8. Brooke
Brooke
La alarma sonó a las seis, aunque llevaba despierta desde mucho antes.
Me quedé unos segundos boca arriba, mirando el techo.
Los analgésicos ya no hacían efecto. Eso, o el sistema nervioso se había acostumbrado a funcionar por encima de ellos.
Además, llevaba toda la semana sin poder pegar ojo, porque la cara de Varok me torturaba en sueños.
Reexperimentación intrusiva, diría Travis, como jefe de equipo en un informe psicológico.
Fui hasta el baño arrastrando los pies, notando el ardor todavía entre las vértebras.
Me froté los ojos con los nudillos, antes de asustarme de mí misma al ver mi tono apagado y la melena enredada de dar tantas vueltas en la cama.
Me levanté el pijama y descubrí hematomas profundos de color amarillo, alguno verdoso y otros negruzcos.
Un mapa perfectamente detallado de las hostias que me había llevado en la cafetería gracias a ese maldito perro.
—Precioso —murmuré sin humor.
Abrí el grifo de la ducha y me quité la ropa mientras el agua se templaba.
Cuando el primer chorro caliente me golpeó la espalda, solté un gemido que no tenía nada de erótico, más bien de puerta con bisagras oxidadas pidiendo aceite.
El estímulo bastó para que el cerebro me repitiera las mismas escenas otra vez.
Las imágenes de Nick corriendo con ese criminal detrás eran mi mayor tortura.
Me sequé con cuidado, porque cada centímetro de la piel gritaba: «zona dolorida, no tocar fuerte», y me vestí con lo de siempre: pantalones de cuero que se ajustaban como una segunda piel, un jersey y las botas militares de las cuales tenía varios pares iguales.
Aunque estuvieran más gastadas en la punta, eran perfectas para patear el culo a alguien si la situación lo requería.
Tras secarme el pelo, salí al pasillo.
—¿Papá? ¿Mamá?
Comprobé que no estaban en la planta de arriba, así que bajé las escaleras.
Percibí el olor a café recién hecho que provenía de la cocina.
Papá estaba con el periódico abierto y las gafas de lectura sobre la punta de la nariz.
Mamá frente a la encimera, haciendo huevos revueltos mientras metía en la tostadora nuevas rebanadas de pan.
Los dos hacían un buen equipo, no solo en el trabajo, también en casa.
Papá limpiaba. Mamá cocinaba. Y ambos trabajaban como agentes del estado del SEDS.
—Buenos días —saludé.
Tomé asiento al lado de papá, que se fijó en mí sin dejar el periódico.
Sus ojos hicieron un barrido rápido: cara, cuello, postura.
Evaluación visual primaria. Signos de fatiga, microexpresiones, análisis del lenguaje corporal.
Tras años en unidades de intervención era un procedimiento automatizado.
—¿Cómo tienes la espalda? —Quiso saber.
Mi intención era ahorrarles lo de Varok y su muerte en el bar, pero intentar ocultar información relevante a dos agentes del gobierno, con más años de experiencia que yo, fue misión imposible.
Travis tampoco había sido discreto. Los últimos días se había acercado a casa de mis padres en dos ocasiones para revisar los hematomas y el estado de mi columna.
Y ya de paso, para ponerles al día sobre su nueva faceta de camarero.
Mamá me sirvió un café solo, el batido de proteínas y los huevos revueltos con dos lonchas de beicon y pan.
—Mi espalda está pidiendo vacaciones o directamente el despido.
Me llevé comida a la boca solo para complacerlos.
—Travis llamó anoche —soltó papá—. El informe ya está clasificado y su expediente archivado.
Dobló el periódico por la mitad antes de dejarlo en la mesa.
—¿Pero?
Sabía que por muy bonito que sonaran los términos, había un «pero». Y debía ser uno muy gordo, porque papá soltó una exhalación lenta, y eso era algo que hacía cuando elegía muy bien las palabras que iba a utilizar.
—Hija, nos sigue preocupando tu estado.
—¿Por? Me duele el cuerpo, pero el resto de mi anatomía sigue operativa.
—Entendemos de anatomía, Brooke —recordó mamá—. Nos preocupa tu cabeza.
—Genial. Nuevo parte médico: columna jodida, vendaje en la mano y tocada del ala. Me va a quedar un historial precioso.
Mamá me acarició el hombro.
—Brooke, este trabajo requiere mente fría.
—Mamá, puede que después de matar no sea un témpano de hielo, pero siempre actúo de una forma bastante resolutiva.
—No hablamos de eso —intervino papá—. Actuaste bien. Profesionalmente impecable.
Lo dijo como si estuviera dictando un informe. Bebí el café de un sorbo, no porque me apeteciera, sino porque tenía que meter algo en mi estómago o les estaría dando, en parte, la razón.
—Entonces ¿cuál es el problema?
—El problema —aclaró mamá— es que no consigues dormir cuando matas a alguien. Los primeros días apenas comes. Y eso, en tu unidad, se evalúa tanto como tu puntería.
Bajé la vista al plato. Es verdad que me costaba comer y dormir. La comida parecía hundirse en un vacío que mi propia mente proyectaba. Y las noches eran horrorosas.
