Cicatrices 15. Brooke
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15. Brooke

Brooke

La carretera estaba sumida en la penumbra.

El bosque se cerraba a ambos lados y la niebla traía ese olor a tierra mojada que se te clavaba hasta los pulmones.

Reduje la velocidad por precaución y la Indian respondió con una vibración estable bajo mis piernas.

Faltaba poco para llegar a Ashmoor cuando vi a Nick a lo lejos, con el uniforme de trabajo y dos correas en la mano, paseando por el bosque.

Lúpulo y Cebada avanzaban con torpeza debido a que sus pezuñas se hundían en el barro.

Aunque estaban a bastante distancia de la carretera, me quedé mirando a Nick, su forma de moverse, y no sé en qué momento mi vista se fue a su cuello, a la rigidez de sus hombros y a la postura adelantada.

Levanté la mano izquierda para saludarlo, pero sus ojos estaban fijos en los animales.

No me vio, así que la bajé y continué. Dejé la carretera atrás para adentrarme en el camino.

Una vía secundaria sin cobertura, que conectaba directamente con Ashmoor.

La imagen de Nick quedó atrás, pero no desapareció. Permaneció adherida a mi mente.

El camino se volvió más angosto. En ese tramo, la única luz que había era la de mis faros.

Ni casas. Ni farolas. Ni cobertura. La pantalla UHD, como siempre que pasaba por allí, parpadeó por la falta de cobertura.

Era el tipo de tramo que los sistemas asumían como un vacío temporal técnico.

En unos metros volvería a haber señal. O eso pensaba antes de que una correa metálica con pinchos de acero impactara contra la rueda delantera de mi moto.

Gruesa. Oscura. Lanzada con fuerza y exactitud en el ángulo exacto para envolver la rueda.

Los pinchos se incrustaron en el caucho y el metal con un chirrido violento.

En una fracción de segundo, el eje se bloqueó haciéndome perder el control.

Sentí el tirón seco, la dirección endurecerse y cómo la moto perdía la estabilidad sin posibilidad alguna de maniobrar.

El manillar se volvió rígido en las manos antes de salir despedida.

El casco chocó repetidas veces contra la tierra.

Rodé varios metros. No fue una caída limpia, sino una sucesión de golpes.

El primero me comprimió el pecho, arrancándome el aire.

La grava también hizo lo suyo, colándose bajo la ropa, arañándome la piel.

Algo, seguramente una piedra, me golpeó el costado con la suficiente fuerza como para que me entraran ganas de doblarme de dolor.

Además de eso, una pierna se me retorció en un ángulo insoportable hasta que dejé de rodar.

Permanecí unos segundos de costado, con la mejilla hundida en el barro. El aire me sabía a metal y el pulso me golpeaba en los oídos, desacompasado. En ese momento, oí su risa. Breve. Impositiva. Se filtró desde el bosque hasta los oídos antes de que pudiera siquiera levantar la cabeza.

Había hecho suficientes interrogatorios como para saber que esa risa era la de alguien que no improvisaba.

Y que había planificado cada detalle. Intenté moverme, aunque no lo logré.

La risa volvió a oírse, más cerca esta vez.

Me obligué a mover los dedos de la mano izquierda para coger la pistola que llevaba en la funda, bajo mi chaqueta.

Desde la visita de Varok, siempre llevaba una por si acaso.

Mi hombro protestó cuando deslicé la mano bajo el cuero.

El dolor me atravesó, aun así, insistí, intentando alcanzar el arma.

—No —dijo una voz masculina cada vez más cerca—. Eso no.

Su suela me pisó la muñeca. La inmovilizó contra el suelo con la presión exacta para que la mano perdiera toda la fuerza.

El dolor llegó en forma de un ardor que me subió por el antebrazo.

La pistola siguió intacta en la funda, pero solo hasta que se me echó encima.

Me aplastó haciéndome soltar una maldición cuando mis costillas se doblaron de forma dolorosa.

Me arrancó el casco y su mano se cerró alrededor de mi cabello antes de hundirme la cabeza en el barro.

Aspiré y tragué tierra. Tosí. Levantó la cabeza para que diera una bocanada y me volvió a hundir.

—Así. Quietecita.

Su cuerpo se acomodó contra mi espalda, evitando cualquier movimiento.

Un contacto deliberado para obligarme a sentir su presencia de una forma obscenamente consciente.

Su pelvis presionó contra mis caderas. Agarró mi barbilla, girando mi rostro.

No vi nada porque tenía barro hasta en las pestañas, pero pude sentir su aliento sobre los labios.

—Pequeña ladrona, ¿sabes quién soy?

Escupí hacia arriba para evitar tragar la tierra que me llenaba la boca. Aunque también por pura satisfacción; no me hacía falta ver con claridad para saber que el escupitajo había llegado a su cara.

—¿Hombre muerto?

