14. Brooke
Brooke
Habían pasado varias semanas y aunque seguíamos sin pistas sobre el paradero del Káiser, entre nuestros logros estaba la detención de una de las organizaciones delictivas más peligrosas de Estados Unidos, acusada de conspiración, prestación y ocultación de apoyo armamentístico a terroristas.
También habíamos arrestado, en Chicago, al narcotraficante George Choi, uno de los más buscados del país.
Paul Jefferson, director del SEDS, no cabía en sí de gozo.
La planta subterránea parecía absorber el sonido de las botas contra el suelo pulido, y el aire reciclado olía a papel viejo. Nadie hablaba demasiado. Nadie sonreía, a pesar de los logros, porque el Káiser seguía siendo un nombre anónimo sin rostro.
—Nada. No tenemos nada —maldijo Travis, dejando caer otro dosier sobre la mesa metálica.
El resto del equipo se repartía alrededor de la sala: miradas afiladas, cuerpos entrenados para reaccionar antes de siquiera poder pensar. Personas que, como yo, habían aprendido a dormir poco y confiar menos. Y que darían la vida por sus compañeros.
—Puede que haya salido del país —sugirió Mason, dando un sorbo al café.
Negué enseguida.
—¿Sin sus armas? No lo creo.
Travis me miró unos segundos. Conocía a la perfección esa forma suya de mirar: evaluación conductual. Le guiñé un ojo, para que supiera que sabía lo que hacía. Irritado, apoyó los puños sobre el metal.
—Necesito información. Y la necesito ya.
El silencio que siguió fue incómodo. Claro que necesitábamos algo, pero la realidad era que no teníamos nada.
Que el incidente de la moto no solo nos retrasó, sino que nos había hecho perder información crítica.
Se pasó los dedos por el entrecejo, exhalando con impaciencia.
Por un instante, lo vi vacilar, como si la magnitud de lo que perseguíamos se hubiera convertido en algo demasiado apabullante.
Travis se giró hacia Phoebe, con la mandíbula apretada.
Phoebe Meyer era de nuestro grupo. Todos teníamos bastantes habilidades, pero ella destacaba por ser muy buena analista.
Meyer había estado día y noche intentando encontrar algo, lo que fuera, acerca del Káiser.
Alias, registros falsos, pasaportes clonados, cuentas bancarias ocultas bajo nombres inexistentes…
Era la mejor buscando identidades, por eso, la presión de no tener todavía esa ventaja, se le hacía insoportable a Travis.
—Maldita sea, Meyer. —Travis tiró los papeles que había en la mesa—. Cada minuto sin nada es un minuto en el que le damos ventaja a ese contrabandista.
Phoebe no se inmutó. Conectó su ordenador a la pantalla inteligente que colgaba de la pared, proyectando varios datos superpuestos unos a otros. Apoyó las manos sobre la mesa con serenidad, inclinándose ligeramente hacia delante antes de hablar.
—No es que no haya nada, Holmgren. Es que todo está demasiado bien hecho. Estoy segura de que el Káiser usa intermediarios. Cada operación está a nombre de idiotas como Varok.
—Eso es como si no existiera —concluí.
—Exacto. El Káiser es inteligente, Holmgren. No se expone. No deja huellas. No firma nada. Para nosotros no tiene rostro ni nombre. Sus hombres le llaman Káiser, pero puede ser cualquiera.
—Si no deja huella —prosiguió Travis—, ¿por qué dejó el cuerpo en la nave con la K en el pecho?
Phoebe giró un poco la cabeza hacia mí, aunque a quien contestó fue a Holmgren.
—Crowley le incautó media docena de contenedores. Puede que sea su forma de decirnos que lo sabe.
Travis golpeó la mesa metálica con el puño, y a Phoebe no se le movió ni una pestaña. Lo observó con calma, con sus ojos cobalto. De su cabello, un torrente de fuego caía en ondas de sirena con profundos destellos cobrizos, tampoco se le movió ni un pelo.
—Puta mierda. ¡No sabemos nada!
La papelera salió volando. Antes de que lanzara algo más por los aires, decidí intervenir:
—La agente Meyer hace lo que puede. —Cogí a Travis del brazo—. ¿Por qué no vamos a entrenar un rato?, nos vendrá bien a los dos.
No hubo resistencia, tan solo una mirada tenebrosa.
Travis y yo nos movimos hacia el vestuario para ponernos la equipación de combate cuerpo a cuerpo, antes de avanzar hasta la zona de entrenamiento; un espacio amplio con sacos de boxeo colgando del techo y colchonetas en el suelo.
Olía a goma, sudor y aceite de las máquinas.
Las heridas de mi mano ya se habían cerrado, aunque si me fijaba, aún podía ver líneas superficiales rojizas.
Até las vendas para entrenar tensando bien los nudillos y sujeté el saco más pesado.
—Golpea —le indiqué—. Aquí. No sobre tu grupo.
Travis no replicó. Se colocó frente al saco con los hombros tensos, las manos vendadas con demasiada fuerza y…
¡Pam! El impacto fue brutal. El saco osciló varios centímetros, las cadenas chirriaron y asestó otro golpe.
