9. Nick #2
Ya en la furgoneta, conduje hasta el almacén del depósito central, donde recogía los paquetes: algunos para la ciudad, otros para pueblos como Ashmoor.
Organicé la ruta antes de comenzar las entregas.
Revisé las etiquetas mientras la furgoneta se llenaba de cajas.
Y agradecí cada propina de los clientes, porque aunque generalmente fueran pequeñas, todo ayudaba.
Dejé Ashmoor para última hora de la mañana.
Una eternidad de paquetes entregados después, llegué agotado al bar de Brooke, cargando las cajas hasta la puerta.
Entregué el pedido a Travis, mientras ella me empujaba hacia uno de los taburetes de la barra para que me sentara.
Aunque hubieran pasado varios días, las imágenes de Brooke apuñalando a aquel hombre con una navaja, seguían muy presentes en mi cerebro.
Mis neuronas aún no sabían de qué manera colocar esa desconocida versión suya.
Brooke había tenido una educación diferente fuera del aula unitaria de la señorita Figueroa, pero seguía sin entenderlo y su dualidad me atormentaba.
¿En qué andaba metida? Necesitaba saber, pero Brooke siempre era demasiado reservada.
—Toma.
Me sirvió un café doble con el que la boca se me hizo agua.
—Te diría que invita la casa —continuó—, pero, en realidad, ha pagado Walter. Tómalo mientras hago el resto.
—Gracias, nena.
Saboreé la bebida, ignorando que Travis me observaba con escepticismo. Había empezado a trabajar hacía poco como camarero extra para Brooke. El primer día lo pillé escrutándome desde el otro lado de la barra. Yo no le caía bien, y a mí, él tampoco.
—Debe ser estupendo venir a repartir y que te sirvan el desayuno por la cara —soltó Travis, cuando Brooke desapareció en la cocina.
Respondí desde la calma, sin maldad. Porque la vida me había enseñado qué era importante y qué no.
—No es por la cara. Ha pagado Walter.
Me limité a darle otro sorbo al café y dejé que el calor me bajara por la garganta.
El estómago se me encogió, recordándome que, por muy caliente que estuviera, un café tampoco me saciaba.
Durante los siguientes minutos, Travis se movió tras la barra sin quitarme el ojo de encima.
Pasé de él y conté las propinas que había reunido por la mañana para saber cuánto tenía y así poder comprar algo de comer a mis hermanos.
Brooke salió de la cocina con un plato rebosante para mí: tres huevos, media barra de pan y varias lonchas de beicon. Tragué saliva sin querer y mis tripas rugieron como si quisieran hablar por mí. Aparté tres cuartas partes del plato para mis hermanos.
—Gracias, nena. ¿Puedes ponerme esto en una caja?
Entró otra vez a la cocina, desde donde preguntó:
—¿Para llevar?
—Sí.
Brooke volvió a salir, esta vez con varias cajas de comida, apiladas en sus brazos. Las dejó delante de mí, sobre la barra, y comenzó a colocarlas en bolsas.
—Hey… No tienes que…
—Huevos con beicon y tres barras de pan para Noah, Jack, Madi y tus padres —explicó como si fuera lo más normal del mundo—. Y esto para Juliet y Claire. Como son más pequeñas, he machacado el huevo y cambiado el beicon por unas tiras de pollo.
Señaló la otra bolsa, donde las cajas eran diferentes para no confundir la comida.
—Mi padre me ha contado que se os estropeó el frigorífico y la lavadora.
Me llevé una tira de beicon a la boca, intentando disimular las ganas de llorar. El hambre era horrible, pero era muchísimo peor con niños pequeños en casa.
—Sí. Hemos comprado uno de segunda mano.
—¿Y la lavadora?
Brooke conocía mejor que nadie mi situación, así que fui sincero.
—Nena, este mes no podemos.
Travis me miró peor al oír el «nena». Me dio igual.
—Puedo dejarte el dinero.
Esta semana la estaba sacando adelante con las propinas y las horas extra.
—Por ahora vamos tirando.
—Nick. Eso, en tu idioma, significa que estáis jodidos.
Mojé el pan en la yema antes de metérmelo en la boca.
—Hablas demasiado bien mi idioma.
Brooke deslizó veinte dólares sobre la barra.
—No lo rechaces, es una propina por ser el repartidor más simpático de Ashmoor.
—Soy el único repartidor de Ashmoor. Gracias.
Guardé el billete en el bolsillo del uniforme. Brooke se apoyó sobre la barra.
—Mañana es sábado, recuerda que hemos quedado para hacer tortitas.
Mierda. En casa apenas quedaba leche, y ni siquiera tenía harina.
—Llevaré todo lo necesario —dijo, como si acabara de leerme la mente.
Asentí, engullendo toda la comida y lo que me quedaba del café con prisa; aún tenía que ir a la tienda de ultramarinos a usar unos cupones y recoger a mis hermanos de clase.
—Gracias —repetí, cogiendo las bolsas con la comida preparada—. Nos vemos.
Brooke salió de la barra para recoger las mesas. El pantalón ajustado de cuero marcó sus largas piernas y ese cuerpo fibroso. Tragué saliva y aparté la mirada al instante. Joder… ¿Desde cuándo la miraba así? Definitivamente, se me había ido la olla por un momento.
Se despidió sin darse la vuelta, llenando la bandeja.
—Hasta mañana, cabeza de chorlito.
Sujeté las bolsas, con cuidado de que la comida no se volcara.
—Hasta mañana, nena.
La niebla había bajado y el frío cortante estaba formando escarcha. Caminé despacio para evitar resbalar, coloqué las bolsas en el asiento y arranqué con la humedad adherida a los cristales. Apenas había llegado el otoño y ya hacía un frío espantoso.
Papá estaba en casa con mamá, Juliet y Claire. Aparqué la furgoneta y cogí el Nickmóvil. Llegué a tiempo de recoger a mis hermanos. Madi saltaba con su amiga Emma, con la mochila abierta y los zapatos llenos de barro. Y Jack y Noah estaban echando una pelea con palos.
—¡Vamos, al Nickmóvil! ¡Todos al coche!