11. Brooke
Brooke
Travis vivía en el típico edificio de Nueva York con fachada de ladrillos, escalera de incendios, ventanas altas con marcos negros y alguna planta aferrada a la barandilla. Un edificio para civiles. Y un buen escondite.
Señaló a los cerdos, que iban tan a gusto en mis brazos.
—Me llenarán la casa de mierda.
Su olor era una mezcla asquerosa de barro, orina y sangre.
Travis se apretó el puente de la nariz con los dedos al verme subir las escaleras con los animales.
Al llegar al rellano, metió la llave en la cerradura para abrir con rapidez.
El piso era moderno, ordenado, pintado en tonos neutros y con un sofá milimétricamente centrado frente a la tele.
Su estantería tenía cuatro libros perfectamente alineados, sin un lomo fuera de lugar, y una mesita de centro con una vela sin estrenar.
Dejé los cerdos en el suelo.
—¿Sabes qué da más miedo que el Káiser? Que alguien se compre una vela perfumada y ni siquiera la encienda. ¿Quién en su sano juicio hace eso?
—Brooke. Los cerdos.
Estaban raspando con las patas el sofá.
—Relájate —pedí, cogiendo a los animales de nuevo—. Ahora los baño.
—¡¿En mi bañera?!
—¿Prefieres que vaya a la de tu vecina?
—Vas a dejarlo todo como una pocilga.
Me escabullí por su lado, en un giro que habría hecho llorar de orgullo a mi primer entrenador, y avancé por el pasillo, recorriendo de memoria los rincones que ya conocía, hasta dar con el baño.
Empujé la puerta con la cadera para abrir.
El cerdo moteado soltó chillidos al dar el agua, mientras que la rosa se entretuvo en babearme la muñeca.
La bañera era grande, así que puse el tapón y los metí dentro.
Resbalaron, patalearon y salpicaron mezclando barro, sangre seca y toda la mierda que traían con el gel de cardamomo de Travis.
Era una fragancia especiada y cálida, con un picor sutil que enseguida eliminó el olor nauseabundo de los cerdos.
Travis me miró desde el umbral.
—Si esos bichos dejan una sola huella, te haré frotar la superficie con cepillo de dientes hasta que todo vuelva a estar reluciente.
—Usaré el tuyo.
Se llevó la mano a la frente. Los animales corrieron en círculos, se chocaron mientras hacían «oink», «oink», «oink». Los enjaboné y aclaré con mimo, mientras a Travis no le quedó más remedio que rendirse a la evidencia.
—Brooke.
—¿Qué?
—Avísame cuando pueda ducharme.
El moteado mordió la esponja mientras la rosa dio un salto con el que empapó todo. Intenté sujetarla, pero seguía salpicando fuera de la bañera. Bañarlos fue una odisea, y secarlos con el secador de pelo se convirtió en una guerra perdida. Travis claudicó y regresó dispuesto a ayudar.
—Vale —cedió—, te echaré una mano.
—¿A dónde?
Me pasé la lengua por los labios, burlándome de él.
—No me tientes…. No me tientes.
Secamos a los cerdos, los llevamos a la cocina y los colocó en una pequeña cama improvisada; una manta en el suelo.
—Me voy a duchar.
—Claro, estás en tu casa.
—Qué sentido del humor.
Travis desapareció por el pasillo. En ese momento, les di a los cerdos comida, les rasqué la barriga y jugué con ellos.
—Brooke, ¿te duchas?
Apareció con una toalla blanca enrollada en su cintura y, durante un segundo, el caos desapareció de mi mente.
La tela colgaba baja en su cintura, permitiéndome disfrutar de la tentadora línea de su torso y el contorno de sus músculos, que subían y bajaban con cada respiración.
Su piel todavía brillaba por las gotas de agua, ligeramente húmeda, y el cabello brillaba peinado hacia atrás.
Todo en él era firme y tonificado, y cuando digo todo, es todo.
El calor que me entró al verlo así hizo que la toalla fuera un incordio innecesario.
—Claro que me voy a duchar… Contigo.
Cualquier otro se habría asustado por ser tan directa, pero Travis me conocía. De hecho, su conocimiento sobre mi perfil psicológico era profundo. Sabía que era como un detonador humano que en cualquier momento podía activarse y… ¡pam!
Paradójicamente, también sabía cuándo necesitaba una vía de escape.
Y hoy la necesitaba. Aunque no lo dijera en voz alta, cada vez que veía un cadáver la adrenalina circulaba en mí como un veneno lento.
La tensión permanecía atascada en mi cuerpo durante horas, a veces días, y las imágenes intrusivas no me daban tregua.
Mi sistema nervioso había aprendido a buscar el contacto físico después de presenciar la muerte.
Una respuesta condicionada tras la exposición a una violencia extrema.
Y Travis lo comprendía. Sabía que el sexo era para mí una forma de volver al presente después de andar demasiado cerca de los límites.
Por eso avanzó hasta mi posición. Sus ojos bajaron a la boca y me rozó la mejilla con esa extraña delicadeza que reservaba solo para los momentos en los que sabía que, aunque estaba hecha de pólvora, una parte de mí era vulnerable como un fino trozo de cristal.