Uno tras otro. Pero en ninguno hubo técnica, solo rabia.
Aparté el saco cuando las gotas de sudor comenzaron a chorrear por su frente.
—La furia sin control solo sirve para que te maten. ¿Qué te pasa?
—El Káiser sigue ahí fuera. ¿Eres consciente de lo que eso significa?
Enderezó la postura, ajustó la distancia y volvió a golpear, esta vez no solo con los puños, sino con todo el cuerpo. El sonido de los impactos hacía eco, su respiración se volvió irregular y el sudor le resbalaba hasta el cuello.
—Relativizo —respondí—. Tú también deberías.
Aumentó la intensidad y acabé soltando el saco para ir con él.
—Oye, no entrenamos para perder la cabeza, sino para controlarla.
Lanzó nuevos golpes, sin hacerme caso. Cada impacto reflejaba no solo su rabia, también su dolor y el miedo. Un terror que llevaba intentando enterrar desde el asesinato de sus padres.
—Suelta el saco, Holmgren.
No lo hizo.
—Travis —pedí, esta vez llamándolo por su nombre—, suelta el saco y pelea conmigo.
Que le llamara por su nombre fue lo que le hizo obedecer.
Retrocedí un paso, levanté las manos y adopté la posición de guardia.
Travis hizo lo mismo. Los dos éramos cinturón negro, por lo que el primer intercambio fue rápido: bloqueé su ataque con una patada media que detuvo con el antebrazo.
Él avanzó, yo retrocedí. El primer golpe resonó seco, limpio.
El cuerpo solía responder antes que la mente cuando ha sido entrenado para ello.
Esquivé un upper ; un golpe con el que intentó llegar a mi plexo solar.
—Respira —sugerí—. Y recupera el foco.
Me atacó de nuevo, mejorando la concentración.
—Así. Muy bien.
Lo felicité entre bloqueos y contragolpes.
El olor a goma y sudor nos envolvió. El kickboxing no era solo fuerza: era saber cuándo avanzar y cuándo retroceder un centímetro para que el golpe del otro pasase rozándote la piel.
Años de disciplina. Años de aprender a canalizar la violencia sin dejar que esta te devore.
Avanzó un segundo antes de lo que había calculado.
No fue un golpe desmesurado, más bien preciso.
Su puño me alcanzó en un ángulo corto, directo al pómulo, antes de notar el chasquido en los huesos.
Por un segundo, todo se concentró en un punto blanco. El sabor a acero llegó después.
Travis se quedó pétreo cuando vio la sangre.
—Estoy bien —me recompuse—. Seguimos.
El dolor, como nos habían enseñado, era tan real como necesario.
Travis atacó. Las piernas se movieron antes que la mente, bloqueando el golpe con la planta del pie, impactando directamente sobre su costado.
Se dobló tras el impacto, pero enseguida se irguió y volvió a atacar, logrando que el calor me subiera por la espalda.
No me dio tregua, y yo a él tampoco. Ajusté la posición y lancé un golpe ascendente directo a su torso, pero lo anticipó y lo desvió.
—Buen intento —reconoció.
No me dio tiempo a responder. Avanzó de nuevo, demasiado cerca, invadiendo mi espacio con una decisión que no estaba basada en la técnica.
Sentí el impacto de su hombro contra el mío y el desequilibrio de inmediato.
Rodamos juntos sobre la colchoneta. La misma técnica que había usado yo con el vaso, él acababa de emplearla con su cuerpo, dirigiendo todo su peso sobre mí.
Intenté girar y recuperar la posición, pero me sujetó la muñeca de manera controlada.
Su respiración caliente se mezcló con la mía y las piernas rodearon las suyas por instinto.
En ese momento, su mirada descendió a mi boca.
El beso no fue lento ni metódico, fue un choque urgente.
Una descarga de tensión. No hubo caricias ni manos explorando con curiosidad.
Fue boca contra boca, dientes rozando piel.
Su peso me ancló más a la colchoneta. Le mordí el labio inferior, y no lo hice de forma suave.
Travis gruñó contra mis labios, devolviéndome el beso con más ansia, ignorando el sabor metálico en su boca, hasta que el eco cercano de algún golpe en otro sector de la zona de entrenamiento se filtró por las paredes, recordándonos que no estábamos solos.
Se apartó, se quitó las vendas con movimientos certeros y las lanzó a la papelera, lo cual significaba que no íbamos a pelear más.
—¿Estás más tranquilo?
También tiré mis vendas.
Travis se pasó una mano por la nuca.
—Sigo preocupado por ti.
Me sorprendió que lo verbalizara. Confesar que algo le preocupaba era admitir sus miedos, lo cual significaba que no tenía todo bajo control.
Me recogí el pelo en una coleta alta.
—A mí tampoco me gusta no saber, pero no por eso podemos permitirnos hablar así a Meyer ni a nadie del equipo.
Respiró profundamente, no porque necesitara oxígeno, sino porque así se regulaba.
—Que estés aquí es un riesgo. —Se pasó los dedos por el ceño—. Y no hablo como jefe de equipo.
—A lo mejor ese es el problema.
—Si algo te pasa…
—Si algo me pasa, lo superarás. Hemos nacido para esto.