Cicatrices 3. Brooke
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3. Brooke

Brooke

Pasado

Aunque me dolía el cuerpo entero debido al entrenamiento, estaba orgullosa de mis propios avances.

Me había acostumbrado a la rigidez de los músculos, a la sensibilidad al tacto, incluso a las molestias persistentes al moverme.

Dolores funcionales, decía mi padre. Señales de adaptación, no de lesión.

El kickboxing , lejos de lo que la mayoría pudiera pensar, no era solo patadas.

Suponía mucho esfuerzo cardiovascular y técnica a la hora de dar los golpes.

También practicaba judo y boxeo. Hacía trabajo de resistencia anaeróbica para aprender a sostener esfuerzos de mucha intensidad, para mejorar la fatiga, fortalecer los músculos, los huesos y aumentar el umbral del dolor.

—Brooke.

Mi padre entró en la habitación poco después de que yo llegara. Agotada, dejé la mochila sobre la cama y me senté para quitarme las deportivas. Por su expresión, intuí que mi entrenador le había puesto al día.

—Olvidé el protector de tórax —mentí.

Tenía trece años y ya había adquirido la habilidad de improvisar de manera natural.

—¿Otra vez?

Puso cara de «a mí no me engañas».

—Sí.

—Deberías usarlo hasta que aprendas a encajar los golpes o echarás el hígado por la boca. Déjame ver.

Me levanté para que pudiera ayudarme a quitarme la sudadera.

Aún me ardía el estómago y por mucho que intentase disimular el malestar, todavía notaba ese dolor punzante que me había hecho caer al suelo y retorcerme.

El color de la piel de esa zona ya había cambiado, se veía que el moratón comenzaba a formarse.

Papá se frotó la barba de varios días.

—En la próxima clase te lo pondrás. Si ignoras las medidas de seguridad, terminarás lesionándote. Y las lesiones son algo que no nos podemos permitir en esta familia.

En ese momento, sonó el timbre de casa; era Nick.

Aproveché para escabullirme con una mano sobre el abdomen, intentando no hacer muecas cada vez que el dolor se reavivaba. Al abrir, mi mejor amigo estaba allí, con esa sonrisa traviesa de «No he roto un plato en mi vida, pero probablemente sí algo peor».

—¡Hey!

Nick saludó con la energía de siempre.

—Tienes pinta de que te haya pasado un camión por encima —observó.

Me eché a un lado para que pasara.

—Ya ves. Y he sobrevivido.

Reparó en el borde inferior de mi sudadera, donde la piel ya había cambiado de color.

—Otra vez sin protector.

No le hice caso. Cerré la puerta y subimos las escaleras, aunque no llegamos muy lejos. Mi padre estaba en el pasillo.

—Chico, ¿qué tal tu madre?

—No se ve los pies desde hace semanas. —Nick se frotó la nuca—. Y la nevera se ha convertido en su mejor amiga a pesar de sus malas digestiones.

Mi padre soltó una carcajada.

—Está en la recta final del embarazo. Dile que si necesita algo nos avise a mi mujer o a mí.

—Se lo diré, señor.

—No me llames señor, que me haces sentir como un abuelo —ordenó mi padre, tirándole de la oreja con suavidad—. Llámame Larry, chico. O al menos, intenta sonar menos formal.

Nick se rascó la oreja enrojecida.

—Larry.

—Así me gusta. No os distraigáis demasiado. —Besó mi cabeza—. Brooke tiene que repasar para el examen de mañana.

—Vale, señor. Digo… Larry.

—¿Cenamos con mamá en el bar? —pregunté.

—Mañana. Hoy tienes que estudiar.

Papá siguió con sus cosas. Y Nick subió hasta mi habitación como si fuera la suya. Se quitó las deportivas y cogió los apuntes de mi escritorio antes de saltar sobre la cama.

—Brazos, hombros y trapecio —leyó—, glúteos, cuádriceps, isquiotibiales…

—Eso no es lo que tengo que estudiar.

Le quité esa carpeta para acercarle la de criptografía. Nick agitó los nuevos apuntes sin entender nada.

—Tu instituto es rarísimo. Nadie con una educación normal entrena tantas veces por semana. Tampoco estudia cosas de estas.

—Me gusta la criptografía.

—Pero, Brooke. ¿Criptografía para quééé?

Me tumbé con él, dándole un cabezazo adrede en el pecho.

—Sirve para muchas cosas.

Me aplastó la cabeza con la almohada.

—¿Como por ejemplo? Tienes que decirme para qué, no dejarlo en el aire.

Le pegué con la misma almohada y soplé hacia arriba para apartarme el pelo de la frente. Nick, después de reírse, me colocó el resto de mechones tras la oreja.

