19. Brooke #2
—Monstruitos —intervine—, compartid.
Nick las separó con paciencia.
—Hey. Nos comportamos.
Las niñas protestaron al unísono, cada una defendiendo su versión. Emma y Madi juntas eran un tormento. Peleaban tanto como se querían.
Travis dejó el último plato frente a mí.
—Come. No te gusta cuando la carne se queda fría.
No era una orden, aunque sonara como tal.
Era una forma de marcar territorio, evidenciando que él también me conocía.
Que había un «nosotros». Aquello no iba de que la hamburguesa se enfriase o no, pero como Nick era el tío más pacífico de la Tierra, devolvió la vista a su hamburguesa, ignoró la pullita de Travis y comenzó a engullir.
—¿Te paso más la carne? —preguntó a Jess.
Estaba prácticamente cruda.
—No. Me gusta así.
En Ashmoor, la mayoría de la gente soportaba una carga.
Y Jess, al igual que yo, ocultaba cosas.
Una de esas cosas era que su madre llegó aquí con un programa de protección y mucho dinero.
Nuestra amistad se basaba en que él no me preguntaba.
Y yo tampoco le hacía preguntas. Nick tampoco dijo nada.
Ellos dos compartían algo más que una amistad.
Algo áspero y profundo. Un vínculo marcado por el sufrimiento y la desgracia.
Emma y Madi habían nacido el mismo año. Y ese año, la madre de Jess murió en el parto, dando a luz a Emma.
Desde entonces, el dolor había sido un idioma que, aunque de diferente manera, Nick y Jess compartían.
—Travis, la carne está bien —aseguré, evitando cualquier juicio—. Gracias.
No insistió. Volvió a la barra y atendió al resto de clientes.
Cogí mi hamburguesa y le di un mordisco, mientras sentía los ojos de Travis fijos en mí en la distancia.
También los de Nick. Dos miradas distintas, que no se parecían en nada.
La de Travis era tensa, insegura, como si todo lo que no pudiera controlar fuera para él una amenaza directa.
La de Nick, en cambio, era tranquila, cuidadosa, sin urgencia ni reclamo.
Emma se quejó porque Madi le robaba sus patatas.
—¡Es mi patata! —Tiró del pelo a Madi.
Madi le pinchó la mano a Emma con el tenedor.
—¡Mala! ¡No se hace eso!
Nick y Jess separaron a sus hermanas. Yo cogí varias patatas de mi plato y las repartí entre las dos para que dejaran de discutir. Emma me sonrió como si acabara de salvar el mundo. Madi, en cambio, se metió varias en la boca para evitar que su amiga las tocara.
—Eres débil —murmuró Nick, aguantando la risa.
—Estratégica —repliqué, dándole otro mordisco a la hamburguesa—. ¿El resto de monstruitos dónde están?
—En casa. Jack y Noah tienen deberes. Y las mellizas quieren estar todo el día con Lúpulo y Cebada.
—Pobres cerdos —añadió Jess—. Acoso infantil diario. ¿Cómo lo has convencido?
—La persuasión es mi poder secreto —bromeé.
Nick estiró su mano hacia el plato justo cuando me disponía a robarle un par de patatas.
Sus dedos rozaron los míos con la naturalidad de siempre para evitar el hurto, pero lo que yo sentí fue piel con piel.
Y eso fue suficiente para que mi atención se desviara por completo hacia él.
Nick, consciente del contacto, apartó la mano y descansó su brazo junto a mi plato.
—Perdón —se disculpó, inclinándose hacia delante.
La calidez de su aliento casi me rozó la boca.
Travis pasó por detrás con dos platos en la bandeja para otra mesa. Nick bajó la mirada, evitando cualquier contacto visual. Cuando volvió a pasar, levanté la mano para llamar su atención.
—Una jarra para Nick, por favor. Ya no tiene.
Asintió, dándose la vuelta sin decir nada. Me molestaba que Travis fuera tan soberbio cuando le convenía. Había visto perfectamente que su jarra estaba vacía y aun así, no se había parado a preguntarle si quería otra.
—No hacía falta, nena.
