Cicatrices 1. Brooke
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Cicatrices

Cicatrices

Por Eva Mayro

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1. Brooke

Brooke

Reconocí al hombre que acababa de cruzar la puerta de mi cafetería a pesar de que el cartel de «cerrado» estaba recién colgado.

La campanilla tintineó sobre el marco. El sonido rompió el silencio que reinaba a esas horas en Ashmoor, y quedó suspendido en el aire.

Varok no se molestó en fingir alegría al verme, ni siquiera mientras avanzaba alrededor de la barra como un perro entrenado para matar.

Y lo verdaderamente inquietante no fue eso, sino que hubiese logrado encontrarme en este pueblucho.

Tendría que hablar con mis superiores por dos motivos: informar de la nueva baja y encontrar el hilo del que este hombre había tirado.

Por mucho cuidado que tuviera, siempre había una grieta humana: alguien que pregunta, alguien que oye o ve demasiado, alguien que recuerda más de la cuenta y ¡pam!

De un día para otro, me convierto de nuevo en un punto rastreable.

—Brooke —pronunció con asco mi nombre—. Te escondes bien, pero no lo suficiente.

Seguí secando los vasos con el trapo entre las manos, como si su presencia no tuviera más importancia que la de cualquier otra persona. El cristal húmedo chirrió contra la tela, anclándome a la barra, la única superficie sólida entre él y yo.

—Varok, Varok, Varok —dije sin perderlo de vista—. Si quieres una cerveza, siento decirte que ya he cerrado. Y si vienes a otra cosa…

—Me jodiste. —Dio algunos pasos más, tamborileando los dedos sobre la barra—. Me arruinaste. Y te he encontrado. No voy a irme hasta que cierres esa puta boca para siempre, maldita zorra.

Inclinó la cabeza como si evaluara si mi calma era fruto del orgullo, de la soberbia o de la estupidez.

Pensé rápido. Analicé su complexión, las circunstancias y mis recursos actuales.

Metro noventa de músculo mal gestionado, hombros anchos como puertas y un cuello que habría hecho llorar de envidia a un toro.

Tenía el tipo de mirada de quien había perdido demasiado.

Un cuerpo hueco que me inquietaba. A pesar de esos detalles, lo miré y sonreí.

Puede que mi complexión pareciera menos intimidante que la suya, pero cada fibra de mi cuerpo guardaba el exhaustivo entrenamiento de los últimos años.

Varok podía ser un rottweiler enorme e intimidante, que hacía que muchas personas retrocedieran a su paso.

Y yo seguramente fuese un caniche con muy mala leche.

Y eso estaba genial, porque nadie esperaba que un caniche mordiera fuerte.

Apoyó ambas manos en la barra antes de saltar por encima de ella. La madera crujió, obligándome a retroceder un paso. No por miedo, sino para tener margen de movimiento y…

¡Pam!

La bayeta salió disparada de mi mano, como un látigo improvisado. Le dio en el ojo, haciéndole soltar un gruñido grave justo a mitad del salto, con el cuerpo aún suspendido en el aire.

—Ups —vacilé.

La minúscula esquina de microfibra, incrustada en su ojo, fue suficiente para descoordinar su salto. Cayó al otro lado de la barra, con estrépito, haciendo tintinear los botellines antes de que rodara.

—¡Te voy a matar, zorra del gobierno!

Estaba más que dispuesto a cumplir sus palabras. Era una pena que yo no fuera a ponérselo fácil.

Aún tirado en el suelo, Varok buscó algo en el bolsillo de su pantalón. Con un movimiento rápido, sacó una navaja. La hoja brilló bajo la tenue luz de la cafetería. Un destello inhóspito y metálico.

Se lanzó hacia mí demasiado rápido. Y eso hizo que no tuviera tiempo de retroceder del todo cuando hundió la navaja hasta el fondo.

—Tu puntería me ha decepcionado, Varok.

El muy inútil había clavado el filo en la plataforma de mis botas, en vez de en mi tobillo.

Cogí impulso para darle una patada en la cabeza, pero se las ingenió para enredarse en el pie que aún tenía apoyado en el suelo para retorcerlo y hacerme caer.

El vaso resbaló de mi mano y él, como un perro hambriento, se abalanzó sobre mí.

El problema no era solo Varok, ni su tamaño, ni que estuviera desquiciado.

Mi problema real era el espacio. Detrás de la barra no había margen para absolutamente nada.

Era un pasillo demasiado estrecho, compartido con estantes de botellas, barriles de cerveza y copas.

La cafetería, que hasta entonces había sido fachada y refugio, se convirtió de repente en una especie de jaula, recubierta de madera y cristal.

—De mí no te salva nadie.

Su cuerpo bloqueó el mío, aplastándome mientras hablaba demasiado cerca de mí.

Disfrutó de la pequeña ventaja, y el puñetazo que recibí en la boca del estómago llegó sin aviso.

El aire se me escapó de golpe, como si acabara de vaciarme por dentro.

Intenté quitármelo de encima, pero al ser tan grande, su cuerpo era un maldito inconveniente.

Apreté los dientes e ignoré que mis costillas protestaban y que el espacio de la barra me impedía rodar, esquivar o moverme siquiera un centímetro sin chocar con algo, porque ese hombre ocupaba el noventa por ciento del espacio.