Soltó mi mandíbula antes de hundir mi rostro otra vez. Oí cómo se limpió mi saliva con el antebrazo. Luego, su mano descendió bajo el cuero. Localizó la funda y tiró. El arma salió de su sitio, la guardó en su chaqueta y me hundió más la cabeza, antes de quitarme también el móvil.

—Me debes varios contenedores de armas.

Supe que era el Káiser.

El peso se desplazó unos centímetros, pero la presión en mis costillas no desapareció. Dejó de hundirme la cara para sostenerme la muñeca y retorcerla, obligándome a girar hasta quedar boca arriba. Frente a él. Intenté enfocar la vista, pero la arena se me había metido en los ojos.

—Cartel de cerrado hasta el viernes —soltó, evidenciando que sabía demasiado—. Descanso de cuatro días. Lástima, Crowley, que tus planes hayan cambiado.

Me inmovilizó con bridas de uso industrial antes de meter sus dedos bajo mi ropa. Presionó por brazos y abdomen, hurgó en los bolsillos, sin encontrar nada, y al final metió su asquerosa mano en mi ropa interior.

—¡Quita tus sucias manos de mi…!

Gritar no sirvió para nada. Bueno, sí. Sirvió para que me cruzara la cara de un bofetón. Me enterró uno de sus dedos entre las piernas, luego en la otra cavidad. Por detrás. Apretó hasta el fondo con el único propósito de humillarme.

—La próxima vez que grites —susurró, aún con ellos dentro—, te haré callar a mi manera. Aquí no hay nadie del SEDS, no hay cámaras ni nadie que pueda venir a salvarte.

Sacó las manos, se limpió los dedos en mi cara y siguió registrándome. Cacheó la tela del pantalón desde los muslos hasta los pies. Y me inmovilizó el tobillo antes de desabrochar los cordones de la bota. Sacó la navaja de la caña del calcetín.

—Me decepciona que seas tan predecible.

Sostuvo el arma frente a mí. Fue entonces cuando me moví, aprovechando que acercó la mano para impulsarme hacia él.

Las bridas me apretaron las muñecas cuando dirigí los brazos hacia delante, golpeándole con los nudillos la nuez de la garganta.

Logré hacerle retroceder unos centímetros.

Y gruñó, vaya si gruñó. No de dolor, de sorpresa.

Enterré la rodilla en su muslo, pero el latigazo en las costillas me provocó mareos.

A pesar de no estar bien, me lancé otra vez, usando la cabeza para asestarle un golpe en la mandíbula.

Un puñetazo en la boca del estómago me hizo doblarme de dolor.

Sus dedos se cerraron alrededor de las bridas y tiró hacia un lado, obligándome a girar sobre mí misma antes de estrellarme contra el suelo y colocarme el filo de la navaja en el cuello.

—Pierdes tiempo y energía.

Sentí la gravilla arañándome el cuerpo cuando me arrastró, alejándome del camino hasta una rampa metálica oculta entre la maleza.

Lanzó al interior la correa de pinchos. Después a mí, acabando en la parte trasera de un camión de carga modificado, forrado con paneles oscuros, sin ventanas ni luz directa.

Un transporte seguramente clandestino. Caí de lado, con las muñecas atadas hacia delante.

—Quietecita —ordenó desde fuera—. O no te gustarán las consecuencias.

Sus pasos se alejaron. Oí cómo empujaba mi moto por la misma rampa por la que me había lanzado a mí, solo que con la moto fue bastante más cuidadoso que conmigo.

Y con el casco, también. Por el sonido, supe que lo dejó a un lado antes de asegurar la moto con cadenas.

La rampa comenzó a cerrarse con un zumbido hidráulico.

—Te vienes conmigo, pequeña ladrona. Compórtate bien si no quieres que vuelva a Ashmoor —amenazó—, porque lo siguiente que haré será pegar un tiro a tus padres.

Salió antes de que el cierre sellara del todo la puerta.

Intenté limpiarme los ojos con la manga, pero el cuero me raspó la piel de los párpados, arrastrando el barro de un lado a otro.

El camión se puso en marcha y avanzó hasta detenerse por completo.

Valoré la posibilidad de que Travis lo hubiera interceptado.

Era ínfima, pero no imposible. Palpé a ciegas el suelo, con las muñecas atadas, sin saber si me estaba aproximando a la puerta del camión o a una de las paredes laterales para intentar oír.

—Lo siento. —Reconocí la voz de Nick cuando choqué con la pared—. Cebada ha roto la correa con los dientes y se ha salido al camino.

Tragué saliva. La brida comenzaba a cortarme la circulación de las muñecas. El pecho me ardía. Tenía la cara llena de barro y con olor de mis propios fluidos. Y Nick estaba ahí, con Lúpulo y Cebada, frente a un criminal sin ni siquiera ser consciente de ello.

—Es tarde para pasear por aquí.

El impulso de gritar fue de supervivencia.

Me subió desde el estómago hasta la garganta como un reflejo.

Abrí la boca, pero no lo hice porque Nick no podría hacer nada por mí.

