16. Brooke
Brooke
Me obligó a avanzar hasta unas escaleras.
—Baja.
Dosificó la presión para que mi cuello ardiera sin llegar a dejarme marcas en la piel, de forma que condicionaba mi movimiento sin evidencias externas.
Los escalones crujieron, amplificando el silencio de la cabaña.
Descendían irregulares y estrechos, tragándose la poca claridad que provenía de arriba.
Bajé hasta dar con un espacio preparado.
Nada de lo que había en las fotos de la plataforma web de viajes estaba allí: ni los bidones, ni los congeladores, ni el armario de la despensa.
El plástico cubría todas las paredes, el suelo e incluso el techo.
No era un espacio grande. No había tuberías visibles ni cables sueltos.
Me empujó contra una de las paredes.
—Adentro.
Tenía la ropa empapada y hacía tanto frío que no podía dejar de temblar.
Ni siquiera cuando pasó la cadena por una argolla.
El Káiser sabía quién era yo, a quién quería, qué personas me importaban.
Por eso se movía así: soberbio, seguro, confiado.
La única solución era matarlo, pero con las manos atadas y una cadena al cuello, lo tenía complicado.
Dejó algo de margen, para que pudiera moverme unos pasos.
Cuando estuvo satisfecho, fijó la medida con el candado.
El clic hizo eco. Salió, haciéndome creer que se marcharía, pero no fue así.
Subió las escaleras, pero enseguida volvió con otro cubo.
El agua resbaló por mis piernas hasta el suelo forrado, donde se acumulaba la humedad.
Me agarró del pelo, obligándome a echar la cabeza hacia atrás.
—¿Vamos a trabajar en equipo para que me devuelvas la mercancía o tengo que enseñarte hasta dónde puedo llegar?
El tirón fue violento. El cuello me dolió por la postura y los eslabones se cerraron alrededor de la garganta. Antes de soltarme, me devolvió el escupitajo.
—¿Pero sabes lo que significa la palabra «equipo»?
Me obligué a no apartar la mirada de sus ojos. En consecuencia, tiró hacia abajo hasta enterrarme la cara en los plásticos del suelo. La cadena volvió a asfixiarme.
—Te lo preguntaré otra vez, aunque no me gusta repetir las cosas.
—Te lo puedes ahorrar.
Volvió a enterrar mi cara en los plásticos. Lo que había comenzado con una inocente pregunta estaba haciendo que mi cuerpo gastara energía demasiado rápido.
—Cuando vuelva, veremos si sigues teniendo ganas de jugar.
Me dejó a oscuras durante lo que me pareció una eternidad.
El frío me calaba hasta los huesos, detrás de los ojos, incluso en el cerebro.
No sé el tiempo que me dejó allí, pero supuse que fueron bastantes horas, quizá incluso un día, porque tuve que orinar.
En el suelo. La cadena fija en la argolla no me proporcionaba apenas margen de movimiento.
Y la oscuridad no era solo ausencia de visión: era una presión constante, una forma de torturarme que invadía mis pensamientos hasta volverlos imprecisos.
Oí las pisadas. El sonido de las botas bajando los escalones se amplificó en mi cabeza, nítido, exagerado por la privación de estímulos.
Una luz procedente de las escaleras se coló por la rendija inferior de la puerta.
Fue doloroso. Cerré los ojos por reflejo, aunque no sirvió de nada.
Después de tanto tiempo a oscuras, aquella claridad, aunque mínima, fue como si me clavasen agujas en la córnea.
Se detuvo tras la puerta y la luz desapareció.
No porque el Káiser se hubiera ido, sino porque se había colocado justo delante, sabiendo exactamente lo que hacía.
Me dejó unos segundos en la oscuridad más absoluta.
Luego, abrió la puerta y encendió un foco.
La luz llenó la estancia. No para que viera, sino para que sufriera.
Lo apagó y encendió repetidas veces frente a mi cara.
Jugaba conmigo, con la adaptación de mis pupilas, con la desorientación, la sed y el hambre.
Me moví, pero la cadena me hizo volver a mi sitio.
Retrocedí a la posición inicial para tener margen de movimiento, aunque fuera mínimo.
El Káiser, avanzó despacio, con algo en la mano izquierda.
Una bolsa de plástico. Antes de que pudiera siquiera coger una bocanada de aire, envolvió mi cabeza.
Ajustó la bolsa alrededor del cuello, me empujó hacia delante y me obligó a ponerme a cuatro patas en el suelo.
Se colocó sobre mí, inmovilizándome. El plástico se me adhirió y tuve que esforzarme para mantener una respiración pausada.
La formación que había recibido me preparó para sobrevivir en la montaña, en el bosque, para tener conocimientos de primeros auxilios, saber cómo funcionan las mentes…
¡Pero no para sobrevivir a una bolsa de plástico cuando estás atada de cuello y manos, sin agua y sin comer!
No podía permitirme hiperventilar, pero el aire se estaba calentando demasiado.
Cada inhalación me proporcionaba menos oxígeno que la anterior y el Káiser seguía tirando de la bolsa hacia atrás.
Presa del pánico, respiré más rápido, empeorando la situación.
