Cicatrices 20. Brooke
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20. Brooke

Brooke

Avanzamos por el camino. Travis conducía con una mano en el volante. A pesar de sentir el cuerpo agotado, me recoloqué en el asiento. En el proceso se me escapó una mueca.

—¿Te duele algo?

Negué. No era del todo cierto, pero tampoco era mentira. El dolor físico era más manejable que el mental. Salimos del tramo sin luz ni cobertura que indirectamente me había provocado un pico alto de tensión. Travis se incorporó a la carretera estatal y giró en la curva.

—No estoy orgulloso de mi comportamiento.

—Lo sé.

No quise ahondar más en el tema.

Al llegar a su edificio, permaneció un segundo más dentro del coche, con la mano sobre el volante. No dijo nada. Salió y subimos en silencio. Travis evitó mirarme directamente, algo que no era usual en él, ya que siempre sostenía la mirada.

—Tú primero. —Sujetó la puerta de casa para que entrara.

Me quité las botas para no ensuciar el suelo de camino a la habitación. Allí, comenzó a desvestirse con movimientos lentos, casi distraídos. Abrió el armario, rebuscó y se acercó con algo entre las manos. Era un pijama de mi talla. De tela suave. Lo dejó sobre la cama sin mirarme.

—El mío te queda enorme. Así estarás más cómoda.

Alargué la mano y lo toqué con la yema de los dedos. Era bonito, de algodón.

—Gracias —dije en voz baja mientras me lo ponía.

Travis se movió hacia la puerta. Lo vi apoyarse un instante en el marco, dudando.

—También te he comprado un cepillo de dientes.

—Es un detalle, no tenías por qué.

Siguió de pie, observándome. No era su mirada habitual, directa o segura. Me pareció más bien precavida. Vulnerable.

—Quería hacerlo —respondió—. Voy a lavarme los dientes.

Esperé a que volviera para ir yo. El cepillo que era para mí estaba colocado meticulosamente junto al lavabo, alineado al lado del suyo.

Ese detalle, tan simple, me apretó el pecho de una forma que no esperaba.

Cuando volví, apagué la luz principal del dormitorio y le pedí que dejara la lámpara de la mesilla encendida.

La petición descolocó a Travis, pero no hizo preguntas.

—Claro.

Me tumbé junto a él, envolviéndome con las sábanas.

Anhelaba el calor de su cuerpo, y al mismo tiempo lo evitaba.

Por eso permaneció los siguientes minutos en la misma posición, dándome el espacio que sabía que necesitaba.

Con tacto, me rozó el brazo con caricias leves, sin demandar nada más.

No retiró la mano, pero tampoco avanzó. La dejó allí, con presencia, sin forzar.

Y ese respeto hizo que el muro mental que nos separaba, fruto del trauma, cediera un poco.

Me giré, permitiendo que me besara despacio, aunque sin profundizar al principio.

Preguntándome con cada roce si podía o no avanzar.

Separó su labio apenas un milímetro del mío.

—Hoy, en el gimnasio…

—Lo sé. Y lo siento.

—Entiendo que no me cuentes todo, pero si algo es operativamente relevante, te ruego que no me dejes fuera.

Volvió a besarme con la misma paciencia de antes.

Sus manos recorrieron mi espalda con cuidado, deteniéndose cada vez que mi cuerpo se tensaba.

No hizo preguntas, y esperó una vez tras otra a que me relajara.

Travis no intentó convencerme, no me sostuvo con fuerza, no me hirió.

Y cuando quise darme cuenta, mis dedos estaban alrededor de su camiseta.

Los enredé en la tela y me aferré a él. Sus manos me recorrieron la piel, más relajado, hasta que sus yemas se detuvieron sobre las costras de mi costado.

Llevé la mano a su muñeca para apartarla antes de que se diera cuenta, pero no retiró la mano.

La dejó inmóvil, sobre el ligero relieve de mi piel.

Sentí el pulso de su muñeca, constante, contenido.

Y la firmeza controlada. La luz de la mesilla marcaba la tensión en su postura, en su gesto, incluso en su forma de mirar.

Intenté apartarme, pero tenía la espalda entre el colchón y él.