El gesto me pilló tan desprevenida que me quedé mirándolo más tiempo de lo que acostumbraba. Últimamente Nick me hacía rabiar todo el rato: empujoncitos, cosquillas… Y lejos de desagradarme, me gustaba, y mucho.

—Para proteger información, descifrar códigos… Cosas así. También nos enseñan a detectar patrones. ¡Es muy guay!

Nick seguía mirándome con esa sonrisilla tonta, la misma que ponía yo, lo que me provocó un cosquilleo en el estómago.

—Estamos en secundaria. Lo máximo que hago yo es diseccionar ranas o mirar células de cebolla en el microscopio.

—Mira, haremos nuestro propio código criptográfico para que veas lo chulo que es.

Busqué papel y boli e imaginé un abecedario con lo que se supone que sería nuestro propio código de numeración.

—Nick, atento. —Le mostré el folio antes de volver a escribirlo para él en otro papel—. El truco para que nadie entienda lo que escribimos es que el código sea…

Me quitó los apuntes y empezó a hacerme cosquillas.

—¡Para! —Me revolví muerta de risa.

—No quiero. Es demasiado divertido.

Me giré para conseguir cierto margen de movimiento en la pierna derecha y poder darle una patada lateral suave, para apartarlo sin hacerle daño.

—¡Hey! —Acabó sobre los cojines—. ¡Eso no vale!

Le devolví las cosquillas, sin parar de reír.

Ya había conseguido el cinturón blanco y amarillo en kickboxing .

En este curso, mis padres me habían doblado los entrenamientos para trabajar las técnicas combinadas y mejorar la coordinación en cuanto a golpes, patadas y posiciones de defensa para conseguir el naranja.

Aunque Nick no lo supiera, lo que aprendía no respondía a una disciplina deportiva genérica, sino a un modelo de preparación progresivo preparado por Unidades Especiales del SEDS.

Todas ellas necesarias para adquirir conocimientos ya no solo de criptografía, sino de informática, seguridad digital, primeros auxilios, formación con perros guía, supervivencia en distintos entornos y estrategia.

Una formación estructurada en fases enfocada en poder acabar con las unidades antiterroristas, el rescate de rehenes y la incautación de drogas y armas.

Y para eso se necesitaban conocimientos, resistencia física y mental, técnica operativa y, al final de la preparación, acceso y formación con armamento y explosivos reales.

Estaba prevista en la fase final general, a los veintiún años.

Sin embargo, mis aptitudes y capacidad de adaptación en las pruebas de acceso al primer ciclo permitirían mi acceso a un programa especial.

Bajo ese marco, en mi caso, esa formación en armamento y explosivos comenzaría a los dieciocho años.

Mis padres ya me habían advertido sobre la importancia de no contárselo a nadie.

Y que el bar solo era una tapadera. Detrás de esa fachada de negocio familiar había planificación operativa, análisis de amenaza y exposición ante un operativo, misiones de alto riesgo y un código ético arraigado.

Papá y mamá no buscaban problemas, pero resolvían los que otros no podían.

Lo bueno de tener una cafetería en Ashmoor, un pueblo tan pequeño como austero, era que mis padres sabían cuándo abrir para cubrir el servicio y cuándo se podían permitir cerrar; el equilibrio perfecto para que los del pueblo siguieran pensando que éramos una familia normal.

Nadie sospechaba que detrás de la barra se movían agentes de Estados Unidos vinculados a operaciones secretas de intervención táctica.

Con trece años, ya tenía claras mis prioridades: entrenar y aprender para ser como mis padres cuando fuera mayor. Porque el verdadero proceso de selección comenzaba mucho antes de que alguien te pusiera un arma en las manos.

La educación que estaba recibiendo no tenía nada que ver con la que había recibido en el colegio de Ashmoor, donde había una sola aula unitaria habilitada en el mismo ayuntamiento del pueblo.

La señorita Figueroa daba clases de infantil y primaria a todos los niños juntos, con mesas compartidas y libros que rotaban de unos a otros.

Allí aprendí a leer, a contar, matemáticas…

mientras los más pequeños se peleaban con las ceras.

Los mayores éramos Jess, Cami, Benny, Nick y yo.

Aquella aula y la señorita Figueroa me habían regalado algunos de los momentos más maravillosos de mi infancia, pero no podía compararse con la educación que estaba recibiendo ahora.

Nick me lanzó un cojín, así que rodé hasta el suelo para esconderme bajo el escritorio.

—¡Verás ahora, cabeza de chorlito!

Saltó de la cama, apartó la silla de la mesa y empezó a tirarme del pie para sacarme del improvisado escondite.

—¡Admite que estudias cosas raras y te dejo en paz!

—¡Jamás! —contesté, sujetándome a una de las patas del escritorio.

