Cicatrices 13. Brooke #2
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13. Brooke #2

Pequeña embustera.

Sentí un calor extraño en el pecho: el caos era absoluto, la casa tenía un aspecto decadente por la falta de recursos, estaba fría porque apenas se podían permitir poner la calefacción, pero ellos eran felices a su manera.

Nick permaneció detrás de mí, con una ligera sonrisa apenas perceptible.

Atento a sus hermanos, siguió cada uno de sus movimientos con un brillo que demostraba que, aunque las cosas fueran difíciles para su familia, los amaba.

Me fijé en sus hombros, siempre tensos por la carga acumulada y el excesivo nivel de responsabilidad.

Relajó la postura cuando miró a su madre.

Donna por un momento pareció la persona que era antes.

Su sonrisa no fue amplia ni despreocupada, más bien frágil, pero ese pequeño temblor en la comisura revelaba que era sincera.

Me acerqué más a ella, y le acaricié el hombro con suavidad.

La cerda rosa corrió en ese momento a su regazo, poniéndose a dos patas para que la cogiera.

Me agaché a por ella y la coloqué sobre sus piernas junto a las mellizas.

El animal comenzó a olisquear a Donna con una confianza inocente.

—Van a dar trabajo —añadió Robin, desde atrás—, pero creo que no es mala idea.

Nick no dijo nada todavía, pero la forma en que se colocó cerca de su madre me conmovió. Se agachó y la besó en la mejilla. En ese instante, extremadamente conmovedor, comprendí que el dolor emocional también podía encontrar alivio, aunque fuera momentáneo.

—¿Cómo se llaman? —preguntó Madi.

Improvisé.

—¿Bola uno y bola dos?

—Nooo —rio—, eso no es un nombre. Ya sé, ¡Unicornio y Barbie!

—¿Qué? Puag, ¡no! —Jack cogió al moteado—. Este se llamará Rex Destructor de Bloques.

—Ese nombre es ridículo —gruñó Noah—. Se llamarán Canica y Pelota, porque son redondos.

Me entraron ganas de reír, pero como no quería ser maleducada, solté una tos para disimular. Nick posó una mano en la frente y miró a su padre. Robin encogió los hombros, como diciéndole: apáñatelas tú. Y eso hizo, después de mirar el suelo unos segundos.

—Hostia puta… Vaya nombres.

—Hostia puta, hostia puta, hostia puta —imitaron Juliet y Claire.

—Eso no se dice —las reprendió, con la mano aún en la frente—. Se acabó. —Cogió a los cerdos para que los niños prestaran atención—. Se van a llamar Lúpulo y Cebada, punto.

—¿Lupu qué? —preguntó Jack.

—Lúpulo —repitió Noah, incidiendo en cada sílaba.

Empezaba a costarme más de la cuenta lo de aguantar la risa.

—Nick, ¿como la cerveza? —lo miré para ver si estaba de coña—. ¿Es en serio?

—Totalmente en serio. Necesito poder llamarlos por su nombre sin morirme de vergüenza.

Cebada, aún sobre los brazos de Nick, hundió el hocico en el hueco de la axila, haciéndole cosquillas.

—Cebada, al suelo.

La dejó sobre la alfombra y bajó la vista hacia mí.

—¿Quién quiere tortitas? Brooke hará para todos. ¿Verdad que sí?

Salió del salón sin esperar mi respuesta, cogiendo las bolsas que habíamos dejado en el pasillo con Noah, Jack y Madi tras él. Lúpulo y Cebada siguieron a los niños.

En la cocina olía ligeramente a humedad.

Nick dejó las bolsas sobre la mesa y comenzó a sacar todo.

Enseguida se percató de que había demasiadas cosas para un postre tan simple.

Los hermanos se subieron a las sillas para llegar a la mesa.

Y yo fingí que no veía cómo los ojos de Nick recorrían todo aquello entre la gratitud y la vergüenza.

—Tenía de sobra en casa —mentí.

Usé una de mis sonrisas más inocentes, tirando los tickets a la basura antes de que los viera.

Nick abrió la nevera buscando algo. El interior estaba casi vacío para ser una familia de ocho: un cartón de leche, algún yogur y una bandeja de muslos de pollo.

Toqué su brazo desde atrás, después de que cerrase la puerta demasiado rápido y apoyase las manos sobre la encimera.

Lo abracé.

—Casi habéis pagado ya las deudas de la obra, es cuestión de tiempo que…

—Con o sin deudas, mi madre siempre va a depender de una silla.