Travis me quitó las botas y la ropa allí mismo, y aprovechó mi desnudez para evaluar los hematomas que aún tenía en el cuerpo.
—Habría disfrutado demasiado viendo morir a ese perro, Crowley.
Me dejó varios besos por la clavícula antes de inclinarse y devorar mi boca tal y como necesitaba.
Su toalla cayó, rodeó mi cintura y me alzó sin ningún esfuerzo gracias a su complexión y condición física.
Cerré las piernas a su alrededor, buscando ese contacto directo que siempre elegía como refugio.
Travis no se paró a pensar, tampoco le importó que ya se hubiera duchado.
Me sostuvo contra él sin dejar de devorarme, cerró la puerta de la cocina para que no salieran los cerdos y caminó hasta la bañera conmigo en brazos.
El vapor aún llenaba el baño y la humedad permanecía adherida en las paredes.
Cuando abrió el grifo, el sonido del agua cayendo se mezcló con la forma en que mi cuerpo encajó en el suyo, después de que cogiera un preservativo del cajón y se lo pusiera.
La bañera era grande, con mampara de cristal y una ducha alta.
Me sostuvo de pie en el centro, con el agua cayendo sobre nosotros, transformando el aire en una nube aún más espesa y el contacto, en urgencia.
Mi pecho, antes oprimido, comenzó a distenderse.
La tensión que llevaba por dentro se aflojó cuando Travis se aferró con las manos a mi cintura y entró en mí, moviéndose con ahínco.
Mi pecho, entre embestida y embestida, iba liberando aquella presión.
Cuando acabamos, salió con delicadeza y comenzó a enjabonarme, logrando que por unos minutos ni siquiera oyera el agua. Tampoco el ruido provocado por mis pensamientos. Solo su respiración en mi piel.
—Travis, no hace falta que hagas esto.
Sus manos recorrieron con calma mis brazos, caderas y espalda.
—Lo hago porque quiero. Tienes la fea costumbre de ignorar las señales de tu cuerpo.
—Eso es porque no hay ninguna señal.
Pasó el pulgar cerca de mi clavícula, insistiendo justo debajo. Presionó ligeramente con las yemas, consiguiendo que parte de mi tensión del pecho y en los hombros se liberase.
—Claro que las hay: latidos irregulares, rigidez en tu postura, insomnio y falta de apetito. Puedes engañarte a ti misma, pero a mí, no. Acumulas varios indicadores fisiológicos de sobrecarga.
Abrió más la palma y descendió hasta la articulación del hombro.
—Exageras. Y de no ser así, sería mi problema.
Cerré los ojos y disfruté del masaje un instante, no por placer, sino porque el sistema nervioso parecía que empezaba a alejarse del borde del acantilado al que la mente me llevaba con más frecuencia de la que me gustaría.
El agua seguía cayendo sobre nosotros. Bajó las manos por las costillas y se detuvo en la cintura.
—Puedo ser algo más para ti —susurró.
Me quedé completamente quieta, porque esa frase no debería haber causado en mí ningún efecto, y aun así, lo hizo.
Hacía mucho que teníamos muy claro lo contrario: que solo era sexo, que yo no era su responsabilidad.
Follábamos porque el mundo estaba lleno de hijos de puta que antes o después reducíamos a cadáveres.
—No puedes —contesté—. Y lo sabes.
Le di la espalda para lavarme el pelo y cogí la primera toalla que vi cuando terminé.
Salí de la bañera envuelta en la toalla, sin mirarlo, como si taparme me infundiera la sensación de estar menos expuesta.
Travis no se movió. No intentó acercarse.
Terminó de aclararse bajo la ducha, con una tranquilidad que envidié.
—Brooke.
—He dicho que no. No necesito nada más. Ni que me analices, ni que sientas lástima porque el Káiser ahora sea una amenaza, ni que…
—¿Crees que me das lástima?
Oí el ruido del agua cortarse antes de que saliera de la bañera sin coger una toalla siquiera.
Tampoco la necesitaba, Travis era muy directo, no tenía filtros, y su autoestima resultaba arrolladora.
Cuando intenté retroceder, me cogió por la cintura.
No con brusquedad, pero sí con la suficiente decisión como para que el cuerpo cediera.
—¿Eso crees, Brooke?
Me estudió. Siempre tan sistemático, metódico y preciso.
—No. No lo crees —concluyó.
—¿Me estás evaluando?
—Puede.
—No me gusta que lo hagas.
No aparté la mirada.
—Te autosaboteas porque te enseñaron a anticipar los hechos, a prevenir amenazas y a asumir lo peor antes de que ocurra como mecanismo de defensa.
—Es lo que hacemos. Es nuestro trabajo.
El agarre en mi cintura no era posesivo, sino el tipo de contacto que te sostiene ante las ganas de huir.
—¿Y qué? Eres una agente del Estado. Tu mente es un arma. Tu cuerpo, otra. No podemos cambiar lo que vendrá, pero sí podemos intentar llegar al Káiser primero. Y eso no lo he dicho yo, sino tú. Vamos a encontrarlo.
Aflojó el agarre de la única mano que aún tenía sobre mi cintura y deslizó ambas hacia los bordes de la toalla. No me la quitó; simplemente me sostuvo por la parte baja de la espalda.