Cicatrices 10. Brooke
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10. Brooke

Brooke

Tres o cuatro días a la semana servía cafés, comidas y cerveza para que nadie se preguntara de qué vivía.

Mi nómina de verdad no salía de la caja registradora del bar.

Formaba parte del Servicio Especial de Defensa y Seguridad: en la Unidad de Operaciones Clasificadas, con acceso restringido, dedicada a la investigación de trata de mujeres y menores, con despliegue inmediato ante células antiterroristas, narcotraficantes, explosivos y amenazas de alto impacto.

Actuábamos cuando las situaciones de riesgo extremo superaban las capacidades de otras fuerzas del Estado.

La base operativa estaba enterrada en una planta subterránea bajo un edificio administrativo gris de oficinas federales de recaudación, con expedientes confidenciales y control biométrico.

En ese refugio subterráneo disponíamos de todo lo necesario para que el trabajo no tuviera que exponerse nunca a la superficie.

Contábamos con oficinas de análisis e investigación, salas de interrogatorio, archivos clasificados y centros de inteligencia.

El área para el trabajo físico incluía un gimnasio completo, diseñado para formación y combate cuerpo a cuerpo: tatamis para judo, kárate y kickboxing , ring de boxeo, circuitos de resistencia y pista interna para el entrenamiento cardiovascular.

La base disponía además de galerías de tiro, espacios de instrucción táctica, talleres de armamento y áreas de explosivos, así como laboratorios forenses capaces de analizar restos biológicos, balísticos y químicos, cámaras de incineración controlada y protocolos de destrucción total.

Si algo salía mal, nadie debía poder reconstruir lo ocurrido. Ni siquiera nosotros.

Un nivel completo estaba dedicado al entrenamiento acuático.

La piscina, de profundidad variable y temperatura regulable, permitía practicar natación, apnea prolongada, resistencia al frío y ejercicios de inmersión con el equipo de buceo para controlar la tolerancia al estrés, y la capacidad de operar bajo condiciones de asfixia, oscuridad y fatiga extrema.

Aquello no era solo una base. Era un sistema cerrado, tanto de formación como de actuación e intervención.

Contaba con zonas de descanso y habitaciones operativas para cuando la misión requería permanecer días sin salir a la superficie, uniformes con protecciones antibalas, munición, explosivos y equipos de actuación para una intervención inmediata.

Todo estaba listo para desplegarse en cuestión de minutos.

Hoy me tocaba en el bar. El último cliente se había ido hacía diez minutos. Apagué las luces de la zona de las mesas, dejando encendidas solo las lámparas de la barra e hice la caja mientras Travis limpiaba.

—Deja eso, ya lo haré yo —se ofreció.

Travis hundió la fregona en el cubo y siguió fregando, a pesar de tener las luces del fondo apagadas.

—Travis, tu cerebro al final va a creer que trabajas aquí.

—Un minuto y termino. Ya me han enviado las coordenadas.

«Ya me han enviado las coordenadas» era el tipo de frase que podía significar muchas cosas, y que me provocaba una activación inmediata en el sistema nervioso.

—¿Las coordenadas de qué?

—De un contacto relacionado con Varok. Malditos contrabandistas…

—Tocaba noche tranquila —me quejé—. Cerrar el bar, entrenamiento y dormir cuatro horas como la humana medio funcional que soy.

Travis fregó lo que quedaba.

—¿Has terminado? —quiso saber, señalando la caja registradora.

—Sí. ¿Te han adelantado algo?

Me puse la cazadora y apagué el resto de las luces antes de salir.

—No mucho. Varok no dejaba de ser un perro al que otros le tiraban el hueso. Parece ser que esta noche iba a reunirse con alguien importante.

—¿Y por qué no lo hemos sabido hasta ahora? Teníamos intervenido su teléfono.

—Fue precavido. Uno de los nuestros encontró en su cazadora una agenda de bolsillo con notas a mano. Solamente horas, lugares y una inicial: K.

La comunicación fuera de canales electrónicos era un recurso común en estos casos. Me aseguré de que la puerta estuviera bien cerrada.

—¿Cómo sabemos que se trata de alguien real? Puede tratarse de una trampa.

Travis abrió la puerta del coche. Yo subí a mi moto.

—Por la forma de escribir. El grafólogo revisó todas las notas. La mayoría de horas y ubicaciones estaban escritas con rapidez. Pero esta es mucho más firme y clara.

Me enseñó la foto del informe, donde se veía la caligrafía de Varok sobre el papel: la K, una fecha y el lugar. La inicial, más que escrita, parecía clavada en el papel.

Guardó el móvil y subió al coche.

—Coordenadas compartidas —informó, tocando la pantalla del vehículo—. Está en una zona industrial. Puerto, contenedores, almacenes olvidados.

Movió el mapa en la pantalla compartida inteligente y me ajusté el casco. Despliegue inmediato, sin fase de preparación extendida. El motor de la Indian hizo eco en la plaza.

