Cicatrices 21. Brooke
45%

21. Brooke

Brooke

Desperté con los hombros entumecidos por la posición que me obligaba a mantener las esposas. Travis estaba a mi lado, sentado en la cama con el ordenador. Yo tenía la cabeza contra la almohada.

—No lo hagas.

Se lo había pedido como unas mil veces.

—Te preocupa tu familia, y lo entiendo, pero la vida de los civiles no vale menos que la de tus padres. —Tecleó unos segundos más, antes de presionar un panel—. Informe enviado.

Cerró el portátil con precisión y lo dejó a un lado del colchón.

—Acabas de firmar mi sentencia y la de ellos. Quizá la tuya también.

—Acabo de sacarte de la ecuación, deberías darme las gracias.

Rodeó la cama y se colocó frente a mí. Sus ojos estaban rojos por el cansancio. No había dormido. Y yo apenas tampoco.

—A partir de ahora no te vas a mover sola.

No vas a contestar llamadas desconocidas si las hubiera.

No saldrás si no es acompañada. Me da igual que vayas con tus padres, con Phoebe, con Jess o con Nick, pero te moverás siempre con alguien.

Y, sobre todo, no vuelvas a intentar cargar con algo así sin apoyo. Es una orden directa, Crowley.

Travis tiraba de cargo siempre que lo beneficiaba.

—¡¿Soy un bebé?! —estallé. Estar atada no ayudaba—. ¡Entreno! ¡Trabajo como agente para el SEDS! ¡No voy a bajar la guardia después de lo que ha pasado, pero tampoco pretendas que viva como si fuera incapaz de velar por mi propia seguridad!

—En ningún momento he dicho que seas incapaz de nada.

—Es lo que parece. Y no sabes cuánto me ofende.

—No —corrigió como jefe de equipo, no como pareja—. Lo que digo es que estás herida. Y que el Káiser ha sabido meterse bajo tu piel de la peor forma posible. Eso no te hace débil ni incapaz, Brooke, pero sí vulnerable a nivel táctico y psicológico.

—No tienes derecho a decidir eso por mí.

—Cuando tu vida y la de otros están en riesgo, sí. Es mi responsabilidad como jefe de grupo.

—¿Decidir sobre la vida de otros? ¿Y qué pasa con la de mis padres?

Se presionó el entrecejo.

—El informe te saca de su alcance. Sin acceso a la base, sin acceso a incautaciones y sin capacidad operativa, dejas de ser útil para él. Quedas fuera, Brooke. Para ti es positivo.

Hice equilibrios, flexionando las piernas sobre el colchón para poder sentarme en la cama.

—No tienes idea de lo que es capaz esa persona. Era mi cuerpo el que estaba en sus manos. Mi cabeza. Mi miedo…

—Precisamente por eso, no voy a permitir que vuelva a tener oportunidad de tocarte. Para él estarás fuera, pero desde dentro, voy a reconstruirte física y mentalmente. Volverás cuando estés lista. No antes.

—Te odio.

No hizo caso a esas palabras. Se acercó a la cama y me acarició una mejilla.

—No te estoy quitando el control. Me voy a asegurar de devolvértelo poco a poco, aunque ahora mismo no puedas verlo.

Dio unos pasos hacia la cómoda, recogió mis prendas y comenzó a vestirme sin dramatismo. Para no quitarme las esposas, puso el abrigo alrededor, envolviéndome como una morcilla.

—Nos vamos.

No pregunté a dónde, porque ya lo sabía. Me ayudó a bajar de la cama sin liberarme de las esposas. Hasta que no estuviéramos donde tenía que estar, para él seguía siendo un riesgo. Quizá incluso para mí misma.

El trayecto fue silencioso. Travis condujo con las manos en el volante y la mirada fija al frente.

No puso música ni entabló conversación alguna.

Su presencia era un muro impenetrable, impuesta para no ceder.

Miré por la ventanilla hasta llegar a la base, donde el control de acceso nos permitió el paso.

—Ya lo saben —avisó sin mirarme directamente—. Todos. Se ha notificado por canal interno.

Aparcó en la zona disponible para cargos superiores, la que usaban los responsables de Operaciones, los jefes de grupo, de unidad y dirección. Bajó primero y rodeó el coche. Abrió mi puerta y, por fin, me liberó de las esposas.

—Compórtate —pidió.

Me froté instintivamente las muñecas.

Primero fuimos al vestuario, donde nos pusimos el uniforme.

Luego, me condujo hasta una de las salas de reuniones blindada.

Abrió la puerta y vi a mis padres sentados uno al lado del otro de una forma contenida.

Sobre la mesa había informes impresos y el dosier llevaba mi nombre en la portada.

Mi madre fue la primera en mirarme. Aunque no se levantó para no perder autoridad, sus ojos me lo dijeron todo.

Travis cerró la puerta y entonces, vi a Paul Jefferson, sentado ante el centro de la mesa con las manos entrelazadas. Y a su derecha, Guy Macklean.

Hice el saludo reglamentario.

—Crowley —comenzó Jefferson—. Siéntate.

Obedecí.

Travis permaneció de pie a mi espalda. No como mi novio, sino como jefe de equipo. Lo miré, y mis padres también. Se supone que Travis iba a evaluarme, pero no con un informe oficial.

—Hemos leído el informe completo de Holmgren —continuó Jef­ferson—. La exploración. El perfil psicológico. También el operativo.