La falta de oxígeno empezó a doler de verdad. No en la garganta. En el pecho.
Cuando retiró la bolsa, aspiré con tanta ansia que me atraganté con mi propia saliva.
Tosí con el cuerpo sacudiéndose descoordinado.
Y cuando volvió a ponérmela, fue todavía peor, porque la mente anticipa y la mía acababa de descubrir lo que me provocaba esa bolsa en la cabeza.
El plástico se me pegó a los labios y el pecho se me contrajo en espasmos.
El miedo se me instaló en la cabeza. Y solo pude pensar en que no quería morir.
El Káiser prolongó mi agonía hasta que la falta de aire hizo que perdiera el conocimiento.
Mi conciencia no volvió de golpe, sino en fragmentos difusos. Primero, el vello erizado en la piel. Luego, la sensación de estar directamente sobre el plástico. El Káiser había aprovechado el desvanecimiento para quitarme toda la ropa. Ya no tenía las manos atadas hacia delante, sino a la espalda.
Intenté tragar saliva, pero la garganta protestó debido a la sequedad.
¿Cuánto llevaba sin beber y sin comer? Sin comer se puede aguantar.
El hambre es un ruido constante que somos capaces de desplazar a un segundo plano de manera temporal, pero la sed no funciona así.
La falta de agua va directamente a la cabeza, a la sangre y a los músculos.
Te vuelve torpe y débil. Si aquello se alargaba, se convertiría en mi principal problema.
Cuando volví a oír sus pisadas, se evaporaron todos los pensamientos.
El cuerpo reaccionó antes que la mente. Los músculos se me tensaron, rígidos.
El sonido de las botas marcando cada escalón me retumbó en los oídos.
Y la luz me golpeó. Tuve que cerrar los ojos, mareada.
Y pasaron uno o dos minutos hasta que los abrí y logré enfocar la vista para apreciar su silueta con cierta nitidez.
Para entonces, el dolor ya se había instalado detrás de los ojos y el pulso me palpitaba en las sienes.
El Káiser no dijo nada. Detuvo la luz en mi cara.
El foco con el que me apuntaba descendió hasta mi abdomen, donde se detuvo un instante antes de bajar hacia los muslos.
Luego lo dejó en el suelo y desenroscó delante de mí el tapón de una botella.
Mi boca comenzó a salivar de golpe, ansiosa por recibir aunque fuera solo una gota.
—Arrodíllate.
No pude.
No porque quisiera desobedecer, sino porque físicamente no era capaz. Estaba en el suelo, de costado, con una mejilla apoyada sobre los plásticos. Los músculos no me respondieron, las piernas eran como un peso muerto y el simple intento de incorporarme hizo que tuviera náuseas.
—¿No me has oído? De rodillas.
Apreté los dientes y volví a intentarlo. Conseguí arrastrar una pierna, luego la otra. El Káiser me acercó la botella abierta a los labios.
—Abre.
Sedienta, los separé. La lengua reaccionó sola, adelantándose.
Jugó conmigo, acercando y retirando el recipiente hasta que al fin cayó.
La garganta se me contrajo con violencia, como si temiera que el líquido desapareciera antes de llegar.
Apartó la botella. Lo hizo a propósito antes de dejar caer unas gotas más.
—Suficiente.
El agua ya no era agua, sino un privilegio del cual me acababa de privar. El cuerpo no entendió que eso fuera suficiente, pero le daba igual. Enroscó el tapón sin perderme de vista.
—¿Dónde están mis armas, pequeña ladrona?
La lengua se movió sola dentro de mi boca, y entonces me reí. Al principio fue una exhalación irregular, pero dejé que creciera. Que se transformara en una risa angustiosa.
—Clasificadas. Numeradas. —Alcé ligeramente la barbilla—. ¿Sabes qué significa la palabra «incautadas», K?
Decidí no usar el nombre con el que otros le otorgaban poder, solo su inicial.
—No son tuyas —continué—. En el momento en que las toqué, dejaron de pertenecerte.
Me agarró del pelo, llevándome la cara contra el suelo.
—Quiero mis armas, Brooke.
El cuello protestó por la tensión del collar, cuyos eslabones me estrangulaban cada vez más.
—Es imposible recuperarlas. Ni siquiera estoy autorizada para acceder a esa zona de forma individual.
Tiró directamente de la cadena que me rodeaba el cuello. No me creyó.
—Hazme lo que quieras, K. —Incidí en el sonido oclusivo de esa letra—. Nadie del equipo tiene acceso.
—Siempre hay alguien. Y tú vas a encargarte de encontrar la forma.
Si creía eso, estaba más loco de lo que pensaba. La carcajada me salió natural.
—Has visto demasiadas películas. No puedes recuperar los contenedores, así que decide ya qué haces conmigo. Esto del cuello empieza a molestarme más que tú.
Dejó de sujetarme del pelo, pero el alivio apenas duró un segundo.
Me agarró por el codo y me obligó a incorporarme.
El mareo fue inmediato. Sin pretenderlo, trastabillé hacia él.
No me sostuvo con cuidado, aunque tampoco me dejó caer.