Lo apreté con más fuerza, como si mi cuerpo pudiera sostener por unos segundos parte de aquel peso.

Y ojalá pudiera. Sus músculos se tensaron bajo mi abrazo, así que no lo solté.

Hundí su nariz en el jersey desgastado que llevaba y lo estreché un rato más.

Con el rabillo del ojo, vi a Jack, a Noah y a Madi abalanzarse sobre el resto de alimentos, investigando como los pequeños saqueadores que eran.

Nick, sin apartarse de mí, advirtió a sus hermanos:

—Pedid permiso a Brooke antes de coger algo. Nos seáis maleducados.

—Solo estamos mirando —protestó Jack, con la boca llena de nata.

El muy cabrito había cogido uno de los botes.

—Comed lo que queráis. —Sostuve a Nick un poco más—. Pero nada de darles dulce a los cerdos.

La atención de los saqueadores volvió a los alimentos.

—Mi madre no está bien —continuó Nick—. Muchas veces nos cuenta que se quiere morir.

Nick siguió abrazado a mí, sin moverse.

—Lo siento. Si hay alguna forma de ayudar, dímelo. Sabes que puedes contar conmigo.

—Tu familia y tú ya nos ayudáis bastante.

Su respiración chocó contra la mía antes de que se agachara a besarme la frente, aferrado aún como si mi cuerpo pudiera ser por un momento su refugio.

Tenerlo tan cerca me provocó el mismo cosquilleo que hacía años, cuando ambos éramos más jóvenes y sus días consistían en hacerme rabiar.

Aparté el pensamiento de la cabeza y lo abracé ligeramente más fuerte antes de soltarlo.

Daba igual lo que sintiera, escondía demasiadas mentiras como para que aquello pudiera ser nada más que una amistad.

—Nick, los amigos se ayudan todos los días de su vida, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, en la alegría y la tristeza… Hasta que las deudas se salden.

Finalicé los votos que acababa de improvisar con un tono humorístico.

—Nena, esos son los votos del matrimonio manipulados a tu antojo.

Me encogí de hombros con descaro. Saqué un bol de la estantería y rompí unos cuantos huevos para batirlos.

—Para que veas, cabeza de chorlito. Te he prometido más que muchas novias a sus parejas antes incluso del compromiso.

—Y sin anillo.

Miré a Cebada, que olisqueaba mis botas mientras batía los huevos.

—No necesito un anillo, Nick. Necesito que estés bien, y que si necesitas ayuda, cuentes conmigo.

Añadió mantequilla y harina al bol, lo que me permitió ver las rajas en sus nudillos. A un lado de la encimera, había un barreño con ropa y agua.

—¿Más mantequilla? —preguntó.

—Echa, echa. Si no lo hacemos rápido, estos saqueadores nos van a dejar sin nata.

Nick me dedicó una sonrisa auténtica, dándome un golpecito suave en la cintura. Con confianza, se acercó a mi oído y murmuró:

—Nena, ¿quién era el tipo al que mataste?

Cerré los dedos con más fuerza alrededor del batidor de varillas.

—Uno que quería matarnos —zanjé, sacándole la lengua—. ¿Me alcanzas la leche?

—La leche —protestó, entregándome el brik.

—Oye, ¿qué te ha pasado en las manos?

—Seguimos con la lavadora estropeada, así que me toca frotar. ¿Cómo va la tuya?

Le mostré las vendas y su mirada permaneció en ellas más de la cuenta antes de subir a mis ojos con cierta inquietud. Siguió mirándome, esta vez como si quisiera asegurarse de que yo seguía siendo la misma.

Retiré la mano de golpe antes de responder, por miedo a que lo que hubiera visto le hiciera cambiar la forma en que me miraba.

—Casi perfecta.

Los minipigs empezaron a meterse entre las piernas de Jack y Noah, que se peleaban por el bote de nata.

Nick sacó una sartén y la cocina comenzó a oler a mantequilla caliente mientras doraba las tortitas.

Apiló todas en una torre sobre una bandeja y las llevó al salón, donde almorzamos todos juntos.

Donna, acomodada en la silla de ruedas. Las mellizas en las tronas.

Madi, sentada en la alfombra con Jack y Noah.

Los hermanos no paraban de pelear por el bote de nata.

Y Lúpulo y Cebada corrían por ahí. En cuanto Nick puso la bandeja sobre la mesa, manos pequeñas y rápidas como velocirráptores se abalanzaron a por las tortitas.

Nick me dedicó una sonrisa cómplice, y yo le devolví un guiño. Y con eso, la mañana fue caóticamente perfecta.