El trayecto fue una sucesión de partículas suspendidas heladas que, a pesar de la ropa, calaban porque el frío de Ashmoor era bastante húmedo.

El UHD del casco indicaba con precisión la ruta.

Nos desviamos hacia uno de los cinco distritos de Nueva York, pero antes de llegar a nuestro destino, mi moto empezó a perder fuerza.

Durante el trayecto me había parecido que avanzaba de forma intermitente y que el motor se ahogaba ligeramente al reducir.

—Algo no va bien —le dije a Travis por el canal de comunicación vinculado de mi casco a su coche.

El motor hizo un ruido extraño, que me obligó a parar.

Bajé a la vez que Travis, me quité los guantes y comencé a revisar que no oliera a quemado y que nada pareciera roto.

No podíamos permitirnos una ventana operativa reducida.

Travis iluminó con la linterna del móvil.

Revisó el motor, los cables y los sensores visibles.

Tardó, porque el fallo no era evidente, pero acabó dando con el conector suelto y con restos de humedad atrapados en la junta.

Lo desconectó y limpió con cuidado, volviendo a encajarlo.

—Prueba ahora.

Giré la llave. La moto tardó un segundo más de lo normal en arrancar y, a continuación, el motor sonó estable y constante.

—Es el sensor de temperatura —explicó—. Si envía datos erróneos, la centralita calcula mal la mezcla y el motor se ahoga. Por eso pierde potencia y puede llegar a dejarte tirada en marcha.

—¿Por qué ha fallado?

Travis subió a su coche.

—Humedad, frío. —Miró la hora en la pantalla—. Vamos, no podemos perder más tiempo.

Reiniciamos la marcha. El UHD retomó la ruta y las calles se estrecharon a medida que nos adentrábamos en el distrito. El tráfico se redujo hasta desaparecer por completo, y los edificios eran cada vez más bajos y oscuros hasta el polígono.

—Apaga las luces —indiqué a través del micro, quitando las mías.

Reduje la velocidad.

—Aparca por aquí —me ordenó—. Nadie tiene que saber que hemos llegado.

Dejé la moto detrás de unos contenedores. Travis hizo lo mismo con su coche. Cobertura visual, punto muerto. Guardé el casco en la maleta y caminamos por las naves vacías hasta que, en una de ellas, oí gorgoteos largos e insistentes.

—¿Oyes eso?

Saqué la pistola.

Travis asintió. La puerta metálica estaba cubierta de grafiti y de ella colgaban cables, seguramente roídos por las ratas.

Desde nuestra posición se veía una puerta lateral entreabierta.

Me asomé por el hueco, comprobando que dentro solo había un hombre de espaldas, atado a una silla en mitad de un charco oscuro.

Empuñé el arma.

—Un sujeto en el interior sin movimiento —informé—. Y dos… Se mueve algo, pero no sé qué son.

Enfoqué la vista. Unas bolas pequeñas se movían inquietas alrededor del sujeto. Quise entrar, pero Travis aprovechó su cargo para impedirlo.

—No entras sin mi confirmación, Crowley.

Tocó la pantalla del reloj digital que llevaba en la muñeca, haciendo que el cristal se iluminara con el reflejo azul de la transmisión segura desde la unidad: primero apareció una imagen satelital: contenedores, techos de chapa y el rectángulo de la nave marcado en rojo por el programa inteligente.

Después, bajo el mapa, surgieron miniaturas granuladas de las cámaras de tráfico y seguridad en un radio cercano.

Travis deslizó el dedo para revisar el resumen en tiempo real que los analistas que trabajaban desde la planta subterránea estaban haciendo desde nuestra llegada, actualizando los datos cada vez que el programa registraba cambios.

—Perímetro sin movimiento —confirmó tras comprobar el informe—. Autorización de entrada.

Me pegué a la pared y empujé la puerta con la punta de la bota, abriéndola unos centímetros más para avanzar.

Dentro, el aire era más húmedo y los chillidos estridentes se intensificaron.

Provenían de esas bolitas que se movían bajo el sujeto.

Avancé con Travis cubriendo mi posición.

Las luces industriales colgaban del techo, pero solo una funcionaba.

Mal, porque parpadeaba, pero al menos nos permitía ver en la penumbra.

Continué mientras Travis inspeccionaba la nave sin perderme de vista.

Entonces lo vi. El hombre atado a la silla se había orinado encima y la sangre brotaba a chorros por sus piernas, por eso bajo sus pies había un charco irregular que se extendía por el suelo, pegajoso.

Tenía el torso desnudo, la piel abierta en cortes profundos con los que le habían escrito la inicial K como si fuera una maldita letra capitular.

Y no estaba solo. Dos minipigs : uno con motas oscuras y otro completamente rosa entero, nerviosos pero indemnes, estaban atados a las piernas del sujeto con una cadena de metro y medio.