Cicatrices 13. Brooke
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13. Brooke

Brooke

Apenas había dormido unas horas después del operativo. Había sido un sueño corto, pero reparador. Reparador porque tener sexo era lo único que me calmaba.

—¿Los llevas a Ashmoor? —le pedí cuando Travis y yo desayunamos, mirando a los cerdos.

—Vamos.

—Tengo que parar a por comida para los cerdos.

—Pararemos.

Salimos del edificio y me subí a la moto. El frío de la calle me atravesaba hasta los huesos a esas horas de la mañana. Travis iba calentito en su coche, un Lincoln Navigator gris, con los minipigs detrás. El cristal empañado reflejaba su semblante.

Llegamos a la tienda; una de esas que abren las veinticuatro horas.

El tipo de comercio que vende de todo: snacks, bebidas, productos de limpieza y, en este establecimiento en concreto, comida para mascotas o animales de granja.

El letrero parpadeante iluminaba débilmente la entrada.

Bajé de la moto, aparqué con cuidado de no mojarme demasiado con los charcos que la lluvia había dejado sobre el asfalto y me acerqué a la ventanilla de Travis.

La bajó para oírme.

—¿Te quedas con ellos, porfi?

—Como quieras.

Entré directa al estante de comida para animales. Al final del pasillo, encontré lo que buscaba: bolsas de pienso. Agarré todas las que pude, para que los cerditos tuvieran comida los próximos días. También cogí otras cosas para Nick.

Salí con la sensación absurda de haber cumplido una misión menor, pero necesaria.

—No puedo esperar a ver la cara de los monstruitos. Ya verás cuando vean estas bolas preciosas —dije, mientras guardaba las bolsas antes de volver a mi moto.

El trayecto hasta Ashmoor fue corto. La luz de los faros se convirtió en un brillo lúgubre.

Cada respiración se condensaba en nubes blancas que se mezclaban con la humedad de la atmósfera cuando Travis se detuvo en la puerta de mi casa.

Aparqué la moto a un lado y entré para coger las llaves del coche de papá, donde metí las bolsas.

—He quedado con Nick —dije cuando ya tenía todo en su sitio.

—¿Para qué?

—Haremos tortitas. ¿Te encargas del bar?

Pude notar ese destello en sus ojos, aquella chispa provocada por la inseguridad de lo que Travis no admitiría en voz alta: celos que contrastaban con su autoestima.

—Claro. Cocinarás con Nick, qué divertido.

El tono era neutro. El mismo que usaba al aceptar una orden que no le gustaba, pero que por protocolo debía cumplir sin discutir.

—Pues sí, es divertidísimo.

Travis no respondió al instante. Sus dedos permanecieron un segundo más apoyados en el volante.

A pesar de estar recalibrando sus emociones, mantuvo la mirada fija.

Me limité a observar, porque yo tampoco iba a ceder.

Mi afecto por Nick era firme e inamovible.

Y cualquier sombra que Travis intentara proyectar sobre él, se estrellaría antes contra mí.

Los minipigs chillaron desde el asiento trasero del coche, lo cual me hizo sonreír. Esos sencillos animales eran un absoluto contraste con la complejidad de mi vida.

—Me encargo de la cafetería —dijo finalmente, bajando del coche.

Antes de que pudiera responder, se inclinó para atraparme los labios un instante, en un beso lo bastante seguro como para hacerme estremecer.

—Gracias por traerlos.

Sus dedos rozaron los míos antes de subirse al coche y desaparecer.

—Ya vamos —hablé a los cerdos—. Vais a conocer a vuestra nueva familia.

Vivía muy cerca de Nick, pero no quería ir cargada con los sacos de pienso, las otras compras y dos cerdos, así que encendí las luces antiniebla del coche de papá y conduje sobre la tierra húmeda tan solo unos metros.

Las pocas casas que había en el pueblo se alzaban como sombras, con ventanas que apenas recibían un resplandor mortecino.

Entre ellas, la de Nick. Metí el coche en el jardín que rodeaba la propiedad, abrí la puerta y los minipigs saltaron.

Olfatearon la hierba con movimientos torpes y curiosos que me hicieron reír.

Mientras cogía las bolsas del maletero, la puerta de la casa se abrió. Nick apareció sonriente, a pesar de su agotamiento. Pero su expresión cambió cuando vio a los cerdos.

—Brooke… ¿Por qué hay unos cerdos comiéndose la hierba de mi jardín?

—¡Sorpresa!

Avancé hasta la entrada, dejé las bolsas en el pasillo y cogí en brazos a los cerditos antes de seguir hablando.

—Sé cómo están las cosas y no quiero que supongan un gasto, así que yo me encargo de la comida, cuidados, veterinario…

—¿Qué? Brooke, no. De ninguna manera.

Se los entregué para que se encariñara con ellos y no pudiera negarse.

Nick los sujetó por inercia. Acto seguido, los dejó en el suelo.

Los cerdos corrieron al salón. No tardamos en oír las voces de sorpresa de Jack, Noah y Madi.

Y me quedé absorta en Nick. Seguía con cara de no saber si reír o enfadarse conmigo, lo que me hizo darme cuenta de que esa expresión suya de caos absoluto me gustaba más de lo que debería.

Sin saber muy bien por qué, ese pensamiento me llevó a otro más revelador: Nick era atractivo.

Y siempre lo había sido, pero hasta hoy no había reparado de esa forma en su apariencia.

