—¡Brooke! —volvió a gritar Nick —¡El otro se mueve!

—Ya lo veo.

Avanzó con torpeza e intentó darme un puñetazo. Lo esquivé sin esfuerzo y le golpeé en la sien. Cayó como un peso muerto, aunque siguiera respirando.

—Ni se te ocurra —le dije al que quedaba consciente—. Nick, las correas de Lúpulo y Cebada, déjamelas.

Se las quitó a los cerdos y las lanzó sin acercarse demasiado. Les retorcí los brazos hacia atrás y pasé las correas alrededor de sus muñecas, antes de encerrarlos en el maletero.

—¿Los vas a dejar ahí?

—Sí. Sube.

Nick montó en el Cadillac, aunque lo hizo con cierta reticencia. Antes de conducir a la casa de campo, envié a Travis la ubicación del Toyota y le informé sobre los detenidos.

—Nick, no bajes. —Detuve el coche frente a la fachada.

—Ni de coña me quedo aquí con esos locos.

—Tú mismo.

Entramos en la casa. El olor a sangre era inconfundible. Nick soltó a Lúpulo y Cebada para taparse la nariz, pasando por encima del primer cadáver.

—Hostia puta.

Revisé la casa, comprobando que había otro cuerpo. Nick también lo vio. Más pálido que antes, salió al pasillo chocando con las paredes, y vomitó.

Continué hasta encontrar a mis amigos.

—Creo que Nick acaba de traumatizarse. —Aparté a Jess para abrazar a Vicky—. Cariño… Me alegro tanto de que estés bien.