1. Brooke #2
Cada paso me arrancaba un ardor horrible en las vértebras, pero conseguí llegar antes de que aquella bestia le pusiera un dedo encima a Nick.
Su costado quedó completamente expuesto cuando echó el brazo hacia delante, con intención de golpearlo.
Y ahí encontré mi oportunidad, en ese hueco bajo sus costillas.
Estiré el brazo, ignorando el dolor de la espalda, y hundí el filo dentro de ese espacio repleto de músculos intercostales y nervios.
Si lo clavaba lo bastante profundo, podía alcanzar el pulmón.
Así que concentré toda mi fuerza, sintiendo cómo la hoja se abría paso hasta lo más hondo.
Noté el crujido húmedo. El cuerpo cediendo alrededor del metal, abriéndose paso en carne viva.
—Maldita zorra del gob…
Sus dedos se soltaron de la chaqueta de Nick.
No esperé para terminar el trabajo: me incliné hacia Varok, que aún estaba de pie, saqué la navaja de su cuerpo y se la clavé en la boca del estómago.
Sus rodillas cedieron, su aliento fue un jadeo roto.
Intentó decir algo, pero lo único que salió de su boca fue un gorgoteo ahogado.
—Nadie viene a mi cafetería a amenazarme.
Cayó de lado con un golpe seco que hizo temblar el suelo, con los ojos abiertos y la mirada perdida, muerto.
Nick no se movió. Dirigió la mirada hacia el cadáver, luego a la navaja.
Deduje que su cerebro estaba entrando en modo cortocircuito porque tenía la boca abierta y no conseguía articular palabra.
Incluso se llevó una mano al pecho, como si necesitara comprobar que no era a él al que había atravesado el filo de esa navaja.
Señaló a Varok sin atreverse a mirarlo del todo.
—¿Está muerto, nena? ¿Está muerto de verdad?
Lo empujé hacia la salida, temiendo que se desmayara de camino. El esfuerzo hizo que el cuerpo se me resintiera más, si cabe.
—Nick, somos amigos, así que… No has visto nada, no has estado en la cafetería, y lo más importante, aquí no ha muerto ningún tío.
Nick, incapaz de moverse, seguía con los pies clavados en el suelo.
—¿Estás de puta coña, Brooke? ¡Hay un cadáver en mitad del local!
Tiré de su chaqueta antes de pegarlo a la pared, junto a la puerta, con una mano sobre su pecho para que me mirara a mí, y no a Varok. Nick fijó los ojos en los míos como si acabara de descubrir una parte de mí que desconocía por completo.
—Nick, era él o nosotros. Lo entiendes, ¿verdad?
Lo solté y fui detrás de la barra a por su copia del albarán.
—Él o nosotros —repitió, en un completo estado de shock.
—Tu cabeza de chorlito me ha salvado la vida. Así que ya está. Olvídalo.
Señaló el cadáver, incapaz de mirarlo.
—¿Cómo voy a olvidar eso?
Resoplé, intentando no doblarme por el dolor de espalda. Le di el albarán y señalé la carpeta en el suelo para que la recogiera.
—Haciendo un esfuerzo. Vete a casa, dúchate y actúa con normalidad.
Recogió la carpeta, guardó el albarán y puso un pie tras la puerta.
—¿Por qué quería matarte?
—Ya te lo he dicho, estaba enfadado.
—Eso no es una respuesta.
—Ya. —Lo empujé hacia fuera—. Adiós.
—Vale, olvídalo.
—Yo ya lo he olvidado.
Nick me miró de reojo.
—No quiero saber nada —mintió—, aunque da igual que quiera o no, porque desde que te fuiste a estudiar cosas raras, ocultas cosas y no cuentas una mierda.
—Nick —le interrumpí—, descansa.
—¡¿Cómo?! No podré dormir esta noche, ni mañana, ni seguramente nunca porque… —Se quedó a medias, mirando un punto indefinido entre mis botas y el cadáver—. Porque he visto morir a alguien y acabo de traumatizarme.
Me aguanté la risa. No conocía a nadie tan exagerado.
—Lo superarás.
Señaló su sien.
—Mentira. Nunca voy a poder borrarlo de aquí.
En eso puede que tuviera razón. Ver morir a alguien es algo que no se olvida, pero no podía contarle que Varok era uno de los traficantes de armas más buscados en más de cuarenta estados, capaz de mover misiles de contrabando con la misma facilidad que quien lleva por la mañana la barra de pan bajo el brazo.