Busqué otra manera de zafarme, girando la muñeca, pero anticipó el movimiento.

Me bloqueó sosteniéndome del antebrazo y me empujó contra el colchón, obligándome a quedarme quieta.

El aire se me escapó de los pulmones cuando levantó la camisa del pijama, dejando a la vista la cintura, el abdomen, los pechos y el cuello.

Me bajó los pantalones y descubrió arañazos en la cadera.

—Suéltame —exigí.

Ignoró mi petición.

—¿Qué te ha pasado?

Negué.

—Nada. Un raspón con la moto.

—No me mientas.

—No estoy mintiendo.

Me revolví bajo su agarre, esta vez con una rabia desesperada. Travis reforzó el bloqueo colocando el antebrazo sobre mis omóplatos. No para herirme, sino para que no huyera.

—Claro que mientes, de hecho, empiezo a pensar que lo haces constantemente. En el tramo sin cobertura —continuó—, tu postura era tensa. Y no solo eso. ¿La luz de la mesilla? ¿Lo que ha ocurrido en el entrenamiento?

Apretó.

—Por tu bien, no quiero una mentira más. Ni una.

—Suéltame.

—No hasta que me digas qué está ocurriendo.

—¡Que me sueltes!

—¿Por qué has tardado tanto en ir al bar?

Aflojó para darme la vuelta, obligándome a permanecer de frente a él.

—Estaba revisando los informes del caso Varok.

Me sostuvo la cara con ambas manos.

—Deja de mentirme.

El contacto fue mi detonante. Esa sensación de estar acorralada, de no tener salida, me hizo girar el cuerpo con una brusquedad descomedida.

Rodé hacia un lado de la cama, cayendo de pie.

Él reaccionó al instante, interceptándome antes de que alcanzara la puerta.

Cuando me agarró del codo, me giré sobre mí misma y le golpeé.

No fuerte, pero sí con la suficiente inercia como para que la presión entre las costillas le hiciera soltarme.

—¡Brooke! —blasfemó.

Volvió a alcanzarme y me empujó contra la pared.

Choqué con fuerza y el impacto me sacó un gemido que odié.

A pesar de eso, no me quedé quieta. Le planté las manos en el pecho y empujé con todo lo que tenía: antebrazos, codos, piernas.

Aproveché para pasar por debajo, pero me atrapó por la cintura y me lanzó directamente sobre la cama.

Los muelles crujieron bajo mi peso.

—¡Para! —ordenó.

—¡Déjame!

Rodé de nuevo. Travis se me echó encima, bloqueándome las piernas con las suyas.

Le di un rodillazo, pero giró el torso para proteger sus costillas.

Me inmovilizó las muñecas y las aplastó sobre el colchón.

Nos quedamos así, respirando fuerte y mirándonos como si por un momento hubiéramos olvidado que nosotros no éramos el enemigo.

—¿A esto te dedicas ahora? —preguntó—. ¿A mentirme? ¿A atacarme?

Apreté los dientes, al borde del colapso. La rabia me subía desde el estómago hasta la garganta. El Káiser había sido muy claro. Tenía que devolverle las armas incautadas.

—No tienes ni idea de…

—¡No tengo ni idea de nada! ¡Claro que no! ¿Sabes por qué? ¡Porque eres hermética!

Me sacudí de una forma violenta, logré soltar el agarre de una de las muñecas y le clavé las uñas en el brazo. Maldijo, ya al límite de su paciencia, y aflojó, dejando un ínfimo margen que aproveché para alejarlo. Pero el maldito era como un bloque de hierro: inamovible.

—¡¿Quieres saberlo?! —grité—. ¡¿De verdad quieres?!

Travis no respondió de inmediato. Antes acarició los relieves rugosos de mi piel, provocados por la caída.

—Siempre que se trate de ti, voy a querer saberlo todo.

Se me quebró la voz.

—Me estaba esperando.

Travis me miró con desconcierto.

—¿Quién, Brooke?

No fui capaz de pronunciar su nombre.

—Sabe todo, Travis. Todo.

—¿Quién, maldita sea? ¿Quién sabe todo? ¿Quién te estaba esperando?

