7. Nick
Nick
Llevaba horas dando vueltas en la cama, estirando los brazos de vez en cuando hacia los extremos para inspirar en profundidad.
Las ramas, que golpeaban las ventanas por el viento, no ayudaban.
Tampoco el frío. El radiador estaba apagado, teníamos que pagar facturas atrasadas así que no me quedó más remedio que envolverme en la ropa de cama.
Tiré hasta taparme la cabeza, aunque sabía que no serviría de mucho.
De todas formas, no era solo eso lo que no me dejaba dormir.
Eran Brooke y mi cabeza, rememorando lo de la cafetería.
Me pasé una mano por la cara y gruñí, incapaz de conciliar el sueño.
No conocía esa parte de ella, y eso era lo que me estaba destrozando.
¿Habría más partes de Brooke que no conocía?
Me levanté envuelto en la manta, la ajusté sobre mis hombros y recorrí el pasillo sin hacer ruido. Salí de casa tal y como estaba y caminé bajo una oscuridad casi absoluta hasta su casa. Lo bueno de ser vecinos es que estábamos a pocos metros el uno del otro.
No había cogido móvil, así que miré hacia su ventana, recogí unos cantos pequeños del suelo y los lancé contra el cristal hasta entrever su silueta.
Brooke abrió, confusa. Tenía el pelo recogido de cualquier manera, con una goma que dejaba mechones sueltos sobre su rostro.
Y una camiseta, de tirantes, demasiado fina como para pasar por alto las curvas de su cuerpo.
Aparté la vista por respeto, devolviéndola a sus ojos que, por cierto, reflejaban un cansancio extremo.
—¿Nick? —murmuró somnolienta—. ¿Qué haces aquí? Son las dos de la madrugada.
Me abrigué todo lo que pude con la manta.
—No puedo dormir.
Brooke procesó mis palabras antes de volver a hablar.
—¿Y eso qué tiene que ver con que tires piedras a mi ventana?
—Olvidé coger el móvil.
No pareció sorprendida.
—¿Qué te pasa, Nick?
Tardé en responder.
—¿Puedo subir?
Brooke desapareció de la ventana. Cuando volvió a asomarse, estiró el brazo para dejar caer sus llaves.
—Ni se te ocurra hacer ruido. Mis padres están durmiendo.
Desapareció antes de cerrar.
Acostumbrado a no hacer ruido cuando mis hermanos dormían, metí la llave en la cerradura y empujé la puerta con suavidad antes de subir al cuarto de Brooke.
Dejé el calzado en el recibidor, subí las escaleras y avancé hasta el último escalón sin hacer ruido.
Tras recorrer el pasillo sumido en la penumbra, agarré el pomo de la puerta del dormitorio, girándolo mientras aguantaba la respiración.
Cuando abrí, Brooke había encendido la luz de la mesilla.
Estaba sentada en la cama, con las piernas desnudas, medio tapadas por las sábanas.
Me senté en el extremo, apartando la vista de su cuerpo.
—¿Cómo se supone que quieres que actúe? —pregunté sin pensarlo demasiado—. Has matado a una persona.
Brooke se inclinó hacia delante.
—No quiero que actúes de forma diferente. Tampoco tienes que entenderlo todo.
—Hay algo en ti que no reconozco, a pesar de haber crecido contigo. Eso me está volviendo loco.
—Soy la misma persona.
—Eso no significa que te conozca.
Me arrepentí al momento de haber dicho eso.
—Matar a alguien en defensa propia no cambia quién soy, Nick.
—¿Volverías a hacerlo?
Asintió sin apartar los ojos. Brooke siempre mantenía la mirada.
—Fue a por ti, Nick, claro que volvería a hacerlo. No iba a permitir que te tocara.
Me quedé mirándola, mientras varias preguntas asaltaban mi cabeza. Necesitaba saber quién era ese hombre, qué había ocurrido entre ellos o si había matado en más ocasiones. Pero Brooke no me daría las respuestas, así que pregunté otra cosa que también me estaba robando la calma.
—¿Disfrutaste haciéndolo?
—No.
Asentí despacio. Sus ojeras confirmaban que ella también estaba teniendo problemas para dormir.
—Lo siento, nena. No quería… —callé, buscando las palabras adecuadas— hacerte sentir mal.
Su expresión se relajó un poco.
—No te disculpes.
Brooke jugó con la esquina de la sábana, arrugándola con los dedos.
La observé en silencio, y me pareció que estaba demasiado cansada.
Entonces caí en la cuenta de algo: yo también guardaba cosas que no le decía.
Por ejemplo, mi situación. La gente del pueblo pensaba que conocía el nivel de decadencia al que me enfrentaba cada día, pero no era así.
Aquello tan solo era la punta del iceberg.
Casi a la vez, comprendí mi hipocresía: esperaba de ella una claridad que ni yo mismo era capaz de ofrecer.
—Sigo siendo yo, Nick.
Lo dijo sin defensa alguna. Y fue extraño, porque Brooke siempre mostraba una entereza envidiable en el tono, aunque esta vez no fuera así.
—Lo sé, nena.
Me eché sobre ella, y la rodeé en un abrazo cálido. Brooke no solo no se apartó, sino que además encajó en mi cuerpo con gran facilidad. No dije nada, ella tampoco. Ya habría tiempo de hacer preguntas. Quisiera o no, sabía que no podría alejarme de ninguna versión de ella.
—Debería irme, nena.
Brooke inspiró hondo antes de soltarme. Yo no fui capaz de alejarme todavía.
—Sí. Deberías.
Besé su hombro desnudo antes de obligarme a apartarme, dejé sus llaves en la mesilla y volví a casa. Al llegar, intenté conciliar el sueño; no lo conseguí.