Logró hacerme salir, pero me giré con rapidez, apoyé una mano en el suelo y deslicé la pierna en un movimiento circular. Mi maniobra le hizo perder el equilibrio y caer de culo sobre la alfombra.

—¡Oye! ¿Eres una tortuga ninja o qué?

—Se llama control del espacio. —Me levanté con aire triunfal—. Y sirve para defenderme de cabezas de chorlito como tú.

Le quité el cojín y le di un par de veces con él.

—Algún día serás peligrosa de verdad.

Me quedé observando sus ojos. Eran del mismo color que las castañas, una mezcla de marrón cálido con matices rojizos. Ojos vivos, llenos de curiosidad. Y justo cuando iba a contestar que para él nunca sería peligrosa, Nick dejó escapar una sonrisa sospechosa.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada… —Aguantó la risa.

Un segundo después, un olor fétido me llegó directo a la nariz. Me aparté a toda prisa.

—¡Nick!

—¡Ataque químico sorpresa! ¿Esa táctica no te la enseñan en clase?

Salí al pasillo mientras Nick intentaba alcanzarme. Durante un buen rato, los cojines volaron de un lado a otro, saltamos por las camas y nos perseguimos hasta que la voz de mi padre resonó desde las escaleras.

—¡Brooke!

Me asomé a la barandilla.

—Un ratito más, papá. ¡Te prometo que no me voy a la cama sin repasar el examen!

—No es eso —aclaró con urgencia—. Ha llamado el padre de Nick. Su madre se ha puesto de parto. ¡Que baje rápido, lo llevo al hospital!

Corrí a buscarlo, ya que seguía escondido.

—¡Sal, Nick! ¡Tu madre está de parto!

—¿Está de parto? —balbuceó, saliendo de su escondite.

—Sí. ¿Tus zapatillas?

Fuimos a mi habitación a por ellas, se las puso y corrió escaleras abajo.

—¡Vamos! Mi padre está esperando en el coche.

Bajamos los escalones de cuatro en cuatro. Nick saltó los últimos con las piernas juntas, temblando de la emoción.

—¿Nervioso, chico? —Papá abrió la puerta del coche para que subiéramos—. Vas a conocer a tu hermano.

—Un poco —confesó—. ¿Podré darle tortitas? Seguro que le gustan con mantequilla como a mí.

—Por supuesto, aunque tendrás que esperar. Un recién nacido se alimenta de leche —explicó.

Mi padre conducía mientras respondía a sus dudas.

—¿Los bebés lloran mucho?

—Al principio, puede.

—Jo, qué rollo.

—Es su manera de decir que necesitan algo: comida, que los cojas, o simplemente estar cerca de alguien que los calme.

—¿Y podré cogerlo?

—Claro, pero solo cuando te lo digan tus padres. Primero tendrás que aprender a sostenerlo bien.

Nick siguió haciendo preguntas hasta que llegamos al hospital. Papá estacionó en el aparcamiento para subir a recepción. Después de hablar con el personal, colocó una mano sobre el hombro de Nick.

—Chico, tu madre ya está en el paritorio. ¿Qué te parece si esperamos en la cafetería?

Nick asintió, siguiéndolo hasta allí.

Pedimos sándwiches y zumos, nos sentamos a una mesa que daba a la ventana y Nick no paró de hablar.

Hizo una pregunta tras otra, hasta que la enfermera nos avisó de que su hermano ya había nacido.

Papá insistió en acompañarlo. A muchos les daría la impresión de que era demasiado precavido, pero la realidad era más cruda: en los últimos años, ciento cincuenta y nueve bebés habían desaparecido en centros sanitarios.

Los casos de desaparición en adolescentes eran más escasos, pero suficientes para que mi padre fuera cauto.

Papá abrió la puerta.

—Aquí es, chico.

Nick corrió hacia sus padres. Nos quedamos fuera, a un par de pasos del umbral.

—Vamos, Brooke. Podremos conocer al bebé cuando su madre esté recuperada y preparada para recibir visitas.

—¿Podemos comprarle sonajeros, papá?

Agradecí no tener que despedirme, odiaba las despedidas.

—Buena idea.

Cogí su mano.

—¡Y también libros de tela! ¡Ah, y chupetes!

—Esperaremos a que mamá hable con la madre de Nick para saber qué necesitan.

Imaginé todo lo que podría llevarle mientras subíamos al coche y regresábamos a casa. Al llegar, papá me recordó que tenía que repasar el examen, así que me metí en la cama con los apuntes, hasta dormirme. Me desvelé cuando mamá me dio un beso en la mejilla.

—Buenas noches, cariño —susurró.

La estreché entre mis brazos antes de que apagase la luz y saliera de la habitación. El labio partido me indicó que venía de su otro trabajo, y no de la cafetería que papá y mamá habían abierto en Ashmoor.