Cicatrices 2. Brooke #2
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2. Brooke #2

Los hombros se me tensaron, lo que me provocó otra punzada entre las vértebras. Obligué a mis músculos a relajarse. Mentir también era parte de nuestro trabajo, así que improvisé.

—Rodé antes de que se me echara encima.

No pareció convencido. Su mirada viajó del suelo a mis botas, luego al cadáver, y otra vez a mí.

—Rodaste desde aquí hasta allí, ¿con la espalda hecha mierda?

Encogí los hombros con normalidad.

—Ya ves, el cerebro reptiliano hace milagros. O te mueves o te mueres.

Permaneció unos segundos en silencio, evaluando.

—Te ha salido bien —concluyó.

—Estoy respirando. Él, muerto. Técnicamente, me ha salido bastante bien.

—Hay que sacarlo de aquí. Aunque Ashmoor esté desierto, no quiero que amanezca y este tío siga decorando el suelo.

Me senté en el taburete y apoyé despacio la espalda en la barra, mientras Travis actuaba.

—Daré el aviso al equipo.

Sacó el móvil del bolsillo de la cazadora y se llevó el teléfono a la oreja mientras su mirada seguía repasando el cadáver y los destrozos del bar.

—Necesito limpieza —dijo en cuanto respondieron la llamada—. Urgente, punto seguro. Sin testigos, solo el SEDS. Furgoneta rotulada de fontanería y calderas. Activad protocolo de tuberías. Ubicación enviada.

Colgó.

—Smith y Davis llegan en veinte minutos.

«Activad protocolo de tuberías» significaba que un equipo interno llegaría en una furgoneta con rótulos de servicios falsos de fontanería y calderas, para que pareciera una revisión rutinaria cuando, en realidad, traerían productos para eliminar cualquier rastro de sangre o huellas.

Eso aseguraba que la escena quedara impoluta.

Y lo mejor era que, en esa misma furgoneta, llevarían el cuerpo de Varok a la base, para hacerlo desaparecer.

Éramos expertos en maquillar las mentiras para que parecieran verdad. Por eso, dos tíos con mono de trabajo y una furgoneta con rótulo bastaron para sacar a Varok sin levantar sospechas. Los vecinos pensarían que estaban cambiando una caldera vieja.

Tal y como había dicho Travis, en veinte minutos, Bill Davis y Mason Smith bajaron de una furgoneta con monos de trabajo y una caja metálica de transporte industrial, con ruedas y asas a los lados, lo bastante grande para que Varok cupiera dentro.

Desde fuera parecía un contenedor para recambios de caldera o depósitos a presión.

Desde dentro, no era más que un ataúd improvisado, forrado con un material especial completamente impermeable para evitar que la sangre u otros fluidos se filtraran.

Estuvieron dentro de la cafetería unos diez minutos, quince como mucho.

El tiempo con el que contábamos normalmente para no levantar sospechas en este tipo de operaciones.

Lo primero que hicieron fue desplegar una lona oscura junto al cuerpo.

Se colocaron guantes y gafas transparentes antes de envolver el cadáver para introducirlo en el contenedor.

Una vez dentro, cerraron la tapa y sacaron químicos, pulverizadores y paños especiales.

Limpiaron las salpicaduras de sangre, los cristales rotos, las huellas y cualquier resto que pudiera conservar ADN.

Revisaron con linternas especiales cada rincón, buscando manchas que el ojo no era capaz de captar hasta que el local dejó de ser la escena de un crimen.

La cafetería pareció retroceder en el tiempo, borrando todo resto de la violencia anterior hasta quedar reducida a lo de siempre: madera vieja.

Bill y Mason inclinaron el contenedor, levantaron ligeramente las asas y lo dejaron rodar sobre sus propias ruedas.

Travis abrió la puerta para que pudieran salir, aunque antes Bill se giró hacia mí y me tendió una factura con los datos fiscales de una empresa de servicios técnicos que en realidad tampoco existía, aunque pareciera que sí.

Había un sello, un número de identificación y el concepto del servicio: revisión de caldera y cambio de válvula de seguridad. Me quedé con la copia.

—Buen trabajo —me felicitó Mason—. Agente Brooke Crowley, uno. Varok, cero.

—Gracias. Llevaré a la base unas cervezas para celebrarlo.

Fue una broma. En la base estaba terminantemente prohibido consumir alcohol o cualquier sustancia estupefaciente.

Bill y Mason empujaron el contenedor hasta la furgoneta, lo subieron por la rampa metálica y se fueron. Travis se abrochó la cazadora.

—Oficialmente, aquí no ha pasado nada. Nada, salvo que te has cargado al perro de Varok y has follado con el jefe de grupo.

Lo último me arrancó una sonrisa.

—Supongo que hoy no era mi día para morir.

Me dio un beso rápido en los labios y se dirigió a la salida.

—Procura que ninguno lo sea. Mañana me acercaré para ver cómo evoluciona tu espalda y te cubriré en el bar para asegurar que no haya más amenazas.

Travis salió, cerrando la puerta tras de sí. Me serví un vaso de agua, bebí pequeños sorbos y ya con la chaqueta de cuero puesta, cerré el bar y me subí a la moto.

Me ardían todos los músculos de camino a casa.

Cuando llegué, mis padres ya habían cenado, pero el salón seguía cálido, manteniendo el crepitar de las llamas en la chimenea.

Sobre la mesa había un plato preparado con carne, pan horneado y una infusión.

Agradecí que ya estuvieran en la cama y que no me hicieran preguntas.

Ellos entendían mejor que nadie lo difícil que era dormir después de asesinar a alguien.

Daba igual lo hijo de puta que fuera el criminal, su último aliento siempre se quedaba grabado en la mente.

Me dejé caer en la silla, apenas cené y, después, conseguí dormir un total de unas cuatro horas. Las suficientes para descansar algo antes de despertarme con la sensación de que Varok me acecharía desde el otro lado hasta la eternidad.