—Sí. Claro que hace falta.
Nick desvió la mirada hacia el plato, incómodo.
Travis volvió con la jarra y la dejó delante de Nick.
—Toma.
No fue el qué, fue el cómo. El tono seco. La brusquedad. La pausa innecesaria. La forma en la que me miró a mí, antes de girarse hacia él.
Nick toqueteó el cristal helado antes de responder con lo que Travis no había tenido: educación.
—Gracias.
Travis no contestó. Permaneció allí, plantado con la bandeja bajo el brazo y los hombros en tensión.
—Mira, Nick, yo no soy ni adivino ni una ONG. —Bajó intimidatoriamente la voz—. Si quieres algo, lo pides como hace el resto del mundo.
Jess, que hasta entonces se había mantenido al margen, dejó a Emma en su silla antes de ponerse en pie.
—¿Tienes algún problema con mi amigo?
No alzó la voz. No lo necesitaba. Bastaba una mirada suya para percibir que aquello no era una pregunta lanzada al aire, sino una advertencia formulada con la educación justa.
—No tengo ningún problema —respondió—. ¿Tú?
Se sostuvieron la mirada. Nick fue el único que bajó la cabeza, no por cobardía, sino porque las peleas no iban con él.
Su vida era demasiado dura como para perder energía con esas gilipolleces.
Los ojos de Jess se oscurecieron, lo cual significaba que empezaba a enfadarse.
No sabía quién daba más miedo de los dos.
—Sí. —Jess se levantó—. Contigo. Así que, por tu bien, piensa muy bien antes de volver a dirigirte así a mi amigo.
Travis se acercó. Jamás retrocedía ante el peligro.
—¿Es una amenaza, Jess?
Me levanté antes de que pudieran llegar a las manos. La silla apenas chirrió al moverla, pero el sonido bastó para que Travis desviara la vista hacia mí.
—Ya —advertí—. Son mis amigos. Creo que estás siendo innecesariamente hostil.
—Estoy siendo claro. Si no tiene dinero para alimentar a sus hermanos, ¿qué hace aquí?
Fue un golpe muy bajo que Nick intentó ignorar, pero la vergüenza se instaló en él lo suficiente para que Jess lo notase. Y eso fue un grave error por parte de Travis.
—Repite eso —alentó Jess—. Repítelo.
Quedaron a menos de un palmo el uno del otro.
Aún no se habían tocado y la violencia ya estaba implícita en la forma en que sostuvieron la mirada, también en la certeza de que ninguno iba a apartarse primero.
Me coloqué delante de Travis, interfiriendo en el contacto visual que acababa de hacer Jess.
No quería por nada del mundo que acabaran a golpes, pero tampoco iba a dejar pasar lo que había dicho sobre Nick.
—No vuelvas a decir eso.
Travis se mantuvo en su posición.
—Brooke, no he dicho nada que…
—No tienes ni idea de lo que estás diciendo. —Le aguanté la mirada—. Y si la tuvieras, te daría vergüenza siquiera pensarlo. No hablemos ya el decirlo en voz alta.
De un manotazo tiró la bandeja al suelo. El golpe hizo que los pocos clientes que se encontraban en el bar se giraran hacia nosotros.
—Estoy harto de que…
—No me importa que estés harto. Me importa que uses sus puntos débiles como arma.
Me agaché, recogí la bandeja y se la lancé al pecho. Travis la atrapó al vuelo.
—¿Y yo? ¿Te importo yo como él?
No iba a permitir que desviase el foco del conflicto.
—Sí, pero has humillado a alguien que se parte la espalda todos los días por su familia. Por favor, discúlpate.
—Siempre lo defiendes.
—Travis, discúlpate.
Se me acercó hasta que su rostro y el mío quedaron uno frente al otro.
—Empieza a cansarme que justifiques todo lo que tiene que ver con él.
Bajé la voz.
—No confundas tu inseguridad con mi lealtad —repuse—. Y no vuelvas a usar su situación para marcar territorio como si fueras un perro. Eso no te hace más fuerte; te hace pequeño.
—No mezcles las cosas.