Cicatrices 4. Brooke
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4. Brooke

Nick

Pasado

Fue extraño, pero el olor a bebé lo inundaba todo. Era un aroma tibio, tierno incluso. Llevaba meses esperando este momento, pero al verlo por primera vez ahí, tan pequeño, me sentí distinto. Como si, de repente, el mundo hubiera girado demasiado deprisa, dejándome en otro lugar.

Mamá me llamó con voz suave.

—Nickolas, ven.

Sus ojos marrones, casi idénticos a los míos, me observaron con calidez. Su cabello, también marrón, estaba pegado a las sienes, por el sudor. Vi las ojeras marcadas, y pensé que, aún agotada como estaba, seguía siendo la más hermosa.

Me acerqué más. Papá se inclinó para apartar la manta, mostrándome el rostro de mi hermano. Me sorprendió que su cara estuviera tan arrugada, con los párpados medio pegados y el cabello formándole un marcado remolino en la frente.

—Parece un viejo.

Mamá y papá soltaron una risa cansada. El bebé movió la cabeza, como si mi voz le resultara agradable. Abrió los ojos un poco. No estoy seguro de si me vio de verdad o no, pero supo que yo era su hermano. Eso resultó extraño. No el bebé; el momento.

Papá tocó mi hombro.

—¿Has visto? Reconoce tu voz.

—¿La reconoce?

—Claro. Le has hablado a diario a través de la tripa de mamá.

Me sentí un buen hermano mayor.

A veces, cuando mamá se quedaba dormida, apoyaba la cabeza en su tripa y le susurraba cosas al bebé que nadie más sabía: lo que había almorzado en la escuela, los castigos de la señorita Figueroa o lo mucho que quería que naciera para enseñarle mis juegos favoritos.

—Ven —dijo papá—. Siéntate aquí.

Antes de hacerlo, corrí al baño a lavarme las manos.

Brooke, que estudiaba cosas que a mí no me parecían para nada de nuestra edad, había dicho que los recién nacidos eran más delicados que una pompa de jabón, porque su sistema inmunitario es inmaduro, y eso los hace más vulnerables frente a bacterias o virus.

Y no solo eso, sino que su piel, ojos, nariz y boca son más permeables y por eso pueden coger cualquier cosa.

Volví con las manos en alto para no tocar nada.

—Bien hecho, hijo. —Me gustó la felicitación de papá.

Mamá sostenía al bebé contra su pecho, envuelto en la manta. Solo se le veía la cara arrugada y los dedos de una de las manos. Eran tan finos que me recordaron a las patas delanteras de las ranas.

—Nickolas, parece que tu hermano quiere saludarte.

El bebé extendió los dedos hacia mí, mientras mamá me acariciaba el cabello con la otra mano. Me acomodé a su lado.

—¿Puedo cogerlo, mamá?

Acaricié sus dedos con la misma cautela que si lo que fuera a tocar fuese un botón nuclear para acabar con el planeta entero, y no sus dedos.

Pero entonces, ocurrió algo: el bebé me agarró el pulgar con su minúscula mano.

Su piel tibia rodeó mi dedo y algo se me encogió en el pecho.

Al principio no entendí lo que estaba pasando, solo que me sentía sobrecogido y emocionado.

Sin poder evitarlo, acabé llorando como pocas veces recordaba haberlo hecho a mis trece años.

Papá se sentó conmigo, dándome unas palmadas en el hombro.

Y mamá me estrechó con cuidado de no incomodar al bebé.

Mis padres me habían explicado en qué consistía el parto, pero nada te prepara para vivir este momento.

Verlo de cerca, sentir la fragilidad mezclada con la felicidad más absoluta y la fuerza de mamá, fue algo que no podía haber imaginado.

—Nickolas. —Mamá besó mi mejilla—. ¿Quieres saber el nombre?

—Claro.

—Noah.

Limpié mis ojos con las mangas, inclinándome hacia el bebé.

—¿Noah? Me gusta. —Noah cogió otro de mis dedos—. Hola, Noah… Soy Nick, tu hermano mayor. Y cuando crezcas te voy a hacer tortitas con mantequilla derretida porque son las favoritas de mamá. También las mías.

Mi hermano agitó la otra mano emitiendo unos ruiditos. Le hablé hasta que nos quedamos dormidos. La primera vez que nos despertó esa noche, fue con un sonido traicioneramente húmedo que se escapó de su culo. El olor fue insoportable, mucho peor que el pedo que me había tirado delante de Brooke.

Bajé de la cama llevándome las manos a la nariz.

—¡Qué asco! ¡Huele a huevo podrido!

Papá me observó mientras llevaba a Noah al cambiador.

—Bienvenido al mundo real, hijo. Esto forma parte de los cuidados de un recién nacido.

Retiró la manta para tumbarlo. Yo permanecí a un lado, intentando no respirar muy profundo. Lo que vi en el pañal cuando papá lo abrió no podía ser normal.

—¡¿Pero eso qué es?!

— Es normal en sus primeras deposiciones.

¿Normal? Ni siquiera parecía algo que pudiera salir de un ser humano, mucho menos de uno tan pequeño. Señalé horrorizado.

—¿Y eso ha estado dentro de él todo este tiempo?

—Nickolas —respondió mamá, sin disimular la risa—, los bebés no hacen caca dentro del útero.

Papá sujetó las piernecitas de Noah, las limpió con toallitas húmedas levantándolo apenas unos centímetros. Lo necesario para sacar el pañal usado y poner otro debajo.

—¿Cómo haces eso sin que se caiga el bebé?

Seguí sin atreverme a acercarme demasiado. Papá pegó las tiras en el centro de la parte delantera, uniendo los extremos antes de abrochar el body y arroparlo con la manta.

—Práctica y paciencia. Mira, así se le sostiene. Nunca hay que soltar la cabeza.

El bebé bostezó satisfecho, como si aquella plasta no hubiera sido más que un mero trámite.

Lo miré, todavía alucinado. Papá lo sostuvo en brazos.

Noah comenzó a emitir gruñidos suaves, agitó las piernas y se inquietó.

Papá esperó a que mamá se acomodara en la cama y sacara el pecho antes de colocar a Noah sobre ella.

Mi hermano buscó instintivamente con la boca y las manos, como si supiera exactamente dónde estaba lo que necesitaba.

Papá se sentó en el asiento reclinable, haciéndome un sitio a su lado mientras Noah se alimentaba.

Me quedé mirando, en silencio.

—¿Sabes, Nick? —susurró papá—. Eres un buen hijo, y sé que también serás un buen hermano. En el futuro, si así lo deseas, también serás un buen padre.

No supe qué responder. Solo podía observar a Noah.

Mamá levantó la mirada hacia nosotros.

—Mis tres chicos.

Noah seguía succionando, y la habitación ya no olía tanto a caca.