8. Brooke #2
Pillé el ultimátum, pero no me dio la gana asumirlo. Me incliné sobre la barra, con la mirada fija en sus ojos. La tensión entre nosotros siempre era descaradamente tangible. Y el conflicto de jerarquía mezclado con atracción era una combinación explosiva.
—Ninguna. Ya he aceptado que estés aquí temporalmente. Con eso, puedes darte con un canto en los dientes. O en los cojones —vacilé—. ¿Dónde prefieres?
Arqueó una ceja, tan divertido como intimidante.
—Sabes que no puedo ignorar órdenes si vienen de cargos superiores.
Su posición ya era superior a la mía. Pero mis padres, como responsables de Operaciones Estratégicas y Análisis Inteligentes, estaban por encima de los dos.
—Venga ya, Travis. Tampoco podemos follar siendo compañeros y… anda, ¿con qué frecuencia lo hacemos? ¿Dos veces por semana? ¿Tres?
—Relájate. Ya te he dicho que no incluiré en ningún informe las veces que follamos.
Rodeé la barra hasta el extremo, cogí una bayeta y le di un latigazo en el culo con la punta. El chasquido resonó, obligándole a erguirse. Soltó una maldición mientras se rascaba esa zona del culo.
—Brooke —me regañó—, no vuelvas a hacer eso, que pica.
—Nada de evaluarme. Solo haz un informe a mis padres, indicando que todo está en orden para que dejen de joder.
Seguía tocándose el culo mientras acortaba el espacio que nos separaba.
—Para estar todo en orden, has entrado echando chispas, me has amenazado y ahora me azotas con una bayeta sucia. Si eso es orden, no quiero imaginarte si las cosas se tuercen.
—Mi tugurio, mis reglas. Soy un ser humano funcional, ¿qué más queréis de mí?
—Que duermas. Que comas. Y que no parezca que quieres arrancarle la cabeza a todo el mundo.
Bufé antes de dejar la bayeta en su sitio y me puse con él a trabajar.
—Conformaros con que sigo respirando y con que no os he mandado a la mierda todavía.
—Eso no quedaría bien en tu informe.
Aunque lo dijo de broma, no me hizo gracia.
—Invéntate el maldito informe, Travis Holmgren. No sería la primera vez que falsificas algo.
—No sé de qué hablas.
—A Phoebe la has cubierto más de una vez.
—¿Sí? No recuerdo —mintió con descaro.
—Ah, ¿no? Tranquilo, te refresco la memoria.
Un sospechoso abatido cuando ya no representaba amenaza para nadie —le recordé.
El suceso había ocurrido hacía dos meses, en un banco, tras el rescate de unos rehenes—.
Y secuencias temporales para que todo encaje.
Violencias innecesarias en interrogatorios en los que, ups, las cámaras casualmente están apagadas…
Travis me chasqueó la lengua en la oreja.
—No seas envidiosa. Ese tipo del banco también era un asqueroso pederasta. Se merecía lo que Phoebe le hizo. Y los del interrogatorio, secuestraban niños para tráfico de órganos. Además, tú sueles estar de acuerdo con este tipo casos.
Walter, el abuelo de Jess, entró en ese momento en el bar. Se quitó la cazadora con movimientos lentos y fue hacia a la barra. Saludó con amabilidad a Travis. A mí me dedicó una sonrisa afable.
—Muchacha, un café de los tuyos.
Volví a mi rol de camarera con un lenguaje, postura y tono neutro.
—Marchando ese café, Walter.
Me moví detrás de la barra, dejando a Travis con la palabra en la boca. Hice el café como le gustaba al abuelo de Jess; en taza grande y bien cargado.
Dejé la taza delante de él.
—Gracias, muchacha. Este pueblucho sin tu cafetería no sería lo mismo.
Sacó la cartera para pagar.
—Cóbrame también uno para Nickolas —continuó—, ayer me trajo un paquete a casa y le dije que lo invitaba a tomar algo por las molestias. Qué pena lo que está viviendo.
Algo me hizo estremecer al oír su nombre. Desde el incidente, no me había quitado a Nick de la cabeza, y eso era algo que empezaba a ponerme nerviosa.
