Cicatrices 17. Brooke #2
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17. Brooke #2

El trayecto hasta Ashmoor me costó más energía de la que me quedaba.

La carretera estaba húmeda, y al dejar el asfalto, la niebla baja me envolvió.

El viento se colaba por la chaqueta, arrancándome escalofríos que nada tenían que ver en realidad con el frío.

Cada kilómetro me costaba más permanecer erguida en la moto, por mi estado actual.

Aunque físicamente estaba hecha una mierda, me preocupaba más el mental.

Durante la formación nos preparaban para soportar condiciones límite y el dolor.

Nos entrenaban para resistir privación de sueño, hambre, frío, calor, aislamiento, exceso de estímulos, violencia física y mental.

Todo con el fin de que, bajo aquel estrés extremo, siguiéramos teniendo la capacidad de pensar y afrontar escenarios que un civil no aguantaría.

La teoría era clara: la mente puede ser nuestra mayor aliada o nuestra peor enemiga.

Si es tu enemiga, mueres. Si es tu aliada, te permite seguir respirando cuando el cuerpo quiere rendirse.

Con las violaciones, la herramienta de escape era disociar.

Tragar el impacto. Verlo como un dolor físico más.

La formación no hacía que una violación no fuera traumática, porque siempre lo sería, sino que el entrenamiento mental forzase una lectura funcional del trauma para poder sobrevivir.

Nunca nos enseñaban que no importa, tampoco que fuera un dolor físico como cualquiera, porque no lo era.

Los agentes no eliminamos el trauma del cerebro, no lo neutralizamos, no lo volvemos inocuo, pero aprendemos a posponer el colapso psicológico para seguir adelante.

El objetivo del Káiser era usar mi cuerpo como un arma contra mí misma. Humillarme para deshumanizarme. Y la disociación había sido mi mecanismo de emergencia. ¿Había sobrevivido? Sí. Pero eso no significaba que hubiera salido intacta.

Vislumbré Ashmoor entre la niebla. Aparqué, me quité el casco y cogí mis cosas antes de entrar.

En casa no había nada fuera de lugar. Ni nadie.

Era probable que mis padres estuvieran trabajando en la base.

Empecé por lo obvio: desmontar el móvil y buscar algún dispositivo de escucha integrado.

Los micrófonos MEMS (Micro Electro Mechanical Systems) medían milímetros y se usaban en móviles u audífonos.

Revisé soldaduras y componentes sin encontrar nada y volví a montar el teléfono antes de recorrer la casa.

Inspeccioné cajones, detrás de los cables de la tele, en el interior de las lámparas, sobre los marcos de las puertas y alrededor de los enchufes.

Levanté alfombras, desmonté tapas, palpé paredes buscando irregularidades, vacié armarios, desmonté los detectores de humo.

Cualquier objeto que pudiera albergar algo más que polvo fue examinado.

Encendí el móvil, comprobando que era jueves.

Me apoyé en el mueble que tenía más cerca cuando las piernas me empezaron a fallar y me dejé caer en el suelo.

Había estado cuatro días encerrada.

Me levanté como pude y caminé hasta la cocina para beber agua y comer lo que mi estómago me permitió después de los días de ayuno.

Arrastré los pies hasta el dormitorio. No me quité la ropa, solo encendí la mesita de noche para que la oscuridad no rememorara la ausencia de luz y me quedé sobre la cama.

El cuerpo se apagó antes que la mente. Dormí a ratos, reviviendo en sueños fragmentos de lo que había sido el cautiverio.

Me desperté por el sonido de la alarma. Odié aquel pitido seco.

No estaba preparada para lidiar con el mundo como si fuera un día normal.

Antes de bajar a desayunar con mis padres, me di una ducha.

Apoyé la frente contra los azulejos. No había peligro en la ducha y, aun así, me tensé cuando el agua me tocó la piel.

Me lavé de forma mecánica, sufriendo los fragmentos aleatorios que la mente decidía revivir.

Evité mirarme el cuerpo. Evité tocarme más de lo necesario.

El cuerpo seguía siendo mío, pero no lo sentía así del todo. El Káiser lo había profanado.

Bajé rígida hasta la cocina, funcionando por inercia.

Mis padres estaban allí. Nick también. La escena era demasiado normal.

Mi madre, cocinando frente a la encimera.

Mi padre, con su periódico y las gafas de lectura sobre la nariz.

Nick, con el uniforme de repartidor, devorando unos huevos revueltos.

Nick se tapó la boca con la mano antes de hablar.

—Nena. Buenos días.

—Buenos días.

Tomé asiento entre Nick y papá.

—Tu madre le ha invitado a desayunar.

Mamá se acercó a la mesa con la cafetera. En casa nadie ignoraba la situación de Nick y su familia.

—Cuidado que quema —advirtió—. ¿Qué tal el descanso?

—Bien —mentí.

Llenó las tazas de café, cogí la mía y me la llevé a los labios demasiado rápido. El calor me quemó la lengua. No me quejé ni hice ninguna mueca que expresara dolor. Simplemente volví a dejar la taza en su sitio y cogí el tenedor.

—¿Has dormido? —dudó Nick—. Tienes las ojeras tan negras como los cojones de un grillo.

—Chico —reprendió mi padre—, esa boca.

Pinché los huevos con el tenedor.

—Déjalo, papá. Nick aspira a ser humorista.

—No aspiro a nada. Tengo insomnio, sé de lo que hablo.

Dejó caer la indirecta. Nick tampoco dormía bien desde que presenció la muerte de Varok.

—¿Qué? —pregunté exasperada, porque no dejaba de mirarme.

—Tienes un pelo en el labio. Puag…

Él lo apartó con naturalidad, pero a mí se me quedó el aire atrapado en el pecho por el contacto. No aparté la cara. Me quedé rígida mientras lo colocaba tras mi oreja.

Creo que él también lo notó, porque enseguida retiró la mano.

Y aunque retomó el desayuno, ya no comía de la misma forma.

De vez en cuando, Nick me lanzaba una mirada discreta.

Bajé la vista al plato, intentando hacer lo mismo que él, pero el estómago se me contrajo.

Pinché el huevo con el tenedor, sin hambre, y mastiqué una pinchada más.

Nick siguió mirándome a intervalos. Y yo esquivé cualquier contacto visual.

Fue absurdo. Nick era lo contrario a todo lo que el cuerpo había asociado tras el contacto, y por eso una parte de mí quiso acercarse otra vez para dejar que me acariciara.

Pero la mente no lo permitió por una razón: después de lo sufrido, ya no diferenciaba entre peligro y protección.

Nadie en esa mesa sabía lo que había pasado.

Nadie imaginaba que me habían violado de manera reiterada.

Nadie tenía conciencia de que el miedo y la sensación de angustia e inseguridad se me había adherido a la piel como una segunda capa.

Y aun así tenía que sentarme recta, sonreír y desayunar como si nada.

Nick se levantó a por más café. Pasó por detrás de mí, dejando una distancia prudencial para evitar cualquier contacto.

Di por imposible el desayuno.

—Tengo cosas que hacer.

Extrañada, mi madre alzó la vista.

—¿No quieres más?

—No. Anoche cené mucho.

Otra mentira. Evité mirar a Nick cuando cogí mis cosas.

—¿Te veo esta noche?

Recordé que era viernes, y que los chicos hoy cenaban hamburguesa.

—Sí.

Salí y cerré la puerta sin mirar atrás.