11. Brooke #2
—Y no pienso discutir más —sentenció—. Cuando dos personas que saben quiénes son follan con frecuencia, y además encajan, es un claro indicio de que sí se puede llegar a algo más.
—Qué romántico.
Usé el sarcasmo.
—Lo soy a mi manera.
Crucé los brazos sobre la toalla, ladeando la cabeza.
—¿Y eso cómo es?
Travis me envolvió con los brazos, cerniéndose sobre mí. El agua resbalaba por su clavícula, descendiendo por el torso.
—Mi manera —respondió, atrapando entre los dientes mi labio inferior— es simple.
Hago lo que sea necesario para que sigas respirando.
Te cubro cuando matas a un perro como Varok.
Voy a la cafetería aunque no sea mi turno para comprobar cómo estás.
Y sí —añadió—, soy tu ayudante en ese maldito antro, lo quieras o no.
—Como jefe de equipo, eso es muy poco profesional.
Él lo sabía. Lo sabía demasiado bien, pero le dio igual. Sus brazos se ajustaron mientras me observaba con esa precisión a la que recurría cuando se enfrentaba a una amenaza, o a mí; a veces ambas éramos la misma cosa. Y, pese a todo, siguió sin importarle.
—Tú has matado, Brooke. Yo también.
—Los dos hemos matado.
—Exacto. No somos civiles. Somos armas del Estado capaces de sobrevivir en condiciones que destruirían a cualquiera, pero eso no nos exime de la muerte. Tampoco de sentir.
—Eso ya lo sé.
Sus palabras me hicieron recordar el lema del SEDS:
No somos civiles, somos armas del Estado.
Entrenados para resistir, preparados para todo.
Prevalecemos donde otros caen, aunque el precio sea la muerte.
Servir, resistir y permanecer hasta el final, leales al SEDS.
—Claro que lo sabes —admitió—. La diferencia es que, en este caso, no sabemos nada del Káiser.
Si de alguna manera llegase a ti como hizo Varok, no sería operativo, ni estratégico ni profesional.
—Deslizó el dedo por mi mejilla—. Sería personal.
Y por primera vez, perder es una posibilidad a la que me tengo que enfrentar.
No pude objetar nada. Tenía razón.
—Así que dejemos de fingir que no estamos ya en algo, Brooke, y permíteme ayudarte a que llegues viva al final del día.
No me permitió contestar. Su boca se estrelló contra la mía y nuestras lenguas se enredaron haciéndome sentir un gozo perverso ante la evidencia de que la belleza está en que todo ser vivo, en algún momento, deja de respirar.
Nadie vive para siempre, y a mí me gustó la idea de sonreírle a la muerte.
Travis separó su frente de la mía, cogió la toalla que tenía enrollada y me la quitó para secarme.
Fue un gesto práctico, pero en el que había una delicadeza que desmentía cualquier intento de restarle importancia.
Cuando acabó, fue a buscar uno de sus pijamas.
Volvió con un pantalón de cuadros ya puesto y un conjunto parecido al suyo en la mano.
—Póntelo —pidió—. Es el más pequeño que tengo.
—Gracias.
—Tu ropa se está lavando.
—Dime que no has puesto el cuero en un programa de lavado corriente.
—Claro que no. Ciclo delicado con programa de agua fría sin suavizante. Después lo meteré en la secadora.
—¡¿En la secadora?!
—Relájate, solo me estoy quedando contigo. Usaré un ventilador y pondré el deshumidificador cerca para que ayude a absorber la humedad.
Acepté el pijama. La prenda era amplia y olía a una mezcla entre jabón neutro y su aroma personal.
Travis me vistió a su manera. Primero me colocó la camisa de botones y luego el pantalón, que subió con una mano apoyada en mi cadera.
Cuando intenté ayudar, me apartó los dedos.
No discutí. Dejé que me consintiera, que hiciera la cena y que me follara otra vez, en esta ocasión, en el sofá.
Antes de irnos a la cama, fui a la cocina a achuchar a los cerdos.
Los minipigs me miraron desde su manta improvisada como si supieran que estábamos rompiendo las sagradas reglas de Travis.
Los acaricié con mimo, presionando la punta de mis dedos contra su lomo.
—Buenas noches, bolitas.
Fui a la cama y me acosté a su lado. Que me abrazara hizo que mi respiración se volviera más lenta y calmada. Sus bíceps rodeándome la cintura me generaron una agradable sensación, me gustaba.
—Mierda —Me incorporé—. No he avisado a mis padres de que pasaría la noche fuera.
—Ya lo he hecho yo.
Tiró para que me tumbara de nuevo sobre él.
—¿Que has hecho qué?
No le otorgó ningún tipo de importancia a mi pregunta.
—Les dije que dormíamos aquí.
—¿Aquí contigo, de contigo, o contigo de misión?
—Conmigo, Brooke. Iba en serio cuando dije que podemos ser algo más, así que, sea lo que sea esto —me rozó la espalda con los nudillos—, no pienso esconderlo ni ante tu familia ni en la unidad.
—¿Y el protocolo?
—Tratándose de nosotros, no me importa.
Podía entenderlo. Travis y yo compartíamos raíces: familias marcadas por el servicio al gobierno.
Con la diferencia de que sus progenitores ya no estaban vivos.
El padre de Travis fue reclutado para un programa de cooperación internacional europeo y estadounidense, una iniciativa destinada a combatir redes de crimen organizado que operaban en ambos continentes.
Su especialización lo hacía muy valioso en el gobierno.
En uno de esos viajes oficiales conoció a la que sería su mujer tres años después.
Ella era compañera de mis padres y él se las ingenió, con paciencia y cálculo, para que el traslado fuera definitivo.
Murieron de misión en un tiroteo, el mismo año en que su hijo, Travis Holmgren, comenzó a trabajar como agente del gobierno para el SEDS. Travis heredó los rasgos nórdicos de su padre: cabello rubio y piel tostada, y también los ojos verdes grisáceos.
—Eso debería preocuparme.
Me deslizó su mano por la espalda, despacio.
—No. El protocolo está pensado para cuando finges no tener sentimientos.
—¿Y qué soy yo? —Lo miré—. ¿Qué soy para ti?
—Eres una de las pocas variables que no controlo. No te estoy pidiendo nada que no quieras —añadió—. Solo que no nos escondamos.
Me acercó la mano a la nuca y me besó. Podría haber sido un momento precioso, si no fuera porque estaba pensando en Nick.