Cicatrices 9. Nick
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9. Nick

Nick

Cogí el único móvil que podía permitirme: el del trabajo.

Bajé los pies al suelo y casi me arrepentí de haberlo hecho porque estaba helado.

Busqué a tientas las zapatillas de andar por casa, haciendo un cálculo rápido de todo lo que tenía que hacer antes de irme.

Lo primero era la cocina. La rampa, donde antes había solo escalones, se había convertido en una ligera pendiente hasta la planta baja que habíamos adaptado para mamá.

En la cocina, subí las persianas, aunque apenas se viera un halo amarillento entre la niebla.

Abrí la nevera sin muchas expectativas, y encontré un par de manzanas, el táper de arroz hervido que había guardado ayer, un paquete de salchichas abierto y medio litro de leche.

Busqué en los estantes los copos de avena y cocí los míos con agua, porque si no, mis hermanos no tendrían leche suficiente.

El resto de la avena la repartí entre mamá, Noah, Jack, Madi, Juliet y Claire.

Serví la avena en cuencos pequeños, corté una de las manzanas e hice lo mismo: repartir como si la distribución de las porciones fuera un ritual sagrado.

Al menos, esa semana en el colegio no había que llevar almuerzo, ya que la señorita Figueroa los llevó el lunes a la tienda de ultramarinos de Camila, como actividad escolar.

Y lo que compraron con el presupuesto del aula, era con lo que prepararían en clase los almuerzos durante esta semana.

Las salchichas las reservé para mezclarlas con el arroz.

Desayuné después de dejar los cuencos alineados en la mesa, formando una hilera perfecta sobre el mantel desgastado.

También dejé todo limpio: barrí el suelo, lo fregué y lavé a mano la ropa de mis hermanos con lo que quedaba de la pastilla de jabón.

El agua fría me estaba provocando grietas en los nudillos, pero era la única forma de salir adelante este mes.

Antes de irme, toqué la puerta del dormitorio de mi madre y la empujé para verla.

—Mamá. ¿Necesitas que te ayude antes de marcharme?

Abrió los ojos despacio, con la tristeza reflejada en ellos. La luz amarillenta iluminaba su rostro haciendo que cada línea de expresión pareciera más marcada.

—¿Mamá?

Entré. Puse una mano sobre la suya, intentando transmitirle algo de calma cuando comenzó a llorar.

—Mamá…

Lloraba cada mañana desde que estaba postrada en una silla de ruedas, porque sentía que era una carga para nosotros.

—Nickolas, sigue con tus cosas, no quiero molestarte.

—No me molestas, mamá.

Apoyó la mejilla contra el dorso de mi mano.

—Tienes demasiadas responsabilidades para tu edad. —Suspiró, ahogándose otra vez en su propio llanto—. Habría sido mejor para todos si hubiese muerto en el parto, como la madre de Jess.

Miré con rencor la silla de ruedas, luego dirigí la mirada hacia sus piernas. Sostuve sus manos entre las mías y las besé.

—Puedo con esto y con más, no digas eso.

Me observó por un momento.

—Nickolas, ¿has descansado? —preguntó preocupada.

—A ratos, mamá.

La imagen de Brooke apuñalando a aquel tío en la cafetería no me permitía conciliar el sueño desde aquella noche.

—Mamá, voy a ayudarte con el aseo mientras papá se encarga de los pequeños.

Asintió con una profunda tristeza. Coloqué el arnés de la grúa con movimientos que ya me salían mecánicos, enganché los mosquetones y la elevé con cuidado para sentarla.

—Voy a llevarte al spa antes de que desayunes.

Conduje la silla hasta el baño adaptado que no tenía nada de spa.

Pero sí barras en las paredes, un asiento especial en la ducha y un espejo adaptado desde media altura.

Todo aséptico y funcional. Me hice cargo de su aseo y de cambiar el pijama por ropa limpia.

Mamá se disculpó varias veces por darme tanto trabajo y yo le respondí en todas ellas que lo hacía encantado.

Que la quería. Y que no era una carga para nadie. Porque esa era la verdad.

Cuando terminamos, papá ya bajaba con las mellizas en brazos. Madi le seguía los pasos, agarrándose el pantalón del pijama que había heredado de Jack. Le quedaba bastante grande, pero era mejor que nada. Este mes no podíamos permitirnos más gastos. Empujé la silla de mamá hasta la mesa.

Jack y Noah entraron los primeros en la cocina.

—¿Has desayunado? —quiso saber papá.

—Claro —mentí.

—Quince minutos para desayunar —avisó a los demás.

Papá hacía jornada reducida para poder encargarse, con mi ayuda, de las tareas de la casa.

El sueldo apenas alcanzaba para cubrir los préstamos, las medicinas ni los tratamientos, mucho menos para la manutención de una familia numerosa de ocho personas.

Lo bueno era que podíamos ahorrarnos su desayuno; el banco ofrecía bufet por las mañanas, un lujo corporativo que a nosotros nos suponía una boca menos que alimentar al empezar el día.

Besó la mejilla de mamá mientras Madi trepaba por la silla para acomodarse sobre su regazo.