—Nadie duerme bien después de eso, mamá. Si lo hiciese, sería una psicópata.
Papá entrelazó las manos.
—La empatía controlada es necesaria. No obstante, tú te quedas ligeramente atrapada en cada muerte.
—Estoy gestionándolo, ¿vale?
—No vale —zanjó vehemente—. Eres una de las agentes mejor entrenadas de tu promoción, pero si cada vez que eliminas a alguien te afecta así —señaló mis ojeras—, llegará un día en el que no podrás rendir bien. Y no rendir bien es la diferencia entre que mates o te maten.
Papá apartó mi plato. Sabía que ya no comería más.
—Queremos que Travis te evalúe —continuó.
—¿Evaluar… cómo?
Volvió a coger el periódico, no para leerlo, sino porque tener algo en las manos le daba seguridad.
—No va a ser un informe oficial, hija.
—¿Entonces?
—Le hemos pedido que evalúe cómo estás gestionando todo. Respuestas en misión, resiliencia, reacciones en situaciones límite, disociación funcional y tu capacidad para separar lo que haces de lo que eres.
—¿Y si no os gusta cómo evoluciono?
—Solicitaremos que te aparten un tiempo. Tu madre y yo preferimos verte viva y enfadada que en una urna con cenizas.
Resoplé y me callé porque no serviría de nada llevarles la contraria. Eso era lo jodido de tener padres que, además de trabajar en el SEDS, ahora eran mis superiores.
Mamá volvió a acariciar mi hombro.
—Estamos orgullosos de ti, Brooke. Te entrenamos para que llegaras hasta aquí, y quiero que sepas que no vamos a cambiar nuestra opinión sobre ti si alguna vez esto te supera y dices basta.
Parpadeé, algo descolocada.
—Define «basta», por favor, que soy muy de términos concretos y más ahora que Travis va a estudiar y analizar cada uno de mis movimientos.
Papá se inclinó hacia delante.
—Si llega el día en el que no puedes seguir apretando el gatillo, clavando una navaja o matando a esos hijos de puta, te apoyaremos. No serás menos para nosotros ni como hija ni como agente por eso.
Los miré como si estuvieran locos, y de verdad que esa mañana me parecía que lo estaban.
—Amo mi trabajo —me defendí—. Y no soy buena, soy de las mejores. Así que dejad de hablar como si fuera a rendirme porque estoy donde quiero estar.
Abandoné con brusquedad la mesa. Cogí las llaves y el casco, me puse la chaqueta de cuero y me marché.
El aire en Ashmoor era insufrible, pero al menos no me prejuzgaba como mis padres ni me hablaba de informes o urnas por la mañana. De hecho, a veces hasta me gustaba. Joderme de frío era un claro indicativo de que seguía viva.
Arranqué la moto, una Indian Challenger negra mate, con baúl trasero para los cascos y otras cosas que nadie más del pueblo tenía que saber.
El motor vibró al ponerse en marcha y en el casco se encendió el UHD; Head-Up Display , una pantalla integrada en el interior que mostraba, no solo los mapas e indicaciones de ruta, sino también las alertas desde el centro de control, gracias a su acceso a cámaras de tráfico, lectores de matrículas y datos de geolocalización.
Metí primera y dejé que la Indian avanzara por los caminos.
En Ashmoor, casi todo era vegetación, barro y raíces expuestas ante las sombras de los árboles.
Apenas había calles asfaltadas, ya que eso implica planificación urbana, farolas y presupuestos municipales.
Y eso solo se concentraba en la plaza. Lo demás eran senderos de grava y tierra mojada.
Cuando llegué al límite de la plaza, reduje la velocidad.
El suelo en esa zona sí era asfalto. Ashmoor tenía poquísimos habitantes.
Había casas con tejados a dos aguas, el ayuntamiento y el bar, poco más.
También había una tienda de ultramarinos, la de Camila; «Cami» para los amigos.
Su tienda estaba algo más apartada. Aunque no tanto como el taller, que se ubicaba ya en las afueras.
La humedad me invadió la cara al quitarme el casco, cuando apagué el motor, antes de entrar en la cafetería. Solo había un par de mesas ocupadas. ¿Era un tugurio como decía Travis? Sí. Pero era mi tugurio, mi tapadera y aquí dentro nadie me juzgaba.
Hasta ahora.
Fui directamente a la barra, donde Travis secaba los vasos con el paño. Y no me importó en ese momento que él fuera el jefe de grupo.
—No quiero que me evalúes. Tampoco que hagas ningún puto informe de mi evolución.
—No te preocupes, Crowley —susurró—. Ni Larry ni Thelma sabrán que rompemos el protocolo laboral follando. Tampoco que el jefe de tu grupo incumpla de forma deliberada la cadena formal de evaluación.
Apoyé las manos sobre la barra. El calor de la madera contrastó con mi temperatura corporal, debido al frío que traía de fuera.
—No me vaciles —gruñí—. Y no me hagas ningún informe. Estoy bien, ¿no me ves?
Travis dejó el paño y el vaso a un lado, mirándome con esa sonrisa torcida que… Ufff… Sería engreído.
—Claro que te veo, pero es eso o un informe oficial. ¿Qué opción de las dos prefieres?