18. Brooke
Brooke
Brazada, respiración, brazada. Apnea. Respiración, brazada.
El sonido sordo del agua cerrándose sobre la cabeza era lo más relajante que había encontrado en todo el día.
Me había ido a nadar sola, porque los arañazos que me hice en el cuerpo, al caer de la moto, eran visibles.
Donde más tenía era en el abdomen y en el costado. Y no quería que Travis los viera.
Pasé más de hora y media en la piscina, antes de subir al gimnasio del SEDS.
Ahora, el saco de boxeo se balanceaba con un ritmo constante, casi hipnótico.
Golpeaba, retrocedía para coger impulso y golpeaba de nuevo.
No estaba entrenando técnica ni resistencia.
Estaba entrenando para desahogarme. Para no pensar.
El único fin era agotar el cuerpo hasta que no quedara espacio para nada más. Ni siquiera para pensar.
Me pregunté en varias ocasiones cómo iba a devolverle la mercancía y traicionar mis valores.
Media docena de contenedores incautados no podían desaparecer así porque sí.
Golpeé otra vez el saco, esta vez con la pierna.
El impacto fue seco. Como consecuencia, el dolor me recorrió hasta la cadera.
No quería devolver las armas a ese enfermo, pero tampoco sacrificaría a mi familia ni a mis amigos.
Volví a golpear, pero la trayectoria se desvió.
Llegué tarde y el saco regresó en perpendicular, rozándome el hombro.
A pesar de no recibir un golpe fuerte, me tensé como si aquello fuera una amenaza real.
—No estás concentrada, ¿qué te pasa, Crowley?
La voz de Travis me llegó desde atrás. No me giré.
—Estoy calentando.
Golpeé más fuerte.
—Llevas cuarenta minutos calentando. Estás rígida y golpeas antes de tiempo sin una trayectoria limpia.
Solté el saco. Estaba a un palmo de mí, con los brazos cruzados.
—¿También me espías? ¿O es que vas a añadirlo al maldito informe?
Aproveché la pausa para beber agua. Un lujo que solo unos días antes el cuerpo no asociaba con seguridad. Dejé la botella a un lado, cogí la toalla y me sequé el sudor del cuello.
—Vienes de unos días de desconexión, ¿No deberías estar de mejor humor?
—Estoy cansada.
—No parece cansancio.
Lo miré irascible. Error. Sus ojos bajaron un segundo, recorriendo mi postura: hombros tensos, manos rígidas, respiración irregular.
—¿Te han dicho algo más los de arriba?
Golpeé repetidas veces el saco.
—Dime —insistió—, ¿te están presionando? Porque si es así…
—No más de lo habitual.
Travis se colocó detrás de mí, envolviéndome el cuerpo en un abrazo que en otras circunstancias me habría resultado reparador. Esta vez no fue así. El contacto me pilló desprevenida. Me zafé con un movimiento ágil, colocando ambas manos contra su pecho.
—No hagas eso.
La voz me salió antes de que pudiera siquiera pensar lo que decía. Descontrolada. Esa Brooke no tenía nada que ver conmigo, sino con el trauma. Hablaba desde la humillación y la violencia que había sufrido.
—¿Que no haga qué? —Travis endureció el tono—. Mírame, Crowley. Y dime por qué parece que estuvieras esperando que te claven un puñal por la espalda.
—Necesito espacio.
Sabía que estaba siendo injusta, pero era lo que el cuerpo necesitaba. Me senté en la colchoneta, disimulando el temblor de las manos. Travis se puso a mi altura, respetando la distancia.
—¿Qué te pasa? Nunca te he visto así.
—A lo mejor tienes razón y estoy bajo mucha presión.
No supe qué más decir. Aparté la mirada.
El suelo de goma mostraba signos de desgaste.
Me aferré a ese detalle absurdo para no pensar en nada más.
Solté el aire por la nariz, como nos habían enseñado a hacer cuando el cuerpo estaba en alerta.
Inspirar cuatro. Retener dos. Soltar seis.
Mi pulso tardó en calmarse, pero lo conseguí.
—Estoy cansada. No duermo bien.
El silencio se instaló unos segundos entre nosotros.
—No te creo.
—No es mi problema.
—Sí lo es. Para ser lo que eres tuviste que pasar por un proceso de selección extremadamente exigente, con pruebas en condiciones límite. Algunas enfocadas en medir tu tolerancia al sufrimiento, detección de límites psicológicos y control mental bajo estrés extremo.
