Cicatrices 14. Brooke #2
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14. Brooke #2

Señalé el entorno, aludiendo no solo al gimnasio, sino al edificio subterráneo y lo que implicaba: nuestro entrenamiento, nuestros cargos, nuestro deseo de hacer del mundo un lugar mejor.

—Nuestro propósito en la vida —concluyó.

La palabra «propósito» nos tocó la fibra. Creíamos en lo que hacíamos. Aunque a base de pérdidas empezábamos a comprender el precio real de todo aquello. Una de las primeras lecciones que habíamos aprendido era que el bien común siempre estaba por encima del individual.

—Eres el jefe. Tu grupo necesita que estés estable.

Esperé a que asintiera para coger la bolsa con la ropa de recambio y salir del gimnasio. En el pasillo, el sonido de mis pasos volvió a ser absorbido por el suelo.

Cuando llegué al vestuario, me di una ducha rápida.

Estaba secándome el pelo cuando el móvil vibró en la bolsa de deporte.

Era un mensaje de Jess, avisando de que el viernes cenaría con Nick en la cafetería.

Guardé el móvil y comencé a vestirme. Travis entró en ese momento, con los nudillos morados.

Por su estado, deduje que había pegado puñetazos al saco sin recolocarse las vendas.

No parecía sentir dolor. O quizá sí. A lo mejor lo estaba usando como distracción.

—Ve a la ducha —le reprendí—. Te espero aquí.

Fui al botiquín que colgaba de la pared.

En todas las salas de la base había uno.

Cogí la pomada y me senté en el banco metálico hasta que terminó de ducharse.

Al salir, la toalla le cubría desde la cintura hasta la mitad de los muslos.

Tomó asiento a mi lado, sin rechistar, y el olor a mentol invadió el vestuario mientras mis dedos insistían un poco más de lo necesario.

—No vuelvas a entrenar sin vendas. Destrozarte las manos no te hace más fuerte.

Cerré el ungüento y lo devolví a su sitio. Pasé por delante de él con intención de sentarme, pero tiró de mí antes de que pudiera tocar el banco, colocándome a horcajadas sobre él para besarme.

—Si mañana no puedes cerrar el puño —advertí—, no entrenas. No me importa que seas el jefe de equipo, ni cuántas condecoraciones figuran en tu historial. Eres el líder. Y un cuerpo roto no lidera.

—¿Estás regañando a un superior, Crowley?

Le devolví el beso. Cuando me separé, apoyé la barbilla en su hombro y después me incorporé.

—No —corregí—. Estoy diciendo que dejes de confundir disciplina con autocastigo.

Busqué mi bolsa. Y con eso entendió que no me quedaba.

—Tengo una reunión antes de empezar oficialmente mis días de descanso.

—¿Tienes una reunión ahora? —inquirió.

—Sí.

—¿Con quién?

Me colgué la bolsa al hombro.

—Con los de arriba.

Por cómo cambió su cara, comprendí que no estaba al tanto de nada.

—No me lo han comunicado —admitió—. Y como jefe de equipo, debería saberlo. ¿Quieres que vaya contigo?

—Es una reunión, no un operativo de riesgo.

Sostuvo la mirada unos segundos, evaluando si merecía la pena insistir o no. No le di el gusto. Abrí la puerta, saliendo antes de que pudiera añadir nada.

El pasillo estaba casi vacío. Caminé sin prisa.

Mientras llegaba, repasé las pocas opciones que había cuando los de arriba te convocaban sin explicaciones previas y sin contar con el jefe de equipo.

Crucé hasta el fondo y empujé la puerta sin anunciarme.

Cuando entré en la sala, supe que no era una reunión normal.

Mi padre estaba de pie, apoyado contra la pared y con los brazos cruzados. Mi madre, sentada a la mesa. Postura recta. Manos entrelazadas. No estaban allí como mis padres, sino como los responsables de Operaciones Estratégicas y Análisis Inteligente del SEDS.

—Agente Brooke Crowley.

Hice el saludo reglamentario a Paul Jefferson. Se encontraba en el extremo opuesto de la mesa. Era la máxima autoridad, director del SEDS. Y su tono bastó para situarlo por encima de cualquiera de los presentes.

—Siéntate —ordenó.

No crucé las piernas ni apoyé la espalda en el respaldo. Dejé la bolsa a mis pies, alineada con las patas. No era la postura más cómoda, pero sí la correcta.

—Seguimos sin resultados acerca del paradero y la identidad del Káiser —continuó Paul Jefferson—. Lo cual nos obliga no solo a revisar la estrategia, sino también las piezas implicadas.

No me gustó que me llamara «pieza implicada».

A su derecha, Guy Macklean, jefe de Operaciones, me observaba impenetrable.

Como si yo fuera una variable que no terminaba de encajar en la ecuación.

Sentí los ojos de mi madre sobre mí, pero no intervino.

