Cicatrices 17. Brooke
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17. Brooke

Brooke

El Káiser aparecía a intervalos irregulares, siempre para torturarme.

Creía que lo peor ya lo había experimentado, pero me equivocaba.

Una de las veces, tensó la cadena de acero hasta obligarme a permanecer de pie durante lo que me pareció una eternidad.

Sin apoyo. Sin posibilidad de flexionar las rodillas.

Estar inmóvil en esa posición forzaba la fatiga y drenaba la poca resistencia que podía ofrecer.

La distorsión del tiempo era real. Estaba privada de luz natural.

En esas condiciones, el cuerpo sobrevive, pero la identidad se diluye.

Y luego estaba la falsa misericordia. El Káiser se sentaba en un taburete plegable, frente a mí, con el foco encendido.

Me observaba hasta que él decidía que había sido suficiente, luego me ofrecía un trozo de pan duro y, con suerte, un poco de agua.

A veces me aflojaba la correa. En una o dos ocasiones hasta me permitió descansar en el suelo. Ese era el verdadero castigo.

Su voz cambiaba a un tono más bajo, casi amable.

Me hablaba despacio. Me decía que todo aquello era necesario.

Pero a mí no me engañaba. Cada elección que tomaba estaba fríamente calculada para enseñarme que el dolor dependía de su voluntad.

El dolor constante hace callo. El interrumpido crea dependencia.

Eso hace que confundas el odio con alivio, y el alivio con gratitud.

La última vez que entró, aflojó la cadena hasta que pude tumbarme.

El cuerpo cayó rendido porque los músculos cedieron ante un temblor involuntario.

Y el alivio al descansar la postura fue inmediato. Tan profundo que me dio miedo.

—Duerme, pequeña ladrona.

Me acarició el cabello.

Caí en un vacío sin imágenes ni pensamientos.

No fue un sueño, sino una desconexión total.

Me dormí con una respiración automática.

Y no habría podido despertarme aunque lo hubiera querido.

Cuando volví en mí, el dolor no era el mismo.

El Káiser estaba a mi lado. Y el químico que me estaba administrando comenzó a arder dentro de mí.

Me estaba haciendo lavados anales con una jeringa con algo que olía a azufre.

Ese olor me recordó a los productos corrosivos que usábamos cuando queríamos borrar cualquier evidencia de un escenario.

Y él estaba haciendo eso; eliminar cualquier resto que pudiera haber dejado.

El líquido era gélido.

Permanecí tirada sobre el plástico como un animal muerto, mientras me introducía ese líquido.

Cada vez que entraba, los músculos reaccionaban por su cuenta, intentando expulsarlo.

Por eso había una bolsa de plástico abierta a mi derecha, preparada para que evacuara en ella.

Tuve que incorporarme y adoptar la posición que el acto requería.

Cuando me dispuse a ello, no se apartó ni me concedió privacidad.

Observó. Supervisó. Validó el resultado.

Me dio toallitas para que me limpiara y se llevó la bolsa.

Desconecté mi cerebro, rindiéndome ante el agotamiento.

El resto sucedió en fragmentos inconexos. Volvió. Me sentó en el taburete con manos firmes. El foco me permitía ver los cubos de agua. Me frotó entera, eliminando cualquier olor que no fuera mío e ignoré la sequedad de mi boca cuando encendió el secador.

—No sabía que además de traficante fueras peluquero.

Sus manos no se detuvieron. Apoyó su nariz en el cabello, inspirando mi aroma de una forma enfermiza.

—No me provoques, pequeña ladrona. El único motivo por el que te devuelvo a Ashmoor es porque vas a recuperar mis armas.

—Lo siento por ti, pero ya te he advertido que pierdes el tiempo. No trabajo por encargo ni con delincuentes.

Tiró de un mechón.

—No es un encargo. Es tu única oportunidad.

—¿Y si no lo hago?

—Iré a por los tuyos y a por ti, en el orden que considere.

No respondí nada. Terminó de secarme el pelo y se dispuso a vestirme. Mi ropa estaba como nueva: limpia, planchada, sin rastro de tierra ni rozones.

—¿Quieres que te entierre viva?

Seguí callada.

—Hay varias opciones —continuó—. Una neurotoxina que provoca una parálisis profunda, con paralizantes neuromusculares o barbitúricos para inducir una depresión extrema al sistema nervioso.

No estarías muerta todavía. Solo lo aparentarías el tiempo suficiente para que tu propio equipo te entierre, y tú lo sepas.

También puedo enterrarte viva sin administrarte nada.

Me liberó de la cadena para ponerme la parte de arriba.

—Te despertarías bajo tierra. Sin espacio para moverte y con kilos de tierra sellando el ataúd. Primero vendría la incredulidad, ya que el cuerpo tarda en aceptar dónde está.