Me incorporé despacio. Aún me dolían las rodillas de haber estado atada de pie, en la misma postura, durante demasiado tiempo.
—Esa es la única verdad que hay —repetí.
—Precisamente por eso no creo que sea solo cansancio. A mí no me puedes engañar —continuó—. He visto cómo respondes bajo presión y bajo amenaza real. Te he visto con frío, con dolor y sin dormir.
—¡No me psicoanalices!
Pasé por su lado para irme, pero me sujetó del brazo. Fue un contacto mínimo, cuidadoso, pero que me tensó de igual manera. Me solté con un tirón seco, levantando las manos instintivamente para marcar la distancia como un límite infranqueable.
—Te he pedido espacio —repetí—. Sé que no me entiendes, pero necesito que hoy lo respetes. No es por ti, si es eso lo que te preocupa.
—¿Y mañana?
Me colgué la bolsa del hombro y pasé a su lado sin tocarlo.
—Mañana intentaré estar mejor. Ya te lo he dicho, solo estoy cansada.
La puerta se abrió antes de que Travis llegara a tocarla.
—¿Os vais? —preguntó Mason.
Entró acompañado de Phoebe.
—Sí —se adelantó Travis, dejándome allí.
Phoebe se acercó cuando Travis desapareció de camino a los vestuarios.
—¿Todo bien?
Asentí.
—¿Te vas a casa? —preguntó.
Cogió los guantes de boxeo mientras esperó a que contestara.
—Todavía no. Quiero revisar unos informes.
Se colocó frente a Mason, preparada para entrenar.
—Vale. Nos vemos.
Me dirigí a los vestuarios.
Travis estaba en el banco. Tenía la toalla ceñida a la cintura y el pelo húmedo porque acababa de salir de la ducha. Se giró al oírme. Fue un reencuentro incómodo. No porque estuviera desnudo, sino por lo que había pasado hacía un momento.
Señalé la ducha.
—Voy a…
—Sí. Yo ya termino.
No hubo reproche en su voz. Me quité la ropa delante de él. Cuando abrí el grifo, oí que se levantaba. Luego, el sonido de la puerta al cerrarse.
Permanecí de pie en la ducha y recordé fragmentos.
Cuatro días encerrada. Cuatro días sin decidir nada sobre mi propio cuerpo.
Ahora me costaba sentir las manos sobre la piel.
Me lavé cambiando el foco de atención, concentrándome en el ruido que hacía el agua al caer, asignando prioridad a ese estímulo.
El vestuario seguía vacío al salir de la ducha.
Me vestí y volví a la zona de trabajo. Aproveché que estaba sola para encender el equipo con acceso biométrico: huella y escaneo de iris.
No eran ordenadores normales, todos tenían una estación con seguridad reforzada conectada a una red interna privada.
Lo primero que abrí fue el sistema de incidencias, donde se encontraban los registros oficiales de operativos, mercancías incautadas e informes sobre intervenciones.
Todo lo que el Estado sabía sobre el caso Varok, porque del Káiser no teníamos nada.
La información recabada llegaba de arriba, y aunque solo se podía acceder con permiso previo, examiné todo lo que encontré durante las siguientes horas.
Al no encontrar nada relevante, me propuse no pensar como víctima, sino como agente.
Analicé los hechos: tramo de carretera, zona sin cobertura.
Nuestros sistemas marcaban esos puntos como vacío técnico sin cámaras, sin rastro digital.
Salvo uno. Me esforcé por recordar cualquier detalle del camión antes de pasar a la base de datos que cruzaba información de cámaras públicas, sensores de carretera y matrículas con el visor cartográfico.
Ajusté el intervalo horario. El movimiento real empezaba antes.
Y ahí estaba. Un camión de carga sin distintivos, pasando dos veces por el mismo tramo en menos de cuarenta minutos.
Amplié la imagen. La matrícula estaba parcialmente cubierta, seguramente de manera intencionada, dejando visible solo la información lateral.
Memoricé aquello y continué reconstruyendo los hechos.
La rampa trasera tenía un cierre hidráulico con sistema reforzado.
No era un camión cualquiera, sino uno para carga pesada o sensible, que requería un mantenimiento específico.
El Káiser también me había devuelto la moto intacta.
Pensé mucho en eso, y al final abrí una nueva capa en el visor.
Busqué los talleres que trabajaban con ese sistema concreto.
El número se redujo a tres. Y solo uno de los tres se encontraba entre Ashmoor y la cabaña.
Ese tipo de cierres requerían un mantenimiento regular.
