2. Brooke
Brooke
Travis llamó a la puerta cuando llegó.
—Brooke.
Apoyé el brazo en la barra. La espalda me seguía doliendo y el analgésico que me había tomado era poco más que un gesto simbólico; el ardor en la columna seguía ahí, como si alguien me hubiera inyectado fuego entre las vértebras.
—Voy.
Abrí la puerta.
—¿Dolor?
Eché la llave mientras le daba una respuesta.
—Los cortes escuecen, pero no son profundos. La espalda me está matando.
Me senté en uno de los taburetes.
—¿Daños?
—Me lanzó por encima de la barra, aterricé ahí.
Señalé el punto exacto en el que había caído para que fuera consciente de que me había hecho volar varios metros.
En el suelo, todavía había restos de cristal que brillaban de forma grotesca, lo que me hizo recordar la brutalidad de la preparación de cualquier agente de mi unidad operativa en el Servicio Especial de Defensa y Seguridad.
Recordé también las pruebas físicas extremas.
Y las noches durmiendo en la intemperie hasta rozar la hipotermia, con exposición prolongada al frío y al hambre, junto a marchas interminables con más de treinta kilos a la espalda.
Solían exponernos a la privación de sueño durante días, semanas incluso, hasta confundir vigilia con alucinación.
Lo peor eran las inmersiones forzadas, con el cuerpo agotado y los pulmones ardiendo.
O el combate cuerpo a cuerpo después del colapso muscular.
Todo estaba diseñado para llevarnos al límite y comprobar si la mente era más fuerte que el cuerpo.
—Déjame ver.
Señalé el cadáver sin darle importancia.
—¿No deberías ocuparte primero de su cuerpo?
—Primero me encargaré de ti, después pensaré cómo sacar a ese animal de este tugurio.
Travis me giró la mano ligeramente hacia la luz. Comprobó que tenía pequeños cortes en los nudillos, en el dorso y en la palma.
—¿Esto cómo ha sido? —preguntó con intención de evaluar.
—Con un vaso de cristal, se lo estampé en el tabique.
—Siempre tan resolutiva. ¿El botiquín está donde siempre?
—Sí.
Dejé que fuera a por él. Travis sabía dónde estaba.
Aunque viviera en Nueva York, había venido alguna vez a verme.
Éramos compañeros de trabajo, formábamos un equipo excelente y nuestras relaciones sexuales estaban al mismo nivel: nos gustábamos y disfrutábamos el uno del otro, pero sin exigencias.
Un pacto sencillo: cuerpos disponibles sin promesas ni preguntas, tampoco futuro.
Solo piel y carne para amortiguar la tensión de nuestro trabajo.
Volvió con el botiquín en la mano y se sentó frente a mí. Sus dedos eran anchos, pero cuidadosos. Limpió los cortes con alcohol, ejerciendo movimientos precisos e inspeccionó las heridas con una linterna.
—Parece que hay algunos fragmentos de vidrio incrustados.
Cogió las pinzas para sacarlos. Con una paciencia infinita, fue arrancando uno a uno los cristales adheridos a la sangre. Después volvió a limpiar los cortes y colocó las gasas estériles antes de fijarlas con esparadrapo.
—Con esto debería bastar para evitar infecciones.
—Gracias.
—Quiero verte la espalda.
Me quité el jersey con su ayuda, quedándome en sujetador para dejar a la vista la zona afectada.
Señalé con la mano la zona que me dolía.
Travis evaluó con precisión los hematomas, palpando con cuidado la piel y los músculos para comprobar que no hubiera lesiones graves ni desgarros.
Estaba concentrado en la evaluación, pero su cercanía y la manera en que me tocó, hizo que se me erizara la piel.
—Todo en orden, Crowley. Aunque tendrás molestias durante varios días.
—Estoy acostumbrada, Holmgren.
Me gustaba este juego de alternar nombre, apellido y cargo.
—Si el dolor no cesa, aumenta la dosis del analgésico.
Pasó de evaluarme a acariciarme de otra forma que me gustaba más.
Sus manos recorrieron la parte alta de la espalda, entre los omóplatos, presionando y deslizando los dedos con un leve masaje, como si quisiera aliviar mi dolor.
Lentamente, bajó por los hombros, dejando que sus palmas me acariciaran desde los brazos hasta la cintura.
Consiguió que se me erizara la piel y que la tensión se volviera demasiado intensa como para ignorarla cuando me besó en los labios.
—Las curas son menos horribles cuando las haces tú.
Me dejó varios besos en la clavícula.
—Podría acostumbrarme, aunque prefiero tu cuerpo intacto.
—¿Cambiarías tu oficio por el de curandero, Travis Holmgren?
Eché la cabeza hacia atrás para que me besara de nuevo.
—Solo si me pagas con esto.
Se inclinó, acercando su boca. Esta vez, el beso no fue solo con los labios: su lengua se deslizó voraz entre la mía, explorando y jugando como un maldito experto.
Mis manos se enredaron alrededor de él, respondiendo al beso mientras el dolor de la espalda me provocaba fuertes punzadas.
Me aferré a su cazadora mientras medía cada movimiento para no hacerme daño.
—Te ayudaré en la cafetería —soltó, quitándose la cazadora.