—Le pondré uno doble, y la casa invita a huevos con beicon. Por si no ha desayunado.
—Que Dios te lo pague, muchacha.
Walter guardó el cambio y sujetó la taza con ambas manos, llevándose el café a una de las mesas.
—¿Huevos con beicon? —inquirió Travis—. ¿En qué se gasta el dinero tu amigo que no tiene ni para comer?
Me entraron ganas de darle un puñetazo, pero reprimí el impulso. No me convenía que pusiera eso en el informe.
—Olvídate de Nick, no es tu problema.
Se inclinó hacia mí.
—¿Y el tuyo?
—Para mí nunca ha sido un problema. Es mi amigo.
—Ya. Qué conveniente.
Me giré hacia él. ¿Qué había sido eso? ¿Celos mal gestionados?
—Suelta lo que tengas dentro.
Limpió la barra pasando la bayeta con demasiada fuerza, para liberar tensión.
—Solo me pregunto por qué, en el tiempo que llevo de camarero, todo el mundo paga sus consumiciones menos él. Tú la primera.
Conté uno… dos… tres…
—Nick se parte la espalda para que su familia llegue a fin de mes. Pero no lo entenderías porque estás en una situación cómoda y privilegiada, igual que yo.
—Pago otras cosas, Brooke.
—La situación de Nick es la que es. ¿Qué te pasa?
No es que Travis conociera mi vida entera. Pero sí mi expediente, mi entorno y mis evaluaciones. Y no se molestaba en disimular que Nick no era santo de su devoción.
—No me pasa nada. —Aclaró la bayeta—. Solo me cuesta comprender por qué le prestas tanta ayuda.
Aproveché para cambiar el barril de cerveza.
—Y se la seguiré prestando mientras la necesite.
Travis se detuvo detrás de mí, acercándome sus labios a la oreja.
—¿Y qué pasa si su situación no cambia?
No tuve ni que pensar la respuesta.
—Que seguiré a su lado.
Si alguien que no fuera de Ashmoor conociera a Nick, pensaría que era un chico corriente de veintiún años.
Pero la realidad era bien distinta: Nick soportaba una carga demasiado pesada para su edad.
Las circunstancias no eran fáciles de sobrellevar ni para Nick ni para su padre, que intentaban arreglárselas sin pedir nada a nadie la mayor parte del tiempo.
Trabajaban sin descanso para poder hacer frente a la deuda tras adaptar su casa de dos plantas a la movilidad de Donna: cama especial, rampa, silla de ruedas…
Nick y su familia no vivían, sobrevivían.
Los seguros privados solo cubrían una parte de los gastos.
Por eso, cuando Nick entraba aquí, comida y bebida era lo mínimo que debía recibir.
—¿Te molesta? —pregunté sin importarme que continuara a mi espalda.
—Si así fuera, ¿cambiarías tu actitud?
Lo miré de reojo.
—No.
La puerta se abrió. Agradecí que Vicky, la chica que se había mudado hacía poco a Ashmoor, entrara en ese momento en el bar.
Ocupó el lugar en el que antes había estado Walter, con los hombros encogidos y la gorra puesta.
Miró hacia la salida, como si necesitara comprobar que nadie la había seguido hasta allí.
—Brooke —saludó amable.
Dejé de notar a Travis tras la espalda; ya no estaba detrás de mí.
—¿Café con canela, cielo?
Vicky asintió con cierta timidez.
Lo preparé como le gustaba y añadí en el platillo una galleta de jengibre mientras me observaba como si aquel detalle fuera un mundo para ella, lo que me hizo preguntarme qué motivo podría haberla llevado a mudarse a Ashmoor.
—No hacía falta, Brooke. Eres muy amable.
Dio un mordisco a la galleta antes de pagar, y como había hecho las últimas veces, se quedó hablando conmigo al otro lado de la barra en vez de buscar una mesa libre.
Lo cierto era que Vicky y yo habíamos conectado desde el primer día que puso un pie en mi bar.
Aún no conocía nada de su pasado, pero tampoco necesitaba demasiado para comprender que no había llegado al pueblo por casualidad.
Al fin y al cabo, casi todos en Ashmoor ocultábamos algo.