Nada de eso se hacía una sola vez. Y nadie que transportara algo valioso dejaba pasar demasiado tiempo entre revisión y revisión.
—¿Sigues aquí? —preguntó Phoebe.
Ya no llevaba ropa de entrenamiento, tenía el pelo sedoso, recién lavado. En una mano llevaba el bolso, el móvil en la otra.
—Sí.
Avanzó y se sentó a mi lado.
—¿Mal día?
—Más bien, un día largo.
—Holmgren ya se ha ido. Smith y Davis también.
Me gustaba cuando no había altos cargos y podíamos llamarnos por nuestros nombres.
—Imagino.
—¿Quieres que te ayude con algo?
Me giré hacia mi compañera, que más que compañera ya era amiga.
No había lástima en su gesto, tampoco interés en sonsacar información sobre mi relación.
Solo una oferta limpia que, teniendo en cuenta de quién venía, iba a aprovechar.
Giré la silla hasta quedar de frente a ella y señalar la pantalla del ordenador.
—Sí puedes hacer algo, pero necesito total discreción.
—Soy una tumba. Ya lo sabes.
Ese era uno de los motivos por los que confiaba en ella.
—He encontrado un taller que quiero que monitorices —comencé.
—¿Un taller?
—Sí. Hay un camión de carga que me llama la atención. Necesito que las entradas y salidas queden registradas.
—¿Matrícula?
—Parcial.
Encendió su ordenador.
—Me sirve —aseguró—. ¿Qué no quieres que haga?
—No compartas esta información con nadie.
Le indiqué la ubicación del taller.
—Vale. —Se levantó a por un café de máquina—. Yo me encargo.
—Gracias.
Me lanzó un beso y tomó asiento con el vaso de cartón en la mano, inmersa en el trabajo.
Avancé por los pasillos con intención de largarme a Ashmoor, pero no llegué ni a salir del edificio.
Paul Jefferson apareció con Guy Macklean.
No fue un encuentro casual. Jefferson, el director del SEDS, caminaba con esa calma estudiada a la que recurría cuando quería intimidar.
Guy Macklean se mantuvo medio paso por detrás, como si fuera su sombra.
—Agente Brooke Crowley —me llamó Jefferson—. Un momento.
Me detuve antes de darme la vuelta para quedar frente a ellos. Espalda recta. Hombros alineados. Talones firmes.
—Señor.
Me llevé la mano a la sien. Y que Jefferson no me devolviera el gesto solo podía significar que no estaba allí por una tontería.
—Crowley, el sistema ha registrado accesos tuyos a datos fuera del flujo asignado al operativo Varok.
Maldije que el sistema inteligente fuera tan perspicaz. Y al mismo tiempo, comprendí que no era el sistema lo que les preocupaba, sino yo.
Guy Macklean intervino.
—¿Puedes explicar el motivo, Crowley?
—Seguimos sin resultados sobre la identidad ni el paradero del Káiser. Consideré necesario revisar la información recabada.
Jefferson me sostuvo la mirada con desconfianza.
—A partir de ahora, cualquier movimiento fuera del protocolo deberá ser previamente notificado.
—Entendido, señor.
—Puedes continuar.
—Gracias, señor.
Me despedí conforme marcaba el reglamento y retomé mi camino cuando se apartaron. Asumí lo evidente: Varok había demostrado que llegar hasta mí era posible. Y eso, dentro de aquella estructura del Estado, suponía un inconveniente.
El aparcamiento estaba casi vacío. Me detuve junto a la moto y esperé a tener el casco colocado para llamar a Phoebe. Cuando descolgó, hablé con normalidad.
—Meyer, una cosa.
—Dime.
—Ordena el escritorio antes de irte. A Travis no le gusta que nada esté fuera de su sitio.
Dije el nombre de Travis a conciencia, por si a Paul Jefferson o a Guy Macklean se les había ocurrido espiar mis llamadas. Travis era una coartada cómoda, demasiado presente en mi vida como para levantar sospechas. Y «ordena el escritorio» era nuestra forma de decir que no había que dejar rastro.
—Claro, ¿ordeno todo?
—Todo.
—Ok —añadió despreocupada.
—Gracias, otra vez.
El trayecto hasta Ashmoor fue duro. El frío no ayudaba. Se filtraba por la chaqueta y me mordía la piel. Mi cuerpo estaba bajo mínimos, en reserva desde hacía muchas horas. Y aún tenía que abrir el bar durante el servicio de cenas y sonreír a la gente como si todo estuviera bien.