—¡Abrazo, mami!

Pero mamá apenas abrazó a Madi.

Papá preparó su maletín.

—Los llevo yo al cole —dijo.

—Bien.

La mesa se llenó con Noah y Jack, que a sus ocho y seis años devoraron el desayuno.

Madi, que ya iba camino de cuatro, se lanzó a por su cuenco desde el regazo de mamá.

Mamá me observó un momento desde su silla, mientras papá acomodaba a las mellizas: Juliet y Claire, en las tronas con sus respectivos baberos.

Apenas tenían dos años. Los ojos de mi madre permanecían perdidos.

Podía atisbar su tristeza en algo tan simple como un parpadeo más prolongado o una respiración profunda.

Madi se llevó una cucharada a la boca, llenándose de churretes, pero a mamá no le importó lo más mínimo.

Seguía ausente, perdida en sus pensamientos.

—Mamá —llamé, haciendo que, en parte, volviera—. ¿Puedes limpiar a Madi con la servilleta?

Lo hizo y luego acarició el cabello de Madi como si no hubiera sido consciente, hasta ahora, de que mi hermana estaba sobre su regazo.

Esperé a que terminaran de desayunar para ayudar en todo lo que pudiera antes de irme a trabajar.

Madi, Jack y Noah se iban a clase con la señorita Figueroa, y mamá se quedaba con Juliet y Claire, que por su edad requerían atención constante.

En casa, todo estaba preparado para que mamá pudiera atender a Juliet y Claire en nuestra ausencia: la poca leche en el estante inferior, a su alcance.

Al igual que las toallitas, el agua y los pañales.

Intentábamos también, en la medida de lo posible, que estuviera el menor tiempo posible sin apoyo.

La silla de ruedas no era el único factor limitante.

La depresión seguía ahí, invisible para muchos, pero demasiado presente para quienes la conocíamos bien.

Me preocupaba que el cansancio y la frustración pudieran superarla mientras estaba sin supervisión al cuidado de mis hermanas.

Había días en los que, al volver del trabajo, encontraba la mirada de mi madre perdida en algún punto del salón, perdida en su propio abismo.

Por eso me aseguraba, igual que mi padre, de que estuviera el menor tiempo posible sola, de que todo estuviera en orden y de que las tareas fueran las mínimas para ella.

Subí a mi habitación a ponerme el uniforme de la empresa de mensajería mientras mi padre se encargaba de que Noah, Jack y Madi se vistieran para ir al colegio. Antes de irnos, me aseguré de que mi madre estuviera cómoda y con todo lo necesario a su alcance.

Papá se despidió de Juliet y Claire antes de subir al Nickmóvil, con Madi, Jack y Noah.

El Nickmóvil, un Chevrolet Suburban de hasta ocho plazas, con maletero suficiente para meter la silla de mamá, tenía ese nombre porque mis hermanos Jack y Noah así lo habían decidido.

Era un modelo viejísimo, pero nos llevaba donde necesitábamos.

—Mamá, cualquier cosa me llamas al móvil del trabajo —pedí a mi madre, abrazándola antes de marcharme—. Vendré pronto.

Fui a ver a Juliet y Claire que estaban jugando en la alfombra de la sala de estar.

—Vosotras portaos bien y no os metáis cosas del suelo en la boca.

Las mellizas eran peor que un par de peces chupacristales: cualquier cosa que encontraran la chupaban o mordían.

—¡Mío, mío! —gritó Claire, aferrándose a un cubo de construcción azul.

—¡No tuyo!

Juliet le mordió la mano para que lo soltara. La aparté con suavidad.

—Juliet, no se muerde. Los bloques son de las dos.

Mamá estiró el brazo desde la silla, para coger otra pieza azul, ayudando a que las mellizas no se pelearan.

Las manos de mamá eran cuidadosas, y sus ojos brillaban de amor, pero sentirse continuamente una carga entristecía esa mirada.

Contábamos con cierta ayuda: por un lado, estaba inscrita en el programa del gobierno de asistencia personal, por lo que mi padre recibía también una compensación por cuidarla.

Por eso podía permitirse hacer media jornada en la sucursal.

Pero las horas que le pagaban eran pocas.

Por otro lado, también recibíamos los cupones de alimentos.

En Ashmoor, aunque la tienda de ultramarinos de Camila aceptaba estos cupones, la cantidad máxima para una familia tan grande no era suficiente.

Y menos, los meses que teníamos imprevistos.

La lavadora se había roto hacía un mes, a la vez que el frigorífico.

No me importaba lavar a mano hasta que comprásemos otra, pero sin frigorífico, no había manera de conservar con seguridad la comida.

Y eso, con niñas tan pequeñas en casa, era un riesgo que no pensábamos correr.

Así, parte del presupuesto de este mes, asignado a alimentación y gastos del hogar, fue destinado a nuestro frigorífico actual, uno de segunda mano, financiado a plazos para poder afrontar el gasto.

A veces me preguntaba cómo podía sostener tanto peso con veintiún años, pero solo tenía que mirar a mi familia para recordar que el amor seguía siendo nuestra mayor fortaleza.