Por eso, y porque el miedo de lo que el Káiser podría hacerle a Nick si yo gritaba, me preocupaba más de lo que podría hacerme a mí.

—Lo sé, pero estos animales odian quedarse quietos.

—¿Son tuyos?

Los había reconocido.

—Podría decirse que sí. —Apenas oía su voz—. Los trajo Brooke, una amiga de aquí del pueblo.

—¿Es criadora de cerdos?

Sabía de sobra la respuesta.

La risa de Nick fue ingenua.

—Trabaja en la cafetería del pueblo. Si algún día necesitas parar a comer por Ashmoor, Brooke prepara las mejores hamburguesas de EE. UU.

—Puede que algún día. Ten cuidado —concluyó—, este tramo ni siquiera está iluminado de noche.

Los gruñidos de Lúpulo y Cebada se desvanecieron cuando el camión retomó la marcha.

El motor fue ganando velocidad mientras nos alejábamos.

No intenté huir. Ni siquiera busqué el modo de abrir la puerta.

No porque no supiera cómo, sino porque no serviría de nada.

El Káiser no había tardado horas ni días en venir a por mí.

Había tardado las suficientes semanas como para aprender todo sobre mi día a día: trabajos, amigos y familia.

Él ya sabía quién era. Dónde trabajaba. Y también para quién.

La huida es una opción cuando juegas con ventaja, y yo me había quedado sin ella.

Me quedé quieta en el suelo del camión y esperé, paciente, a que nos detuviéramos.

En lo que duró el trayecto, me percaté de que el suelo vibraba diferente.

Grava. Asfalto. Grava. Cambio de superficies.

Pensé en mis padres, en Travis, en Nick.

En lo fácil que había sido para el Káiser llevarme con él.

Para aligerar la sensación de entumecimiento, moví los dedos hasta que noté otra vez el cambio.

Ahora, las ruedas giraban sobre algo más blando.

¿Tierra húmeda? Podía ser. El camión se detuvo minutos después y oí cómo se abría la puerta.

También sus pasos al rodear el camión. El barro de las pestañas se había secado.

Cada vez que parpadeaba, la suciedad me arañaba los ojos por dentro.

El Káiser abrió y se acercó para atarme una cadena al cuello.

—Si tiras, te ahogas —explicó—. Andando.

Como apenas veía, tropecé. La cadena se cerró alrededor de mi cuello ejerciendo una presión lacerante hasta que aflojó el agarre para liberar mi garganta. Los eslabones metálicos se asentaron, volviendo a su posición inicial, diseñados para deslizarse sobre sí mismos o cerrarse.

Avancé con mucho cuidado para no volver a tropezar.

—Quieta.

Sus pisadas se desvanecieron. Después arrastró algo. Puede que un cubo de basura o…

«¡Splash!».

Un cubo de agua helada me cayó en la cara, entrándome en la boca y llevándose parte del barro de mis pestañas. Parpadeé. Tosí. Escupí. El Káiser me frotó la cara con rudeza antes de entrar a por más. Sus dedos ásperos arrastraron la suciedad. Volvió a echarme otro cubo.

Al principio vi sombras, después formas, luego árboles, el camión, la cabaña de madera oscura, compacta y aislada. Mi cabaña. La que yo misma había reservado para desconectar durante mi descanso. No había luces alrededor. Tampoco gente. Solo el bosque y el río.

—Vamos.

Avancé tras él, siguiéndole hasta el interior de la cabaña.

—Cierra.

Sostuve el pomo con las manos atadas hasta cerrarlo.

El sonido de la madera encajando en el marco chirrió.

Y al darme la vuelta, comprobé que no era como lo había imaginado.

El Káiser era atractivo de una forma incómoda.

Rasgos duros, angulosos, como si su cara se hubiera esculpido sobre una estructura sólida a base de desviaciones pequeñas en lugar de líneas limpias.

El pómulo izquierdo estaba un poco más alto que el derecho, lo que le otorgaba un aire peligroso.

La nariz era recta, pero el puente parecía reforzado, más ancho en el centro.

Como si se la hubiera roto alguna vez y el hueso hubiera decidido soldarse a su manera.

El labio inferior tenía una cicatriz mínima, casi invisible, que lo cruzaba en diagonal.

Sus ojos eran lo más aterrador de su rostro.

El izquierdo, de un verde vítreo. El derecho, en cambio, tenía un tono lechoso, blanco pálido, como si la claridad se hubiera quedado atrapada dentro.

El verde, con la pupila más dilatada, reforzaba esa asimetría.

Sostener la mirada fue un error. La luz de la cabaña era escasa. Venía de un lateral que le dejaba la mitad de la cara a veces con sombra.

Tiró de la cadena para que los eslabones se juntaran alrededor de mi garganta, acercándome a él.

—Vamos a llevarnos bien, pequeña ladrona. —Tiró más—. Te advierto que no me gusta repetir las cosas.