Me reí sin humor, fruto de la desesperación. Cerré los ojos y me tiré a mí misma del pelo, como si ese dolor pudiera opacar al provocado por los recuerdos.

—Me llevó con él. Me encadenó. Me…

Sostuvo mis manos.

—Brooke…

Bajó de la cama para arrodillarse en el suelo, con los puños sobre su cabeza.

—También me…

Intenté seguir, pero lo único que pude hacer fue tragar saliva. Recordar los abusos me dolía más de lo que mi fachada me permitiría admitir.

—El Káiser —revelé. Bajé la vista a mis piernas—. Me torturó de muchas maneras.

No hizo falta entrar en detalles. Travis no reaccionó de inmediato, pero lo entendió todo. No golpeó nada, no rompió cosas. Permaneció en el suelo, completamente quieto hasta que su respiración cambió. Cuando se levantó, yo me senté sobre la cama.

—¿Cuántas veces?

Miré la pared, anclada a un punto fijo. Travis preguntaba por los abusos.

—No lo sé.

La respuesta le dolió tanto como a mí. Cerró los ojos como si necesitara apartar de su mente la verdad. Aproveché para encogerme sobre la cama, rodeándome las rodillas con los brazos.

—Me asfixiaba con una bolsa en la cabeza mientras lo hacía. Con una bolsa —repetí— y tiraba de la cadena que me ató al cuello. Apretaba. Esperaba. Volvía a apretar.

No soporté el silencio, por eso continué.

—Me despertaba en un suelo cubierto por plástico, Travis. Atada. Desnuda. Sangrando. —Me tembló la voz—. No fue…

Travis me envolvió en un abrazo cálido.

—No fue vaginal. —dije al fin, mirándolo de frente—. Me dolía. Me humillaba. Me…

—¿Has tenido algún tipo de atención médica?

Negué.

—Él mismo me limpió con lavados anales. Usó productos para no dejar rastro.

—Hijo de la gran puta.

Me estrechó entre sus brazos. Travis tenía los ojos húmedos, igual que yo. Hundí la cara contra su pecho. Firme. Protector.

—Lo voy a destrozar, Brooke. Te lo prometo. Nadie te hace eso y sigue respirando como si nada.

La rabia le carcomió. Cerró los puños intentando contener el ligero temblor de su cuerpo.

—¿Cuánto tiempo te ha tenido?

Eso también me costó decirlo en alto.

—Cuatro días.

El contacto de sus brazos a mi alrededor se volvió más sólido. Su respiración cambió a una más profunda, más peligrosa.

—Escúchame —suplicó.

Negué, hundiendo más la cara en su pecho.

—Estoy contigo, ¿de acuerdo? Contigo. —Me besó la frente—. Voy a examinarte. Prometo que no te haré daño.

Me separé lo justo para poner el culo en el borde de la cama. Travis volvió a besarme antes de ir al baño a por una toalla limpia, guantes de látex y el botiquín.

—Necesito que te tumbes de lado, con las piernas flexionadas —indicó—. Dime si en algún momento quieres que pare.

Me tumbé tal y como había indicado. El cuerpo reaccionó tensándose cuando me quitó el pantalón y bajó la ropa interior, anticipando el contacto.

—Tranquila.

Esperó a que mi respiración fuera constante.

—¿Preparada?

—Sí —mentí—. No necesito que sientas pena por mí. Sobreviví. Eso es lo único que importa.

Noté la presión mínima al entrar. Fue cuidadoso, sin invadir más de lo imprescindible.

Un examen rápido, suficiente para evaluar el daño.

Al principio no dijo nada. Dejó los dedos quietos un momento y luego los retiró con suma lentitud.

Se quitó los guantes y los lanzó al suelo antes de caminar por el dormitorio, pasándose ambas manos por la cara, como si deseara arrancarse la piel.

Se apoyó en la cómoda con los puños cerrados, y supe que Travis ya no tenía el control.

—Hay lesiones internas, Brooke. No es solo violencia sexual. Es… ensañamiento. Sadismo. ¡Te ha usado como un objeto para castigarte! ¡Para humillarte!