Ajustó la prenda sobre mis hombros antes de ponerme la chaqueta de cuero. Se arrodilló para colocarme la ropa interior y el pantalón.

—Pensarías en romper el ataúd con las manos.

Pensarías en empujar con las rodillas. Y entonces, llegarían los recuerdos pequeños: el olor de alguien, la imagen de tus padres o una frase.

¿Sabes por qué? —Cogió las botas—. Porque el cerebro busca distraerse con cualquier cosa cuando no encuentra ninguna salida.

Ajustó los cordones, se incorporó y me dejó allí. Volvió tiempo después, con una botella de agua.

—Despacio —indicó.

No me detuve hasta que apartó la botella. La dejó a un lado y me ofreció un trozo de pan duro. Mastiqué y tragué como un animal hambriento.

—Lávate.

Me dio un cepillo de dientes y un dentífrico con sabor a menta. Obedecí.

—Conmigo —ordenó cuando terminé.

Estar vestida, limpia y sin una cadena al cuello me pareció un milagro. Lo seguí escaleras arriba, comprobando que la noche se cernía sobre la cabaña.

—No tendrás más oportunidades.

Me empujó hasta la salida y abrió la puerta. Mi moto estaba intacta, limpia. Como si no me hubiera caído con ella. Como si el impacto no hubiera existido. Ni un rasguño. Ni una torcedura en el manillar. Nada.

Me entregó las llaves y el casco.

—La pistola está descargada. La navaja en la maleta. También tu móvil.

Me fijé en un grupo de cables junto al bloque del motor. La imagen se superpuso a otra. Recordé la pérdida intermitente de potencia, el conector suelto, a Travis agachado examinando aquel contratiempo. No había sido la humedad. Ni el frío. Ni la mala suerte.

—El fallo en el sensor de temperatura… Fuiste tú. Sabías que iríamos al polígono.

Levantó la vista. Aún me perturbaba mirarle a los ojos. El verde vítreo del izquierdo chocaba con la palidez del derecho. Y la pupila dilatada le otorgaba una belleza afilada.

—¿Sabes por qué llegó Varok hasta ti?

—No. —Me costó ponerme el casco—. Pero estoy segura de que vas a decírmelo quiera saberlo o no.

—Porque repites patrones. Mismas rutinas, mismas amistades, mismos entrenamientos. Lo más interesante en tu vida ha sido incorporar a Lúpulo y Cebada en la familia de Nickolas.

Sabía los nombres de los minipigs . El de Nick.

Los dedos me obedecieron con retraso y tuve que repetir el cierre varias veces antes de acertar con la hebilla.

Subir a la moto fue peor. Me impulsé, pero la pierna no respondió como debía.

Volví a intentarlo, concentrándome en no caer.

Lo logré a la tercera. Apreté los dedos alrededor del manillar, esperando a que el pulso dejara de temblarme.

—No empezaste a existir para mí cuando Varok vino a por ti, pequeña ladrona.

Para entonces, ya llevaba tiempo observándote lo suficiente como para saber a qué hora cerrabas la cafetería, a qué hora cruzas la calle, las noches que duermes bien y las noches en las que duermes mal. ¿Recuerdas la libreta?

Sonrió con malicia, se enderezó y dio un paso atrás.

—Arranca —ordenó—. Has vivido bajo mi escrutinio más de lo que imaginas. Si intentas huir, sabré dónde buscar. Si me delatas, iré a por los tuyos. También a por ti. Quiero mis armas.

—Sí. Ya. Lo has repetido mil veces.

Ignoró la provocación. Imbécil.

—Vete, pequeña ladrona. El reloj ya corre en tu contra.

Solté el embrague y la moto avanzó. No miré atrás porque sabía que estaría observándome.

Alejarme no aliviaba la presión. Al contrario.

Apreté ligeramente el acelerador, aprovechando que la moto respondía sin vacilaciones.

Pensé en el almacén. En los contenedores.

En los informes y los registros. La magnitud del problema era real: mis seres queridos o el bien común.

Si huía, los mataría. Si me quedaba, tendría que encontrar la manera de devolverle las armas.

Si cumplía la orden, morirían civiles. El bien común era esa línea que siempre había sido infranqueable.

Solo que hasta ahora nunca había tenido que enfrentarla con nombres concretos y rostros de las personas que quiero.

Hiciera lo que hiciera, estaba eligiendo a quién salvar y a quién condenar.

El Káiser había entrado en mi vida, en mis espacios, en mi entorno.

No podía descartar que hubiera instalado dispositivos ocultos como cámaras o micros para vigilarme.

Ni siquiera podía descartar que no me escuchara ahora. O que hubiera pinchado mi propio móvil.

Si quería proteger a los míos, tendría que hacerlo sola.