21. Brooke #2
—Todo. Pero solo a los de arriba y a los de nuestra unidad. Lo siento mucho, tuvo que ser un infierno.
Tragué saliva.
—Lo fue. ¿Tienes lo que te pedí?
—Le di la información a Holmgren. Es lo mejor, tú ya no puedes operar desde la base.
Al final, fui con ella.
Phoebe Meyer abrió la puerta de la sala en la que me esperaban.
—Crowley, te espero aquí.
No hizo gestos forzados ni intentó tocarme.
Permaneció a un lado, con la espalda recta y los brazos cruzados, acatando las órdenes.
Entré sola. La sala no era un despacho clínico al uso.
No había camilla ni diplomas enmarcados.
Solo una mesa baja, dos sillones y una luz cálida demasiado estudiada para no ser intencional. La psicóloga se levantó al verme.
—Soy May, psicóloga clínica adscrita al SEDS. Por favor, agente Crowley, tome asiento.
Obedecí de mala gana.
—No he venido a que me analice —dejé claro—. He venido porque, si no lo hacía, me echaban de la base.
No pareció ofenderse. Se sentó frente a mí con una tableta sobre las piernas.
—Está bien. Partimos desde la honestidad.
Llevaba el cabello recogido en una coleta tirante. El traje oscuro que vestía era funcional: chaqueta recta con una placa de identificación y el pantalón liso. Uñas cortas, sin esmalte, aunque cuidadas. Y el rostro afilado de alguien que había escuchado demasiadas barbaridades.
—Holmgren me ha informado de lo ocurrido —continuó—. Y necesito dejar claro algo. No estoy aquí para juzgarla, agente. Ha sobrevivido a un secuestro de cuatro días. Privación, tortura, violencia física, mental y sexual. Esta última reiterada y con ensañamiento.
Apreté los dientes, pero dejé que continuara.
—Durante cuatro días, esa persona decidió cuándo dormía, cuándo sentía dolor y cuándo no. Eso, incluso en las personas mejor entrenadas, deja secuelas. Dígame una cosa, Crowley. Desde que regresó, ¿qué cambios ha percibido en su persona?
Pensé en lo que había dicho Phoebe. Participar y mostrar predisposición era importante para que Guy Macklean no me expulsara de la base.
—No puedo estar a oscuras.
La psicóloga no fingió condescendencia ni hizo gesto alguno.
—¿Algo más?
—El contacto físico. Al principio me genera rechazo.
—Es un reflejo condicionado por el trauma. ¿Ha entrenado más para no pensar?
—Sí.
—Hoy no voy a pedir que hable de lo que le hizo. Primero, me gustaría que el médico le realice un examen completo.
—¿Es necesario?
—Sí. Su cuerpo actúa como si el secuestro no hubiera terminado, lo que significa que no distingue entre «antes» y «ahora» cuando ciertos estímulos aparecen.
—¿Esto también se incluirá en mi informe?
—Constará que ha aceptado el reconocimiento médico en el oficial. El resto es confidencial, solo Holmgren tendrá acceso a la información.
Eso me tranquilizó. May anotó varias cosas en la tableta antes de cambiar ligeramente de postura y me hizo algunas preguntas para establecer el punto de partida.
—¿Duerme?
—Poco.
—¿Pensamientos autolesivos?
—No.
—¿Y suicidas?
Tardé en responder.
—Desde que me liberó, no.
Se levantó y fue hasta una estantería baja, de la que sacó un cuaderno de tapas negras, sin logos ni frases motivacionales de mierda. Lo dejó sobre la mesa.
—Quiero que escriba cómo se siente todos los días. Puede profundizar sobre los sentimientos de ahora o cómo se ha sentido durante el cautiverio.
Lo cogí de mala gana.
—Es ridículo.
—Una vez al día, mínimo. Nos veremos a diario. Sesiones breves, pero constantes. Ahora quiero que vaya al examen médico. Meyer la acompañará.
Salí con el maldito cuaderno en brazos.
—¿Qué tal? —se interesó Meyer.
Señalé el cuaderno.
—Me ha dado esto.
—A mí me dieron uno así cuando volví de Bosnia.
—¿Por qué?
—Fue la primera vez que vi fosas comunes. —Hizo un gesto vago con la mano—. Había cuerpos amontonados unos sobre otros. Juguetes. Zapatos pequeños.
—Qué horror. No lo sabía.
Se encogió de hombros.
—No lo sabías porque nunca he hablado de eso. Al principio, no quería escribir, me parecía una estupidez. Pero lo hice y me fue bastante bien.
—¿Sirvió realmente de algo?
—Imagino. Sigo aquí.
Abrió otra puerta y esperó fuera, igual que había hecho antes. El examen fue difícil, a pesar de que el médico avisó antes de la exploración. El cuerpo se me tensó en varias ocasiones, pero no me permití perder el control. Cuando terminó, me sentí agotada. Sin fuerzas para nada más.
—Ya solo queda el retrato. —Phoebe me llevó a otra sala—. ¿Puedes?
Asentí antes de entrar. Cuanto antes lo hiciera, antes me dejarían en paz.
—Agente Crowley —dijo el hombre que esperaba dentro—. Siéntese aquí. Cuando esté preparada, comenzamos.
Me senté y describí el rostro del Káiser. Rasgos, simetrías y asimetrías. Pómulos. Ojos. Boca.
—¿Nariz?
—Recta. Pero el puente es más ancho en el centro, como si hubiera sufrido fracturas.
—¿Asimetrías?
—El pómulo izquierdo es ligeramente más alto que el derecho.
—Boca.
—Cicatriz mínima en el labio inferior, diagonal. Apenas visible.
—Los ojos.
Tragué saliva. Los ojos del Káiser eran lo más distintivo.
—El izquierdo es verde vítreo. El derecho… lechoso. Blanco pálido. El verde tiene la pupila más dilatada.
El dibujante siguió trabajando. Tardó horas en crear el retrato, pero valió la pena cada minuto.
Después de varios ajustes, logró recrear de forma idéntica su rostro.
El Káiser ya no era solo un recuerdo en mi cabeza.
Ahora tenía cara para el resto. Además de otro hilo del que tirar: el taller.
Y eso, en la base, era dar ochocientos pasos por delante, aunque a mí me hubieran sacado temporalmente del caso.