—No necesito ayuda en mi propio bar. Ashmoor está muerto el noventa por ciento del tiempo.
—Me da igual. Que Varok haya llegado hasta aquí significa que más delincuentes podrían hacerlo.
—Lo veo innecesario. Ese perro se movía completamente solo desde que su nombre encabezó varias listas oficiales.
—Solo, no. Su mano derecha ha seguido moviéndose en las sombras.
Travis se colocó delante de mí, abriéndome las piernas.
Me quitó las botas y luego el pantalón de cuero, dejándome sobre el taburete, en ropa interior, antes de sacar del bolsillo un preservativo.
Aunque llevaba el implante anticonceptivo subdérmico, eso no servía de barrera contra las enfermedades de transmisión sexual.
Y como no teníamos una relación basada en la exclusividad, sino que éramos compañeros con derecho a roce, más valía prevenir que curar.
—No me importa nada cómo lo veas, Crowley. Entre compañeros nos protegemos las espaldas.
Se bajó los pantalones y el bóxer, colocó las manos en los bordes del taburete y me apartó las bragas hacia un lado.
—Además —continuó—, ya tengo el hábito de follarte en este antro un par de veces por semana.
Le sujeté la muñeca antes de que pudiera avanzar más.
—No eres mi guardaespaldas. Y yo no soy ni quiero ser tu responsabilidad.
—¿Tengo cara de querer ser el héroe?
Abrí las piernas, dándole paso.
—Bien. Porque yo me cuido sola.
Se hundió en mí sin forzar, con cuidado para que la columna no tuviera que soportar movimientos demasiado bruscos. Aferró una de sus manos al muslo mientras entraba y salía, al principio, despacio.
—No pretendo salvarte la vida —jadeó—. Solo asegurarme de que sigas teniéndola. Y si para eso tengo que hacerme pasar por un camarero en este tugurio de mierda, lo haré.
De nada servía llevarle la contraria cuando algo se le metía en la cabeza.
—Será temporal —advertí—. Y lo de follar entre cadáveres también debería serlo.
—Lo será. Pero mientras dure —añadió contra mis labios—, me aseguraré de que llegues viva y satisfecha al final del día.
Su lengua traspasó toda mi cavidad bucal y la penumbra del bar perfiló su piel.
Travis no era un armario como Varok ni como Nick, aunque seguía siendo alto.
Lo que destacaba de él era la fibra; los músculos y tendones tan definidos que le recorrían el cuerpo entero.
Con la mano que tenía libre, dejó de sujetar el taburete para envolver mi cintura, ejerciendo la presión justa para hundirse hasta el fondo.
Apoyé la cabeza en su hombro, entre jadeos, y desvié los ojos hacia Varok.
Seguía tirado boca arriba, con el tabique reventado y la cara ensangrentada.
No es que me diera morbo follar con un cadáver a pocos metros; pero era un recordatorio de que la muerte podía llegar en cualquier momento.
Cerré los ojos, clavando los dedos en la espalda de Travis.
Buscando solo su piel y su calor. Dejé de pensar, de medir, de calcular y me dejé llevar hasta alcanzar el clímax.
Cuando terminé, el temblor de mis músculos no venía solo del orgasmo, sino de la descarga de la tensión acumulada.
Travis era, a falta de milagros, el mejor sedante.
Un sedante que se separó, se quitó el preservativo y se vistió.
Luego me ayudó a ponerme el jersey, a bajar del taburete, incluso a calzarme las botas y subirme los pantalones.
Cuando la tela rozó un hematoma que se había formado en mitad de mi cadera, reprimí una mueca de dolor.
—¿Te duele mucho?
Después de follar, su voz parecía ligeramente más ronca.
—No. La espalda discrepa, pero el resto del cuerpo te agradece el polvo.
Travis avanzó hasta Varok con las manos en los bolsillos, se agachó a su lado y le bajó los párpados.
—Fin de tu vida, perro.
Sus ojos quedaron sellados con ese gesto. Los de Travis estudiaron el local en silencio, fijándose en las sillas volcadas y las mesas descolocadas.
—No fue un trabajo limpio —confesé—. Pero sí rápido.
—¿Seguro que no hubo testigos?
Era la segunda vez que hacía esa pregunta.
Una punzada de culpa se me clavó bajo la piel al pensar en Nick.
—Seguro. —Volví a mentir.
Admitir que había testigos implicaba hacer informes.
Y los informes suponían que había gente por encima de nosotros tomando decisiones.
No iba a permitir que nadie, por muy por encima que estuviera de mí, decidiera si mi mejor amigo seguía siendo un civil o si pasaba a ser un riesgo.
El gobierno no invitaba a tortitas a los riesgos.
Los clasificaba, evaluaba y si determinaban que podían entorpecer nuestra misión, los eliminaban.
Limpio, frío y burocrático. También se habían dado casos en los que, en lugar de eliminar al testigo, lo chantajeaban o lo convertían en infiltrado.
Pero muchos de ellos acababan en el apartado de bajas.
Caminó alrededor de las mesas.
—Te lanzó por encima de la barra y caíste aquí.
Puso el pie en el lugar que le había indicado antes.
—Exacto.
—Pero a Varok lo apuñalaste ahí.
Señaló el cuerpo.
Joder.