10. Brooke #3
—Varok metió la pata hasta el fondo con el envío —prosiguió—.
Dejó que el gobierno incautara algo que no era suyo, aunque nosotros pensáramos que sí.
Y cuando se dio cuenta, actuó: fue a por ti para borrar su mayor error.
Por eso su mano derecha estaba aquí. Y por eso, ahora, el idiota tiene una K grabada en el pecho.
Ambos intentaban ocultar que habían perdido la mercancía.
Se me tensaron los dedos alrededor de los minipigs .
—¿Entonces el Káiser…?
—Seguramente sabe que hubo una incautación. Nada más —concluyó—. Aunque por precaución, lo más seguro sería que salieras voluntariamente del caso.
Intenté no alterarme, pero la voz me traicionó y salió un poco más alta de lo que pretendía en un principio.
—Sabes todo lo que he hecho para llegar hasta donde estoy.
—Claro que lo sé. Pero si sigues adelante, te expones —replicó—. Y la posibilidad de que tarde o temprano dé contigo, estará ahí.
—Esa posibilidad ya está. Da igual lo que haga, porque ya he tocado algo suyo.
Travis apretó la mandíbula. Aunque fuésemos un equipo, aquella incautación se consiguió gracias a mí. Y eso no se podía obviar en los informes oficiales.
Desvió la vista hacia el cadáver.
—No quiero que acabes así.
—Si no quieres que acabe así, tendremos que llegar a él primero.
Los dos sabíamos que si no lo encontrábamos pronto, el Káiser haría preguntas hasta dar con las respuestas. Travis rebuscó en el bolsillo, sacó el móvil y contactó con la base.
—Sujeto identificado —informó nada más obtener respuesta—. Mano derecha de Varok, ejecutado. —Hizo una breve pausa y su vista se clavó en la K—. Ajuste de cuentas. El sujeto presenta múltiples cortes profundos, entre ellos una K en el esternón, desfiguración facial y un ojo arrancado.
Sus ojos recorrieron otra vez el cuerpo, las cuerdas empapadas en sangre y el charco bajo la silla.
—Activación de cruce de bases de datos criminalísticas. Buscad si hay algún caso con marcas similares asociadas o no a Varok, o cualquier información sobre un tal Káiser.
Colgó sin despedirse y guardó el móvil. Le bajó el párpado al hombre y continuó avanzando hacia la salida de la nave. Lo seguí con los animales en brazos.
—No se te ocurra. —Travis se giró hacia mí.
—¿Que no se me ocurra, qué?
Señaló a las bolitas apestosas y chillonas antes de apuntarme con el dedo índice, a modo inquisidor.
—Llevarte esos bichos.
Bajé la vista hacia los minipigs . La rosa soltó un chillido adorable reclamando atención, que sonó a «adóptame, humana». El moteado seguía temblando como un flan.
—No los voy a dejar aquí, rodeados de trozos de su antiguo dueño.
—Su dueño era Varok.
—Pues por eso. De Varok ya no quedan ni trocitos, está calcinado.
Los alcé hasta dejarlos frente a su cara.
—Venga, Travis Holmgren. Míralos… Están traumatizados, necesitan amor.
Se pasó la mano por la cara, como si el problema no fuera el Káiser, sino yo.
—Brooke, no puedes aparecer con dos cerdos en Ashmoor.
—¿Por qué no? Mira qué monos.
—No son monos, son cerdos y… ¡apestan!
—Son muy pequeñitos. Porfi.
—He dicho que no, Crowley.
Crowley, Crowley, Crowley. Cómo tiraba de jerarquía cuando le interesaba.
—Venga… Porfi… Demuéstrame que bajo esa cáscara de huevo que tienes por corazón escondes algo de empatía.
—Te lo advierto. A la mínima que esto se complique, hablo con tus padres para que muevan hilos y te saquen del caso. Y ya puedes lavar esas cosas, porque huelen que apestan.
Cedió, dejándome por imposible. O puede que simplemente estuviera harto de escucharme.
Giró sobre sí mismo y salió de la nave sin entrar en mis provocaciones.
Lo seguí hasta el coche con los minipigs pegados al pecho.
Con el Káiser ahí fuera y dos bolitas en brazos, podía decir que mi vida se había convertido, de repente, en una broma de muy mal gusto.
Abrí la puerta trasera de su coche con el codo, me incliné y dejé a las bolitas en el asiento.
—No. No. No. No se te ocurra meter a esos cerdos en mi…
Cerré la puerta como si no hubiera oído nada.
—¿Vamos a tu piso? No puedo llevarlos en la moto.
—Tu moto tiene maleta trasera.
Me puse el casco sin darle opción a réplica.
—Ala… En la maleta. ¿Quieres que se mueran de un ataque por claustrofobia?
Su coche no podía salir sin que yo moviera la moto, por lo que no le quedó más remedio que ponerse en marcha mientras maldecía.
—¿A mi piso?
—Sí. —Confirmé desde el sistema de comunicación del casco—. ¿Puedo quedarme a dormir?
Había ido a su piso, pero nunca había dormido allí. La opción me pareció mejor que aparecer a estas horas en casa, con salpicaduras de sangre y dos cerdos rebozados en orina y sesos.
—Tú sí, ¿pero por qué tienes que llevarlos a mi piso?
—Porque vives solo. Además, he venido en moto. —Me puse en marcha, y seguimos hablando por el sistema—. Solo será esta noche.
Lo oí maldecir porque los cerdos iban restregando la mierda por sus asientos. Sonreí para mí misma al oír los: «oink», «oink», «oink» mientras tomaba la primera salida. Cuando aparcamos frente al edificio, Travis permaneció unos segundos aferrado al volante.
—Repasa conmigo —dijo, antes de bajarse del coche—: Vivo solo, creen que soy contable, saludo a los vecinos, pago la comunidad y nunca me han llamado la atención por hacer ruido.