Ya lo sabía. Sabía que Travis estaba en lo cierto, pero no fui capaz de seguir oyendo nada más. Las palabras salieron de su boca, pero para mí dejaron de tener significado o forma. El sonido se volvió un zumbido insoportable. Me llevé las manos a los oídos.

—Para —susurré, encogiéndome más sobre la cama.

Pero Travis parecía no escuchar. Me balanceé hacia delante con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza hundida entre las manos, que seguían presionando sobre los oídos mientras continuaba gritando improperios.

—¡No sigas! —imploré.

Se calló, pero ya no sirvió de nada. Las imágenes ya estaban dentro de mi cabeza. Consciente de su error, Travis golpeó el mueble.

—Brooke, joder. Lo siento. Lo siento mucho, perdóname.

—Haz que salga —rogué—. Que salga de mi cabeza.

Me abracé con mis propios brazos, con el corazón desbocado y los oídos pitándome.

—Me cuesta respirar.

Travis reaccionó rápido. Me cogió las muñecas con cuidado y las separó de los oídos.

—Inhala… Exhala… Vamos.

Me costó seguirlo. El aire entraba descompensado, como si el pecho no recordara cómo debía funcionar.

—Así. Poco a poco. —Me acompañó, arropándome las piernas con la sábana—. Eso es, inhala. Muy bien. Ahora exhala.

Lo hice con él. Una vez. Dos. Tres. El temblor comenzó a ceder, y el aire al final entró con cierta normalidad.

—Eso es.

El zumbido disminuyó de forma gradual. Apreté los dedos contra la sábana.

—Quiere las armas.

—Por eso te ha soltado —entendió.

—Sí.

Las piezas comenzaron a encajar en su cabeza.

—El bien común está por encima del propio, Brooke. Eso es lo que nos enseñaron. Lo que juramos. —Extendió la mano hasta el cajón de la mesilla, consciente de mi inestabilidad—. Lo siento, pero no quiero ser el agente que sacrifica a la persona que quiere por una mala decisión.

En un momento, el metal de unas esposas reglamentarias rozó mi piel.

Antes de que pudiera reaccionar, el acero rodeó mis muñecas.

Primero la izquierda, con una firmeza precisa.

Luego la derecha. No hubo brusquedad, pero tampoco margen para negociar.

Travis aprovechó para girarme, colocándose a mi espalda.

—Brooke, no puedo permitir que esas armas vuelvan a circular.

—¿Vas a entregarme?

—No lo sé.

Eso me descolocó. Levanté la cabeza, a pesar de tener las manos atadas a la espalda.

—Entonces ¿qué estás haciendo?

—Te estoy protegiendo. Si te dejo actuar, le devolverás la mercancía.

—Tú no lo entiendes.

—Puede que no, pero no vas a devolverle las armas. Y para asegurarme de eso, voy a apartarte de la cadena operativa del caso.

—¡¿Qué?! Travis, no lo hagas.

El Káiser había sido muy claro. Si no recuperaba las armas, mataría a mi familia, a mis amigos… Y a mí me enterraría.

—¿Olvidas lo que juraste cuando decidiste dedicarte a esto?

—¡¿Y si el precio son las personas que quiero?!

—El Káiser cree que te controla. Piensa que eres su vía para recuperar las armas. A partir de ahora no lo eres.

Se tumbó a mi lado y dejó encendida la luz de la mesilla.

—Duérmete, Brooke. Lo único que estoy pidiendo es que confíes en mí.

—¿Que confíe en ti? ¡¿Y tú en mí?! Me has puesto unas malditas esposas.

—No te he esposado para castigarte.

—No. —Le di la razón—. Lo has hecho para dormir tranquilo.

Giró la cabeza.

—Lo he hecho para mantenerte con vida. En cuanto envíe el informe psicológico y de estado de servicio a tus padres, te soltaré. Tienen la potestad suficiente para sacarte del caso sin hacer apenas ruido.

—¿Lo dices en serio?

—Te permitirán una retirada temporal.

—¡¿Esa es tu forma de protegerme?!, ¡¿declararme temporalmente inestable?!

—Solo te convierto en alguien que no puede ser usada como arma. Ya no podrás acceder a la base, mucho menos al depósito.