Mi padre habló entonces, dejando claro que había formado parte de la decisión tomada.

—No estás suspendida —explicó—, pero tampoco en condiciones de continuar.

Guy Macklean se levantó para dictar sentencia.

—El informe de Travis Holmgren es claro. Trastorno de estrés agudo con episodios disociativos, hipervigilancia y respuestas defensivas despro­porcionadas.

Me entraron ganas de pegar un puñetazo a Travis por haber puesto eso, pero tuve que reprimir el impulso de dárselo porque eso me perjudicaría.

—Con todos los respetos, señor —me defendí—, no estoy en absoluto de acuerdo.

Macklean continuó como si mi palabra no valiera nada. Gilipollas.

—No se te pide que estés de acuerdo. Se te está informando de una valoración directa emitida por el jefe de grupo dentro de la cadena de mando.

Mamá intentó suavizar la tensión.

—El informe no cuestiona en ningún momento tu competencia ni tu historial. Solo tu estado actual.

—Mi estado actual no invalida mi criterio.

Travis habló por primera vez. Y deseé que no lo hubiera hecho.

—Agente Crowley, el informe no te etiqueta en ningún sitio, te protege. Interprétalo como una medida necesaria para un bien común.

—Me incapacita. Eso hace tu maldito informe.

Jefferson juntó las manos sobre la mesa y carraspeó, molesto por mis palabras. No podía hablar así a Holmgren.

—Esto no es un juicio —me regañó—. Es una medida preventiva. Sigues siendo agente del SEDS, pero con acceso temporalmente restringido.

—¿Temporalmente restringido?

Quise llorar allí mismo. Pero no lo hice porque mostrar debilidad en el SEDS no me beneficiaría.

—Holmgren ha solicitado que se mantenga tu acceso a la zona de entrenamiento y que se incorpore a tu rutina atención psicológica y un examen médico exhaustivo ejecutado por el personal cualificado —continuó Jefferson—.

Considera que la actividad física debe formar parte del proceso de estabilización.

—Qué bien. Estados Unidos me va a pagar un sueldo por entrenar.

Fui excesivamente sarcástica, algo por lo que Jefferson podría haberme sancionado.

—Por recuperarte —concluyó Holmgren, evitando que Jefferson hablara primero y me amonestara.

Apreté los puños sobre las rodillas.

—Sigo siendo capaz de pensar, de analizar y de actuar con la cabeza fría.

—Nadie lo cuestiona —intervino mi padre—. Pero primero deberás volver a estar en condiciones aptas.

Travis dejó unos papeles delante de mí.

—El informe no solicita tu retirada definitiva, solo temporal. Un periodo de recomposición con control de estímulos, sin presión operativa e incorporando apoyo psicológico. Nada más.

Guy Mackean juntó lentamente las yemas de los dedos de ambas manos, formando un triángulo estrecho frente al pecho. Frotó las palmas con una parsimonia que me desesperó, mientras su repelente sonrisa se dibujaba en su cara.

—Ahora mismo eres una variable inestable —soltó—, te guste o no. Y en operaciones de alto riesgo, eso es inaceptable.

—¿Variable inestable? —pregunté a Travis, ignorando el protocolo—. ¿Eso también está en el informe?

—No.

Guy continuó.

—La decisión está tomada.

Jefferson concluyó la reunión con la resolución.

—Entrenamiento permitido. Sin acceso a base de datos. Sin participación directa en el caso Varok ni en ningún otro hasta que el informe sea positivo. Restricción total de inteligencia y material clasificado. Retírese, agente —concedió.

Antes de levantarme, hablé por lo bajo a Travis.

—Espero que estés dispuesto a asumir las consecuencias de lo que has hecho.

No esperé a que respondiera. Salí de allí después de llevarme la mano a la frente, como marcaba el protocolo, y fui directamente a la sala de entrenamiento.

Me quité la chaqueta, la camiseta y me quedé con el top deportivo antes de recogerme el pelo y colocar las vendas protectoras.

Golpeé el saco, concentrada en descargar toda mi ira en él.

—Crowley.

Era Phoebe. Sentí su mano cerrarse alrededor del antebrazo.

—Hola.

Seguí a lo mío.

—Holmgren ha ordenado que no estés sola. —Habló bajo—. A Larry y Thelma también les ha puesto vigilancia, justificándolo como medio preventivo ante la información confidencial que ha recibido sobre el caso.

—¿A mis padres? No puede hacer eso.

—Puede. Y lo ha hecho. Por eso estoy aquí.

Pateé el saco antes de girarme incómoda hacia ella.

—¿Desde cuándo aceptas órdenes con las que no estás de acuerdo?

—Holmgren lo ha presentado como medida preventiva. Ha ordenado que te reúnas con quien hará el retrato del Káiser, después de que te atienda el médico de la base y la psicóloga.

—No voy a hablar con ninguna psicóloga. Tampoco me va a ver el médico.

—No es opcional.

—He dicho que no.

—Holmgren ha dejado claro que te tratará solo personal interno y de carácter confidencial. Él será el único que reciba los informes.

Descargué en el saco varios golpes más.

—Si no vas —continuó Meyer—, le darás al gilipollas de Guy Macklean exactamente lo que necesita para sacarte de la base.

Eso me detuvo. Guy era un maldito gilipollas al que estaba claro que mi persona no le agradaba. A mí tampoco me gustaba él.

—¿Qué os ha contado Holmgren? —quise saber.