Cicatrices 19. Brooke
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19. Brooke

Brooke

La cafetería estaba abierta cuando llegué.

—Hola —saludó Travis.

No contaba con él para el turno de esta noche, pero se encontraba detrás de la barra, colocando vasos. Aunque se esforzara por relajar los hombros, la rigidez de su mandíbula lo delataba. Un signo claro de contención forzada.

—¿Qué haces aquí? —quise saber.

Señaló la mesa de mis amigos.

—Viernes de hamburguesas.

Nick estaba inclinado hacia delante. A pesar de su cara de agotamiento, reía, seguramente rememorando alguna anécdota.

Tenía los antebrazos apoyados en la madera y la jarra a medio beber.

Jess, sentado enfrente, escuchaba mientras su hermana pequeña correteaba con Madi por el bar.

Nick levantó la vista en mi dirección. No fue casualidad.

Sino ese preciso instante, casi físico, en el que algo cambia en el aire cuando compartes espacio con una persona con la que conectas de manera diferente.

Alzó la mano.

—¡Hey, nena! Ya pensábamos que no venías.

Oí el vaso que Travis estaba colocando chocar un poco más fuerte de lo necesario contra la barra.

No se rompió, pero el ruido fue suficiente para que yo lo oyera.

Le guiñé un ojo a Nick sin que Travis me viera, evitando caldear más el ambiente.

Fui tras la barra y busqué el delantal negro que normalmente me ponía para cocinar.

Travis cogió otro vaso.

—¿Has cenado?

—No.

—Siéntate con ellos.

—Tengo que trabajar.

—Ya lo sé, pero antes quiero que cenes.

—No tengo hambre.

—No has comido nada en la base. Ni siquiera has hecho el descanso.

No fue una acusación, más bien una constatación basada en sus observaciones.

—Sí lo he hecho —mentí.

Siguió ocupándose de los vasos con movimientos mecánicos.

—No intentes engañarme. Sé que te has ido a nadar.

—Empiezo a cansarme de que me espíes.

Bajó los ojos hacia mí. No porque yo fuera bajita, que no lo era, sino porque Travis, al igual que Jess y Nick, medía casi dos metros.

No encontré ironía en su expresión, tampoco resentimiento.

Solo una atención en mi persona demasiado insistente, que por momentos me agobiaba.

Devolvió la atención al vaso, pero ya no hacía nada.

Simplemente repetía los movimientos como si necesitara tener ocupadas las manos con algo.

—Me lo ha dicho Bill.

—Bill Davis… Será bocazas. —Me sentí fatal—. Lo siento.

—Quítate el delantal y cena antes de ponerte a trabajar.

—¿Aquí también eres el jefe?

—No, pero podría. ¿Hamburguesa?

No tenía fuerzas para discutir con él. Y aunque las tuviera, no se lo merecía.

—Sí. Lo mismo que ellos. ¿Han pedido ya?

—Hace bastante. ¿Luego vendrás conmigo?

Colgué el delantal en su sitio, obligándome a tener normalidad. Necesitaba espacio, pero también necesitaba que Travis no sospechara nada respecto a lo que había ocurrido en mis días de descanso.

—Sí. Duermo contigo.

Fui con mis amigos.

Nick se apartó igual que esta mañana en el desayuno. No invadió mi espacio. No me tocó. Tan solo retiró la silla con cuidado para dejarme paso. Me fijé en las consumiciones antes de tomar asiento.

—Chicos. ¿Y Vicky?

Nick negó con la cabeza.

—Tenía trabajo.

Me dio pena que no viniera. Me había acostumbrado demasiado rápido a verla aquí, a ella y a esa sonrisa tímida que se permitía poner cuando se relajaba un poco más de la cuenta.

Vicky tenía algo que hacía que los demás nos sintiéramos cómodos con ella.

A excepción de Jess. Jess se comportaba de manera diferente cuando Vicky estaba cerca.

—Vaya. ¿Os falta algo?

—Cicuta. —Jess señaló a Nick—. No se cansa de contar siempre lo mismo.

Me senté con el cuerpo orientado hacia Nick.

—A ver si adivino. ¿La anécdota de los siete años? Es esa, ¿a que sí? Jess te clavó una grapa en el dedo porque le jodiste el murciélago de plastilina. Y para defenderte se te ocurrió clavarle la punta del lápiz en la mano.

—Te equivocas, nena.

La sonrisita que puso me hizo gracia.

—Entonces la de los nueve, cuando la señorita Figueroa te pilló intentando escapar de clase por la ventana…

—Porque Benny tenía un moco colgando —recordó Jess.

Nick soltó una carcajada y se dejó caer sobre el respaldo de la silla.

—Ese moco era… Puag. —Siguió riéndose, retomando la historia—. La señorita Figueroa me agarró del cuello de la camiseta cuando ya tenía medio cuerpo fuera y me arrastró de vuelta al pupitre.

Jess también formó parte del relato.

—No viste su cara cuando te vio en la ventana. Creo que le dio miedo que pudieras caerte de cabeza, por si te quedabas tonto del todo.

Intenté no reírme, pero acabé haciéndolo porque compartía la misma opinión que Jess. Nick no era tonto, y a Jess tampoco se lo parecía, pero la señorita Figueroa sí pensaba que lo era porque en clase lo único que hacía eran tonterías.

—Tenía un objetivo claro, cabeza de melón —gruñó Nick a Jess—: huir del moco de Benny. ¿Cómo podía tener siempre tantos?

Fingió una arcada antes de beber más cerveza. Jess acabó la jarra.