Varok levantó el puño de nuevo, esta vez preparado para hundírmelo en la cara.

Palpé el suelo, la pared, todas las superficies buscando algo, lo que fuera.

Alcancé un vaso mientras su brazo retrocedía para ganar fuerza antes del golpe.

Fui rápida. Apreté el cristal con firmeza y le estampé el vaso en la cara.

Fue un golpe contundente, con el que le fracturé el tabique y le rasgué en profundidad la piel del pómulo.

Una técnica infalible: muñeca firme, peso del cuerpo y trayectoria directa.

Trasladar el peso del cuerpo hacia el impacto hizo que el golpe tuviera mucha más fuerza.

Varok parpadeó, aturdido, y se llevó una mano a la cara, tocando la sangre con los dedos. La primera gota cayó al suelo.

—Tranquilo. —Sonreí y aproveché para quitármelo de encima gracias a su aturdimiento—. Sigues siendo muy feo, pero ahora puedes echar la culpa a un vaso.

Varok apoyó una rodilla en el suelo, lo que me permitió arrastrarme medio metro lejos de él.

El problema fue que el aturdimiento se le pasó más rápido de lo que yo había previsto.

Se impulsó hacia delante usando todo su cuerpo, de rodillas.

Sus manos se cerraron alrededor de mi cintura antes de que pudiera reaccionar y, como si no pesara nada, me levantó del suelo.

—Ni se te ocurra…

El muy perro me lanzó por encima de la barra.

Noté el impacto de la madera contra mis caderas al pasar por el borde, luego el vacío de estar suspendida en el aire.

Caí al otro lado, entre dos mesas, derribando una silla.

El impacto me recorrió la espalda entera, concentrando el dolor del golpe en las lumbares y el costado.

Me quedé boca arriba, mirando el techo mientras el cuerpo protestaba.

Varok atravesó la barra para venir a por mí, pero la puerta del bar se abrió cuando se encontraba a mitad de camino.

—Nena. —La voz de Nick me hizo reaccionar—. No encuentro el albarán de la última entrega, ¿lo tienes tú?

Nick, mi mejor amigo y vecino, era de un tamaño similar al de Varok.

Solo que Varok tenía cuarenta años y Nick veintiuno.

Se quedó ahí, con la chaqueta del trabajo abrochada hasta la garganta y la carpeta en la mano.

El olor de las chimeneas de las casas invadió la cafetería.

Su mirada pasó de mí, que estaba en el suelo, a Varok, que tenía la cara sangrando.

—¿Pero… qué cojones? —balbuceó.

—¡Nick, corre, vete!

Logré incorporarme, gracias al apoyo de una de las sillas. Pero, aun así, no me hizo caso.

—Hey, tío —dijo Nick a Varok, levantando las manos en son de paz, después de confundirlo con un borracho. La carpeta cayó al suelo—. ¿Por qué no nos relajamos? No me gusta nada la violencia.

Varok se lanzó hacia él sin miramientos.

—¡Brooke! —gritó Nick, corriendo entre las mesas con Varok detrás.

—¿Brooke, qué? ¡Te he dicho que corrieras!

—¡¿Y qué estoy haciendo?!

Había conseguido esquivar de milagro la silla de madera maciza que Varok le lanzó a la cabeza. Imaginé por un momento lo que hubiera pasado si hubiera alcanzado a Nick. El pecho se me cerró mientras algo dentro de mí se retorcía ante esa idea.

—¡Pero no dentro del bar, cabeza de chorlito!

Aproveché que durante la persecución me dieron los dos la espalda.

Mi bota seguía con la navaja incrustada en la plataforma.

Varok, aunque tuviera pésima puntería, sí podía presumir de fuerza, porque tuve que doblar la pierna y tirar con fuerza.

El diseño del filo estaba pensado para que al extraer la navaja hubiera desagarro, lo cual explicaba que no se hubiera salido de la suela en la pelea.

Nick esquivó por los pelos una mano de Varok que iba directa a su cuello.

—¡¿Qué le pasa, está drogado además de borracho?! ¡Le falta escupir espuma por la boca!

—No —respondí—. Está cabreado, y créeme, eso es mucho peor.

—¡Tío, calma! ¡Solo soy un repartidor!

Usé el respaldo de una de las sillas para mantenerme en pie.

Tenía la sensación de que Varok me había convertido los huesos en cristales mal pegados y temía que en cualquier momento se pudieran romper.

Pero ni eso me detuvo. Que aquel hombre pudiera hacer daño a Nick me provocó un miedo visceral.

Y a veces, el miedo era el mejor aliado.

—¡Te regalo los paquetes, la furgoneta! —continuó Nick—. ¡Pero deja de perseguirme como si me quisieras matar!

—¡Eso es justo lo que quiere! Varok, maldito perro —lo insulté—, ven a por mí si tienes huevos.

—Tranquila, zorra. No me he olvidado de ti.

Nick no sabía si huir, llorar, bloquearse o vomitar. Y aun así seguía esquivando mesas, sillas y las manos largas de Varok hasta que lo agarró.

Varok atrapó su chaqueta, eso me obligó a moverme a pesar de que me moría de dolor. Rendirme significaría no solo mi muerte, sino también la de Nick.