Vendía las armas al mejor postor, sin importar las consecuencias.
Varok había puesto explosivos, drones y rifles de precisión en manos de gente a la que yo no le daría ni un tirachinas.
A Travis y a mí nos costó muchísimo dar con él, hasta que interceptamos un cargamento retenido en el lugar concreto, y a la hora exacta, gracias a unos mensajes que no estaban tan bien cifrados como Varok esperaba.
Interceptamos media docena de contenedores llenos de armamento que nunca llegaron a su destino.
Para el SEDS, aquello fue un éxito. Para Varok, el principio de su fin.
Le congelaron las cuentas bancarias, perdió contactos, lo expusieron sin red de apoyo.
Dejó de ser un fantasma para pasar a ser un nombre subrayado en rojo en varias listas.
Y como todos los fantasmas, empezó a perseguir a alguien; en este caso, a mí.
Pero no podía compartir nada de eso con Nick, así que hice lo único que podía hacer: le di un beso rápido en la mejilla.
—Estoy viva porque has venido a por un albarán. Duerme pensando en eso.
Parpadeó con la cara roja como un tomate, como si su cerebro hubiera dejado de funcionar por un momento. Con una sonrisa tontorrona, se llevó la mano a la mejilla.
—Genial —murmuró—. Estoy traumatizado… pero por una buena causa. Necesito terapia y no tengo dinero. Aunque da igual, porque tampoco podría contar nada de esto, ¿no es así?
Esbocé una media sonrisa y me puse de puntillas para darle otro beso en la mejilla.
—Adiós, Nick.
Asintió, aún en shock, caminando con la carpeta bajo el brazo hasta la furgoneta del trabajo, mientras murmuraba que descansaría el día que se fuera a hacer un retiro espiritual, cuando se convirtiera en monje o paseara cabras en el Himalaya.
—¿Hacemos tortitas el sábado? —pregunté desde la puerta del bar, antes de que desapareciese de mi vista.
Se detuvo antes de subir a la furgoneta, con la carpeta colgando del brazo, como si pesara más que él.
—Tortitas —repitió—. Hacer tortitas.
—El sábado. Tortitas con mantequilla.
Asintió ligeramente, y eso me bastó para tenerlo donde quería.
No era una pregunta al azar. Hablar de su postre preferido como plan para el sábado señalaba una fecha en el calendario, y eso, sin decirlo, era darle algo cotidiano a lo que agarrarse para que su cerebro no se quedara tan atrapado en la imagen del cadáver.
Aquello lo obligaría a proyectar en el futuro y no centrarse tanto en lo que había pasado.
—Con mucha mantequilla, Nick.
—Sí… El sábado —repitió, más para él que para mí.
Lo vi subir a la furgoneta mientras lo oía repetirlo para sí mismo como si fuera su nuevo mantra: «Tortitas. Mantequilla. Sábado». Y no lo juzgué. Cualquier cosa era mejor que pensar en el sonido que hace un cuerpo muerto al caer al suelo.
Cerré desde dentro la cafetería con llave, consciente de lo que había sentido ante la idea de que la silla le hubiera reventado la cabeza. Varok podría haber matado a Nick, y aunque no hubiera sido así, el miedo se había abierto paso dentro de mí.
Estaba segura de que ya no vendría nadie, al menos, no sin avisar. Pero con un cadáver en el bar, tampoco pensaba arriesgarme. Cogí el móvil del bolsillo trasero del pantalón. Aunque el protector se había roto, la pantalla funcionaba. Busqué el nombre de Travis Holmgren en la agenda y lo llamé.
—Tengo a Varok en mi cafetería —informé cuando descolgó.
—¿A Varok?
—Sí.
—¿Te ha hecho algo? ¿Estás bien?
Miré mi antebrazo y me di cuenta de que estaba sangrando. Tenía varios cortes, seguramente de cuando le había reventado el vaso en la cara. La sangre corría lenta hacia los dedos, pasando por la muñeca y dibujando líneas finas y oscuras.
—Brooke.
Que usara mi nombre y no mi apellido significaba que Travis no tenía ningún agente alrededor. Miré el cadáver en el suelo.
—Estoy viva. Él no. ¿Puedes encargarte del cuerpo?
—Ya sabes que sí. ¿Algún testigo?
—No —mentí.
—Buen trabajo. Voy para allá.