—¿Habéis vuelto a saber de él? —me interesé—. Se fue de Ashmoor en cuanto tuvo oportunidad.

—Creo que está en el estado de Maine, trabajando en una granja —respondió Nick.

—Benny, ¿en una granja? —La expresión de Jess me hizo gracia.

—Eso parece.

Travis apareció con la bandeja. Trajo una jarra para mí, bien fresquita, que no pensaba rechazar.

—Las hamburguesas salen en cinco minutos. ¿Cerveza?

Los chicos asintieron. Travis dio la vuelta sobre sí mismo para ir a por dos nuevas jarras. El papel de camarero se le daba bien. Como todo lo que hacía. Emma apareció corriendo por entre las mesas, perseguida por Madi. Me trepó por la pierna.

—¡Brooke! —gritó—. ¡Madi dice que no puedo sentarme en esa silla!

El contacto de las manos de Emma aferrándose a la pierna me pilló desprevenida. El cuerpo se me tensó tal y como ya me había pasado con Travis y Nick. Madi alzó la voz más que Emma, cruzándose de brazos con una seriedad que me hizo gracia.

—¡Porque es la mía!

Intenté lidiar con ellas.

—Oíd, monstruitos. Podéis sentaros donde queráis, pero no os subáis a las mesas ni molestéis a los clientes.

Lo dije con voz firme, pero, a pesar de eso, a Emma le dio igual.

Continuó trepando hasta ponerse de rodillas sobre los muslos y me colocó ambas palmas en los mofletes de la cara para que la mirase a los ojos.

Sus manos no dolían, no apretaban. Pero mi cerebro reptiliano, nuestra estructura más primitiva, parecía aún inmerso en un estado de supervivencia.

—¡Pero es que Madi siempre quiere lo mismo que yo! —protestó.

Inspiré despacio, por la nariz. Jess y Nick aguantaron las ganas de reír. Malditos.

Jess extendió los brazos y me quitó a Emma de encima mientras la mirada de Nick seguía fija en mí. Madi continuó replicando.

—¡Yo llegué antes! ¡Es mía!

Dejó a Emma en su regazo. Cuando el contacto desapareció, el aire me volvió a entrar en el pecho con normalidad.

Travis regresó con más cerveza y Jess bebió de la jarra como si no fuera con él la discusión de aquellos monstruitos.

Nick, más que acostumbrado a ese tipo de riñas, sonreía mientras Madi correteaba de nuevo por el bar.

Y Emma no tardó en bajar de las piernas de su hermano para correr detrás.

—Democracia pura —comentó Nick.

En ese momento, Travis regresaba a la cocina.

—¿Cuál es tu concepto de democracia? —Alcé una mano—. Déjalo. No quiero saberlo.

Sonrió de medio lado, y se me acercó a la oreja.

—Te noto rara. ¿Seguro que está todo bien?

—Perfectamente.

A este paso, acabaría con la nariz como Pinocho.

Jess se mantuvo al margen de la conversación, fingiendo que prestaba atención a su hermana y a Madi.

Nick no insistió. Esa era su forma de cuidar: quedarse, entender y no exigir nada que la otra persona no estuviera dispuesta a dar.

Y por eso me dolía tanto mentirle. Porque Nick jamás tiraba de mí ni me obligaba a hablar.

Respetaba mis tiempos, y siempre estaba cuando lo buscaba.

—Vale, nena. Aunque te conozco lo suficiente como para saber que mientes.

—Eso sí es verdad.

No sabía que Travis había vuelto con la cena.

Mucho menos que estuviera detrás de mí. Lo supuse por la forma en que el ambiente se volvió opresivo.

Nick había crecido conmigo, literalmente.

No solo éramos vecinos, compartíamos los años de colegio, demasiados recuerdos y demasiadas versiones el uno del otro como para no entendernos mejor que la mayoría de la gente.

A veces, nos bastaba una mirada para saber que algo pasaba. Como ahora. Nick seguía observándome con tranquilidad, plenamente consciente de que le mentía. Igual que en el desayuno. Pero a pesar de los engaños, no me miraba con frialdad, sino con una tentadora calidez.

—Las hamburguesas.

Travis no sonó natural. Sonó territorial.

Levanté la vista, comprobando que estaba rígido, con los hombros demasiado tensos.

No miraba a Nick, pero tampoco a mí. Lo cual era peor, porque significaba que estaba conteniéndose.

Nick notó al instante la tensión. Se recostó, levantando las manos en un gesto conciliador, como diciendo: hey, tranquilo.

No funcionó. Los dos eran importantes en mi vida, y Travis lo sabía.

Sabía que Nick era casa. Que me había visto crecer.

Que me conocía y entendía mejor que muchas personas.

Jess, cogió su hamburguesa con una naturalidad impostada, en un intento de rebajar la tensión.

—Gracias, Travis —dijo—. Nick, ¿por qué no les dices a Emma y Madi que ya está la cena?

Nick aprovechó la oportunidad, odiaba discutir. Se levantó con el único objetivo de apartarse. No llegó lejos. Madi apareció junto a la mesa y, sin pedir permiso, trepó a su silla para alcanzar las patatas. Metió la mano en la bandeja y agarró un buen puñado.

—¡Esas son mías! —protestó Emma al instante, corriendo tras ella, tratando de subirse a la misma silla.

Me recordaban a Nick y Jess cuando eran pequeños. Irrumpieron acabando con parte de aquel silencio pesado, reduciendo el momento a esos dos cuerpos pequeños que forcejeaban torpemente.