Me mantuvo en su agarre, desnuda y temblando, porque los músculos apenas podían sostener mi propio peso.
Dejó la botella en el suelo, levantó la otra mano y me dio una bofetada. Luego otra. Y otra más antes de sostenerme del mentón, obligándome a mirarlo. Sus dedos no presionaron tanto como para dejar marca, pero sí para que no pudiera apartar la cara.
—Estás desnuda. Atada. Débil. Deshidratada. —Hizo una pausa—. Y aun así, te comportas como si no fueras consciente de lo que puedo hacerte.
Esta vez sí me soltó. Las piernas se me doblaron y acabé de rodillas otra vez, con los eslabones oprimiendo mi garganta. El Káiser se desabrochó la bragueta antes de colocarse detrás de mí, aferrado a la cadena para impedir que me moviera. Presionó su miembro contra mis glúteos.
—Puedo jugar contigo lo que quiera. —Mordió el lóbulo de mi oreja con demasiada fuerza—. Puedo ser tus ganas de morir o limpiarte, alimentarte y darte agua a cambio de que colabores.
Su erección me presionaba ahora entre los muslos, colocándome demasiado cerca del borde.
Mi sistema nervioso llevaba años aprendiendo a sobrevivir con sexo.
Era una vía de escape para el cerebro. Por eso odié que esa reacción existiera ahora, con un delincuente que, aunque atractivo, seguía siendo lo que era.
No me empujó, no me dejó moverme, aunque yo tampoco lo intenté.
Mantuvo la tensión de la correa, mi vulnerabilidad y mi desnudez.
Su mano descendió directamente por el interior, buscando el centro con los dedos.
Exploró de manera innecesaria, confirmando lo que ya sabía.
—No me gustan las cosas usadas, por muy húmedas que estén.
Subió los dedos hasta el culo y los introdujo en el agujero.
—Este está intacto —se relamió—, aunque no por mucho tiempo.
Sus dedos se quedaron ahí, haciendo círculos sobre esa cavidad. Apreté los dientes, aunque no dije nada. La vergüenza fue mayor que cualquier bofetada.
—Bonita y dispuesta. ¿Vuestro entrenamiento incluye follar con delincuentes? ¿Así es como os entrenan, Crowley?
Sostuve la humillación.
—Tranquila, te daré justo lo que este culo ansía.
Tiró de forma continuada de la cadena. No recuerdo el momento exacto en que la luz del foco se apagó, solo sé que ocurrió después de que mi mundo se redujera a sensaciones fragmentadas: mis manos atadas a la espalda, los eslabones asfixiándome, el Káiser embistiendo por detrás.
Me tumbó boca abajo, saliendo y entrando de mí con violencia.
Lo que hizo no se parecía en nada al sexo que mantenía con Travis.
Lo que el Káiser hacía era doloroso, me provocaba vergüenza, me sometía y humillaba.
Lo que quería. Mi cuerpo dejó de pertenecerme.
Y la violencia de sus embestidas sustituyó cualquier contacto con la realidad.
Volví a desmayarme, gracias a la falta de oxígeno por la constante tensión de la cadena.
Cuando desperté, estaba tirada en la misma posición.
Los eslabones seguían firmes sobre mi garganta, aunque más flojos, y mis manos continuaban atadas a la espalda.
Dolía.
Me dolía respirar.
Me dolía moverme.
Pero, sobre todo, me dolía ahí .
Era un dolor profundo, sucio, distinto a cualquiera que hubiera sentido antes. No se trataba de un escozor superficial, sino un desgarro interno. Intenté juntar las piernas, pero descubrí que fue un error. Grité de dolor y me encogí, sintiendo la humedad de la sangre sobre los muslos.
Intenté ser fuerte. Intenté no perder el control e intenté no dejar que el asco y la rabia me nublaran el juicio.
Pero me costó porque el cuerpo estaba extrañamente rígido, como si tampoco aceptara lo que había ocurrido.
Había daño. Mucho. Permanecí inmóvil durante minutos, quizá horas, hasta que volví a oír sus pisadas.
Entró con el foco apuntándome a la cara.
Lo dejó a un lado y volvió a bajarse la bragueta antes de echarse sobre mí, colocándome otra bolsa en la cabeza.
—Esta vez seré más cuidadoso —prometió, invadiendo el agujero con la punta—. No quiero que te desmayes antes de que me corra.
Me giró con el miembro dentro, colocándome boca arriba y alzándome las piernas hasta sus hombros, para que la postura le permitiera una mayor penetración.
El ardor fue punzante e inconfundible. Oí la sangre chapoteando y me hice pis encima antes de que me quitase la bolsa de la cabeza.
Jamás olvidaría la sonrisa ni su rostro, después de eyacular.
—Algún día te borraré esa sonrisa —juré.
Me dejó tirada en el suelo, como un despojo. Manchada. Usada.
—No quiero matarte, Crowley. Pero lo haré si no cooperas.
—Hazlo ya. Pierdes el tiempo.
Se acercó hasta que vi su sombra cernirse sobre mí.
—Pequeña ladrona, aún no has aprendido que el cuerpo siempre convence a la cabeza.