Llevaba el pelo recogido con tirantez y papá permanecía con esa postura tan deliberadamente neutral.

—Varok llegó hasta Ashmoor. Y eso cambia tu perfil dentro de la operación, debido a la falta de información.

Mis padres cruzaron una breve mirada entre ellos.

—Varok está muerto —respondí.

—Que esté muerto no cambia los hechos —concedió Jefferson, con cierta dureza—. Consiguió identificarte, rastrear tus movimientos y llegar a tu cafetería. Eso te convierte en un riesgo directo por exposición.

Sabía lo que querían.

—Señor, creo que me convierte en un punto de acceso —respondí a mi favor—. No he cometido ningún error operativo y la brecha no se produjo por negligencia.

—No he hablado de negligencia, estoy hablando de visibilidad. La única solución es reducir daños hasta que tengamos información real.

Me incliné hacia delante.

—Si me saca de la operación, el Káiser aprenderá que el miedo funciona. Mi trabajo en el caso nos permitió incautar media docena de contenedores de armamento, misiles de contrabando…

—Sé lo que hemos incautado, Crowley.

—Bloquear las rutas y obligar a su estructura a replegarse —seguí, como si no me hubiera interrumpido—. Si ahora no tenemos información del Káiser, es precisamente porque ha aprendido de los errores de ese perro. No por mí.

—¿Insinúas que la visibilidad es una ventaja? —interrogó Jefferson.

—No insinúo nada. Es una ventaja.

Mi madre intervino por primera vez, serena.

—Crowley actuó conforme a los parámetros establecidos del operativo. Su compañero y ella, el jefe de grupo Travis Holmgren, son los únicos que han estado en contacto directo con su estructura.

Mi padre apoyó el discurso.

—Sacar a la agente Crowley del operativo supondría empezar de cero.

Jefferson entrelazó los dedos.

—¿Están solicitando que asumamos un riesgo consciente?

—No —respondí—. Están señalando que ese riesgo se asumió al principio del operativo. Operativo que ha generado resultados positivos, a pesar de la actual falta de información.

Mamá sacó la cara por mí.

—Consideramos que retirarla ahora no reduce el riesgo. Pero sí priva al grupo de una de las agentes con más conocimiento del campo sobre esa red de contrabando.

Guy Macklean, como jefe de Operaciones, se situaba por encima de todos menos de Paul Jefferson.

—Es su hija —protestó Macklean—. Usted habla desde una posición no objetiva.

—Hablo desde la lógica —interrumpió mi madre—. Tantos años de servicio avalan mi criterio. Y a día de hoy, la agente Crowley sigue siendo un activo operativo válido.

Por mucho que Macklean contara con un cargo superior, tuvo que callarse.

—La evaluación permanece abierta —declaró Jefferson—. Por ahora, la agente Crowley seguirá asignada a la operación. Puede irse, Crowley.

No asentí ni agradecí. El «puede irse» me lo tomé literal, así que me despedí con el saludo reglamentario y salí.

Caminé recta, como si la evaluación no acabara de marcar una cruz en mi espalda.

No me habían apartado, pero la evaluación continuaba abierta.

Al doblar la esquina sentí la presencia de mi madre unos metros detrás de mí.

—Has estado bien —celebró cuando me alcanzó—. No han conseguido arrinconarte ni sacarte del operativo.

Papá apareció también.

—No tenían base suficiente —añadió.

—Pero la evaluación sigue abierta.

—Lo sé —entendió mamá—. Pero hoy les has ganado, y eso es lo que importa. Descansa durante estos días libres, te lo has ganado.

—Haznos ese favor a tu madre y a mí.

No los abracé porque las muestras de afecto durante el servicio no estaban bien vistas en la base.

—Estamos orgullosos de ti —se despidió mamá, separándose.

—Mucho —reafirmó papá, antes de tomar el pasillo a su izquierda y alejarse con mamá.

Seguí avanzando, hasta encontrarme de frente con Travis. Su mirada recorrió mi postura corporal primero, después mi cara.

—¿Sigues dentro del operativo? —quiso saber.

—Sigo.

Eso fue todo. Se apartó de la pared y caminó a mi lado. Avancé hasta la salida con él siguiendo mis pasos.

—Necesito despejarme.

—Me encargaré de la cafetería en tu ausencia.

—No hace falta. Esta mañana dejé el cartel de cerrado.

—¿Hasta cuándo?

—Hasta el viernes.

—Brooke —pronunció mi nombre bajito. Aquí tenía que llamarme por mi apellido—. ¿Quieres pasar conmigo los días de descanso?

—No. Pero no es por ti —añadí al cabo de unos segundos—. Me apetece estar sola unos días.

No era una excusa. Era un hecho. Travis no insistió, él lo entendía.

Me metió en una sala vacía para besarme en la boca, sin importarle que hubiera cámaras en cada rincón.

—Estaré aquí cuando vuelvas.

No respondí. No hacía falta.