12. Brooke
Brooke
Nuestros móviles comenzaron a pitar y vibrar de forma estridente a la par. Y eso solo podía significar una cosa: un aviso urgente de la base. Orden directa. Ineludible. Me incorporé enseguida junto a él. Y en menos de cinco minutos ya estábamos en su coche de camino a la base.
Travis me había dejado un pantalón de chándal y una sudadera que me quedaban enormes, al igual que el pijama, pero nadie iba a fijarse en eso cuando la prioridad era el operativo. Condujo con una mano firme en el volante y la otra en el comunicador para informar de que estábamos operativos.
—Comunicación a base —dijo—. Jefe de grupo en camino. Agente Crowley confirmada.
Llegamos enseguida. El acceso subterráneo nos dio paso gracias al examen biométrico. El coche descendió por la rampa. Dentro, los compañeros ya se estaban colocando el equipo.
—Tres minutos —indicó Travis, ya en su papel de jefe de grupo.
Me quité el chándal al lado de mi compañera, Phoebe, y me vestí con el uniforme.
Dejé la ropa en una taquilla abierta y me enfundé el pantalón ignífugo, con refuerzos en rodillas y muslos, camiseta térmica ajustada y mono por encima.
Phoebe me ayudó a recogerme el pelo en una coleta, a ponerme el chaleco antibalas y las placas cerámicas frontales y traseras.
Encajé bien el chaleco y aseguré el suyo hasta que sintió asentarse el peso.
Cogí mi arma y comprobé que tuviera el cargador puesto y el seguro activado.
Navaja asegurada. Guantes. Comunicador. Travis pasó frente a nosotros, haciendo un barrido rápido. Bill y Mason ya estaban preparados.
—Poneos el casco —ordenó.
Acatamos la orden, revisamos el plan de actuación y, ya durante el trayecto, el sistema de la furgoneta proyectó las imágenes aéreas.
Calle cortada. Vehículos con disparos. Civiles a cubierto.
El sujeto caminaba en círculos, disparando al azar.
El chaleco de explosivos bajo la ropa era evidente. Cables visibles. Volumen irregular.
—Probablemente tenga un detonador manual. —Travis se puso serio—. Disparo letal inmediato si dirige la mano hacia el pecho.
Asentimos. Bajamos con las armas preparadas y avanzamos entre fachadas y vehículos con pasos sincronizados. El hombre gritaba cosas sin sentido mientras seguía disparando. Travis dio un paso al frente, con el escudo cubriendo su cuerpo.
—¡Tira el arma!
Bill y Mason se desplegaron por la izquierda.
Phoebe y yo por la derecha. Mantuvimos la distancia de seguridad, pero el sujeto se giró sobre sí mismo.
Disparó contra un civil que intentaba ponerse a cubierto, luego contra un coche que se había quedado en mitad de la calle.
El cristal estalló en mil fragmentos que llovieron sobre el asfalto.
—¡Travis! —grité por el comunicador—. Miradas recurrentes al detonador. Está perdiendo el control.
—Mantenemos la posición.
Avanzamos otro metro. Phoebe enfundó el arma, y yo hice lo mismo.
—¡No os acerquéis! —gritó el sujeto.
Se levantó el jersey, mostrando los explosivos mientras reía. La mano derecha descendió unos centímetros hacia el pecho.
—¡Quieto! —ordenó Travis—. ¡Manos arriba, ahora!
El sujeto dudó. De repente, uno de los cables se soltó y quedó colgando. Eso indicaba que era un explosivo fabricado de manera manual, el cual se usaba mucho en atentados terroristas.
—¡Explosivo inestable! —avisó Mason.
—¡Manos arriba! —repitió Travis.
El sujeto bajó la vista, se percató del cable e intentó agarrarlo con torpeza. Esa manipulación podía hacer que todos saltáramos por los aires. Antes de que lo tocara, Travis dio la orden.
—Phoebe —sentenció—, dispara.
Fue una instrucción limpia, definitiva. Phoebe ajustó apenas un grado el ángulo que ya tenía su arma, compensando la ligera oscilación del cuerpo del sujeto.
Un disparo poco preciso podría provocar una contracción involuntaria, un espasmo, y que activase indirectamente el detonador.
Por eso, el tiro fue perfecto. Un impacto directo entre las cejas, apagando el sistema nervioso al instante sin enviar órdenes residuales. El cuerpo se desplomó hacia atrás.
—Que nadie se acerque. —Travis giró el rostro hacia Phoebe—. Buen tiro, agente Meyer.
Nos mantuvimos en posición, formando un semicírculo de seguridad alrededor del cuerpo. El chaleco seguía siendo una amenaza. Travis fue el único que se acercó, agachándose sobre el sujeto.
—Cableado básico. El detonador manual es de presión. No hay temporizador ni receptor remoto.
Usó la linterna. Sacó con cuidado una pequeña herramienta del bolsillo del chaleco que serviría para cortar el cable.
—Retroceded.
Ninguno nos movimos.
—Retroceded. Ahora.
Todos dieron unos pasos hacia atrás menos yo.
—Crowley —advirtió—. Cumple la orden.
Sus ojos ya no eran los del chico con el que había compartido momentos preciosos hacía una hora. Eran los del jefe de grupo, en medio de un escenario crítico.
—¡No seas estúpida y obedece!
—¡Eres tú el que está sobre un puto explosivo!
Seguí sin moverme. La idea de perderlo me sobrepasó.
—Travis…
—¡Aquí soy Holmgren, agente Crowley! ¡Retrocede de una maldita vez! ¡Es una orden! —gritó, fuera de sí—. ¡Te estoy dando una puta orden!
El equipo cruzó miradas entre sí en un silencio opresor. Nadie habló. Nadie dijo nada.
—Si sale mal, quiero que estéis fuera del radio —continuó—. ¿Entendido?
Acaté la orden con el miedo en el cuerpo.
—Entendido.
Retrocedí junto a mis compañeros. Holmgren volvió a centrarse en los detonadores. Localizó el cable rojo. Luego el negro. El corte fue rápido, preciso. Permaneció inmóvil unos segundos, para asegurarse.
—Confirmado —concluyó—. Artefacto desactivado.
Cuando pasó por mi lado, me rozó los dedos con los nudillos. Un gesto mínimo, fuera de protocolo, pero suficiente para entender que, aunque hubiera desobedecido, me entendía.
—Buen trabajo, grupo.
—Buen trabajo —respondimos al unísono.
Nos cambiamos en la base y volví con Travis a su piso.