—¡Ala! —exclamó Madi, sacándome de mi estupor—. ¡Cerdos bebés!

Noah, que a sus ocho años ya intentaba ejercer un liderazgo como si fuera adulto, corrigió a su hermana.

—No seas burra. Son minipigs , no cerdos bebés.

—¡Mira ese! —gritó Jack con euforia—. ¡Se está comiendo las gardenias de mamá!

Nick y yo fuimos al salón. Los minipigs correteaban entre los bloques de construcción de Juliet y Claire tirados por el suelo, entre los muñecos y entre las pequeñas pistas de coches, husmeando cada rincón con los niños detrás.

Jack, Noah y Madi perseguían a los cerditos transformando el salón en un pequeño caos que me gustaba.

Me enterneció la expresión de Nick; la preocupación y el cansancio que siempre llevaba consigo se difuminó con una ligera sonrisa.

Los animales siguieron husmeando entre los juguetes, mordiendo plantas y haciendo ese ruido con el hocico.

Jack y Noah persiguieron al moteado, mientras Madi abrazaba a la rosa.

Robin, el padre de Nick, empujaba la silla de ruedas de Donna, que llevaba a las mellizas sobre su regazo.

Robin observó la escena. Antes de que dijera nada, las mellizas extendieron las manitas hacia los animales.

Madi cogió a la rosa y la subió al regazo para que sus hermanas pequeñas pudieran acariciarla.

Jack y Noah siguieron detrás del moteado, que había encontrado un rincón entre los bloques de construcción y lo estaba inspeccionando.

Miré a Nick: agotado, seguramente también abrumado, pero con una belleza y felicidad en la mirada que me desarmó.

—Brooke —me llamó Robin—, ¿son tuyos?

Pensé, al instante, que una verdad a medias no era tan malo como mentir.

—No. Eran de un conocido, y ya no puede tenerlos. ¿Qué tal, Donna?

Me agaché ante la mamá de Nick.

—Es difícil, pero Robin y Nickolas me ayudan mucho.

—Lo sé.

Claire acarició el lomo de la rosa con demasiada fuerza, y Juliet chilló divertida cuando la cerdita emitió suaves gruñidos.

La madre las sujetó con cariño, asegurándose de que no hicieran daño a la bolita rosa.

Hice burla a las mellizas, porque me estaban sacando la lengua.

Claire y Juliet tenían dos años. Madi, tres. Jack, seis. Noah, ocho.

—Tener mascota puede ser muy bueno —improvisé—. Les enseña responsabilidades, les ayudaría a manejar el estrés, a desarrollar empatía…

Nick me interrumpió.

—Comen, cagan, mean y muerden cosas.

—Claro, por eso. Jack, Noah —llamé a los más mayores—, ¿a que vosotros cuidaríais de ellos porque sois muy responsables?

—Sí, sí, sí —respondió Noah, el más mayor.

—¡Yo también! —Jack saltó de un pie a otro—. ¡Les echaré de comer todos los días!

Madi levantó las manos con determinación, tirando del pantalón de su padre para llamar la atención.

—¡Y yo los bañaré con mis muñecas! ¿Puedo?

Me arrodillé frente a Madi y las mellizas, esforzándome porque mi voz sonara dulce.

—Bueno… No me gustaría entrometerme, esta no es mi casa. Puedo encargarme de ellos económicamente, pero la decisión es de vuestros padres y de vuestro hermano Nick. Si no los queréis, no pasa nada. Puedo llevarlos a un refugio de animales y…

Los niños procesaron las palabras «refugio», «de» y «animales» como algo malísimo. Tal y como había previsto.

—¡Noooooo! —negaron.

Madi comenzó a llorar, tirando del pantalón a Robin.

Las mellizas se revolvieron sobre el regazo de su madre, y Jack y Noah se lanzaron hacia mí, como si aferrados a mis brazos pudieran evitar que me llevara a los cerditos.

Me sentí fatal, pero la realidad era que, debido a mi trabajo, actualmente no podía permitirme tener mascotas.

Robin cruzó los brazos, observando la escena con un ceño fruncido que, quien se fijase bien, entendería que no llegaba a ser un gesto de completa desaprobación.

—Dices que te ocuparías de los gastos. —Robin siguió con la mirada a los animales—. ¿Comida, cuidados y veterinario?

Asentí mientras Claire y Juliet acariciaban el lomo de los cerditos.

—Exacto. Solo quiero que los niños disfruten un poco, tener mascota les vendrá bien.

—Mascotas —corrigió Nick—, que son dos cerdos, nena.

—¡Porfa, porfa, porfa! —rogó Jack.

Nick parecía estar acordándose de todos mis antepasados. Sus padres, que hasta el momento se habían limitado a observar en silencio, intercambiaron una mirada rápida.

—¿Queréis que se queden? —preguntó Donna.

Ajustó a las mellizas sobre sus piernas.

—¡Sí, mami! —chilló Madi.

—Porfa, porfa —rogó Jack.

—En ese caso… Podemos probar.

El salón estalló en saltos de alegría y gritos de felicidad.

Los minipigs bajaron del regazo de Donna, asustados por el alboroto.

Corretearon entre los bloques de construcción mientras los monstruitos se abalanzaron sobre ellos con una energía incontrolable.

Madi ya no tenía lágrimas en los ojos cuando cogió a la rosa y la estrujó como si fuera un peluche.