10. Brooke #2
Al acercarme, lo reconocí: se trataba de la mano derecha de Varok, y si mi moto no hubiera fallado, quizá habríamos llegado a tiempo de encontrar al perturbado responsable de esta carnicería.
Su único ojo se medio abrió para mirarme con asco, reconociéndome.
Pero la agonía lo había dejado muy débil.
Tenía los labios rajados por la mitad, un ojo completamente arrancado y su cuenca llena de sangre.
Las heridas estaban hechas para matarlo despacio. Sobre el esternón, la K.
—¿Cerdos? —pregunté.
Intenté no obsesionarme con el estado del cuerpo, o no volvería a dormir en la vida.
Así que me agaché para ver a los minipigs .
Estaban hundiendo el hocico en el charco.
Bueno, el hocico y el cuerpo entero. El moteado acababa de rebozarse, y tenía dos bolas colgando, por lo tanto, era macho.
Arranqué las cadenas, pero siguieron en la mierda, pegados a aquel hombre que intentó decir algo.
Pero de su boca solo escapó un aliento húmedo.
Cogí al cerdo rosa y comprobé que era hembra.
Travis apareció detrás de él, después de asegurar el perímetro de la nave.
—Puedo darte una muerte rápida o dejar que agonices. —Le dio a elegir—. Tú decides.
—Va… rok… —rio—. Varok me… sacará de aquí.
Escupió sangre.
Travis apartó con el pie al cerdo con motas.
—Varok está muerto.
La cabeza del hombre se ladeó hasta quedar colgando hacia atrás, soltando una carcajada tétrica.
—Mientes —tosió.
Travis sacó el teléfono y le enseñó la misma fotografía de la agenda de bolsillo con las anotaciones de Varok. Con el ojo que le quedaba, enfocó la vista para ver la imagen, luego me miró a mí. Por cómo lo hizo, deduje que había adivinado quién le había quitado la vida a su compañero.
—Entonces ¿por qué tengo esto?
—Zorra del… gobierno.
Travis no estaba dispuesto a perder más tiempo, así que sacó una navaja, cortó el pantalón del hombre y acercó el filo a su entrepierna.
—¿Qué significa la K? —preguntó.
Los dedos del contrabandista se crisparon sobre las cuerdas que lo retenían en la silla. El cuello le tembló y la vena de la sien le palpitaba como si fuera a reventar en cualquier momento.
—Le dicen el Káiser…
Alias de alto nivel. Figura jerárquica.
—¿Káiser? —disimulé.
Puse cara de «¿qué tontería de apodo es ese?» para que el sujeto creyera que no tenía valor.
—¿Es alemán o qué? —se burló Travis, usando la misma táctica.
El hombre negó con un leve movimiento de cabeza. El gesto le arrancó una mueca de dolor, como si la piel abierta del pecho se estirara aún más. Bajé la vista a la letra tallada en el esternón. La K, abierta y roja, parecía haber sido grabada con saña.
—Entonces ¿por qué Káiser?
Una sombra de orgullo enmarcó deliberadamente su semblante destrozado. Incluso casi muerto, ese hombre se reía en nuestra cara.
—Porque rey se le quedaba corto —escupió, respondiendo a mi pregunta.
Babas espesas le cayeron por la comisura. Travis no vaciló, le clavó la punta del filo en el muslo.
—¿Dónde se mueve? —Apretó—. ¿Esto te lo ha hecho él?
El hombre gritó y balbuceó con los labios hechos trizas.
—Nadie… lo sabe. Fuisteis a por Varok sin saber que… la mercancía era de K.
Travis intentó sonsacar más información durante los siguientes minutos, pero no hubo manera. Ese hombre realmente no sabía nada sobre el paradero de K, así que tampoco íbamos a perder más tiempo.
Travis apuntó con su arma desde atrás, a la zona del cráneo.
—¿Y los cerdos? —quise saber, antes de que acabara con él.
Travis puso cara de: «¿qué importan los cerdos?, pero es que eran tan monos… El minipig moteado volvió a hundir el hocico en el charco cuando Travis lo soltó y la rosa se pegó a mi bota. Como el hombre no me respondió, le golpeé con el codo en la cabeza.
—Responde —insistí.
—De Varok… Me los dejó antes de irse a por ti, zo…
No terminó la palabra. El disparo de Travis le llegó desde atrás, resonando en el interior de la nave.
Los minipigs chillaron despavoridos dando respingos.
A pesar de estar hasta arriba de mierda, los cogí en brazos.
Al moteado se le pegó un trocito de algo rosáceo y viscoso en el lomo.
Sesos, creo. El cuerpo de aquel hombre se inclinó por inercia hacia delante, sujeto por las cuerdas que lo ataban al asiento, en una postura grotesca.
—Ya está, bolitas. Ese hijo de puta tiene lo que se merece.
El moteado me recordó a Nick; temblaba como si le hubieran conectado un generador eléctrico al corazón. La rosa, en cambio, se acurrucó contra mi chaqueta. Travis guardó el arma y echó un rápido vistazo a la escena: el cadáver, la K, el charco, las salpicaduras y los cerdos.
—Joder —maldijo—. La mercancía de estos inútiles era de un tal Káiser.
Acuné al cerdo histérico para que dejara de temblar. No funcionó.
—¿Y eso es malo, muy malo o supermalo rollo «acabaremos con la piel arrancada a tiras»?
Travis me miró con una seriedad inusual.
—Depende —contempló—. Parece que todavía no sabe quién eres. Solo que una chica que trabaja para el gobierno tocó su mercancía.
—¿Y si lo sabe? Varok encontró la manera de llegar a mí.
Travis negó como si esa posibilidad fuera tan ridícula que ni siquiera mereciera espacio en su cabeza.
—Si el Káiser supiera quién eres, ahora no estarías respirando.
Sus ojos se desviaron un instante hacia el cadáver, como si aquel cuerpo fuera un argumento sólido.